AMOR RETORCIDO CAPITULO.1 #8
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CAPITULO.1 #8

—La cláusula de implementación sigue vigente —dije—. La junta querrá escuchar tus conclusiones directamente.

—¿Eso es una invitación o una orden?

—Depende de cuánto quieras discutirlo.

Ella soltó una breve carcajada.

—Ahí está el Croft que conozco.

—Y ahí está la Bianchi que nunca sabe cuándo rendirse.

Nos observamos durante unos segundos.

Londres nos esperaba.

También las preguntas sin respuesta sobre AeroItalia.

Y, sin duda, Arthur Croft.

Pero por primera vez, el futuro no parecía una batalla que debiera librar solo.

—Entonces supongo que tendremos una presentación que preparar —dijo ella.

—Juntos.

Sienna sostuvo mi mirada un instante más antes de asentir lentamente.

Y por primera vez en mucho tiempo, la palabra juntos no sonó como una obligación.

Sonó como una elección.

CAPITULO.22

Sienna

La determinación en la mirada de Alistair era imposible de ignorar.

Acababa de tomar una decisión.

Y, por primera vez desde que lo conocía, no parecía dispuesto a retroceder.

Lo observé en silencio durante varios segundos.

La luz de la mañana atravesaba los ventanales de la suite, iluminando los ángulos severos de su rostro y suavizando apenas la rigidez que normalmente lo acompañaba.

Resultaba extraño verlo así. Sin la distancia profesional.

Sin las barreras cuidadosamente construidas que siempre utilizaba para mantener al mundo a raya.

Más humano.

Y mucho más peligroso.

—¿En los términos de ambos? —repetí lentamente.

Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios.

—Me pareció una propuesta razonable.

—No sueles ser razonable.

—Tú tampoco.

Rodé los ojos.

—Eso no responde mi pregunta.

Alistair sostuvo mi mirada.

—Significa que no voy a tomar decisiones por los dos.

Aquella respuesta consiguió sorprenderme.

Porque esperaba una orden.

Esperaba al director ejecutivo acostumbrado a controlar cada situación.

No aquello.

No una invitación.

No una elección.

—¿Y si decido quedarme en Roma? —pregunté.

Su mandíbula se tensó apenas un instante.

—Entonces lo aceptaré.

Parpadeé.

—Eso tampoco parece propio de ti.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Pero empiezo a entender que intentar obligarte a hacer algo suele ser una pérdida de tiempo.

Una carcajada escapó de mis labios.

—Al menos has aprendido algo.

—He aprendido demasiado desde que te conocí.

Por un momento ninguno de los dos habló.

La realidad seguía esperándonos.

Londres.

La junta directiva.

Arthur Croft.

Y, por supuesto, las preguntas sin respuesta sobre AeroItalia.

Porque por mucho que intentáramos ignorarlo, el problema seguía ahí.

Las transferencias sospechosas.

Los documentos alterados.

La sensación constante de que alguien estaba ocultando algo.

—Tenemos que volver al tema de la investigación —dije finalmente.

La expresión de Alistair cambió al instante.

El ejecutivo regresó.

—Lo sé.

—Alguien intentó acceder a mis archivos en Roma.

—Y alguien manipuló documentación dentro de AeroItalia.

Asentí.

—No creo que sean coincidencias.

—Yo tampoco.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Esta vez era diferente.

Más serio.

Más peligroso.

Porque ambos sabíamos que aquello ya no era únicamente una disputa financiera.

Había intereses mucho mayores en juego.

Alistair se levantó y caminó hacia los ventanales.

Observó la ciudad durante unos segundos antes de girarse hacia mí.

—Si vuelves a Londres conmigo, vamos a llegar hasta el final.

La firmeza de su voz me hizo contener la respiración.

—¿Aunque eso implique enfrentarte a personas dentro de tu propia empresa?

—Especialmente si implica eso.

Lo observé con atención.

No parecía estar exagerando.

No parecía estar haciendo promesas vacías.

Por primera vez, parecía dispuesto a desafiar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.

Incluso a su propia familia.

Incluso al imperio Croft.

—Entonces supongo que tendré que preparar mi equipaje —dije.

Una satisfacción silenciosa cruzó su mirada.

—¿Eso significa que aceptas?

Me levanté lentamente.

—Significa que alguien tiene que evitar que conviertas Londres en un desastre mientras intentas resolver esta crisis.

—Qué alivio.

—No te emociones demasiado, Croft.

Su sonrisa se amplió apenas un poco.

Y fue suficiente para hacer que algo se acomodara dentro de mi pecho.

Quizá Londres se convertiría en un campo de batalla.

Quizá Arthur Croft intentaría destruir todo lo que habíamos construido.

Quizá descubrir la verdad sobre AeroItalia sería más peligroso de lo que imaginábamos.

Pero mientras observaba a Alistair bajo la luz dorada de Roma, tuve la sensación de que estábamos a punto de entrar en la parte más importante de nuestra historia.

Y esta vez no tendríamos que hacerlo solos.

CAPITULO.23

Alistair

El cristal de la torre de Knightsbridge devolvía un reflejo impecable de mi silueta.

Llevaba un traje negro de tres piezas, una camisa blanca inmaculada y una corbata gris perfectamente ajustada. El nudo estaba firme. La fachada de granito había sido reconstruida. Desde el exterior, cualquiera habría pensado que Alistair Croft había recuperado el control absoluto de su mundo.

Pero las apariencias rara vez contaban toda la historia.

Bajo aquella impecable armadura corporativa, mi cuerpo todavía recordaba Roma.

Recordaba el aroma a jazmín.

La suavidad de unas sábanas revueltas.

La mirada desafiante de una mujer que había conseguido hacer tambalear los cimientos de una vida construida sobre la disciplina.

Habíamos aterrizado en Luton la tarde anterior a bordo del Gulfstream corporativo.

Durante el vuelo mantuvimos las distancias frente a la tripulación.

Ninguno cometió errores.

Ninguno cruzó líneas.

Pero los silencios compartidos, las miradas sostenidas por demasiado tiempo y el roce ocasional de nuestras manos sobre los informes demostraron que la distancia física era una ilusión.

Sienna había aceptado regresar a Londres.

Y yo ya no estaba dispuesto a dejarla marchar.

—Señor Croft, la señorita Bianchi acaba de llegar al piso ejecutivo.

La voz de Beatrice sonó a través del intercomunicador.

—Los miembros de la junta directiva y el señor Arthur Croft ya están tomando asiento en la sala principal.

Mis dedos abandonaron el informe que estaba revisando.

Era la hora.

—Gracias, Beatrice. Informe a la señorita Bianchi que la acompañaré en dos minutos.

—Sí, señor.

La línea se cortó.

Me puse de pie.

Ajusté los puños de mi camisa.

Tomé una respiración lenta.

Y abandoné el despacho.

El pasillo ejecutivo estaba tan impecable como siempre. Mármol pulido. Cristal. Silencio.

Todo diseñado para proyectar poder.

La vi en cuanto dobló la esquina.

Y, como ocurría cada vez, el resto desapareció.

Sienna parecía haber nacido para aquel entorno.

Elegante.

Segura.

Imposible de ignorar.

Vestía un traje negro perfectamente entallado que proyectaba autoridad sin esfuerzo. El cabello oscuro estaba recogido en un moño pulcro que dejaba al descubierto la línea elegante de su cuello. Caminaba con la seguridad de alguien que jamás había pedido permiso para ocupar espacio.

Sus ojos se encontraron con los míos.

Y una chispa peligrosa cruzó entre nosotros.

—Señor Croft —saludó con impecable profesionalidad.

La ligera curva de sus labios desmentía por completo el tono formal.

—Lista para la fosa de los leones.

Me acerqué hasta quedar a su lado.

—No hay leones aquí, Sienna.

Ella arqueó una ceja.

—¿No?

—Solo hombres de negocios esperando un informe.

—Eso suena peor.

Una sonrisa fugaz amenazó con aparecer en mi rostro.

La contuve.

Apenas.

Comenzamos a caminar juntos hacia la sala de juntas.

—Mantén la cabeza fría —murmuré.

—Siempre la mantengo.

Rozó apenas mi brazo con el suyo.

Un gesto tan sutil que nadie más habría reparado en él.

—Preocúpate por la tuya, Alistair.

—¿Por qué?

—Porque tu padre lleva cinco minutos mirando la puerta.

La advertencia consiguió exactamente el efecto que pretendía.

Mi mandíbula se tensó.

Arthur Croft.

El hombre que había gobernado cada etapa de mi vida.

El hombre cuya aprobación había perseguido durante años.

El hombre al que, por primera vez, estaba dispuesto a desafiar.

Llegamos frente a las puertas dobles de la sala principal.

Dos asistentes permanecían inmóviles a ambos lados.

Esperando.

Observando.

Juzgando.

Tomé el pomo de la puerta.

Por un segundo sentí la presencia de Sienna junto a mí.

Firme.

Inquebrantable.

Real.

Y comprendí algo que llevaba demasiado tiempo negándome.

Ya no estaba solo.

Empujé las puertas.

La conversación dentro de la sala murió al instante.

Doce miembros de la junta directiva ocupaban sus asientos alrededor de la enorme mesa de caoba.

Documentos.

Tabletas.

Informes financieros.

Décadas de poder concentradas en una sola habitación.

Y en la cabecera, como un monarca observando su reino, estaba Arthur Croft.

No se levantó.

No sonrió.

Ni siquiera fingió cordialidad.

Simplemente nos observó entrar.

Su mirada se detuvo primero en mí.

Después en Sienna.

Y finalmente volvió a mí.

Evaluando.

Midiendo.

Buscando debilidad.

Durante años aquella mirada había sido suficiente para imponer silencio.

Durante años había bastado para recordarme cuál era mi lugar.

Esta vez no.

Avancé hacia mi asiento sin apartar los ojos de él.

A mi lado, Sienna sostenía su tableta con absoluta tranquilidad.

Ni una sola señal de nerviosismo.

Ni una sola muestra de duda.

Y mientras tomábamos nuestros lugares frente a la junta directiva, comprendí que la verdadera batalla nunca había estado en Roma.

Ni en Milán.

Ni siquiera en los balances financieros de AeroItalia.

La verdadera batalla estaba a punto de comenzar en aquella sala.

Y por primera vez en años, no entraba allí para obedecer a mi padre.

Entraba para desafiarlo.

CAPITULO.24

Sienna

El silencio que reinaba en la sala de juntas del Grupo Croft no era un silencio ordinario; era una presión atmosférica densa, diseñada para hacer arrodillar a cualquiera que no llevara un apellido de la aristocracia británica.