Amor, ruinas y cadenas eternas (Crónicas del desastre sobrenatural nº 3) CAPÍTULO 4. EL FANTASMA TIENE RAZÓN Y ESO ES INSOPORTABLE
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CAPÍTULO 4. EL FANTASMA TIENE RAZÓN Y ESO ES INSOPORTABLE

Elena comprende algo horrible: Nicolás empieza a ganar terreno.

No porque sea manipulador, ni porque el caserón esté poseído por una entidad ancestral dedicada al crecimiento personal agresivo.

El verdadero problema es que el fantasma tiene una energía tan optimista que choca contra su depresión como una pelota de tenis contra una ventana. Y además nunca se calla.

—¿Sabes qué aspecto tienes hoy? —pregunta Nicolás, atravesando una pared del salón, mientras ella desayuna café frío y tostadas tristes.

Elena ni siquiera levanta la vista.

—El de una mujer divorciada y decepcionada por la existencia.

—No, el de alguien que podría protagonizar un documental escandinavo sobre agotamiento.

—Gracias.

—No era un cumplido.

Ella suspira y abre el portátil. Nicolás flota hasta colocarse detrás de la silla y mira la pantalla por encima de su hombro con una cercanía innecesaria.

—¿Llevas cuarenta minutos mirando recetas sin cocinar ninguna?

—Estoy pensando.

—Eso no es pensar. Eso es contemplar pasta gratinada con desesperación existencial.

Elena aprieta los labios.

—¿No tienes actividades fantasmales? ¿Crujir cadenas? ¿Aparecerte en espejos? ¿Asustar turistas?

—No. Tengo una misión más importante.

—¿Cuál?

Nicolás sonríe, radiante.

—Sacarte de esta casa antes de que te conviertas en una seta.

Elena cierra los ojos.

—Voy a fingir que no he escuchado eso.

—Perfecto. Yo fingiré que no llevas el mismo jersey desde el martes.

Eso provoca algo extraordinario: Elena se enfada. Es un enfado pequeño y cansado, pero real y vivo. Nicolás lo detecta al instante y sonríe como quien lleva décadas esperando justo eso.

—¡Ahí está! —celebra, señalándola—. ¡Ira! ¡Actividad neuronal! ¡Emociones humanas!

—Voy a tirarte por la ventana.

—Si piensas en asesinarme, te recuerdo que ya estoy muerto.

Nicolás parece encantado, y aquello resulta irritante sin explicación posible.

—Buscaré una forma.

El sabotaje empieza oficialmente al día siguiente, cuando Elena descubre que alguien ha hecho desaparecer su pijama favorito.

Y por «favorito» se refiere al conjunto gris, enorme, deshilachado y emocionalmente equivalente a rendirse ante la existencia.

Lo busca durante quince minutos. Debajo de la cama, en el armario, en el cesto de la ropa sucia, dentro de la lavadora e incluso dentro del horno, porque convivir con un fantasma altera los estándares lógicos de una persona. Nada.

Al final encuentra el pantalón colgando de la lámpara del comedor como una declaración de guerra textil.

—Nicolás.

El fantasma asoma por la pared con esa insultante energía positiva que siempre lo acompaña.

—Buenos días.

—¿Por qué mi pijama está decorando el techo?

—Porque ese pijama transmite el mismo erotismo que un martes de febrero.

—Tiene forro polar.

—Tiene pinta de rendición.

Elena agarra el pantalón con violencia.

—Devuélveme la sudadera.

—No.

—¿Perdón?

—Hoy vas a vestirte como una mujer que todavía pertenece al mundo de los vivos.

—Tengo cincuenta y tres años y ciática. Ya no necesito impresionar a nadie.

Nicolás cruza los brazos.

—No estoy hablando de impresionar. Estoy hablando de que llevas semanas comportándote como un mueble cansado.

Ella se queda callada un momento.

—Eres muy molesto.

—Y tú necesitas pantalones que no parezcan los que se quedaron grandes a un jugador de baloncesto de 2,23 metros.

Después descubre que alguien ha abierto todas las contraventanas del caserón y la luz gris de otoño entra por las habitaciones, iluminando el polvo suspendido en el aire.

El lugar sigue siendo viejo y húmedo, pero ya no parece un mausoleo.

Suena jazz antiguo desde un gramófono que Elena juraría no haber visto antes.

—¿De dónde has sacado eso?

—La casa lo tenía guardado.

—La casa no guarda gramófonos funcionales, como si fuera un trastero mágico.

Nicolás la mira con auténtica sorpresa.

—Elena, esta casa guarda una armadura medieval en el cuarto de baño del segundo piso. Tus estándares sobre lo raro necesitan actualizarse.

Ella decide no preguntar. Es una decisión inteligente, o eso cree hasta que entra en la cocina y descubre ingredientes preparados sobre la encimera: tomates, ajo, pan, aceite y romero. Junto a ellos, una nota escrita con letra torcidísima.

«Vas a cocinar algo que no salga de un microondas o provocaré actividad poltergeist en el váter.»

Elena levanta la vista y encuentra a Nicolás flotando boca abajo, pegado al techo.

—¿Eso es una amenaza paranormal?

—Es motivación culinaria.

—No puedes obligarme.

—Puedo mover objetos mientras haces pis o… lo otro, para que te desconcentres.

—Eres un monstruo.

—Pero un monstruo con objetivos.

La parte difícil llega cuando termina de cocinar, porque descubre algo todavía más horrible: le gusta.

No cocinar. Su compañía. Nicolás está sentado sobre la encimera mientras ella corta verduras, y habla sin respirar nunca, quizá porque tampoco lo necesita.

Le cuenta cómo murió intentando arreglar una lámpara gigantesca durante una fiesta en 1987 y cómo una señora intentó exorcizarlo con agua bendita robada de una iglesia de Toledo.

—Una vez hice llorar a un electricista.

—¿Por qué?

—Me aparecí detrás de él tarareando a Raphael.

Elena intenta contener la risa y fracasa un poco. Nicolás lo nota y se le ilumina la cara.

—¡Eso ha sido una sonrisa!

—No exageres.

—¡Ha habido movimiento facial! ¡Voy a celebrarlo!

La lámpara del comedor empieza a parpadear sola.

—No hagas eso.

—La casa comparte mi entusiasmo.

—La casa necesita medicación.

Unos días después, mientras Elena friega los cacharros de la cena, el móvil vibra sobre la encimera. Es un mensaje de su hija. Nicolás, que está sentado junto a la nevera, se asoma por encima de su hombro con una cercanía que ni siquiera disimula.

«¿Qué tal, mamá? Hace días que no sé nada de ti. ¿Has salido de casa?»

—No leas mis mensajes.

—No leo. Interpreto. Es una tradición espectral muy respetada.

Elena se seca las manos y teclea con dos dedos.

«Sí, todo bien. He salido.»

—¿Has salido? —pregunta Nicolás.

—Al porche.

—El porche es la casa con corriente de aire.

—Ella no tiene por qué saberlo.

El móvil vuelve a vibrar.

«¿Y comes bien?»

Elena escribe «Sí». Lo mira. Lo envía.

—Una palabra —comenta Nicolás—. Eso no es una respuesta, es un trámite.

—Es una respuesta corta.

—Es la respuesta de una mujer que le cuenta sus sentimientos a la lavadora.

—Eso fue una vez.

Otro zumbido. Esta vez el mensaje es más largo, y Elena lo lee dos veces antes de que Nicolás pueda leerlo por encima de su hombro.

«Mamá, en serio. ¿Estás bien?»

Elena se queda con el pulgar suspendido sobre la pantalla. Escribe «Sí, no te preocupes» y lo borra. Escribe «Todo perfecto» y lo borra también. Nicolás flota a su lado sin decir nada, lo cual, tratándose de él, es casi una intervención.

—Dilo tú —murmura ella al fin—. Ya que opinas tanto, ¿qué le pongo?

—Lo que has hecho hoy que no sea mirar paredes.

—Nada.

—Has cocinado. Con tomate de verdad.

—Eso no se lo voy a contar.

—¿Por qué no?

Elena no sabe responder. Mira la pantalla. Después, con la sensación de estar saltando desde un trampolín, escribe:

«He cocinado. Con tomate de verdad.»

Lo envía antes de arrepentirse. La respuesta tarda tres segundos.

«¿¿¿TÚ???»

Y enseguida otra, y otra:

«Qué orgullo, mamá.»

«Mándame foto.»

—No pienso mandar foto —dice Elena.

—Manda foto.

—Parece comida de contenedor.

—Manda foto.

Ella lo hace: un plato torcido, un tomate a medio cortar, una cuchara fuera de sitio. La respuesta es un emoji de aplauso y un «Esto es lo mejor que me has enviado en un año».

Elena se queda mirando el mensaje más tiempo del necesario. Luego deja el móvil sobre la encimera, boca abajo, y vuelve a los platos. Nicolás, por una vez, no comenta nada.

—Tu hija tiene razón —dice al cabo de un rato—. Llevas semanas sin pasar de la verja.

—Hoy no empieces.

—Mañana, entonces.

Los días empiezan a cambiar. Despacio, casi sin que ninguno de los dos lo note. Elena vuelve a cocinar algunas noches. Nicolás insiste en comentar cada receta como si fuese jurado de un concurso culinario paranormal.

—Más sal.

—No respiras. No puedes probar nada.

—La muerte me ha vuelto intuitivo.

También llegan los desayunos. Ella toma café junto a la ventana mientras él se sienta en cualquier superficie imposible: el respaldo de una silla, una estantería, lo alto de la nevera.

Nicolás escucha mucho más de lo que Elena esperaba, y de repente ella termina contándole cosas que llevaba años sin verbalizar.

Cómo dejó de pintarse porque «ya no valía la pena».

Cómo un día se dio cuenta de que nadie le preguntaba qué quería ella.

Nicolás se queda callado después de escucharla, algo muy raro en él.

—Eso debió de doler —dice al final.

Y Elena nota un pellizco en el pecho, porque no recuerda la última vez que alguien habló de su tristeza como algo importante en lugar de incómodo.

Esa misma noche lo encuentra mirando fotografías antiguas en el pasillo de arriba. La casa está casi a oscuras y solo entra la luz azulada de la lluvia por las ventanas altas. Nicolás está inmóvil frente a uno de los marcos, y eso ya es raro, porque casi nunca se queda quieto. Elena se acerca.

—¿Quiénes son?

El fantasma tarda en responder.

—Mi familia.

Ella mira la fotografía amarillenta. Un matrimonio sonriente. Dos niños pequeños. Nicolás, más joven. Vivo.

—Tu madre tenía cara de dar miedo.

—Porque era gallega.

—Ah.

Elena vuelve a mirar la fotografía.

—¿Los echas de menos?

Nicolás sonríe un poco, pero esta vez la sonrisa no ilumina nada. Es una sonrisa triste.

—Al principio sí. Luego… supongo que uno aprende a convivir con la ausencia.

Elena baja la mirada. Eso le golpea más de lo que esperaba, porque entiende bien lo que significa acostumbrarse a vivir alrededor de huecos. Nicolás la mira entonces.

—¿Sabes qué creo?

—Miedo me da preguntarlo.

—Creo que llevas tanto tiempo sobreviviendo para otras personas que has olvidado cómo vivir para ti.

Ella intenta bromear, pero no le sale, y Nicolás no insiste. Se queda con ella en mitad del pasillo mientras la lluvia golpea las ventanas y la casa respira a su alrededor.

Una noche terminan sentados en el suelo del salón, con la lluvia fuera y el caserón crujiendo a su alrededor. Elena sostiene una copa de vino y Nicolás intenta jugar al ajedrez, aunque atraviesa las piezas.

—Haces trampas.

—Estoy muerto. Tengo ventajas tácticas.

Ella se ríe. No es la sonrisa pequeña ni la exhalación cansada de siempre, pero tampoco una carcajada: es una risa corta, de las que se escapan solas y sorprenden incluso a quien las emite.

La risa se apaga enseguida y Nicolás se queda quieto, mirándola. Elena tarda en darse cuenta de que sigue sonriendo. Cuando se da cuenta, el silencio que queda es suave y cálido. Nicolás sonríe.

—Ahí estás —murmura.

Ella baja la vista hacia la copa de vino e intenta ignorar el nudo que se le ha formado en la garganta. Lo más aterrador de la casa no son los fantasmas ni las puertas. Es esto. Nicolás la mira con una sonrisa pequeña y tierna.

—Te queda mucho mejor esta versión.

Elena resopla, intentando ignorar el calor desproporcionado que se le ha instalado en el pecho.

—¿Qué versión?

—La que se ríe.

Ella aparta la mirada.

—No te acostumbres mucho.

—Imposible. Pienso celebrarlo cada vez que ocurra.

De pronto todas las luces del salón parpadean a la vez, y Elena levanta la vista hacia él.

—No me digas que has hecho eso tú.

—Elena, por favor. Yo solo he encendido dos lámparas. El resto ha sido la casa – comenta, pareciendo de lo más ofendido.

La madera cruje encima de ellos. Después, una de las puertas del pasillo se abre sola con solemnidad fantasmal. Elena mira el espectáculo con la copa en la mano.

—Vivo dentro de una secta paranormal de apoyo emocional.

Nicolás sonríe, henchido de orgullo.