AMOR RETORCIDO CAPITULO.1
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AMOR RETORCIDO

AMOR RETORCIDO

Por R. B. Arrieta

© inepub.com

CAPITULO.1

Alistair

El éxito nunca fue una cuestión de talento. Mi padre se aseguró de enseñarme eso antes de que cumpliera once años.

Mientras otros niños pasaban las tardes jugando en parques o ensuciándose las manos en campos de fútbol, yo permanecía sentado en la biblioteca de nuestra residencia de Knightsbridge aprendiendo a interpretar balances financieros.

Arthur Croft consideraba que el tiempo libre era una forma elegante de desperdiciar el potencial.

Durante años seguí sus reglas sin cuestionarlas.

Disciplina.

Control.

Resultados.

La fórmula funcionó.

A los treinta y dos años dirigía una de las corporaciones financieras más influyentes del Reino Unido. Las adquisiciones crecían. Los accionistas estaban satisfechos. La prensa económica hablaba de mí como un ejecutivo metódico y eficiente.

Era exactamente el hombre que mi padre había querido construir.

Por eso no esperaba sentir irritación cuando Olivia apareció en la pantalla del intercomunicador.

—La consultora ya llegó, señor Croft.

—Hazla pasar.

Cerré el informe que estaba revisando y me recosté en la silla.

La contratación de una asesora externa había sido una concesión a la junta directiva. Personalmente consideraba innecesario incorporar a alguien ajeno a la empresa para supervisar la integración de la aerolínea italiana que acabábamos de adquirir.

La puerta se abrió unos segundos después.

Y mi primera impresión fue que aquella mujer no parecía una consultora.

Parecía alguien acostumbrada a entrar en cualquier habitación como si le perteneciera.

Llevaba un traje color marfil impecablemente confeccionado. Su postura transmitía seguridad, no arrogancia. Había una diferencia importante entre ambas cosas.

—Señor Croft.

Su acento italiano era suave, pero firme.

—Sienna Bianchi.

Se acercó al escritorio y me ofreció la mano.

—Es un placer conocerlo.

Me puse de pie.

Su apretón fue firme.

Demasiado firme para alguien que acababa de entrar en una oficina donde la mayoría de las personas medían cada palabra antes de hablar.

No apartó la mirada.

No mostró nerviosismo.

Y eso llamó mi atención más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Tome asiento, señorita Bianchi.

—Gracias.

Se sentó frente a mí y colocó una tableta sobre la mesa.

—He revisado la documentación preliminar de AeroItalia.

—¿Y?

—Creo que están analizando el problema equivocado.

La respuesta fue tan directa que levanté la vista inmediatamente.

—Explíquese.

Sienna deslizó varios documentos hacia mí.

—Todos los informes se centran en los costes operativos. Sin embargo, los retrasos recurrentes comenzaron meses antes de la adquisición. Hay inconsistencias en los registros internos y movimientos financieros que no coinciden con los reportes enviados a Londres.

Observé las cifras.

Por primera vez desde que entró en la oficina, dejó de ser simplemente una consultora externa.

Ahora era alguien que había encontrado algo que mi equipo no había visto.

O algo que nadie había querido ver.

—¿Está insinuando fraude?

—Todavía no.

Su expresión permaneció tranquila.

—Estoy insinuando que alguien está ocultando información.

El silencio se instaló entre nosotros.

No porque me hubiera impresionado.

Sino porque, por primera vez en semanas, alguien había llegado a una reunión con una perspectiva distinta a la mía.

Y eso era mucho más peligroso de lo que parecía.

CAPITULO.2

Sienna

Había trabajado con políticos, empresarios y directivos convencidos de que el dinero solucionaba cualquier problema.

Alistair Croft era diferente.

No porque fuera más arrogante.

Porque parecía sinceramente convencido de que tenía razón.

Mientras subía en el ascensor hacia el piso ejecutivo de la sede central de Croft Group, repasé mentalmente los informes que había estudiado durante la última semana.

Algo no encajaba en la adquisición de AeroItalia.

Las cifras parecían correctas a simple vista, pero existían demasiadas inconsistencias para ignorarlas.

Y si mis sospechas eran ciertas, alguien estaba ocultando información.

Cuando entré en su oficina comprendí inmediatamente por qué inspiraba tanta lealtad y tanto temor.

Todo en aquel espacio reflejaba orden.

Los documentos perfectamente alineados.

La decoración sobria.

La ausencia de objetos personales.

Incluso él parecía formar parte del mobiliario.

Elegante.

Impecable.

Controlado.

Pero detrás de aquella apariencia percibí algo más.

Cansancio.

No físico.

Mental.

Como si llevara demasiado tiempo sosteniendo un peso que nadie más podía ver.

—Señor Croft.

Me ofreció la mano.

Su saludo fue correcto, profesional y distante.

Nada más.

Sin embargo, cuando tomé asiento frente a él, tuve la sensación de que me estaba evaluando constantemente.

Como si intentara decidir si yo era una solución o un problema.

Probablemente ambas cosas.

—He revisado la documentación de AeroItalia —comencé.

—Eso me dijeron.

—Y creo que el problema no está donde todos lo están buscando.

Por primera vez apartó la vista de la pantalla.

No parecía sorprendido.

Parecía interesado.

Y eso resultó mucho más difícil de ignorar.

Durante las siguientes horas discutimos cifras, contratos y proyecciones.

Era brillante.

Terriblemente brillante.

Cada argumento que presentaba estaba respaldado por datos.

Cada decisión tenía una lógica clara.

Entendí rápidamente por qué había conseguido construir su reputación.

Lo que también entendí fue su principal defecto.

Confiaba demasiado en su capacidad para controlarlo todo.

—Está observando únicamente los indicadores financieros —le dije señalando una serie de informes—. Pero las pérdidas comenzaron antes de que aparecieran en los balances.

—¿Y su conclusión?

—Que alguien lleva meses manipulando información.

El silencio que siguió fue breve.

Pero suficiente para confirmar que había captado toda su atención.

Por primera vez desde que comenzó la reunión, dejó de verme como una consultora contratada por la junta.

Ahora me veía como alguien que podía alterar sus planes.

Y eso era exactamente lo que necesitaba.

Cuando el reloj marcó las ocho de la noche, cerré mi tableta.

Habíamos avanzado más en una tarde que algunos equipos completos en semanas.

Me puse de pie.

—Continuaremos mañana.

—¿Ya terminó por hoy?

La pregunta sonó casi involuntaria.

Esbocé una sonrisa.

—No se preocupe, señor Croft. Los problemas seguirán aquí por la mañana.

Recogí mis documentos y caminé hacia la puerta.

Antes de salir me detuve un instante.

—Por cierto.

Él levantó la vista.

—Si alguien está ocultando información en AeroItalia, intentará cubrir sus huellas cuando descubra que estamos investigando.

Su expresión cambió apenas una fracción.

Pero fue suficiente.

Había comprendido la gravedad del problema.

—Buenas noches, señor Croft.

—Buenas noches, señorita Bianchi.

Salí de la oficina con una sensación extraña.

No porque me impresionara su fortuna.

Ni su apellido.

Ni su reputación.

Lo inquietante era otra cosa.

Por primera vez en mucho tiempo había encontrado a alguien capaz de seguirme el ritmo.

Y presentía que aquello terminaría complicando mucho más que una simple negociación empresarial.

CAPITULO.3

Alistair

Dormí poco.

No por los informes de AeroItalia.

Ni por la reunión con los abogados de Milán.

Dormí poco porque, por primera vez en mucho tiempo, alguien había entrado en mi oficina y había cuestionado decisiones que consideraba correctas.

Y lo peor era que algunas de sus observaciones tenían sentido.

A las siete de la mañana ya estaba trabajando.

El café se había enfriado sobre el escritorio cuando escuché el sonido de la puerta.

Exactamente a las ocho.

Puntual.

Predecible.

Profesional.

Sienna Bianchi entró con una carpeta bajo el brazo y una expresión concentrada que no se parecía en nada a la mujer provocadora que mi imaginación había intentado construir durante la madrugada.

Eso resultó inesperadamente decepcionante.

—Buenos días, señor Croft.

—Señorita Bianchi.

Tomó asiento frente a mí y abrió varios documentos.

—He revisado los contratos laborales de los pilotos.

—¿Y?

—Su equipo jurídico cometió un error.

Levanté una ceja.

—Eso es una afirmación bastante seria.

—También es correcta.

Deslizó una hoja hacia mi lado de la mesa.

—Intentaron aplicar criterios británicos a una negociación sindical italiana. Son sistemas completamente distintos.

Observé los documentos.

Había detectado algo que ninguno de mis asesores había mencionado.

No me gustó.

Pero tampoco pude ignorarlo.

—¿Cuál es su propuesta?

—Negociar antes de que el conflicto escale.

—¿Y si se niegan?

—Entonces tendremos un problema más caro dentro de seis meses.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Como si llevara horas pensando en ello.

Probablemente así era.

Durante la siguiente hora discutimos cifras, escenarios y posibles riesgos.

Cada vez que encontraba un punto débil en sus argumentos, ella encontraba otro en los míos.

Era frustrante.

Y extrañamente estimulante.

Hacía años que nadie me obligaba a replantear mis decisiones con tanta frecuencia.

Finalmente me levanté de la silla.

—Usted disfruta contradiciéndome.

Sienna sonrió apenas.

—No.

—Podría haberme engañado.

—Disfruto encontrar problemas antes de que se conviertan en desastres.

La sinceridad de la respuesta me tomó por sorpresa.

Por un instante dejó de parecer una consultora brillante y se convirtió en algo más difícil de definir.

Alguien que realmente creía en lo que hacía.

Alguien peligroso.

Porque las personas convencidas de tener razón rara vez retrocedían.

—Entonces supongo que tendremos muchas discusiones por delante.

—Eso depende de cuántos problemas siga ocultándome AeroItalia.

Hubo un breve silencio.

No incómodo.

Simplemente cargado de posibilidades.

Sienna cerró la carpeta y se puso de pie.

—Le enviaré el informe completo antes del mediodía.

Asentí.

La observé caminar hacia la puerta.

Cuando estaba a punto de salir, se volvió.

—Por cierto.

—¿Sí?