CAPITULO.1 #7
Simplemente aparecía y lo cambiaba todo.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá y cerré los ojos durante un instante.
La biblioteca volvió a mi memoria.
Su mirada.
Su voz.
La forma en que había pronunciado mi nombre.
Maldita sea.
Nunca había conocido a nadie capaz de desordenarme de aquella manera.
Un leve sonido interrumpió mis pensamientos.
La puerta.
Mis ojos se abrieron inmediatamente.
El pulso se me aceleró antes incluso de escuchar el segundo clic.
Había dejado el cerrojo sin poner.
Una decisión deliberada.
Una apuesta.
Una esperanza que me había negado a reconocer.
La puerta terminó de abrirse.
Y allí estaba ella.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Sienna permaneció junto a la entrada, iluminada por la tenue luz del pasillo.
Llevaba un vestido color esmeralda que realzaba el tono cálido de su piel y hacía imposible apartar la mirada.
Pero no fue eso lo que me dejó sin respiración.
Fue que había venido.
Había elegido estar allí.
Conmigo.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella.
El silencio se instaló entre nosotros.
Un silencio cargado de expectativas.
De preguntas.
De todo aquello que ninguno había sido capaz de decir todavía.
—Dijiste que no te hiciera ir a buscarme.
Su voz rompió la quietud de la habitación.
Sonaba tranquila.
Pero la conocía lo suficiente para detectar la tensión oculta detrás de cada palabra.
Me puse de pie lentamente.
—Y aquí estás.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—No me gustan las amenazas.
—No era una amenaza.
Comencé a caminar hacia ella.
—Era una petición.
Sus ojos se suavizaron apenas.
Solo un poco.
Lo suficiente para hacerme sentir algo que llevaba días evitando.
Esperanza.
Me detuve frente a ella.
La distancia entre nosotros era mínima.
Pero esta vez no había prisas.
No había interrupciones.
No había reuniones ni contratos esperando al otro lado de una puerta.
Solo nosotros.
—Viniste —dije.
La mirada de Sienna permaneció fija en la mía.
—Sí.
Una única palabra.
Y, sin embargo, contenía más honestidad que cualquier conversación que hubiéramos tenido hasta entonces.
Exhalé lentamente.
Por primera vez desde que llegué a Roma sentí que podía respirar de nuevo.
—No he dejado de pensar en ti.
La confesión salió antes de que pudiera detenerla.
Los ojos de Sienna se abrieron ligeramente.
No parecía esperar aquella sinceridad.
La verdad era que yo tampoco.
Ella bajó la vista durante un instante.
Después volvió a mirarme.
Y lo que encontré allí hizo tambalear las últimas defensas que aún conservaba.
Porque ya no había desafío.
Ni provocación.
Solo vulnerabilidad.
La misma que sentía yo.
—Yo tampoco he dejado de pensar en ti, Alistair.
Aquellas palabras me golpearon con más fuerza que cualquier cosa que hubiera escuchado en años.
Porque no provenían de la consultora brillante.
Ni de la mujer que siempre tenía una respuesta preparada.
Venían de Sienna.
Simplemente Sienna.
Y por primera vez comprendí que quizá ninguno de los dos estaba luchando por ganar.
Quizá llevábamos demasiado tiempo luchando para no admitir que ya habíamos perdido.
El uno con el otro.
CAPITULO.20
Sienna
El roce de la seda de mi vestido contra la tela impecable de su traje fue suficiente para recordarme que aquello estaba ocurriendo de verdad.
Alistair estaba allí.
Frente a mí.
En Roma.
Porque había decidido venir.
Durante semanas habíamos convertido cada conversación en una batalla.
Cada mirada en un desafío.
Cada silencio en una guerra de voluntades.
Y, sin embargo, ahora que la distancia había desaparecido, lo único que quedaba era una honestidad aterradora.
Sus dedos rozaron mi mejilla con una delicadeza que contrastaba por completo con la intensidad de su mirada.
Aquello me sorprendió.
Porque durante mucho tiempo había pensado que Alistair Croft solo conocía el control.
La disciplina.
La exigencia.
Pero había algo más detrás de todo eso.
Algo que empezaba a mostrarme cuando bajaba las defensas.
—No tenía intención de dejarte marchar así, Sienna.
Su voz fue apenas un murmullo.
Como si aquella confesión le costara más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Lo observé durante unos segundos.
La luz tenue de la suite suavizaba las líneas severas de su rostro.
Por primera vez desde que lo conocí, parecía cansado.
No físicamente.
Emocionalmente.
Como si llevara demasiado tiempo cargando con algo que nunca había compartido con nadie.
—Entonces deberías haberme detenido antes.
Una sonrisa breve apareció en sus labios.
—Probablemente.
Aquella respuesta arrancó una risa suave de mi garganta.
Y algo cambió entre nosotros.
Porque ya no estábamos discutiendo.
No intentábamos ganar.
No intentábamos demostrar quién tenía razón.
Simplemente estábamos allí.
Juntos.
Alistair dio un paso más cerca.
Lo suficiente para que pudiera sentir la tranquilidad que comenzaba a instalarse poco a poco entre nosotros.
Era una sensación extraña.
Después de tantas semanas de tensión, esperaba fuego.
Esperaba otra batalla.
Pero lo que encontré fue algo mucho más peligroso.
Paz.
Su mano encontró la mía.
Entrelazó nuestros dedos con naturalidad.
Como si aquello fuera lo más sencillo del mundo.
Como si no hubiera cruzado un continente para llegar hasta allí.
Como si nuestros mundos no fueran completamente distintos.
Como si todo encajara.
Mi corazón se aceleró.
Y supe que él lo notó.
Siempre parecía notarlo.
—¿En qué estás pensando? —preguntó.
Bajé la vista hacia nuestras manos unidas.
Después volví a mirarlo.
—En que esto no debería ser tan fácil.
La expresión de Alistair se suavizó.
—No está siendo fácil.
No.
Tenía razón.
Nada de aquello había sido fácil.
Pero por primera vez tampoco parecía imposible.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
Escuchando el murmullo lejano de la ciudad más allá de los ventanales.
Roma seguía viva al otro lado del cristal.
Pero dentro de aquella habitación el tiempo parecía haberse detenido.
Alistair llevó mi mano hasta sus labios y dejó un beso suave sobre mis nudillos.
El gesto fue tan inesperado que me dejó sin palabras.
Porque no había arrogancia.
Ni posesividad.
Ni necesidad de demostrar nada.
Solo sinceridad.
Y quizá eso fue lo que terminó de derribar mis últimas defensas.
Porque comprendí que el hombre que tenía delante ya no era únicamente el heredero de un imperio.
Era alguien que estaba intentando elegir por sí mismo.
Por primera vez en su vida.
Y una parte de mí quería creer que aquella elección podía incluirme.
La idea debería haberme asustado.
En lugar de eso, me hizo sonreír.
Y cuando Alistair me devolvió la sonrisa, supe que ambos acabábamos de cruzar una frontera mucho más importante que cualquier océano.
La distancia entre Londres y Roma había sido fácil.
La verdadera distancia era la que existía entre nuestros corazones.
Y poco a poco, estábamos aprendiendo a recorrerla.
CAPITULO.21
Alistair
La luz dorada del amanecer romano se filtraba por los ventanales del Hotel de Russie, dibujando líneas brillantes sobre el suelo de parqué y las sábanas revueltas.
Me desperté con la presencia tranquila de Sienna a mi lado.
Dormía con una expresión de absoluta paz, con un mechón de cabello negro cruzándole el rostro y la seda esmeralda de su vestido arrugada tras una noche demasiado corta.
Pasé una mano por mi rostro, exhalando lentamente. El aroma a jazmín y sándalo volvía a envolverme, pero esta vez, el pánico frío que me había perseguido en Milán no apareció. En su lugar, sentí una certeza silenciosa y profunda que resultaba tan inquietante como liberadora.
Durante años había permitido que el deber definiera cada decisión de mi vida.
Había aceptado las expectativas de mi padre, las responsabilidades del Grupo Croft y la disciplina que me mantenía siempre un paso por delante de los demás.
Pero Sienna había alterado ese equilibrio.
Había atravesado todas mis defensas con una facilidad que todavía me costaba comprender.
Me incorporé con cuidado para no despertarla.
Mi camisa de sastre seguía abandonada sobre una silla y la corbata descansaba en una esquina de la habitación.
El lunes tendría que regresar a Londres.
Mi padre esperaba resultados. La junta directiva esperaba al director ejecutivo implacable de siempre.
El imperio Croft seguía funcionando como una máquina perfectamente engrasada.
Pero algo había cambiado.
Y ya no estaba dispuesto a fingir lo contrario.
Un movimiento suave a mi lado me sacó de mis pensamientos.
Sienna abrió los ojos lentamente y parpadeó varias veces antes de enfocarme. En cuanto nuestras miradas se encontraron, reconocí el instante exacto en que levantó sus defensas habituales.
—¿Vas a decirme otra vez que esto fue un error, Croft? —preguntó con voz adormecida mientras se incorporaba—. Porque si has venido hasta Roma para arrepentirte, prefiero saberlo ahora.
No la dejé continuar.
Me incliné ligeramente hacia ella y sostuve su mirada.
—No fue un error, Sienna.
La habitación quedó en silencio.
—No voy a fingir que nada ocurrió. Y tampoco voy a actuar como si esto no hubiera cambiado las cosas.
Sus ojos se abrieron apenas un poco más.
Por primera vez desde que la conocía, parecía no tener una respuesta preparada.
—Tengo que volver a Londres el domingo por la tarde —continué—. Mi padre espera la presentación ante la junta el lunes. Y la situación de AeroItalia todavía plantea demasiadas preguntas.
Sienna guardó silencio.
—Pero hay algo que debes entender —añadí—. Ya no pienso tomar decisiones basándome únicamente en lo que otros esperan de mí.
La intensidad de su mirada se suavizó.
—Eso suena peligroso.
—Probablemente lo sea.
Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.
La primera de la mañana.
Y fue suficiente para hacerme sentir más tranquilo de lo que había estado en semanas.