CAPITULO.1 #4
—Buenos días.
—Buenos días.
Hubo un instante de silencio.
No incómodo.
Simplemente distinto.
Como si ambos recordáramos la conversación de la noche anterior.
—¿Dormiste algo? —preguntó.
—Lo suficiente para seguir funcionando.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Eso no responde la pregunta.
—Tú tampoco pareces muy descansado.
—Tampoco responde la mía.
Por primera vez desde que nos conocimos, reímos al mismo tiempo.
El momento desapareció tan rápido como llegó.
Pero fue suficiente para cambiar algo.
Nos sentamos frente a frente y comenzamos a revisar los informes.
Durante la siguiente hora analizamos cifras, contratos y correos internos.
Hasta que encontré algo.
—Espera.
Alistair levantó la vista inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Señalé una serie de registros.
—Estas autorizaciones.
—¿Qué tienen?
—La misma firma aparece en tres departamentos distintos.
El silencio cayó sobre la mesa.
Alistair tomó los documentos.
Los revisó una vez.
Dos veces.
Después una tercera.
—No debería ser posible.
—Exactamente.
Los dos llegamos a la misma conclusión al mismo tiempo.
Alguien estaba utilizando una autoridad que no le correspondía.
Y si nuestras sospechas eran correctas, la persona que buscábamos estaba mucho más cerca de la dirección de AeroItalia de lo que habíamos imaginado.
Alistair dejó lentamente los documentos sobre la mesa.
—Acabamos de encontrar algo importante.
—Sí.
—Y probablemente acabamos de convertirnos en un problema para alguien.
Lo observé durante unos segundos.
Había tensión en su mirada.
Pero no era miedo.
Era determinación.
La misma que comenzaba a sentir yo.
Porque ya no estábamos intentando salvar una adquisición.
Estábamos intentando descubrir la verdad.
Y por primera vez desde que llegué a Londres tuve la sensación de que Alistair y yo estábamos completamente del mismo lado.
No como director ejecutivo y consultora.
No como adversarios.
Como un equipo.
CAPITULO.11
Alistair
La sensación de haber encontrado una pista importante no desapareció durante el resto de la mañana.
Al contrario.
Cuanto más revisaba los documentos, más convencido estaba de que alguien había manipulado información dentro de AeroItalia durante meses.
Quizá años.
Y lo había hecho con suficiente habilidad para pasar desapercibido ante auditores, abogados y directivos.
Hasta ahora.
—He encontrado algo más.
La voz de Sienna me hizo levantar la vista.
Estábamos instalados en una sala privada del hotel, rodeados de informes, contratos y tazas de café vacías.
Llevábamos horas trabajando.
Ninguno parecía dispuesto a detenerse.
—¿Qué encontraste?
Ella giró su portátil hacia mí.
—Mira estas transferencias.
Observé la pantalla.
Varias operaciones.
Cantidades moderadas.
Lo bastante pequeñas para no llamar la atención.
Pero lo bastante frecuentes para resultar sospechosas.
—Las fechas coinciden con las autorizaciones falsas.
—Exacto.
Señaló otra columna.
—Y todas terminan en empresas vinculadas al mismo grupo de inversores.
Fruncí el ceño.
El nombre me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Tomé uno de los informes y comencé a buscar referencias.
Tardé menos de un minuto en encontrar lo que necesitaba.
Sentí un nudo en el estómago.
—No puede ser.
—¿Qué ocurre?
Deslicé el documento hacia ella.
Sienna leyó el nombre.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Ese hombre forma parte del consejo de administración?
Asentí.
—Es uno de los miembros más antiguos.
El silencio se instaló entre nosotros.
Si nuestras sospechas eran correctas, aquello dejaba de ser una simple irregularidad financiera.
Estábamos hablando de alguien con acceso directo a información estratégica.
Alguien con influencia suficiente para ocultar sus movimientos.
—Necesitamos pruebas más sólidas —dijo Sienna finalmente.
—Lo sé.
—Porque si nos equivocamos, podríamos destruir una carrera inocente.
—Y si tenemos razón, alguien lleva años aprovechándose de esta empresa.
Nuestros ojos se encontraron.
Por primera vez comprendí la magnitud real de lo que estábamos investigando.
No era un error administrativo.
Era una traición.
Un golpe suave en la puerta interrumpió nuestros pensamientos.
Uno de los asistentes del hotel apareció unos segundos después.
—Señor Croft, señorita Bianchi. Los representantes sindicales han llegado.
Intercambiamos una mirada.
La investigación tendría que esperar.
Al menos por unas horas.
Cuando el asistente se marchó, Sienna cerró el portátil.
—¿Listo?
Me puse de pie.
—Para la negociación o para descubrir quién está detrás de todo esto?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Para ambas cosas.
Por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido al optimismo.
No porque la situación fuera sencilla.
Sino porque ya no estaba enfrentándola solo.
Y esa idea resultaba más importante de lo que estaba dispuesto a admitir.
CAPÍTULO.12
Sienna
Algunas personas se derrumban cuando las cosas se complican.
Otras necesitan tomar distancia para pensar con claridad.
Yo pertenecía al segundo grupo.
La mañana había sido un éxito.
El acuerdo con el sindicato estaba cerrado.
Los representantes de AeroItalia parecían satisfechos.
Y, sobre el papel, nuestra misión en Milán había terminado.
Sin embargo, la sensación de inquietud no desaparecía.
Demasiadas preguntas seguían sin respuesta.
Demasiados nombres aparecían repetidamente en los documentos que habíamos encontrado.
Y cuanto más avanzábamos, más evidente resultaba que alguien estaba ocultando algo.
—Señores —dijo Marco Rossi mientras estrechaba la mano de Alistair—. Ha sido un placer trabajar con ustedes.
Las fotografías para el comunicado de prensa terminaron pocos minutos después.
Los representantes abandonaron la sala.
Los asesores hicieron lo mismo.
Y de pronto solo quedamos Alistair y yo.
El silencio se instaló entre nosotros.
No era incómodo.
Pero tampoco era sencillo.
Habíamos pasado días trabajando juntos.
Investigando.
Discutiendo.
Confiando cada vez más el uno en el otro.
Y eso complicaba las cosas más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Guardé mi tableta dentro del maletín.
—¿Qué haces? —preguntó Alistair.
—Organizar mi regreso.
—El vuelo sale dentro de una hora.
Negué con la cabeza.
—No voy a Londres.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué quieres decir?
—Voy a Roma.
Alistair frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque necesito revisar algo.
Me observó durante varios segundos.
—Eso no estaba en el plan.
—Tampoco estaba en el plan descubrir una posible red de fraude dentro de AeroItalia.
No respondió.
Porque sabía que tenía razón.
Saqué una carpeta de mi maletín y la coloqué sobre la mesa.
—Anoche seguí revisando los registros.
—¿Y?
—Encontré conexiones entre algunas de las empresas que aparecen en las transferencias y varios contactos financieros en Roma.
El interés reemplazó inmediatamente a la sorpresa.
—¿Estás segura?
—Lo suficiente como para investigarlo.
Alistair tomó asiento lentamente.
—Podríamos hacerlo juntos en Londres.
—O podríamos perder varios días siguiendo una pista equivocada.
Lo observé directamente.
—Roma está aquí. Londres no.
Durante unos segundos pareció debatirse entre la lógica y otra cosa que no fui capaz de identificar.
Finalmente exhaló.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos o tres días.
—¿Y después?
—Después presentaré el informe completo ante tu junta directiva.
La respuesta no pareció tranquilizarlo.
Y eso me sorprendió más de lo que debería.
—Ten cuidado, Sienna.
Parpadeé.
No esperaba escuchar eso.
No de él.
No dicho de aquella forma.
—¿Es una orden del director ejecutivo?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—No.
—Entonces, ¿qué es?
Alistair sostuvo mi mirada.
—La opinión de alguien que ya no cree que esto sea solo una auditoría.
El comentario borró cualquier respuesta ingeniosa que tenía preparada.
Porque yo tampoco lo creía.
Y ambos lo sabíamos.
Recogí el maletín.
—Te llamaré cuando llegue a Roma.
—Hazlo.
Caminé hacia la puerta.
Antes de salir me giré una última vez.
Alistair seguía de pie junto a la mesa, observando los documentos que habían cambiado el rumbo de toda la operación.
Y por primera vez desde que nos conocimos tuve la sensación de que la distancia que estaba creando no era profesional.
Era personal.
Y quizá eso era precisamente lo que la volvía necesaria.
CAPITULO.13
Alistair
El cielo de Londres me recibió con su habitual manto gris.
La lluvia golpeaba los cristales del coche mientras avanzábamos hacia Knightsbridge, y por primera vez en años el regreso a casa no me produjo ninguna sensación de victoria.
Habíamos cerrado el acuerdo en Milán.
La adquisición estaba asegurada.
La junta estaría satisfecha.
Sobre el papel, todo había salido exactamente como debía.
Entonces, ¿por qué tenía la sensación de que algo no encajaba?
Apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento y observé las luces de la ciudad desfilar tras la ventana.
La respuesta era evidente.
Sienna.
No porque estuviera enamorado de ella.
Ni porque hubiera ocurrido algo entre nosotros.
Sino porque se había convertido en la única persona que cuestionaba mis decisiones sin miedo.
La única capaz de desafiarme cuando todos los demás simplemente asentían.
Y ahora estaba en Roma siguiendo una pista que podía cambiarlo todo.
—Señor Croft, hemos llegado.
La voz de Thomas me devolvió al presente.
Entré en el edificio principal del Grupo Croft y me dirigí directamente a la sala de juntas.
Mi padre ya estaba allí.
Como siempre.
Esperándome.
—He leído el informe preliminar de Milán —dijo Arthur Croft sin levantarse de su asiento—. Parece que la operación fue un éxito.
—Lo fue.
—Bien.
Su respuesta fue tan fría como de costumbre.
Ni una felicitación.
Ni una muestra de orgullo.
Solo la expectativa permanente de que cumpliera con mi deber.
Tomé asiento frente a él.
—Hay algo más que debemos revisar.
Sus ojos se estrecharon ligeramente.
—¿A qué te refieres?
Le entregué una carpeta.