CAPÍTULO 3. LA DEPRESIÓN Y LOS POLTERGEISTS
Nicolás decide declararle la guerra a la tristeza de Elena un jueves a las nueve y diecisiete de la mañana, mientras la ve inmóvil debajo de tres mantas, con la vista clavada en el techo y la concentración espiritual de quien no piensa en nada.
Al principio intenta ignorarlo, de verdad que lo intenta.
Lleva muerto demasiado tiempo para involucrarse en dramas humanos complejos.
Tiene hobbies razonables para un fantasma antiguo, como escuchar conversaciones ajenas desde las tuberías, reorganizar libros por puro aburrimiento espectral y asustar un poco a repartidores de Amazon cuando la rutina se pone pesada.
Pero la tristeza de Elena es peligrosa. No es la de llorar viendo películas románticas ni la de escuchar canciones melancólicas mientras se limpia la cocina.
Lo suyo es peor: una tristeza silenciosa que convierte a las personas en muebles funcionales.
Y Nicolás no soporta ese tipo de tristeza, así que decide intervenir.
El primer sabotaje ocurre con las mantas.
Elena despierta a la mañana siguiente con un frío raro y tarda en comprender el problema: durante la noche alguien le ha robado dos mantas.
Se incorpora y mira alrededor, pero, como es lógico, la habitación está vacía.
Las mantas están dobladas con esmero sobre la cómoda, al otro lado del dormitorio. Elena cierra los ojos y respira hondo.
—Nicolás.
La voz del fantasma llega desde el pasillo con una energía tan alegre que casi resulta ofensiva.
—¡Buenos días!
—Devuélveme mis mantas.
Nicolás se asoma atravesando a medias la pared, con una taza invisible entre las manos por pura costumbre.
—No.
—¿Perdón?
—Llevas catorce horas seguidas metida en la cama y eso empieza a parecer preocupante incluso para estándares narcolépticos.
—Estoy descansando.
—Elena, ayer cenaste queso directamente del envoltorio mirando una pared durante cuarenta minutos.
—Fue una experiencia introspectiva.
—Fue tristísimo.
Ella le lanza una mirada asesina y Nicolás sonríe, radiante: es un avance real. Enfado. Magnífico. Mucho mejor que la apatía funeraria habitual.
—Devuélveme las mantas.
—No hasta que desayunes algo que no provoque depresión nutricional.
Elena termina levantándose solo para discutir con él, lo que Nicolás considera una victoria táctica aplastante.
El verdadero problema llega media hora después, cuando entra en el vestidor improvisado para cambiarse de ropa y descubre que alguien ha reorganizado todo el armario.
Se queda quieta frente a las perchas, cierra los ojos, se los frota con los dedos y vuelve a mirar, pero nada ha cambiado.
La ropa no solo está clasificada por colores: cada grupo lleva un cartelito con su «nivel de tristeza», sea lo que sea lo que eso signifique.
—Nicolás.
—¿Sí? —responde él desde algún lugar del techo, con entusiasmo criminal.
—¿Por qué has clasificado así mi ropa?
—Porque necesitabas estructura.
Elena gira sobre sí misma, horrorizada. Nicolás asoma a medias por la puerta del armario y señala las distintas secciones con orgullo espectral.
—Ahí tenemos «divorcio elegante», «voy a ignorar mis emociones hasta morir» y «he renunciado a la sociedad». Y al fondo, la colección especial «si compro suficientes jerséis beige tal vez desaparezca como persona».
—Voy a exorcizarte.
—No puedes exorcizarme porque técnicamente estoy ayudando.
—¡Has puesto etiquetas!
—La de «crisis emocional con botones» me parece de lo más precisa.
Elena agarra una percha con saña.
—¿Cómo sabes siquiera qué ropa uso?
—Elena, llevas tres semanas rotando los mismos cuatro jerséis depresivos. Hasta la casa empieza a preocuparse.
—La casa no puede preocuparse.
Una tubería cruje encima de ambos y Nicolás sonríe.
—Discrepa.
La siguiente ofensiva empieza con la música. Elena descubre que el fantasma tiene unos gustos musicales caóticos y una capacidad sobrenatural para activar radios antiguas en el peor momento posible.
Está lavándose los dientes cuando Frank Sinatra empieza a sonar a todo volumen desde el baño.
—¡NICOLÁS!
—¡Esa canción mejora la higiene dental!
—¡Son las siete de la mañana!
—¡Por eso necesitamos apoyo moral!
La radio sube de volumen sola y Elena sale del baño dispuesta a cometer un crimen espiritual. Encuentra a Nicolás flotando boca abajo sobre el sofá del salón, tarareando, feliz.
—¿Sabes qué hacían antes las personas tristes?
—Morirse de tuberculosis con mucho dramatismo, supongo.
—¡Bailar! La gente bailaba muchísimo más antes. Ahora todos os quedáis mirando pantallas y desarrolláis ansiedad lumbar.
—No voy a bailar contigo.
—No hace falta. Puedes enfadarte con ritmo.
Durante los días siguientes la situación escala. Nicolás abre cortinas, enciende luces, hace desaparecer las tazas de café frío que Elena abandona durante horas… Y desarrolla una obsesión agresiva con ventilar la casa.
—¿Por qué están abiertas TODAS las ventanas? —pregunta Elena, envuelta en una bata, mientras el viento helado invade el salón.
Nicolás está sentado encima de una librería.
—Porque llevas tres días creando una atmósfera compatible con la de un monasterio abandonado.
—¡Hace frío!
—¡Hace depresión!
—¡Eso ni siquiera es una temperatura!
—Pues debería serlo.
A continuación le da por meter vida vegetal en el caserón. Elena lo descubre al regresar de recoger el pan que dejan en la verja y encontrar doce macetas nuevas alineadas en las ventanas del salón. Doce.
—¿De dónde han salido estas plantas?
Nicolás flota junto a la chimenea.
—La vecina del camino las deja fuera para que les dé el sol.
—¿Has robado geranios?
—Los he tomado prestados por necesidad emocional.
—¡Eso no existe!
—Ahora sí.
Elena deja la bolsa del pan sobre la mesa y mira, horrorizada, la pequeña jungla que invade el salón.
—No quiero plantas.
—Necesitas seres vivos alrededor.
—Tú estás muerto.
—Por eso tengo perspectiva.
Ella intenta ignorarlo, pero entonces descubre un pequeño cartel clavado en una maceta.
«ESTA CASA NECESITA FOTOSÍNTESIS Y TERAPIA».
Elena cierra los ojos.
—Voy a vender esta propiedad y marcharme a vivir a un parking.
Elena empieza a perseguirlo de habitación en habitación solo para discutir, y eso mejora su estado de ánimo, aunque ninguno de los dos lo admite en voz alta.
Luego llegan las novelas románticas. Todo empieza de un modo inocente: un libro sobre su almohada, uno horrible, con una portada en la que un hombre semidesnudo abraza a una mujer vestida de época bajo una tormenta, con una sensualidad tan irreal como insistente.
Elena lo sostiene con dos dedos y cara de horror.
—¿Qué demonios es esto?
Nicolás se materializa al instante.
—Literatura.
—Esto tiene pinta de contener escenas donde alguien dice «milady» sin ironía.
—Exacto. Y además hay tensión sexual junto a caballos.
—Voy a quemarlo.
—No puedes quemar libros dentro de una casa antigua de madera. Eso sería una declaración de intenciones muy difícil de explicar a los bomberos.
El libro reaparece dos horas después sobre la mesa del comedor, luego en el baño, luego dentro de la nevera. Al final, sobre su pecho, cuando Elena despierta de una siesta accidental en el sofá.
—¡BASTA!
Nicolás emerge del suelo con expresión inocente.
—¿Qué? Igual te gusta.
—No me gustan las novelas románticas.
—Eso no ha sonado convincente.
—Tengo cincuenta y tres años, Nicolás.
—¿Y?
—Y ya no estoy para historias absurdas.
El fantasma ladea la cabeza.
—Creo que ese es el problema.
Elena se queda quieta y Nicolás comprende en el acto que ha tocado algo delicado, sobre todo cuando ella aparta la mirada.
—La ilusión se acaba —dice en voz baja—. Llega un momento en que simplemente… desaparece.
La casa se queda en silencio; hasta las tuberías dejan de crujir.
Nicolás la mira desde el otro lado del salón, con una seriedad rara en su cara siempre alegre.
Él recuerda lo que era sentirse vivo: enamorarse, reírse hasta quedarse sin aire.
Elena actúa como si hubiese enterrado todo eso mucho antes de llegar al caserón, así que Nicolás decide redoblar esfuerzos.
Pero hay momentos, pocos, en que Nicolás deja de moverse. Suelen coincidir con aquellos en que también Elena se detiene, sin darse cuenta, y se queda mirando por una ventana o sosteniendo algo sin recordar por qué lo ha cogido. En esos momentos Nicolás no hace nada. Solo mira.
Aquella noche la encuentra despierta en la cocina, a las tres de la madrugada.
La casa está a oscuras, salvo por la pequeña luz de los fogones.
Elena está sentada frente a una taza de café ya frío, envuelta en una manta enorme, mirando la lluvia que golpea las ventanas.
No llora, y eso es mucho peor. Nicolás se materializa al otro lado de la mesa.
—Los humanos deberíais dormir más.
—Los fantasmas deberíais dejar de materializaros sin avisar.
—Pierde dramatismo si lo aviso antes.
Ella resopla. La lluvia sigue cayendo sobre el bosque.
—¿Sabes qué es lo peor del divorcio? —pregunta Elena de pronto.
Nicolás no responde enseguida.
—¿El papeleo?
Ella deja escapar una risa cansada, pequeñísima, pero Nicolás la nota como si alguien hubiera encendido una luz en la cocina.
—No —murmura—. Lo peor es descubrir que llevabas años desapareciendo y ni siquiera te habías dado cuenta.
El fantasma la mira en silencio.
—Eso suena horrible.
—Lo es.
Elena baja la vista hacia la taza.
—Un día te das cuenta de que ya no haces nada porque te guste. Solo haces cosas porque alguien las necesita. O las espera. O porque llevas veinte años haciéndolas y no sabes cómo parar.
Nicolás se queda quieto. Por primera vez desde que ella llegó, no hace bromas.
—Y un día —continúa Elena con voz distante— tus hijos se marchan, tu marido se enamora de una mujer que hace yoga sobre acantilados y tú te quedas mirando un supermercado sin recordar cuál era tu comida favorita antes de convertirte en madre de otras personas.
Cuando deja de hablar, la casa cruje en voz baja alrededor de ambos. Nicolás la mira con algo nuevo en la cara: una tristeza pequeña y antigua.
—Creo —dice al final, midiendo las palabras— que nadie debería sentirse así. Nunca.
Las siguientes semanas se convierten en una guerra doméstica sobrenatural.
Nicolás esconde mantas, le cambia los canales tristes de la televisión y le mueve las zapatillas para obligarla a caminar descalza hasta encontrarlas.
Un día reorganiza toda la cocina solo para provocar una reacción.
Funciona: Elena empieza a enfadarse con regularidad.
—¡¿QUIÉN PONE LOS PLATOS EN ORDEN ALFABÉTICO?!
—¡La organización también puede ser arte!
—¡ERES UN POLTERGEIST DE MIERDA!
—¡Y TÚ UNA SEÑORA DRAMÁTICA CON EXCESO DE MANTAS!
Silencio. Ambos se quedan quietos. Nicolás parpadea y empieza a sonreír: Elena acaba de gritarle con vida, con emoción real. Ella se da cuenta un instante después y parece horrorizada consigo misma. Él, en cambio, parece feliz.
—Oh, Dios mío —murmura Elena, llevándose una mano a la cara—. Me estás obligando a desarrollar una personalidad agresiva y vulgar.
Nicolás parece emocionado.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que debajo de toda esa tristeza había una señora con potencial para discutir en mercados!
—No sé qué significa eso.
—Significa que dentro de seis meses podrás amenazar a alguien con una barra de pan y yo estaré orgullosísimo.
—Eres el peor fantasma del mundo.
—Y tú acabas de insultarme con energía real. Estamos creciendo juntos.
Elena intenta mantener la seriedad, pero fracasa un poco, y Nicolás lo nota enseguida.
—¡ESO HA SIDO CASI UNA SONRISA!
—No exageres.
—La he visto. Ha durado medio segundo, pero ha ocurrido. La casa entera lo ha sentido.
Una de las lámparas de la cocina parpadea sola. Elena levanta la vista, horrorizada.
—No me digas que la casa también te sigue el juego.
Nicolás sonríe, orgulloso.
—El caserón lleva semanas de mi parte —declara, triunfal.