AMOR RETORCIDO CAPITULO.1 #2
14%

CAPITULO.1 #2

—Si yo fuera la persona que está manipulando información en Italia, ya sabría que alguien está investigando.

La puerta se cerró.

Y por primera vez esa mañana dejé de pensar en contratos, sindicatos o balances financieros.

Porque tenía la incómoda sensación de que Sienna acababa de señalar un problema mucho más grande de lo que ambos imaginábamos.

CAPITULO.4

Sienna

Cuando regresé a mi hotel esa noche no pude concentrarme en nada.

Ni en los informes.

Ni en los correos pendientes.

Ni siquiera en la reunión que nos esperaba en Milán.

Alistair Croft seguía ocupando demasiado espacio en mis pensamientos.

Y eso me molestaba.

Los hombres como él siempre habían sido fáciles de clasificar.

Ambiciosos.

Controladores.

Convencidos de que podían resolver cualquier problema si trabajaban lo suficiente.

Pero Alistair no encajaba completamente en esa categoría.

Había algo más.

Algo que aparecía durante breves segundos antes de desaparecer detrás de aquella disciplina casi obsesiva.

A la mañana siguiente llegué al aeropuerto privado antes de la hora acordada.

Pensé que sería la primera en llegar.

Me equivoqué.

Alistair ya estaba allí.

De pie junto al ventanal de la terminal, revisando documentos mientras hablaba por teléfono.

Parecía completamente concentrado.

Hasta que me vio.

Su conversación terminó treinta segundos después.

—Señorita Bianchi.

—Señor Croft.

Me entregó una carpeta.

—Los nuevos informes de AeroItalia.

La abrí mientras caminábamos hacia el embarque.

Las cifras eran peores de lo que esperaba.

Mucho peores.

—Esto no estaba en los documentos de Londres.

—Lo sé.

—¿Cuándo lo descubrió?

—Hace una hora.

Levanté la vista.

—¿Y no pensaba decírmelo?

—Pensaba verificarlo antes.

No respondí.

Porque entendía perfectamente ese impulso.

Yo habría hecho lo mismo.

Subimos al avión pocos minutos después.

El silencio entre nosotros duró gran parte del trayecto.

No era incómodo.

Era el silencio de dos personas intentando resolver el mismo problema desde perspectivas distintas.

Finalmente cerré el informe.

—Si estas cifras son reales, alguien lleva meses manipulando los reportes internos.

—Esa también es mi conclusión.

—Entonces no estamos investigando una mala gestión.

—No.

Alistair dejó el portátil sobre la mesa.

—Estamos investigando a alguien que sabía exactamente cómo ocultarse.

Por primera vez desde que lo conocía, vi una grieta en su seguridad.

No miedo.

Preocupación.

Real.

Y fue entonces cuando comprendí algo inesperado.

Toda su necesidad de control no nacía del orgullo.

Nacía de la responsabilidad.

Si aquella operación fracasaba, miles de empleados sufrirían las consecuencias.

La comprensión me sorprendió más de lo que debería.

Porque era mucho más fácil enfrentarse a un hombre arrogante que a uno que realmente cargaba con el peso de sus decisiones.

—Lo encontraremos.

Alistair me observó durante un instante.

—Suena bastante segura.

—Lo estoy.

Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de su boca.

La primera que le veía.

Duró apenas un segundo.

Pero fue suficiente para cambiar algo entre nosotros.

No porque desaparecieran las diferencias.

Sino porque, por primera vez, dejamos de actuar como adversarios.

Y comenzamos a comportarnos como aliados.

CAPITULO.5

Alistair

Siempre me había gustado volar.

A diez mil metros de altura, las llamadas se reducían, las reuniones desaparecían y las expectativas de todo el mundo parecían quedarse en tierra.

Por unas horas podía pensar con claridad.

O al menos eso ocurría antes de que Sienna Bianchi apareciera en mi vida.

Subió al avión con una carpeta bajo el brazo y una expresión concentrada que me resultaba cada vez más familiar.

Nada de provocaciones.

Nada de desafíos innecesarios.

Solo trabajo.

Y, sorprendentemente, aquella versión de ella me resultaba más difícil de ignorar.

—Buenos días.

—Buenos días, Sienna.

Tomó asiento frente a mí mientras uno de los asistentes cerraba la puerta de la cabina.

Minutos después ya estábamos en el aire.

Durante la primera hora apenas hablamos.

Cada uno revisó documentos, contratos y reportes financieros.

Sin embargo, el silencio entre nosotros había cambiado.

Ya no era una batalla.

Era colaboración.

Finalmente cerré una carpeta.

—Hay algo que no entiendo.

Sienna levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

—Los movimientos sospechosos comenzaron casi ocho meses antes de la adquisición.

Ella asintió.

—Yo también lo vi.

—¿Por qué nadie los detectó?

—Porque alguien sabía exactamente dónde esconderlos.

Deslizó una hoja sobre la mesa.

—Mira esto.

Observé las cifras.

Pequeñas diferencias.

Cantidades que individualmente parecían insignificantes.

Pero juntas formaban una imagen mucho más preocupante.

—Esto no es incompetencia.

—No.

—Es deliberado.

—Exactamente.

Permanecimos unos segundos observando los documentos.

Por primera vez desde que comenzó aquella investigación sentí algo que rara vez experimentaba.

Incertidumbre.

No me gustó.

—¿Estás preocupado?

Levanté la vista.

Sienna me observaba con atención.

No parecía juzgarme.

Solo intentaba entenderme.

—Sí.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Ella pareció sorprendida por mi honestidad.

Yo también.

—Eso significa que el problema es serio.

—Lo es.

Sienna cerró lentamente la carpeta.

—Entonces tendremos que resolverlo.

La seguridad con la que lo dijo me arrancó una sonrisa involuntaria.

—¿Siempre estás tan convencida de que puedes arreglar cualquier desastre?

—No.

—¿Entonces?

—Simplemente me niego a asumir que ya perdimos.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

El avión atravesó una capa de nubes mientras la luz del sol iluminaba la cabina.

Y fue en ese momento cuando comprendí algo incómodo.

Había empezado a confiar en ella.

No completamente.

Todavía no.

Pero más de lo que había confiado en cualquier consultor externo en años.

Sienna volvió a concentrarse en los documentos.

Yo intenté hacer lo mismo.

Sin éxito.

Porque una parte de mí seguía preguntándose cómo una mujer que había entrado en mi oficina hacía apenas unos días había conseguido alterar una rutina que llevaba décadas construyendo.

Y sospechaba que aquello era solo el principio.

CAPITULO.6

Sienna

El anuncio del piloto puso fin a la conversación.

No porque hubiéramos terminado de hablar.

Porque ambos necesitábamos unos minutos para procesar lo que acabábamos de descubrir.

Las nuevas irregularidades en AeroItalia eran demasiado graves para ignorarlas.

Y cuanto más analizábamos los datos, más evidente resultaba que alguien había estado manipulando información durante meses.

—Iniciaremos el descenso hacia el aeropuerto de Milán-Malpensa en diez minutos.

Alistair cerró la carpeta que tenía sobre la mesa.

Durante unos segundos permaneció observando los documentos sin decir nada.

Era la primera vez que lo veía realmente preocupado.

No por una negociación.

No por una adquisición.

Por las personas que podían verse afectadas si todo aquello terminaba explotando.

—¿En qué estás pensando? —pregunté.

Levantó la vista.

—En que alguien ha trabajado demasiado para ocultar esto.

—Yo estaba pensando exactamente lo mismo.

Una leve sonrisa apareció en su rostro.

Pequeña.

Breve.

Pero real.

Después volvió a concentrarse en los informes.

El resto del vuelo transcurrió entre notas, cálculos y nuevas preguntas.

Cuando finalmente aterrizamos en Milán, el sol de la mañana iluminaba la pista con una claridad casi cegadora.

Un vehículo nos esperaba junto al avión.

Subimos sin perder tiempo.

La reunión con los representantes sindicales comenzaría en pocas horas.

Mientras atravesábamos las calles de la ciudad, observé a Alistair revisar una vez más los documentos.

—Sigues buscando algo.

—Porque todavía falta una pieza.

—¿Cuál?

Giró la pantalla hacia mí.

—La persona que autorizó estas operaciones.

Observé los registros.

Nombres.

Firmas.

Fechas.

Demasiadas coincidencias para ser casualidad.

—Alguien dentro de la empresa.

—Sí.

—Y probablemente alguien con bastante poder.

Alistair asintió lentamente.

Durante unos segundos ninguno habló.

El caso había dejado de parecer una simple revisión financiera.

Ahora se parecía más a una investigación interna.

Y cuanto más descubríamos, más peligroso parecía el terreno que estábamos pisando.

El coche se detuvo frente al hotel.

Alistair guardó la tableta.

—Tenemos menos tiempo del que pensábamos.

—Entonces será mejor aprovecharlo.

Salimos del vehículo y observé la entrada principal del edificio.

Periodistas.

Directivos.

Representantes sindicales.

Demasiadas personas.

Demasiados intereses.

Y en medio de todo aquello, alguien estaba escondiendo la verdad.

Por primera vez desde que acepté el proyecto tuve la sensación de que la adquisición de AeroItalia era solo la superficie de un problema mucho más grande.

Y algo me decía que estábamos a punto de descubrirlo.

CAPITULO.7

Alistair

El salón principal del Hotel Principe di Savoia estaba diseñado para impresionar.

Mármol.

Madera oscura.

Lámparas de cristal.

Y una larga mesa donde demasiadas negociaciones habían terminado mal.

Frente a nosotros se encontraban los representantes sindicales de AeroItalia.

A mi derecha, Sienna repasaba los últimos informes con una tranquilidad que empezaba a resultarme desconcertante.

Yo sabía que aquella reunión sería complicada.

Ella parecía convencida de que podía resolverla.

—Señor Croft —comenzó Marco Rossi—. Hemos revisado las condiciones enviadas por su equipo legal y debo ser sincero. En su forma actual no son aceptables.

No era una sorpresa.

Aun así, la respuesta no mejoró mi humor.

—La reestructuración es necesaria —respondí—. La compañía necesita recuperar competitividad si quiere sobrevivir.

—A costa de nuestros trabajadores.

—A favor de la empresa.

El ambiente se tensó inmediatamente.

Rossi no parecía dispuesto a ceder.

Y yo tampoco.

Durante varios minutos intercambiamos argumentos sin avanzar un solo paso.