AMOR RETORCIDO CAPITULO.1 #9
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CAPITULO.1 #9

Doce pares de ojos pertenecientes a los hombres más poderosos de las finanzas de Londres se clavaron en mí en cuanto crucé el umbral.

Pero mi atención se desvió de inmediato hacia el hombre sentado a la cabecera.

Arthur Croft.

Tenía la misma mirada implacable de Alistair, pero desprovista por completo de esa pasión oscura y posesiva que yo había aprendido a reconocer en su hijo.

Arthur era roca fría.

Alistair caminó hacia su asiento con una elegancia imperial. Se acomodó los puños de la camisa de sastre y apoyó las manos sobre la caoba, recuperando esa fachada de granito que lo caracterizaba frente al mundo.

Sin embargo, antes de sentarse, sus ojos oscuros se encontraron con los míos durante apenas un segundo.

Fue suficiente.

Muéstrales de lo que eres capaz.

La sumisión latente que guardaba solo para él se transformó en audacia profesional en cuestión de segundos.

Avancé, conecté mi tableta a la pantalla principal y levanté la vista hacia la junta.

—Señores miembros de la junta —comencé, sosteniendo la mirada de cada uno—.

El acuerdo con el sindicato de pilotos de Milán no solo ha sido firmado, sino que ya se encuentra en fase de implementación.

La reestructuración de turnos rotativos reducirá los costes operativos en un catorce por ciento el próximo trimestre, garantizando la estabilidad laboral.

—Un trabajo impecable sobre el papel, señorita Bianchi —interrumpió Arthur Croft, su bastón de plata golpeando con suavidad la alfombra—. Pero la teoría rara vez sobrevive al mundo real. ¿Qué nos asegura que el sindicato no volverá a presionar cuando iniciemos la ruta transatlántica?

El aire en la sala se tensó.

Los directivos contuvieron la respiración.

Pero antes de que yo respondiera, Alistair intervino.

Su voz no fue alta.

No lo necesitaba.

—Lo asegura el contrato que la señorita Bianchi redactó personalmente, padre —dijo, clavando los ojos en Arthur—. Incluye una cláusula de arbitraje vinculante bajo legislación británica. Rossi lo aceptó sin condiciones. La aerolínea está blindada. El riesgo es mínimo.

El músculo de su mandíbula se marcó al final de la frase.

No estaba defendiendo solo un informe.

Estaba defendiéndome a mí.

Y eso no pasó desapercibido.

Arthur lo notó al instante.

Su mirada se afiló apenas un grado.

—Ya veo —murmuró, recostándose en su asiento—. La señorita Bianchi parece haber sido… sumamente persuasiva durante su estancia en Italia.

El doble sentido flotó en el aire como una amenaza velada.

Yo sostuve su mirada sin parpadear.

—Hago mi trabajo con rigor, señor Croft —respondí, cerrando la presentación en la tableta con un clic seco—. El informe final está completo. La gestión de crisis ha concluido con éxito.

Arthur se incorporó lentamente.

—La junta tomará un receso de diez minutos.

Golpeó el suelo con el bastón.

—Alistair. A mi despacho. Ahora.

El tono no admitía réplica.

Los directivos comenzaron a moverse entre murmullos contenidos.

Alistair se levantó despacio, ajustándose la chaqueta del traje negro. Pasó junto a mí como si fuera a recoger documentos de la mesa, pero sus dedos rozaron los míos con precisión calculada.

Cálido.

Breve.

Demasiado consciente.

—Espérame en mi oficina, Sienna —susurró sin mirarme—. Esto no ha terminado.

Cuando se alejó detrás de su padre, entendí algo con absoluta claridad.

La junta no era el verdadero campo de batalla.

Solo era el inicio.

CAPITULO.25

Alistair

El despacho de mi padre en el último piso era un mausoleo de caoba oscura, retratos al óleo y el olor permanente a tabaco de pipa viejo. El ruido de la ciudad no existía allí dentro; los cristales insonorizados aislaban el mundo como si el tiempo se hubiese detenido en otra era.

Arthur Croft caminó hasta su escritorio de piel, dejó el bastón de plata a un lado y se giró lentamente hacia mí.

No había calidez en su rostro.

Solo juicio.

—Te estás volviendo descuidado, Alistair —dijo sin preámbulos—. Has defendido a esa consultora italiana frente a toda la junta con una vehemencia que roza lo inaceptable.

Mantuve la postura firme.

La expresión neutra.

El control absoluto.

—He defendido una estrategia que ha salvado a esta aerolínea de una huelga multimillonaria —respondí con calma—. Los resultados están sobre la mesa.

Arthur soltó una risa breve, sin humor.

—A la junta le importan los números. A mí me importa el apellido.

Avanzó un paso.

Sus ojos grises se afilaron.

—Sé exactamente lo que ocurrió en Milán. Sé que no regresó contigo en el avión porque la acorralaste en su habitación. Sé que volaste a Roma para verla en el jet de la compañía. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no vigilo cada movimiento de mis activos?

El aire cambió.

Se volvió más pesado.

Más peligroso.

Sentí la sangre enfriarse… y luego encenderse.

—Sienna Bianchi es una consultora bajo contrato —dije, con una voz más baja, más cortante—. Mis decisiones personales no afectan al Grupo Croft.

—¡Interfieren desde el momento en que permites que una mujer influya en ti! —golpeó el escritorio con la palma—. Te eduqué para ser de hielo, Alistair. Te di este imperio bajo una sola condición: que jamás dejaras que las emociones nublaran tu juicio.

El nombre de mi madre cayó entre nosotros como un arma arrojada a propósito.

Lo sentí antes de reaccionar.

El cambio.

La ruptura.

—Tu madre también creyó que podía gobernar con el corazón —continuó Arthur, sin detenerse—. Y mira cómo terminó. No voy a permitir que repitas esa debilidad por una mujer que solo—

El movimiento fue instintivo.

Un paso.

Luego otro.

El sonido de mis zapatos contra el mármol fue seco, definitivo.

Me detuve frente a su escritorio.

Demasiado cerca.

Arthur lo notó.

Por primera vez, su mirada dudó.

—No vuelvas a hablar de ella —dije.

Mi voz no subió.

Bajó.

Se volvió peligrosa.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

—Y mide tus palabras cuando hables de Sienna —añadí—. Ella no está usando a nadie. No está escalando nada. Yo fui a Roma porque quise. La traje de vuelta porque lo decidí yo.

Arthur entrecerró los ojos.

—Te estás desviando.

—No —lo corté—. Me estoy aclarando.

El silencio se volvió absoluto.

Incluso el despacho pareció contener la respiración.

Di un paso más.

Ahora él tuvo que inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para mantenerme la mirada.

—Desde este momento —continué— el Grupo Croft no se maneja bajo tus miedos. Ni bajo tus fantasmas. Se maneja bajo mis reglas.

El bastón de plata tembló apenas junto a su mano.

Pequeño.

Sutil.

Pero real.

Arthur Croft, el hombre que había intimidado a ministros y magnates, no respondió de inmediato.

Eso fue suficiente.

Me giré.

No esperé su permiso.

No esperé su reacción.

Abrí la puerta del despacho con la misma calma con la que había entrado… y salí.

El aire del pasillo fue distinto.

Menos denso.

Pero no menos peligroso.

Porque lo único que ocupaba ahora mi mente no era mi padre.

Era ella.

Sienna.

Y la imagen de su presencia esperando en mi oficina era suficiente para desestabilizar cualquier resto de control que me quedara.

Caminé sin detenerme.

Con paso firme.

Pero por dentro, algo ya había cambiado.

Algo que ni mi padre ni el apellido Croft iban a poder detener.

El imperio podía arder.

Pero Sienna ya no era negociable.

CAPITULO.26

Sienna

El despacho de mi padre en el último piso era un mausoleo de caoba oscura, retratos al óleo y el olor permanente a tabaco de pipa viejo. El ruido de la ciudad no existía allí dentro; los cristales insonorizados aislaban el mundo como si el tiempo se hubiese detenido en otra era.

Arthur Croft caminó hasta su escritorio de piel, dejó el bastón de plata a un lado y se giró lentamente hacia mí.

No había calidez en su rostro.

Solo juicio.

—Te estás volviendo descuidado, Alistair —dijo sin preámbulos—. Has defendido a esa consultora italiana frente a toda la junta con una vehemencia que roza lo inaceptable.

Mantuve la postura firme.

La expresión neutra.

El control absoluto.

—He defendido una estrategia que ha salvado a esta aerolínea de una huelga multimillonaria —respondí con calma—. Los resultados están sobre la mesa.

Arthur soltó una risa breve, sin humor.

—A la junta le importan los números. A mí me importa el apellido.

Avanzó un paso.

Sus ojos grises se afilaron.

—Sé exactamente lo que ocurrió en Milán. Sé que no regresó contigo en el avión porque la acorralaste en su habitación. Sé que volaste a Roma para verla en el jet de la compañía. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no vigilo cada movimiento de mis activos?

El aire cambió.

Se volvió más pesado.

Más peligroso.

Sentí la sangre enfriarse… y luego encenderse.

—Sienna Bianchi es una consultora bajo contrato —dije, con una voz más baja, más cortante—. Mis decisiones personales no afectan al Grupo Croft.

—¡Interfieren desde el momento en que permites que una mujer influya en ti! —golpeó el escritorio con la palma—. Te eduqué para ser de hielo, Alistair. Te di este imperio bajo una sola condición: que jamás dejaras que las emociones nublaran tu juicio.

El nombre de mi madre cayó entre nosotros como un arma arrojada a propósito.

Lo sentí antes de reaccionar.

El cambio.

La ruptura.

—Tu madre también creyó que podía gobernar con el corazón —continuó Arthur, sin detenerse—. Y mira cómo terminó. No voy a permitir que repitas esa debilidad por una mujer que solo—

El movimiento fue instintivo.

Un paso.

Luego otro.

El sonido de mis zapatos contra el mármol fue seco, definitivo.

Me detuve frente a su escritorio.

Demasiado cerca.

Arthur lo notó.

Por primera vez, su mirada dudó.

—No vuelvas a hablar de ella —dije.

Mi voz no subió.

Bajó.

Se volvió peligrosa.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

—Y mide tus palabras cuando hables de Sienna —añadí—. Ella no está usando a nadie. No está escalando nada. Yo fui a Roma porque quise. La traje de vuelta porque lo decidí yo.

Arthur entrecerró los ojos.

—Te estás desviando.

—No —lo corté—. Me estoy aclarando.

El silencio se volvió absoluto.