Amor, ruinas y cadenas eternas (Crónicas del desastre sobrenatural nº 3) CAPÍTULO 2. LA CASA VENÍA CON UN HOMBRE MUERTO
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CAPÍTULO 2. LA CASA VENÍA CON UN HOMBRE MUERTO

Elena se queda inmóvil un espacio de tiempo indeterminado, de dos segundos a cuatro horas, contemplando al fantasma que acaba de sentarse sobre la encimera.

Ya no le queda energía psicológica suficiente para procesarlo con cordura.

Durante los últimos meses ha atravesado un divorcio humillante, tres reuniones familiares en las que todo el mundo le hablaba como si acabara de sobrevivir a una guerra civil, una crisis existencial en el pasillo de productos de limpieza y una infección urinaria provocada por el estrés.

Así que un hombre muerto comiendo galletas intangibles encaja a la perfección en su nueva normalidad.

El desconocido también la mira con curiosidad mientras la galleta caída atraviesa el suelo de la cocina y desaparece.

—Bueno —dice él—. Creo que esto está siendo un poco incómodo para ambos.

—Usted está muerto.

—Sí. Bastante muerto, en realidad. Desde 1987, más concretamente.

—¿1987?

—Buen año para la música. Malo para electrocutarse manipulando una lámpara mientras uno intenta impresionar a una mujer.

Elena se queda sin saber qué replicar. Se pellizca con disimulo para comprobar si está teniendo una pesadilla tras haberse dormido mientras sacaba cosas de la maleta, pero le duele, y cuando estás soñando no te duelen los pellizcos, ¿verdad?

Claro que también puede haberse estampado con el coche en alguna cuneta, y entonces la casa encantada sería una alucinación y el dolor, el de las heridas.

O a lo mejor… Sacude la cabeza e intenta centrarse.

La radio sigue sonando bajito detrás de él.

—No. No, no. Esto no puede estar pasando.

—¿La parte de mi muerte o la parte de las galletas? —pregunta el hombre, casi divertido.

Elena se aprieta el puente de la nariz con agotamiento.

—Intentemos racionalizar esto.

—Eso suele salir regular.

—Estrés —empieza ella, señalándose a sí misma—. Falta de sueño. Menopausia. Probablemente vino barato. Quizá un brote psicótico elegante.

—¿Elegante?

—Lleva una camisa preciosa. Mi subconsciente tiene estándares.

El fantasma sonríe, y ahí empieza el verdadero problema, porque resulta encantador.

Parece alguien capaz de hacer amistades en la cola del supermercado, y esa es la gente que a Elena más le cuesta ignorar.

Con el pelo despeinado y unos ojos llenos de vida pese al pequeño detalle técnico de estar muerto.

Demasiado vivo para un fallecido, y eso le resulta inquietante.

—¿Cómo se llama? —pregunta él.

—¿Cómo voy a presentarme a una alucinación?

—Eso no responde la pregunta.

—Elena —responde, y solo al decirlo se da cuenta de que se ha presentado como si estuvieran en el bingo de la parroquia.

—Encantado, Elena. Yo soy Nicolás, espíritu residente, fantasma ocasional y víctima histórica de decisiones eléctricas cuestionables.

—No pienso normalizar esta conversación.

—Pues vamos regular, porque ya llevamos bastante rato charlando.

Elena lo ignora y empieza a caminar nerviosa por la cocina, intentando ordenar sus pensamientos sin mucho éxito, porque eso de que un fantasma socialice con una es algo bastante irracional.

La cocina cruje alrededor de ambos. La lluvia sigue golpeando las ventanas y Nicolás, sentado en la encimera, balancea las piernas con tranquilidad espectral.

—De acuerdo —dice ella—. Si realmente fuese un fantasma…

—Lo soy.

—…si realmente fuese un fantasma, ¿por qué sigue aquí?

Nicolás se encoge de hombros.

—La verdad es que nadie me lo ha explicado bien. Un día me morí y al siguiente seguía aquí, viendo cómo mi madre regalaba mis discos porque «ocupaban demasiado espacio».

—Eso es horrible.

—Sí, todavía estoy resentido con ella por haberse deshecho de mis vinilos. Tenía el primer álbum de Mecano en perfecto estado.

Elena vuelve a quedarse callada. El problema es que todo parece demasiado real: el sonido de su voz, la música, la cocina, la forma en que la lámpara vibra cuando Nicolás mueve las manos… No se siente como una alucinación. Y eso le preocupa más que la posibilidad de estar perdiendo la cabeza.

—Voy a dormir —declara.

—Buena idea.

—Y mañana usted habrá desaparecido.

Nicolás hace una mueca ambigua.

—No quiero ayudarle a hacerse falsas expectativas.

Elena decide ignorarlo otra vez y abandona la cocina sin despedirse, aunque siente cómo él la sigue con la mirada.

—Por cierto —dice Nicolás a su espalda.

Ella se detiene en el pasillo.

—¿Qué?

—La habitación azul del fondo tiene menos humedad.

—¿Perdón?

—La tubería de la habitación principal lleva rota desde 1996. Gotea dentro del armario. Horrible experiencia textil, o eso pensaría su ropa colgada si pudiera hablar.

Elena tarda en responder.

—¿Está diciéndome que el fantasma conoce mejor la fontanería de la casa que yo?

—El aburrimiento da para mucho cuando uno lleva muerto décadas…

La mañana siguiente resulta decepcionante para Elena, porque Nicolás sigue allí. Y habla muchísimo. Descubre su presencia apenas entra en la cocina medio dormida y escucha una voz alegre procedente del techo.

—Buenos días. Has dormido fatal.

Elena levanta la cabeza. Nicolás atraviesa el techo hasta la cintura y la mira boca abajo, con expresión curiosa. Ella lo mira un momento. Luego se sirve café.

—Esto ya ni siquiera me sorprende.

—Tienes una capacidad preocupante para adaptarte a lo paranormal.

—Tengo cincuenta y tres años y dos hijos adultos. Después de sobrevivir a la adolescencia masculina, el concepto «fantasma» pierde bastante fuerza.

Poco después descubre que convivir con un fantasma complica ciertas actividades cotidianas. Sobre todo, ducharse.

El agua caliente tarda siglos en salir y el baño parece una versión arquitectónica de la depresión: azulejos antiguos y una cortina floral que con toda seguridad ya estaba allí durante la Transición.

Aun así, Elena consigue encerrarse con la firme intención de recuperar un mínimo de dignidad personal tras dormir en una casa encantada.

Lo que no esperaba era oír la voz de Nicolás atravesando la puerta.

—Por cierto, el grifo de la izquierda explota a veces.

Elena cierra los ojos.

—¿Perdón?

—No siempre. Solo cuando hace frío. O calor. O humedad. Aunque bueno, aquí siempre hay humedad.

—¿Podría tener intimidad cinco minutos?

—Con esto de estar muerto, mi concepto de intimidad se ha deteriorado mucho.

—Pues reconstrúyelo lejos de mi ducha.

Se hace el silencio. A Elena le extraña que el fantasma haya claudicado con tanta facilidad, y no tarda en comprender por qué: las luces del baño parpadean con violencia, se oye un golpe enorme en las tuberías y el agua sale disparada, con presión demoníaca, contra el techo.

—¡JODER!

—¡ESO ES NUEVO! —grita Nicolás desde el pasillo con auténtico entusiasmo.

Elena intenta regular el agua mientras la ducha escupe vapor infernal y la cortina se le pega a la espalda como una criatura marina hostil. En mitad del caos oye algo parecido a una carcajada fantasmal.

—¿Te estás riendo de mí?

—Un poco, sí.

—Voy a vender esta casa y a meterme en un convento.

La presión disminuye por fin. Elena permanece unos instantes quieta bajo el agua caliente, intentando respirar despacio.

Y entonces, sin venir a cuento, empieza a llorar, un agotamiento líquido que le sale por los ojos mientras apoya una mano contra la pared húmeda.

El divorcio, la casa vacía, sus hijos haciendo sus vidas…

Y sobre todo la sensación constante de haber desaparecido.

Ni siquiera sabe por qué llora. Quizá porque ya no queda nadie delante de quien fingir que está bien.

Y justo entonces, la casa empieza a temblar.

Elena levanta la cabeza, sobresaltada. Las luces parpadean otra vez. En el pasillo se oye caer algo enorme, seguido de la voz alarmada de Nicolás.

—¡Espera! ¡No llores más! ¡La casa hace cosas rarísimas cuando estás triste!

El temblor se detiene de golpe. Silencio. Elena se queda quieta bajo el agua.

—¿La casa reacciona a mí?

Pausa incómoda al otro lado de la puerta.

—Bueno… sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde que llegaste.

—¿Y lo ibas a mencionar en algún momento o esperabas que lo dedujera sola?

—Estaba buscando el momento adecuado.

—Nicolás, llevo un día aquí.

—Ha sido un día muy movido para ambos.

Elena permanece quieta bajo el agua, procesando aquello. La casa reacciona a sus emociones. Estupendo. Como si no tuviera ya suficiente con gestionar las propias.

—¿Qué pasa si me enfado mucho?

—Mejor no averiguarlo de momento.

Nicolás sonríe siempre y habla sin cesar. Comenta el café horrible que bebe Elena y critica la distribución de las cajas. Le recomienda no abrir cierto armario «porque una vez encontraron una comadreja muerta y la experiencia fue espantosa».

El problema empieza cuando Nicolás decide que Elena organiza las cajas «con energía depresiva» y empieza a intervenir.

—Eso no puede ir ahí.

Elena levanta la cabeza desde el suelo del salón.

—¿Cómo que no puede ir ahí?

—Ese sillón necesita estar junto a la ventana.

—¿Por qué?

—Porque la luz del atardecer entra preciosa desde ese lado.

—Eres un fantasma.

—Y tú una señora divorciada decorando como un funcionario en crisis.

Elena lo mira con indignación auténtica por primera vez desde que llegó al caserón.

—¿Acabas de insultar mi salón?

—Sí. Y volvería a hacerlo.

Durante un buen rato mantienen una discusión absurda sobre distribución de muebles mientras Nicolás flota por la habitación señalando rincones.

—La alfombra está torcida.

—La alfombra está perfectamente.

—Elena, por favor, he muerto aquí. Conozco mejor los ángulos del salón que tú.

—No pienso recibir consejos de interiorismo de un cadáver.

—Eso es lo que diría alguien con prejuicios contra los muertos.

Elena intenta ignorarlo, pero Nicolás continúa moviendo objetos pequeños con la poca energía física que todavía consigue manipular. Un cojín vuela solo hasta el sofá. Después otro.

—¡Deja de tocar cosas!

—¡Estoy creando armonía visual!

—¡Estás embrujando Ikea!

Elena arrastra por fin el sillón hasta la ventana y el salón queda mucho mejor.

Lo odia por ello. Se sienta, y la luz del atardecer entra tal como él dijo que entraría.

No lo menciona. Pero Nicolás se queda mirándola un momento más de lo necesario, porque es la primera vez desde que llegó que Elena se detiene.

Ella también descubre que morir no le ha quitado a Nicolás la capacidad de invadir el espacio personal. De hecho, la ha empeorado: surge detrás de ella sin avisar y se apoya junto a su hombro para mirar cualquier cosa que esté haciendo.

Y Nicolás empieza a seguirla por la casa sin darse cuenta.

Se presenta en la cocina mientras Elena prepara café y en la biblioteca vacía mientras limpia estanterías escuchando programas de crímenes reales, con la serenidad de alguien que ya no teme morir.

Se queda junto a la chimenea mirándola leer sin pasar ni una sola página durante casi media hora.

No se percata del patrón hasta que Elena levanta la cabeza desde el sofá y lo mira con cansancio.

—¿Me estás vigilando?

—¿Qué? No.

—Llevas tres horas apareciendo detrás de mí.

—Eso suena peor de lo que es.

—¿Comportamiento de fantasma acosador?

Nicolás abre la boca para defenderse y luego vuelve a cerrarla, porque se da cuenta de que ella tiene razón.

Y le irrita no saber por qué lo hace. Después de tanto tiempo solo en la casa, llega de repente alguien que amenaza retratos antiguos y reorganiza mantas en su guerra contra Ikea.

A lo mejor es que Elena resulta difícil de ignorar…

—No necesitas siete mantas decorativas —opina él mientras Elena intenta ordenar el salón.

—Necesito estabilidad emocional y tampoco la tengo.

—Eso ha sido muy triste.

Elena continúa sacando mantas de una caja.

Nicolás la observa en silencio, apoyado contra la pared, y que se quede callado más de un minuto ya debería resultar preocupante, porque empieza a notar cosas.

Elena no coloca objetos en la casa con ilusión, sino con resignación logística.

Dobla la ropa como quien archiva documentos administrativos.

Ni siquiera mira los libros antes de ponerlos en las estanterías: llena espacios vacíos para no pensar.

Y la casa también parece darse cuenta. Cruje menos cuando ella duerme e incluso la humedad del pasillo principal retrocede un poco alrededor de las habitaciones donde Elena pasa más tiempo.

Las casas viejas cambian con las personas, y Nicolás lo sabe bien: esta mujer triste está convirtiendo el caserón encantado más insoportable del norte de España en algo parecido a un hogar deprimido.

Ella suspira y sigue abriendo cajas. Nicolás, flotando cerca, vuelve a pensar que Elena no sonríe nunca. No disfruta desempaquetando ni decorando. Se limita a estar en las habitaciones, sin energía para participar en la vida.

Además, Elena ha destruido por completo su rutina espectral.

Su entretenimiento principal había sido mover cuadros dos centímetros, asustar mapaches y reorganizar la biblioteca según criterios que no le importaban a nadie, incluido él.

Ahora se pasa el día observándola, y eso debería resultar mucho más aburrido, pero no lo es, porque Elena llena espacios.

Deja tazas olvidadas sobre las mesas y canta fatal y sin ganas mientras dobla ropa.

La casa llevaba décadas vacía de vida real, y Nicolás descubre demasiado tarde que ya espera el sonido de sus pasos.

Sin apenas darse cuenta, pasan juntos los primeros diez días y crean rutinas ridículas, como la de ver juntos el atardecer.

Una tarde, Elena está sentada en el porche delantero con una taza de café frío entre las manos, mirando el bosque húmedo sin expresión alguna.

La niebla baja entre los árboles y el caserón cruje a sus espaldas.

Nicolás se sienta a su lado, sobre la barandilla.

—¿Sabes? —dice él tras un rato—. Antes esta casa daba miedo de verdad.

—Ajá.

—Una vez aparecieron murciélagos dentro de una sopa.

—Mmmm.

—Y en 1973 un cura intentó exorcizar el sótano porque creyó que escuchaba voces demoníacas.

—¿Funcionó?

—No. Era la caldera.

Silencio otra vez. Nicolás la mira de reojo. Elena ni siquiera sonríe; en su cara no hay más reacción que el cansancio. Entonces él deja de balancear las piernas y, por primera vez desde que ella llegó, parece preocupado de verdad.

Lleva un rato callado cuando Elena saca el móvil del bolsillo. Mira la pantalla iluminada. Hay un mensaje de su hija preguntando si va todo bien en la nueva casa.

Elena escribe:

«Sí, todo perfecto».

Y Nicolás siente algo distinto al verla quedarse mirando el escueto mensaje largo rato antes de guardar el teléfono sin añadir nada más.

Lleva días sin comer bien y llora en la ducha cuando cree que nadie la escucha.

Y acaba de escribirle a su hija que todo está perfecto.

Vuelve a quedarse quieta, como si existir fuese una tarea agotadora.

—Elena.

—¿Qué?

Nicolás duda.

—Creo que estás más muerta tú que yo.