CAPÍTULO 5. EL FANTASMA DECLARA LA GUERRA AL ABURRIMIENTO
Nicolás decide que Elena necesita volver a comportarse como un ser humano funcional la noche en que la descubre cenando aceitunas del bote mientras ve un documental noruego sobre personas que fabrican ataúdes artesanales.
Flota boca abajo frente al televisor, mirando la pantalla con expresión de sufrimiento espiritual.
—¿Qué demonios estás viendo?
—Un señor llamado Erik construye féretros sostenibles en mitad de un fiordo.
—¿Y eso te entretiene?
—No especialmente.
—Entonces, ¿por qué lo ves?
Elena tarda en responder.
—No lo sé.
Y ese es el problema. Nicolás apaga el televisor atravesándolo con un brazo espectral. La pantalla chisporrotea antes de morir con un pequeño quejido electrónico.
—¡Eh!
—No puedes seguir existiendo así.
—¿Así cómo?
Nicolás hace un gesto amplio que abarca a Elena, el sofá, las aceitunas, la manta, la oscuridad del salón y, probablemente, su alma.
—Como alguien que ha decidido jubilarse de la vida con efecto inmediato.
—No estoy deprimida.
—Elena, ayer te quedaste mirando una cebolla durante once minutos porque «te transmitía cansancio».
Ella frunce el ceño.
—Era una cebolla muy expresiva.
—Vas a salir de casa.
—No.
—Le dijiste a tu hija que habías salido. Vamos a hacer que sea verdad.
Elena suelta una risa seca e incrédula.
—Ah, claro. Perfecto. ¿Y después qué? ¿Me apunto a pilates? ¿Adopto un golden retriever? ¿Empiezo a decir frases como «hay que vivir el presente»?
—No exageres. No soy un monstruo.
—Eres literalmente un muerto que vive dentro de las paredes.
—Y aun así tomo mejores decisiones que tú.
Eso resulta difícil de discutir. La conversación termina, como terminan todas sus discusiones, con Elena perdiendo por agotamiento. A la mañana siguiente descubre que las llaves del coche han desaparecido. Nicolás admite haberlas escondido «por motivos terapéuticos», pero no dice dónde.
—No pienso salir.
—Entonces yo no pienso decirte dónde están las llaves.
—Esto es chantaje.
—Esto es crecimiento personal agresivo.
—Necesitas ayuda psiquiátrica.
—Y tú un sujetador nuevo. Ese parece más deprimido que tú.
Elena termina saliendo de casa. Nicolás va en el asiento del copiloto, hundido hasta la guantera, mirando el paisaje lluvioso con entusiasmo infantil. Lleva toda la mañana comportándose como si la excursión fuese una experiencia revolucionaria.
—¡Mira eso!
—Es una gasolinera.
—¡Pero tiene una panadería dentro!
—Nicolás, llevas muerto desde los ochenta. Las panaderías en gasolineras no son brujería futurista.
—Para mí sí.
Los problemas empiezan cinco minutos después, cuando paran frente a una cafetería pequeña para comprar café y Nicolás decide que el concepto «discreción» es una limitación creativa.
—Pide también una napolitana —dice él, inclinándose sobre el mostrador, mientras la camarera le atraviesa el brazo sin enterarse.
—No quiero una napolitana.
—Sí quieres.
—No quiero.
—Tu cara acaba de mirar los croissants con deseo.
La camarera espera al otro lado del mostrador mientras Elena comprende de repente algo espantoso: lleva veinte segundos discutiendo en voz alta con el aire.
—Perdón —murmura—. Llevo el manos libres.
No lleva auriculares. La camarera asiente con la expresión vacía de quien acaba de decidir no involucrarse en aquella situación. Nicolás parece encantado.
—Esto va a ser divertidísimo.
—No pienso hablar contigo delante de gente nunca más.
—Eso no va a durar ni quince minutos.
Dura siete.
El colapso ocurre dentro de una tienda de decoración, cuando Elena sostiene una lámpara espantosa con forma de faro marítimo y Nicolás protesta, escandalizado.
—Eso parece el objeto maldito de una película donde asesinan turistas.
—No es para tanto.
—Elena, esa lámpara transmite energía de divorcio traumático.
Ella resopla.
—Para ti, todo tiene energía de algo.
—Tu bolso actual sí.
—Voy a ignorarte.
—Y aun así sabes que tengo razón.
—No la tienes —responde ella.
La dependienta levanta la cabeza. Elena se queda de piedra. Nicolás empieza a reírse tanto que atraviesa una estantería.
—Perfecto —murmura Elena, cerrando los ojos—. Ya soy oficialmente la mujer rara del pueblo.
—No. Para eso necesitas al menos un gato agresivo y opiniones intensas sobre las farolas municipales.
Elena intenta no sonreír y fracasa. Como si no hubiera dado ya razones de sobra para que en el pueblo duden de su cordura, el espectáculo continúa en la tienda de ropa.
—No necesito nada —insiste por quinta vez mientras atraviesa una sección de jerséis.
—Llevas meses vistiendo como una profesora de literatura rusa abandonada por la vida.
—Tengo cincuenta y tres años.
—¿Y?
—Y la gente de mi edad ya no necesita impresionar a nadie.
Nicolás la mira con seriedad.
—Eso es una tristeza enorme disfrazada de madurez.
Elena aparta la mirada, demasiado rápido.
Él empieza entonces a escoger ropa con el entusiasmo caótico de alguien que jamás debería tener acceso a decisiones estéticas humanas.
Intenta convencerla de que se pruebe un abrigo rojo escandaloso, unos pendientes enormes «con energía de mujer divorciada que podría cometer delitos fiscales» y un vestido negro que Elena considera demasiado elegante para una persona cuya actividad principal reciente consiste en disociarse frente a los yogures.
—No voy a ponerme esto.
—Te quedaría espectacular.
—Parecería una viuda italiana rica.
—¡Exacto! ¡Eso es una fantasía visual maravillosa!
Elena termina entrando al probador solo para demostrarle que está equivocado.
Cinco minutos después abre la cortina.
Y Nicolás se queda mudo. Eso la desconcierta más que cualquier comentario disparatado. El vestido negro le sienta bien. Demasiado bien para alguien que lleva meses intentando desaparecer como persona. Nicolás la mira desde el otro lado del probador con una expresión luminosa y triste a la vez.
—Oh —dice en voz baja.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa cara de protagonista romántico sobrenatural.
—No sabía que tenía una.
—La tienes. Y es irritante, créeme.
Pero aun así se lleva el vestido. Después compran pan caliente en una cafetería junto a la plaza y Elena descubre que empieza a disfrutar de las conversaciones con él, porque Nicolás habla mucho, pero escucha aún más.
En casa charlan de música y de cómo era el pueblo en los ochenta.
Y de las cosas absurdas que hacen los vivos cuando creen que todavía tienen un tiempo infinito por delante.
—La gente siempre piensa que tendrá otra oportunidad para todo —dice él, mirando por la ventana empañada—. Otra conversación. Otra llamada. Luego un día descubres que no.
Elena lo mira en silencio. Por primera vez desde que lo conoce, Nicolás no parece gracioso ni teatral. Parece joven, demasiado joven para estar muerto. Y eso le duele de un modo inesperado.
Las semanas siguientes adquieren una rutina imposible, de las que parecen domésticas.
Primero llegan los desayunos: Elena baja cada mañana a la cocina y encuentra música sonando en alguna radio antigua, ventanas abiertas y a Nicolás flotando en posturas imposibles mientras comenta el clima como un jubilado espectral.
—Llueve otra vez.
—Vivimos en el norte.
—¿Y qué? En el norte también hay sol.
Luego siguen las cenas. Ella cocina mientras él charla sentado sobre la encimera, incapaz de probar nada pero muy implicado en opinar sobre recetas.
—Más ajo.
—Ya lleva ajo.
—Nunca es suficiente ajo.
—Hablas como una abuela italiana fallecida.
—Gracias.
También llegan las discusiones en el supermercado. Comprar comida acompañada de un fantasma resulta agotador, porque Nicolás lo comenta todo. Por suerte, Elena ya sale con los auriculares inalámbricos puestos: hablar sola sigue siendo cosa de gente perturbada, estemos en el siglo que estemos.
—No necesitas cuatro tipos distintos de queso.
—Claro que sí.
—Eso no es alimentación. Es una crisis nerviosa láctea.
Elena empuja el carrito por el pasillo, intentando ignorarlo, mientras varias señoras mayores la miran hablar sola frente a los yogures. Se coloca el pelo tras la oreja para que vean su flamante auricular, a ver si dejan de cuchichear, y sigue comprando junto al fantasma.
—Coge las fresas.
—No están buenas en esta época.
—Pero transmiten optimismo.
—Las fresas no transmiten emociones.
—Eso demuestra que llevas mucho tiempo triste.
Elena suspira.
—¿Sabes qué echo de menos? La época en la que pensaba que mi principal problema era el colesterol.
Nicolás flota dentro de un congelador, mirando pizzas.
—Deberías comprar la cuatro quesos.
—No puedes comer.
—Pero puedo juzgar visualmente.
Ella intenta seguir ignorándolo hasta que una anciana pasa junto a ellos y le sonríe con amabilidad.
—Es bonito verla tan animada hablando sola. Mi marido también empezó así antes de necesitar medicación.
Elena se queda petrificada mientras Nicolás se dobla de risa sobre las pizzas congeladas.
Después llegan las conversaciones nocturnas, que son un poco más peligrosas, porque ocurren cuando el caserón se queda en silencio y fuera solo existen la lluvia contra los cristales y el bosque oscuro.
Elena se sienta junto a la chimenea con una copa de vino entre las manos, mientras Nicolás flota tumbado en el aire frente al fuego, como si la gravedad fuese una sugerencia decorativa.
Hablan durante horas, de cualquier cosa.
Y poco a poco Elena empieza a olvidar que él está muerto, hasta que atraviesa algún objeto y arruina el momento.
Una noche Elena se queda dormida en el sofá mientras lee, con el libro abierto sobre el pecho y la lluvia golpeando las ventanas del salón.
Nicolás llega desde el pasillo dispuesto a seguir hablando de una película terrible que vio en 1984…
y se detiene, porque Elena está tranquila.
No parece triste ni vacía. Duerme. La manta se ha deslizado hasta el suelo y él actúa por instinto, inclinándose para recolocarla sobre sus piernas.
Su mano atraviesa la tela. Nicolás se queda quieto.
Luego vuelve a intentarlo, aunque sabe de sobra lo que va a pasar.
Los dedos cruzan otra vez la manta sin moverla.
Algo le cruza el rostro: frustración, anhelo… Hace mucho que no piensa en todo lo que ya no puede hacer: sentir calor, sujetar una taza, abrazar a alguien. Pero verla dormida, tan cansada incluso descansando, despierta en él una sensación incómoda.
La casa cruje y Nicolás acaba sentándose en el suelo junto al sofá, con la espalda apoyada en él, mirando la lluvia al otro lado de las ventanas.
—Esto empieza a complicarse —murmura en voz baja.
Elena se mueve un poco entre sueños.
—Mmm…
—Nada —dice él, aunque ella ni siquiera está despierta—. Vuelve a dormir.
Y se queda allí toda la noche.
La primera carcajada real ocurre un martes por la noche. Todo empieza porque Nicolás intenta demostrar que sabe bailar tango.
—No puedes bailar —dice Elena desde el sofá—. Eres casi transparente.
—El arte trasciende las limitaciones físicas.
—Eso ha sonado pretencioso incluso para un fantasma.
—Observa y aprende.
Lo que ocurre después se parece bastante a un colapso paranormal. Nicolás intenta ejecutar un giro elegante, atraviesa la lámpara del salón, provoca un apagón momentáneo y termina atrapado dentro de una pared, con la dignidad perjudicada.
Silencio. Luego, su voz amortiguada desde dentro del tabique:
—Esto había salido mejor en 1986.
Y Elena… se rompe. La risa sale de golpe, enorme, imparable.
Tiene que inclinarse hacia delante porque le falta el aire, y las lágrimas se le acumulan en los ojos mientras Nicolás protesta desde el interior de la pared por «problemas técnicos menores».
Ella sigue riéndose. Es una risa de verdad, de las que duelen un poco, de las que hacía tiempo que no conocía.
Nicolás consigue salir de la pared y se queda quieto, mirándola desde el centro del salón mientras Elena intenta recuperar el aliento. Y entonces sucede algo extraño: él sonríe, pero más emocionado que divertido. Eso la obliga a dejar de reír poco a poco.
El silencio que queda es suave, íntimo y cálido, y por eso mismo peligroso. Elena baja la vista hacia su copa de vino.
—Hacía años que no me reía así.
Nicolás no responde de inmediato.
—Lo sé.
Ella aprieta los dedos alrededor de la copa. Fuera sigue lloviendo y la casa cruje a su alrededor. Quizá sea el cansancio, o el fuego, o la forma en que él la mira, pero de repente las palabras empiezan a salir solas.
—Toda mi vida giró alrededor de otras personas.
Nicolás no se mueve.
—Primero mis padres. Después mi marido y los niños. Siempre había alguien necesitando algo: horarios, comidas, emociones. Yo solo… funcionaba.
Traga saliva.
—Y un día me di cuenta de que ya no sabía quién era cuando nadie necesitaba nada de mí.
El fuego chisporrotea entre ambos.
—Eso da mucho miedo, ¿sabes? —confiesa en voz baja—. Descubrir que llevas décadas siendo un personaje secundario en tu propia vida.
Nicolás ya no sonríe. La mira con una tristeza callada que Elena nunca le había visto. Acaba de entender algo horrible: ella no llegó rota al caserón. Llegó vacía. Y eso es peor.
Aparta la vista hacia el fuego antes de hablar.
—Vamos a llenarte otra vez.
Elena levanta la cabeza.
—¿Perdón?
Él recupera una sonrisa pequeña y torpe, pero sincera.
—De cosas buenas, Elena. Antes de que esta casa termine absorbiéndote como a una viuda victoriana.
Y ella vuelve a reírse un poco, pero ya no le parece solo un fantasma.