AMOR RETORCIDO CAPITULO.1 #3
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CAPITULO.1 #3

Hasta que Sienna intervino.

—Quizá estamos planteando el problema de forma equivocada.

La atención de toda la sala se dirigió hacia ella.

Sienna activó la pantalla principal y proyectó varios gráficos.

—Ambas partes quieren lo mismo.

Rossi arqueó una ceja.

—No parece que sea así.

—Sí lo es.

Señaló una serie de datos.

—Ustedes quieren estabilidad laboral. El Grupo Croft necesita rentabilidad. Ninguno de esos objetivos excluye al otro.

Durante los siguientes veinte minutos explicó una propuesta alternativa.

Práctica.

Realista.

Y, para mi sorpresa, bastante mejor que la estrategia inicial que había preparado mi propio equipo.

Cuando terminó, incluso los representantes sindicales parecían dispuestos a escuchar.

—Necesitaremos revisar los números —dijo Rossi finalmente—. Pero es una propuesta razonable.

—Eso es todo lo que pedimos por ahora —respondió Sienna.

La reunión concluyó poco después.

Cuando los representantes abandonaron la sala, permanecí unos segundos observando la puerta cerrada.

El silencio fue breve.

—No pareces muy contento.

La voz de Sienna me obligó a volver al presente.

—Acabas de cambiar el rumbo de una negociación internacional sin avisarme.

—Y evitamos una huelga.

No pude discutir ese punto.

Porque tenía razón.

Lo que resultaba especialmente irritante.

—Podrías haber compartido tu estrategia antes.

—Podría haberlo hecho.

—¿Y por qué no lo hiciste?

Sienna cerró la tableta.

—Porque sabía que la habrías rechazado.

La sinceridad de la respuesta me arrancó una exhalación involuntaria.

Probablemente también tenía razón en eso.

—Empiezo a sospechar que disfrutas demostrando mis errores.

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Solo los que son demasiado evidentes.

Negué con la cabeza.

No sabía si aquello era una disculpa o una provocación.

Quizá ambas cosas.

Por primera vez desde que había comenzado esta operación, comprendí algo incómodo.

Sienna no estaba allí para ejecutar mis órdenes.

Estaba allí para evitar que cometiera errores.

Y aunque mi orgullo se resistía a admitirlo, acababa de salvar una negociación que yo estaba a punto de perder.

Eso debería haberme molestado.

En cambio, me encontré preguntándome qué otras cosas sería capaz de hacer si dejaba de verla como una consultora externa y empezaba a verla como una verdadera socia.

CAPITULO.8

Sienna

La sala quedó en silencio después de que los representantes sindicales abandonaran el hotel.

Por unos segundos pensé que Alistair diría algo.

Lo que fuera.

Una crítica.

Una felicitación.

Una observación sobre la negociación.

Pero simplemente permaneció de pie al otro lado de la mesa observando los documentos.

—Vas a desgastar esa carpeta si sigues mirándola así —comenté.

Levantó la vista.

—Cambiaste la dirección de la reunión sin avisarme.

—Y funcionó.

—Eso no era una garantía.

—Tampoco lo era seguir discutiendo durante dos horas.

Una sombra de frustración cruzó su expresión.

No parecía enfadado.

Parecía incómodo.

Como alguien obligado a reconocer algo que no quería admitir.

—Sabías exactamente lo que estabas haciendo.

—Sí.

—Y sabías que yo no habría aceptado esa estrategia.

—También.

Por un instante pensé que volveríamos a discutir.

En cambio, Alistair soltó una exhalación lenta.

—Eso es lo que resulta tan irritante.

No pude evitar sonreír.

—¿Que tenga razón?

—Que lo sepas.

La respuesta me sorprendió más de lo que esperaba.

Porque sonó sincera.

Y porque, por primera vez desde que lo conocía, parecía hablar conmigo sin levantar ninguna barrera.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

La tensión seguía allí.

Pero había cambiado.

Ya no era una lucha por imponer autoridad.

Era algo más complejo.

Algo que ninguno de los dos parecía dispuesto a nombrar todavía.

Entonces un teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.

Alistair lo tomó casi por reflejo.

Bastó una mirada a la pantalla para que su expresión cambiara.

Todo rastro de relajación desapareció.

—¿Ocurre algo?

No respondió de inmediato.

Leyó el nombre que aparecía en la llamada y su mandíbula se tensó.

—Tengo que atender esto.

—¿Es algo relacionado con AeroItalia?

—No.

Su respuesta fue demasiado rápida.

Demasiado seca.

Algo personal.

Algo importante.

—¿Alistair?

Por primera vez desde que lo conocía pareció cansado.

No agotado por el trabajo.

Cansado de verdad.

—Es de la residencia de mi padre.

Entendí inmediatamente que no era una llamada cualquiera.

Había escuchado suficientes referencias a su familia para saber que aquella relación no era sencilla.

Guardó los documentos y tomó el teléfono.

—Volveremos a revisar la estrategia esta noche.

Asentí.

—De acuerdo.

Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Y, Sienna...

—¿Sí?

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

—La negociación de hoy fue brillante.

Antes de que pudiera responder, abandonó la sala.

Me quedé observando la puerta cerrada durante varios segundos.

Aquella había sido la primera vez que me felicitaba.

La primera vez que reconocía abiertamente mi trabajo.

Y, de forma inesperada, significó más de lo que debería.

Pero había algo más preocupante.

La expresión que apareció en su rostro cuando vio aquella llamada.

Porque durante unos segundos no vi al poderoso director ejecutivo del Grupo Croft.

Vi a un hombre que cargaba con algo que todavía no estaba preparado para contar.

Y tenía la sensación de que ese secreto estaba a punto de alcanzarnos a ambos.

CAPITULO.9

Alistair

La voz de mi padre tenía un efecto que ninguna otra persona conseguía.

No importaba cuántas empresas dirigiera.

Ni cuántos acuerdos cerrara.

Ni cuántas veces apareciera mi nombre en la prensa financiera.

Una llamada suya bastaba para recordarme exactamente quién había sido durante toda mi vida.

Y quién esperaba él que siguiera siendo.

Cuando la conversación terminó permanecí varios minutos inmóvil junto al ventanal de la suite.

Las luces de Milán brillaban bajo la noche italiana.

Pero mi atención seguía atrapada en las últimas palabras que había escuchado.

Mantén la cabeza fría.

Como si hubiera hecho otra cosa durante los últimos treinta y dos años.

Como si el control no hubiera definido cada decisión importante de mi vida.

Me serví un vaso de agua y regresé a la mesa donde había dejado los documentos de AeroItalia.

Intenté concentrarme.

No funcionó.

Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron mis pensamientos.

Fruncí el ceño.

No esperaba visitas.

Al abrir encontré a Sienna.

Vestía ropa cómoda y sostenía una carpeta bajo el brazo.

Parecía más una profesional incapaz de desconectarse del trabajo que una consultora de vacaciones.

—Espero no interrumpir.

—Depende de lo que quieras.

Levantó la carpeta.

—Encontré algo.

Eso fue suficiente para hacerla pasar.

Entró en la suite y dejó los documentos sobre la mesa.

—Estuve revisando los movimientos financieros otra vez.

—Pensé que te habías ido a descansar.

—Lo intenté.

—¿Y?

—Fracasé.

No pude evitar una pequeña sonrisa.

—Empiezo a pensar que trabajas demasiado.

—Lo dice el hombre que responde correos a medianoche.

No tenía una respuesta razonable para eso.

Durante varios minutos revisamos los nuevos datos.

Sienna señaló varias inconsistencias que no habíamos detectado antes.

Cada nueva respuesta parecía generar dos preguntas adicionales.

Hasta que finalmente cerró la carpeta.

—¿Qué ocurrió realmente con la llamada?

Levanté la vista.

Había llegado la pregunta que sabía que aparecería tarde o temprano.

—Nada relacionado con AeroItalia.

—Eso ya lo imaginaba.

Su tono no era invasivo.

Era curioso.

Genuinamente preocupado.

Algo poco habitual.

—Mi padre cree que los errores son una forma de debilidad.

Sienna permaneció en silencio.

Esperando.

—Y nunca ha tenido demasiada paciencia con las debilidades.

—Eso debió ser complicado.

Solté una breve risa sin humor.

—Es una forma elegante de describirlo.

Por primera vez en mucho tiempo hablé de algo que normalmente evitaba.

Los internados.

Las expectativas.

La presión constante.

La necesidad de ser perfecto.

Cuando terminé, la habitación permaneció en silencio.

—Ahora entiendo algunas cosas.

—¿Como cuáles?

—Por qué intentas controlar absolutamente todo.

La observé durante unos segundos.

No había juicio en su voz.

Solo comprensión.

Y eso resultaba inesperadamente peligroso.

Porque era mucho más fácil mantener distancia con alguien que te criticaba que con alguien que empezaba a entenderte.

Sienna se puso de pie.

—Deberíamos descansar.

—Probablemente.

—Mañana será un día largo.

La acompañé hasta la puerta.

Antes de salir se volvió hacia mí.

—Por cierto.

—¿Sí?

—La opinión de tu padre no tiene por qué definir cada decisión que tomes.

Y sin esperar respuesta desapareció por el pasillo.

Cerré la puerta lentamente.

Después observé los documentos sobre la mesa.

Intenté volver al trabajo.

Pero una parte de mí seguía pensando en las palabras que acababa de escuchar.

Porque por primera vez en años alguien había cuestionado las reglas bajo las que había vivido toda mi vida.

Y lo más incómodo de todo era que empezaba a preguntarme si tenía razón.

CAPITULO.10

Sienna

No pude dormir.

Intenté convencerme de que era por AeroItalia.

Por los documentos.

Por las inconsistencias financieras.

Por la reunión del día siguiente.

Pero sabía que no era verdad.

Mi mente seguía regresando a la conversación en la suite de Alistair.

A la forma en que había hablado de su padre.

A la presión constante bajo la que había vivido.

A la soledad que se escondía detrás de toda aquella disciplina.

Era la primera vez que veía algo más que al director ejecutivo.

Había visto al hombre.

Y eso era mucho más peligroso.

A la mañana siguiente llegué temprano al salón privado reservado para nuestro equipo.

Pensé que sería la primera en llegar.

Me equivoqué.

Alistair ya estaba allí.

Frente a una ventana.

Con una taza de café en una mano y varios informes abiertos sobre la mesa.

Levantó la vista cuando entré.