Capítulo 05 | Fantasmas del Pasado Revelados
La mañana trajo consigo más de lo que se esperaba en términos de humillación. Mientras Marina se preparaba para enfrentar su nueva posición degradada, descubrió algo que lo cambiaría todo.
Estaba organizando las pertenencias de un joven soldado que había muerto durante la noche cuando encontró una carta medio quemada en su bolsillo.
Al principio, pensó que era un mensaje para la familia, algo común entre los soldados que enfrentaban la muerte a diario.
Pero cuando comenzó a leer, se dio cuenta de que se trataba de algo mucho más siniestro.
La carta estaba dirigida a un noble llamado Don Esteban Pérez, y contenía instrucciones detalladas sobre cómo debilitar las defensas del campamento.
Más impactante aún, mencionaba específicamente un intento de asesinato contra el príncipe Arturo, describiendo la flecha envenenada que debería haberlo matado.
Marina sintió que la sangre se le helaba. El ataque no había sido aleatorio - había sido un plan cuidadosamente orquestado para eliminar al heredero del trono.
Con la carta en sus manos, corrió hacia la tienda de comando de Arturo, pero se detuvo abruptamente cuando vio una multitud de soldados reunidos alrededor de un oficial que no reconocía. El hombre vestía los colores de la corte real y traía consigo un pergamino oficial.
—Por orden de Su Majestad, el Rey,— proclamaba el oficial, —el Príncipe Arturo debe cesar inmediatamente cualquier asociación inapropiada con subordinados de baja cuna. Cualquier desobediencia a esta orden será considerada traición al trono.
Marina vio a Arturo en el centro del grupo, su rostro pálido, pero decidido. Cuando sus ojos se encontraron por un breve momento, ella vio la angustia que él trataba de ocultar.
—Comprendo la orden de Su Majestad,— dijo Arturo, su voz resonando por la multitud silenciosa. —Mi lealtad al trono está por encima de cualquier... consideración personal.
Las palabras golpearon a Marina como dagas. Ella entendió que Arturo estaba siendo forzado a negarla públicamente, pero eso no hacía que el dolor fuera menos intenso.
—Además,— continuó el oficial, —la enfermera Marina Villanueva será transferida a funciones básicas de enfermería, bajo supervisión constante, debido a preocupaciones sobre su linaje y métodos.
Marina vio a algunos soldados mirando en su dirección, susurrando entre ellos. La humillación era completa, pero la carta en sus manos ardía con urgencia. Había información que podía salvar vidas, tal vez incluso la guerra, pero ¿cómo podría compartirla ahora?
Después de que la multitud se dispersó, Marina esperó hasta que Arturo estuviera solo en su tienda antes de acercarse. Sabía que era arriesgado, pero la carta era demasiado importante para esperar.
—Alteza,— dijo en voz baja desde la entrada de la tienda. —Necesito hablar con usted. Es urgente.
Arturo levantó los ojos de los mapas que estudiaba, y ella vio el dolor que él trataba de ocultar.
—Marina, no puedes estar aquí. Acabas de escuchar...—
—Encontré algo,— lo interrumpió, mostrando la carta. —Algo sobre el ataque que casi os mata.
La expresión de Arturo cambió inmediatamente. Hizo un gesto para que ella entrara rápidamente.
Marina le entregó la carta, observando mientras él leía, viendo su rostro volverse cada vez más sombrío.
—Don Esteban Pérez,— murmuró Arturo. —Conozco ese nombre. Es consejero de mi padre.
—La carta habla de un plan para debilitar vuestras defensas y... asesinaros.
Arturo leyó nuevamente, su expresión endureciéndose. —Esto es traición de la más alta orden. Debo informar inmediatamente al comando.
—Pero viene de mí,— dijo Marina suavemente. —Y ahora mi palabra vale menos que nada.
Arturo la miró, comprendiendo el dilema. Si él presentaba la evidencia diciendo que venía de Marina, podría ser visto como un intento desesperado de protegerla. Si ocultaba el origen de la información, estaría mintiendo a sus superiores.
—Hay más,— dijo Marina con vacilación. —Cuando estaba organizando las pertenencias del soldado muerto, encontré esto.
Mostró una pequeña fotografía enmarcada que había estado escondida bajo otros papeles. Era una imagen de una mujer de mediana edad, con ojos bondadosos y una sonrisa gentil, vistiendo ropas sencillas, pero limpias.
—Es mi abuela,— explicó Marina. —Catalina la Curandera.
Arturo tomó la fotografía, estudiando el rostro de la mujer. —Se parece a ti.
—Esta fotografía fue tomada durante sus últimos días en la corte, antes del destierro. Ella se la envió a mi madre como despedida.
Arturo continuó mirando la imagen, y Marina vio algo cambiando en su expresión.
—¿Arturo?— dijo suavemente.
—La reconozco,— dijo él lentamente. —Esta mujer... ella me trató cuando era niño. Había caído del caballo y me había roto el brazo, y ella fue quien me cuidó cuando los médicos de la corte dijeron que podría quedar lisiado.
Marina se quedó sin palabras.
—Tenía manos gentiles,— continuó Arturo, sus palabras cargadas de memoria. —Y me contaba historias mientras aplicaba sus pociones. Recuerdo haber preguntado por qué había dejado de venir al palacio, y me dijeron que había... partido.
—Vuestro brazo sanó perfectamente,— observó Marina.
—Sí. Gracias a ella.— Arturo devolvió la fotografía a Marina. —Tu abuela salvó mi brazo, y tú salvaste mi vida. Parece que cuidar de la familia real está en tu sangre.
Se quedaron en silencio por un momento, el peso del descubrimiento flotando entre ellos.
—¿Qué haréis con la carta?— preguntó Marina finalmente.
Arturo la dobló cuidadosamente y la guardó. —Voy a investigar discretamente. Don Esteban es poderoso, pero si esto es verdad, pagará por su traición.
—¿Y yo?
Arturo la miró con una expresión que mezclaba amor y desesperación. —Tú... tú debes mantenerte a salvo. Los rumores sobre tu linaje, combinados con este descubrimiento, podrían poner tu vida en peligro.
—No me importa mi seguridad si eso significa que más soldados morirán.
—A mí sí me importa,— dijo Arturo ferozmente. —Me importa más de lo que debería, más de lo que es prudente o apropiado.
Se acercó a ella y, una vez más, Marina sintió la atracción magnética entre ellos.
—Marina, cuando esta guerra termine, cuando haya lidiado con los traidores y cumplido mis deberes militares...—
—Cuando esto termine, tú volverás a tu mundo y yo al mío,— interrumpió Marina gentilmente. —Y tal vez sea mejor así.
—No es mejor,— dijo Arturo con pasión. —Nada sobre esta situación es mejor. Pero tienes razón sobre una cosa - ahora no es el momento. Tenemos una guerra que ganar y traidores que exponer.
Tomó sus manos, besándolas suavemente.
—Pero cuando todo esto termine, Marina Villanueva, volveré a ti. Y la próxima vez, no permitiré que nada ni nadie nos separe.
Marina quería creerle, quería aferrarse a la esperanza en sus palabras. Pero sabía que el mundo rara vez permitía que el amor conquistara la política.
—Ahora vete,— dijo Arturo. —Y mantente a salvo. Es una orden de tu príncipe.
Marina sonrió tristemente. —Sí, Alteza.
Pero mientras salía de la tienda, ambos sabían que aquella podría ser la última vez que hablaran a solas. La guerra se estaba intensificando, y las fuerzas que trataban de separarlos se estaban volviendo más poderosas cada día.