CAPITULO.1 #6
Nombres.
Empresas.
Transferencias.
Cada nueva coincidencia aumentaba mi preocupación.
Al final ya no quedaban dudas.
Alguien estaba utilizando una red de compañías intermediarias para mover dinero fuera de la aerolínea.
Y llevaba años haciéndolo.
—¿Vas a informar a los Croft? —preguntó Mateo.
Me quedé observando la pantalla.
La respuesta lógica era sí.
La respuesta emocional era mucho más complicada.
Porque informar a los Croft significaba hablar con Alistair.
Y después de Milán, no estaba preparada para eso.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Miré la pantalla.
Mi respiración se detuvo.
Un correo nuevo.
Remitente: Alistair Croft.
Durante varios segundos me limité a observar su nombre.
Finalmente abrí el mensaje.
Solo contenía una línea.
"He leído tu informe. Tenemos que hablar."
Nada más.
Ninguna explicación.
Ningún saludo.
Ninguna despedida.
Típico de Alistair.
Pero mientras releía aquellas cinco palabras, una sensación incómoda comenzó a instalarse en mi pecho.
Porque tenía el presentimiento de que él había encontrado exactamente lo mismo que yo.
Y si ambos estábamos siguiendo la misma pista, significaba que alguien más también podía estar observándonos.
CAPITULO.17
Alistair
Verla en su propio elemento, rodeada de la elegancia desgastada de aquella biblioteca romana, estuvo a punto de hacerme perder el hilo de todo lo que había venido a decir.
Llevaba ropa sencilla, de lino blanco, y el cabello suelto cayéndole sobre los hombros. No parecía la consultora implacable que había desarmado mis negociaciones en Milán. Parecía alguien completamente distinta.
Y eso era aún más peligroso.
—¿Crees que esto es un juego, Sienna? —pregunté.
Mi voz salió más áspera de lo que pretendía.
Di un paso hacia ella.
Después otro.
La distancia entre nosotros desapareció.
—Pensaste que podías enviarme un informe, desaparecer en Roma y actuar como si nada hubiera pasado.
—Nadie te obligó a venir hasta aquí, Alistair.
—No.
La observé durante varios segundos.
—Pero tampoco podía quedarme en Londres fingiendo que esto había terminado.
Sus ojos se suavizaron apenas un instante.
Solo un instante.
Después volvió a levantar sus defensas.
—¿Y qué se supone que significa eso?
Exhalé lentamente.
Por primera vez en mucho tiempo no tenía una respuesta preparada.
No tenía un argumento corporativo.
No tenía una estrategia.
Solo tenía la verdad.
—Significa que no he dejado de pensar en ti desde que te marchaste.
El silencio que siguió fue absoluto.
Ni siquiera el ruido lejano de la ciudad parecía atravesar las paredes de la biblioteca.
Sienna bajó la vista durante un segundo.
Cuando volvió a mirarme, ya no había desafío en sus ojos.
Había algo mucho más complicado.
Algo que reconocí porque llevaba días luchando contra ello.
—Eso no cambia nada —susurró.
—Quizá no.
—Tenemos problemas más importantes.
Su tono volvió a endurecerse.
—Los documentos de AeroItalia.
La empresa de Luxemburgo.
Las transferencias.
Todo sigue ahí.
Y si nuestras sospechas son correctas, alguien ha estado robando millones durante años.
La realidad cayó sobre nosotros como un balde de agua fría.
Había sido tan fácil olvidarlo durante unos minutos.
Pero seguía existiendo.
Seguía siendo peligroso.
—¿Qué encontraste exactamente? —pregunté.
Sienna caminó hasta la mesa y tomó una carpeta.
Su expresión cambió por completo.
La consultora volvió a aparecer.
—Encontré un vínculo entre las transferencias y una persona que todavía trabaja dentro de la compañía.
Sentí un nudo formarse en el estómago.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé con certeza.
Me entregó varios documentos.
—Pero alguien sabe que estoy investigando.
La miré de inmediato.
—¿Qué ocurrió?
—Ayer alguien intentó acceder a mis archivos.
El aire pareció abandonar la habitación.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Nuestros ojos se encontraron.
Y en ese instante entendí algo con absoluta claridad.
Esto ya no era solo una investigación financiera.
Era una amenaza real.
Y si alguien había empezado a vigilar a Sienna, no pensaba dejarla sola ni un segundo.
—Entonces no vuelves a salir de mi vista —dije.
Ella arqueó una ceja.
—Eso ha sonado más a orden que a sugerencia.
—Acostúmbrate.
Porque esta vez no pienso dejar que desaparezcas.
CAPITULO.18
Sienna
El crujido de la madera antigua bajo mi peso fue el único sonido que logró abrirse paso entre el caos de mis pensamientos.
Alistair estaba demasiado cerca.
Tan cerca que el mundo parecía haberse reducido a la distancia entre nuestras respiraciones.
Durante semanas había intentado convencerme de que era un hombre imposible. Demasiado rígido. Demasiado controlado. Demasiado atrapado en las expectativas de una familia que nunca le permitía equivocarse.
Pero allí, en la biblioteca de mi familia, no veía al director ejecutivo del Grupo Croft.
Veía al hombre.
Y eso era infinitamente más peligroso.
Sus manos permanecían enredadas en mi cabello mientras me observaba como si intentara memorizar cada detalle de mi rostro. Había algo vulnerable detrás de aquella intensidad que me hizo olvidar todas las razones por las que debía mantenerme alejada.
—Sienna... —mi nombre salió de sus labios como una confesión involuntaria—. Maldita sea.
La crudeza de aquellas dos palabras me golpeó con más fuerza que cualquier discurso elaborado.
Porque Alistair Croft jamás parecía perder el control.
Y sin embargo, allí estaba.
Perdiéndolo conmigo.
Apoyé una mano sobre su pecho.
Su corazón latía rápido.
Demasiado rápido para alguien que siempre parecía tener todo bajo control.
—Entonces deja de luchar contra ello —susurré.
Sus ojos oscuros se clavaron en los míos.
Durante un instante ninguno habló.
No hizo falta.
Todo lo que habíamos evitado decir durante semanas parecía suspendido entre nosotros.
Las discusiones.
Las provocaciones.
La tensión.
La atracción imposible de ignorar.
Todo había terminado conduciéndonos a ese momento.
Alistair soltó una risa breve y cargada de frustración.
—Tú haces que todo sea más difícil.
—Y tú haces que todo sea insoportablemente complicado.
Aquello arrancó una sonrisa fugaz de sus labios.
Una sonrisa real.
Rara.
Peligrosa.
Porque me gustó demasiado.
Por un segundo desaparecieron los apellidos, las juntas directivas y los problemas corporativos.
Solo quedamos nosotros.
Dos personas agotadas de fingir indiferencia.
Su mano se deslizó hasta mi cintura y me acercó un poco más.
La cercanía hizo que mi pulso se acelerara.
Pero antes de que cualquiera de los dos pudiera decir algo más, un ruido en el pasillo atravesó la tranquilidad de la biblioteca.
Pasos.
Firmes.
Familiares.
Mi corazón dio un vuelco inmediato.
Mateo.
Mi hermano.
La realidad regresó de golpe.
Alistair cerró los ojos durante un segundo y apoyó la frente contra la mía.
Su respiración era irregular.
La mía también.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía genuinamente frustrado por algo que no podía controlar.
Lentamente se apartó.
Demasiado lentamente.
Como si cada centímetro de distancia le costara un esfuerzo descomunal.
Se pasó una mano por el cabello, intentando recuperar parte de la compostura que había perdido.
Fue inútil.
Seguía viéndose completamente alterado.
Y, extrañamente, aquello me enterneció.
Me incorporé en el borde de la mesa mientras intentaba recuperar una normalidad que ninguno de los dos sentía.
El silencio entre nosotros ya no era incómodo.
Era peligroso.
Porque estaba lleno de cosas que todavía no habíamos dicho.
Alistair dirigió una mirada hacia la puerta.
Después volvió a mirarme.
Y algo cambió en sus ojos.
La intensidad seguía allí.
Pero ahora había algo más.
Determinación.
—Esto no ha terminado, Sienna.
Su voz sonó baja y firme.
Como una promesa.
No como una amenaza.
Mi corazón volvió a traicionarme.
—¿No?
La esquina de su boca se curvó apenas.
—Ni de cerca.
Los pasos en el pasillo se acercaban cada vez más.
El tiempo se agotaba.
—Te espero esta noche en el Hotel de Russie.
Sentí un estremecimiento imposible de ocultar.
—¿Eso es una invitación?
—No.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Es una petición.
Aquella respuesta me sorprendió más que cualquier muestra de autoridad.
Porque Alistair Croft no pedía cosas.
Las exigía.
Y, sin embargo, allí estaba.
Esperando una respuesta que no intentó forzar.
Los pasos llegaron al otro lado de la puerta.
Alistair enderezó los hombros y recuperó parte de aquella elegancia británica que parecía formar parte de su ADN.
Pero antes de marcharse sostuvo mi mirada una última vez.
—Esta vez no huyas.
Y luego se fue.
La puerta se cerró tras él apenas unos segundos antes de que Mateo apareciera en el umbral.
Yo seguía sentada sobre la mesa.
Con el corazón acelerado.
Y con la incómoda certeza de que el verdadero problema ya no era Alistair Croft.
Era que empezaba a importarme mucho más de lo que debería.
CAPITULO.19
Alistair
El segundero de mi reloj parecía avanzar con una lentitud insoportable.
Las diez de la noche.
Estaba sentado frente a los ventanales de la suite del Hotel de Russie, observando las luces de Roma reflejarse sobre las calles húmedas. Un vaso de whisky descansaba intacto sobre la mesa baja del salón.
No tenía intención de beberlo.
Tampoco de trabajar.
Por primera vez en años, mi mente era incapaz de concentrarse en cualquier cosa que no fuera una mujer.
Sienna Bianchi.
Había viajado hasta Roma convencido de que necesitaba respuestas.
Ahora comprendía que había cruzado medio continente por una razón mucho más simple y mucho más peligrosa.
No soportaba estar lejos de ella.
La revelación era absurda.
Inaceptable.
Y completamente cierta.
Durante toda mi vida había construido muros.
Disciplina.
Control.
Distancia.
Eran las herramientas que me habían permitido sobrevivir dentro del mundo de Arthur Croft.
Pero Sienna tenía una habilidad exasperante para atravesar cada una de ellas.
Sin esfuerzo.
Sin pedir permiso.