AMOR RETORCIDO CAPITULO.1 #5
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CAPITULO.1 #5

—Hemos detectado irregularidades financieras dentro de AeroItalia.

Arthur hojeó los documentos en silencio.

—¿Estás hablando de fraude?

—Todavía no puedo demostrarlo.

—Entonces no hagas acusaciones que no puedas sostener.

La respuesta me irritó más de lo que debería.

—Precisamente por eso seguimos investigando.

—¿Quiénes?

La pregunta llegó demasiado rápido.

Demasiado precisa.

—Mi equipo.

Mi padre dejó la carpeta sobre la mesa.

—Ten cuidado, Alistair.

Fruncí el ceño.

—¿Con qué?

—Con lo que encuentres.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Había algo extraño en su tono.

Algo que no supe interpretar.

Finalmente me puse de pie.

—Cuando tenga pruebas concretas volveremos a hablar.

Abandoné la sala y regresé a mi despacho.

Las horas siguientes transcurrieron entre reuniones, llamadas y documentos.

Intenté concentrarme.

Intenté volver a la rutina.

Intenté convencerme de que todo seguía bajo control.

Fue inútil.

A las siete de la tarde mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Miré la pantalla.

Un mensaje.

Sienna.

"He llegado a Roma. Encontré algo que necesitas ver. Llámame cuando puedas."

Por primera vez en todo el día sentí que podía respirar.

Porque la investigación seguía avanzando.

Y porque, aunque estuviera a cientos de kilómetros de distancia, Sienna seguía formando parte de ella.

Tal vez más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.

CAPITULO.14

Sienna

El bullicio de la Piazza Navona y el calor dorado del sol de Roma deberían haber sido suficientes para despejar mi mente.

No lo fueron.

Mientras sostenía una taza de espresso en la terraza de mi cafetería favorita, observé a los turistas cruzar la plaza y traté de concentrarme en cualquier cosa que no fuera Londres.

O Alistair Croft.

Habían pasado tres días desde mi regreso.

Tres días desde que abandoné Milán.

Tres días sin una sola llamada.

Sin un mensaje.

Sin noticias.

Y, aunque me negaba a admitirlo, aquello me irritaba más de lo que debería.

—Vas a desgastar la pantalla si sigues mirándola así.

Levanté la vista.

Mi hermano Mateo acababa de sentarse frente a mí con una sonrisa divertida.

—No estoy mirando nada.

—Claro que no.

Tomó un trozo de mi cornetto sin pedir permiso.

—¿Tiene algo que ver con el británico?

—Tiene que ver con trabajo.

—Eso no fue una negación.

Rodé los ojos.

—El proyecto terminó. Fin de la historia.

Mateo me observó durante unos segundos.

—Si tú lo dices.

Por suerte, decidió cambiar de tema.

Hablamos de la galería familiar, de una próxima exposición y de algunos clientes complicados que ambos conocíamos.

Cuando finalmente se marchó, el silencio regresó.

Y con él, mis pensamientos.

Saqué la tableta del bolso.

Era hora de cerrar definitivamente aquel capítulo.

Abrí el informe final para la junta directiva del Grupo Croft y revisé cada página una última vez.

Las negociaciones con el sindicato.

Las recomendaciones operativas.

Las medidas de transición.

Todo estaba ahí.

Claro.

Preciso.

Profesional.

Exactamente como debía ser.

Adjunté el documento a un correo dirigido a la junta.

Por un instante dudé antes de incluir a Alistair en copia.

No porque fuera necesario.

Porque quería comprobar si todavía me afectaba.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Sí.

Todavía me afectaba.

Molesta conmigo misma, terminé el mensaje.

“Estimados miembros de la junta:

Adjunto el informe final correspondiente al proceso de reestructuración de AeroItalia. El acuerdo alcanzado en Milán ha sido ratificado por ambas partes y las medidas propuestas se encuentran en fase de implementación.

Agradezco la oportunidad de haber colaborado en este proyecto.

Atentamente,

Sienna Bianchi.”

Leí el texto una última vez.

Después pulsé enviar.

El correo desapareció de la bandeja de salida.

Y, con él, debería haber desaparecido también cualquier vínculo profesional con el Grupo Croft.

Me recosté en la silla y observé las fuentes de la plaza.

Había tomado la decisión correcta.

Lo sabía.

Alistair pertenecía a un mundo construido sobre responsabilidades, expectativas familiares y una disciplina que parecía acompañarlo a todas partes.

Yo pertenecía a otro.

Más libre.

Más impredecible.

Más mío.

Sin embargo, mientras el teléfono descansaba boca abajo sobre la mesa, no pude evitar preguntarme si aquello realmente era el final.

O simplemente el comienzo de algo que ninguno de los dos había previsto cuando nos conocimos en aquella oficina de Londres.

CAPITULO.15

Alistair

El correo de Sienna llegó a las 08:17 de la mañana.

Lo vi aparecer en mi bandeja de entrada mientras terminaba una reunión con el departamento financiero.

Durante unos segundos me limité a observar su nombre en la pantalla.

Sienna Bianchi.

Tres palabras que, últimamente, aparecían en mis pensamientos con demasiada frecuencia.

Abrí el mensaje.

El informe era impecable.

Claro.

Preciso.

Metódico.

Exactamente el tipo de trabajo que esperaba de ella.

Y, por alguna razón, eso me irritó.

Quizá porque el documento transmitía una distancia absoluta.

Ni una nota personal.

Ni una observación adicional.

Ni una sola línea que sugiriera que los días compartidos en Milán habían significado algo más que una simple colaboración profesional.

Era el informe de una consultora.

Nada más.

Cerré el archivo y me obligué a concentrarme en el trabajo.

Duré menos de cinco minutos.

Volví a abrirlo.

Esta vez me detuve en los anexos.

En particular, en las observaciones sobre determinados movimientos financieros detectados durante la auditoría.

Algunos nombres ya me resultaban familiares.

Los había visto antes.

Demasiadas veces.

Tomé una libreta y comencé a anotar fechas.

Empresas.

Transferencias.

Firmas autorizadas.

Al cabo de media hora apareció un patrón.

Y no me gustó en absoluto.

Tomé el teléfono.

—Olivia.

—¿Sí, señor Croft?

—Necesito acceso completo a los archivos históricos de AeroItalia. Todo lo relacionado con proveedores externos durante los últimos cinco años.

Hubo una breve pausa.

—¿Algo en particular que debamos buscar?

Miré los documentos dispersos sobre mi escritorio.

—Todavía no lo sé.

Pero alguien está ocultando algo.

Una hora después, los primeros archivos comenzaron a llegar.

Los revisé personalmente.

Página tras página.

Contrato tras contrato.

Hasta que encontré un nombre.

Una empresa de consultoría financiera registrada en Luxemburgo.

La misma empresa aparecía vinculada a varias operaciones cuestionables.

Y lo más inquietante era quién había autorizado los pagos.

Me quedé inmóvil.

No podía ser una coincidencia.

Volví a comprobar los documentos.

Después una tercera vez.

El resultado fue exactamente el mismo.

Mi teléfono vibró sobre el escritorio.

Un mensaje.

Sienna.

"¿Has leído el informe completo?"

Una sonrisa involuntaria apareció en mi rostro.

Respondí de inmediato.

"Sí."

La respuesta llegó apenas unos segundos después.

"Entonces ya habrás visto el anexo siete."

Lo había visto.

Y ahora entendía por qué ella había insistido en quedarse en Roma.

Escribí una única pregunta.

"¿Qué encontraste?"

Esta vez tardó más en responder.

Cuando finalmente apareció el mensaje, sentí un nudo en el estómago.

"He localizado a una de las personas relacionadas con las transferencias."

Me incorporé en la silla.

"¿Dónde?"

La respuesta apareció casi de inmediato.

"Roma."

Hubo una segunda notificación.

Un nuevo mensaje.

Más corto.

Mucho más preocupante.

"Y creo que alguien sabe que estoy investigando."

Durante varios segundos me quedé mirando la pantalla.

La oficina seguía funcionando a mi alrededor.

Los teléfonos sonaban.

Las reuniones continuaban.

Londres seguía moviéndose con su precisión habitual.

Pero algo había cambiado.

Porque aquello ya no era una simple auditoría.

Y Sienna acababa de convertirse en la persona más expuesta de toda la investigación.

CAPITULO.16

Sienna

El viernes por la tarde en Roma tenía un ritmo perezoso que normalmente me encantaba.

Estaba en la biblioteca de la residencia de mi familia, rodeada de estanterías centenarias, techos altos decorados con frescos desgastados y grandes ventanales por los que entraba la luz dorada del atardecer.

Por primera vez en días, me sentía tranquila.

El informe para la junta ya había sido enviado.

El proyecto con AeroItalia había terminado oficialmente.

Y, aunque una parte de mí seguía pensando en Alistair Croft con una frecuencia irritante, estaba decidida a recuperar el control de mi vida.

O al menos eso intentaba creer.

La puerta de la biblioteca se abrió.

—¿Interrumpo algo?

Levanté la vista.

Mateo apareció con una carpeta bajo el brazo.

—Depende. ¿Vienes a darme otro sermón sobre el británico?

Mi hermano sonrió.

—Entonces sí interrumpo algo interesante.

Rodé los ojos.

—¿Qué ocurre?

Su expresión se volvió más seria.

Me tendió la carpeta.

—Recibí esto esta mañana.

La abrí.

Dentro había varias copias de documentos financieros.

Facturas.

Transferencias.

Órdenes de pago.

Al principio no entendí qué estaba viendo.

Después reconocí uno de los nombres.

Y mi corazón dio un vuelco.

Era la misma empresa que había aparecido en algunos registros sospechosos durante la auditoría de AeroItalia.

—¿De dónde salió esto?

—Un cliente de la galería.

Dice que alguien intentó vender información financiera relacionada con varias empresas italianas.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Pensé lo mismo.

Seguí revisando los papeles.

Entonces encontré una fecha.

Después otra.

Y otra más.

Todas coincidían con operaciones que yo había visto durante la auditoría.

Mi tranquilidad desapareció al instante.

—Mateo...

—¿Qué?

Levanté lentamente la vista.

—Creo que esto está relacionado con AeroItalia.

El silencio llenó la biblioteca.

—¿Estás segura?

—No.

Pero si lo estoy, significa que el problema es mucho más grande de lo que pensábamos.

Tomé mi tableta y abrí los archivos que había conservado de la investigación.

Durante la siguiente hora comparé documentos.