Amor, ruinas y cadenas eternas (Crónicas del desastre sobrenatural nº 3)
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CAPÍTULO 1. LA CASA QUE RESPIRA
Elena toma la peor decisión de su vida un martes lluvioso de noviembre, mientras firma la compra de un caserón abandonado que huele a humedad y a errores acumulados durante generaciones. La agente inmobiliaria intenta sonreír mientras desliza los papeles sobre la mesa de la notaría.
—Tiene mucho potencial.
Elena ya sospecha que «mucho potencial» es un eufemismo inmobiliario que significa «si no se derrumba durante el invierno, considérese afortunada».
Aun así firma. Acaba de divorciarse después de veintisiete años de matrimonio, sus hijos viven ya sus propias vidas y hace ocho meses que su existencia entera cabe en un correo del banco.
Su único objetivo es encontrar yogures en oferta, y apenas reconoce la cara que le devuelve el espejo del súper cuando nadie la mira.
La casa está lejos de todo: de los vecinos que preguntan, de las amigas que dicen «ahora empieza tu nueva etapa» con energía de coach motivacional recién salida de Instagram y, sobre todo, de su exmarido y de la mujer que aparece en las fotos que él sube a las redes, con la sonrisa de alguien que todavía no ha necesitado un traumatólogo.
Para algo debe servirle ese pellizquito que le tocó en el Euromillones y que le va a permitir tomarse una larga excedencia y comprarse una casa en la otra punta de España.
El caserón aparece entre la niebla como una mala decisión tomada durante un colapso emocional.
Elena lo contempla desde el coche, con expresión vacía, mientras el limpiaparabrisas lucha en vano contra la lluvia.
Está segura de que, si alguna vez desaparece de repente, sus hijos usarán esa imagen para explicarle a la policía que llevaba meses intentando arruinarse la vida por iniciativa propia.
La casa tiene tejado de pizarra, una fachada de piedra oscurecida por décadas de lluvia y tantas ventanas, altas, estrechas y medio tapadas por la hiedra, que parece haber desarrollado ojos por puro aburrimiento arquitectónico.
Hasta el bosque que la rodea parece incómodo con su ubicación: los árboles se inclinan hacia ella, como si intentaran escuchar conversaciones privadas.
—Perfecto —murmura apagando el motor—. Justo el sitio donde asesinan a gente en los documentales.
Baja del coche con las rodillas protestando por el viaje.
El silencio del bosque resulta extraño. Todo huele a tierra húmeda y hojas mojadas.
Permanece quieta bajo la lluvia, mirando la casa e intentando reunir energía moral suficiente para entrar.
Sus ojos se dirigen al maletero del utilitario, lleno de cajas con el resumen completo de su vida, más una cafetera italiana que defendió durante el divorcio con una agresividad impropia de una mujer civilizada.
Inspira hondo para darse ánimos, coge su maleta con ruedas y una caja del asiento trasero y avanza hacia la puerta principal como quien se dirige voluntariamente hacia una crisis nerviosa decorada con vigas de madera.
La llave necesita tres intentos para abrir la puerta, que responde con un crujido larguísimo, un sonido húmedo y antiguo que parece salir de las paredes y suena a maldición ancestral despertando de la siesta.
Luego se atasca a medio metro. Elena tira de ella una vez.
Luego otra. Después usa la cadera, con la resignación física de una mujer que ya ha perdido demasiadas discusiones contra objetos domésticos, y la casa responde con otro crujido, largo y desagradable.
—Ah, estupendo. Además eres pasivo-agresiva.
Consigue entrar arrastrando la maleta, y la rueda se rompe al chocar contra una baldosa levantada. Elena se queda mirando la rueda arrancada. Luego decide que, a estas alturas, podría presenciar un sacrificio demoníaco en el salón y lo máximo que haría sería pedir una manta.
El recibidor huele a polvo y a lluvia atrapada durante décadas.
El parquet protesta bajo cada paso y las paredes están cubiertas de retratos antiguos cuyos habitantes tienen esa expresión que uno espera de quienes con toda probabilidad escondieron cadáveres en sótanos durante el siglo XIX.
Uno de ellos, el más perturbador, muestra a una mujer de negro sosteniendo algo que podría ser un perro muy feo o un demonio pequeño.
Elena decide no analizarlo. Está demasiado cansada para tener miedo.
Llega un punto en el que incluso los fantasmas pierden prioridad frente a la necesidad de sentarse diez minutos sin que nadie te pida nada, y entonces ya no sabes si estás siendo valiente o si simplemente has dejado de importarte.
Sube las escaleras con parsimonia, mientras la casa sigue crujiendo a su paso. Hay humedad en varias esquinas y una corriente fría que recorre los pasillos como si tuviera sitios a los que ir. Lo único que piensa es que necesitará llamar a un fontanero.
Abre una puerta y encuentra un cuarto vacío salvo por una silla colocada de cara a la pared, que es justo lo que uno espera no encontrar nunca en una casa recién comprada. Elena la mira un momento, cierra la puerta con cuidado y sigue andando.
—No voy a preguntar.
La habitación principal está mucho más limpia que el resto. Hay una cama enorme junto a una ventana orientada al bosque y una chimenea de piedra cubierta por una fina capa de polvo. Elena deja la caja en el suelo y se sienta en el colchón mientras el silencio del caserón se instala a su alrededor.
Por primera vez en mucho tiempo no oye discusiones ni a alguien preguntándole dónde están las toallas. Solo la lluvia en el tejado. Se queda mirando la pared hasta que algo golpea abajo, en la planta baja.
Clonc.
Elena parpadea. Luego vuelve el silencio.
—La casa se está asentando —dice en voz alta, porque, al parecer, hablar sola ya forma parte de su personalidad.
Otro ruido. Esta vez más fuerte. Algo parecido a un portazo.
—Pues va a ser que la casa se está asentando…
Decide ignorarlo y sigue sacando cosas mientras anochece al otro lado de las ventanas.
Durante un rato consigue distraerse organizando libros y colocando mantas sobre la cama, con la lluvia repiqueteando en el tejado.
Al vaciar otra caja encuentra una taza vieja en la que pone «FELIZ 25 ANIVERSARIO».
La mira, la mete en un armario, vuelve a sacarla y la mira de nuevo.
Al final decide usarla para guardar destornilladores.
Entonces oye música y se queda inmóvil. La melodía llega amortiguada desde algún lugar de la planta baja: un piano suave acompañado de un contrabajo lejano, jazz de otra época.
Elena frunce el ceño. No tiene altavoces conectados ni wifi y, desde luego, no cree que se haya dejado nadie a un músico olvidado dentro de casa.
La música sigue un poco más y se apaga de golpe.
Silencio otra vez. Luego se oye a alguien abriendo armarios en la cocina.
Elena sostiene una toalla mientras su cerebro intenta decidir si es un asesino, un vagabundo, un brote psicótico asociado a la menopausia o un fantasma.
Y, la verdad, la cuarta opción no le parece la menos probable.
Con un suspiro agotado deja la toalla sobre la cama y sale al pasillo.
—Mira, de verdad que no estoy preparada para vivir una película de terror —anuncia—. Si alguien quiere matarme, tendría que esperar al menos hasta que encuentre dónde he metido el cargador del móvil.
Comienza a bajar las escaleras y oye pasos.
Lentos. Vienen de arriba, y Elena sabe que allí solo hay un cuarto cerrado con una silla contra la pared y el dormitorio que acaba de abandonar.
Aun así, se detiene. Silencio completo durante cinco segundos.
Más pasos. Un crujido. No sabe si salir de la casa o buscar un psiquiatra, pero está tan cansada que opta por el camino más fácil.
—Si eres un asesino en serie, necesito avisarte de que tengo ciática y probablemente no disfrutarás mucho la persecución.
Silencio.
Guiada por el aroma a galletas recién hechas, llega a la cocina.
Está vacía, pero alguien ha encendido una luz y una radio que ella no había visto nunca descansa sobre la encimera, reproduciendo jazz antiguo.
Una bandeja de galletas humea sobre la mesa y, junto a ella, hay una olla en los fogones.
Elena se queda mirando la escena mientras el vapor sube hacia el techo.
Entonces una cuchara se mueve sola, apenas lo justo para dar un golpe metálico contra el borde de la olla.
Clonc.
Elena se queda mirando la cuchara.
—Perfecto —murmura—. Además tengo fantasmas. Mira —agrega en voz alta, a la nada—, si vas a poseerme intenta hacerlo antes de Navidad, porque no pienso soportar cenas familiares este año, que no está el horno para bollos.
La cuchara vuelve a sonar.
Clonc.
—Eso ha sonado afirmativo. ¿Tendremos posesión o aprenderemos a convivir como gente civilizada? Prometo no dejar mis bragas sucias tiradas en mitad del pasillo.
En ese mismo instante, la lámpara del techo empieza a balancearse, cada vez más fuerte. Elena retrocede un paso mientras la luz proyecta sombras deformes por toda la cocina y la casa entera cruje como si acabara de despertarse.
—No voy a gritar —advierte, señalando el techo—. Llevo demasiados años siendo madre para impresionarme así como así.
La lámpara se detiene de golpe. Silencio. Y entonces alguien carraspea a su espalda. Elena gira tan rápido que casi se disloca una rodilla.
Hay un hombre sentado con aparente tranquilidad en una silla de la cocina.
Tiene el pelo oscuro y algo despeinado, ropa anticuada y la expresión relajada de quien no entiende el impacto psicológico de aparecer sin avisar en casas ajenas.
En una mano sostiene una galleta, o al menos algo que la atraviesa con muy poco rigor científico.
El hombre la mira con incomodidad. Luego baja la vista hacia el trozo de galleta fantasmal que se desintegra entre sus dedos semitransparentes y suspira.
—Sigo haciéndolo por costumbre —explica—. En realidad, no puedo digerirlas desde 1987.
Elena lo mira en silencio. Luego recorre con la vista la cocina, la lámpara, la radio, la olla, el hombre transparente…
—Perfecto.
El fantasma parece incómodo.
—¿Perfecto?
—Sí. Divorcio, depresión y ahora fantasmas. Solo me falta desarrollar una adicción al bingo y completaré el pack de señora derrotada por la existencia.
El fantasma parpadea. Luego sonríe un poco.
—Bueno… si sirve de algo, creo que lo está gestionando de una forma envidiable.
Elena deja las llaves sobre la mesa.
—Eso es porque todavía no he encontrado el cargador del móvil.