Amor por la borda Capítulo 48
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Capítulo 48

Álex empezó a escribirme después de esa noche.

Quería que quedásemos y hablásemos las cosas, pero yo ya había decidido que no quería pasarlo mal y él tenía que desaparecer de mi vida cuanto antes.

Insistió bastante, hasta que dejó de hacerlo.

Era un chico orgulloso y yo me mantuve firme, aunque en cada mensaje suyo que recibía estaba deseando decirle lo contrario a lo que le contestaba.

Quería responderle que sí, que podíamos vernos y que, además, lo estaba deseando; pero no lo hice.

Al cumplirse una semana sin noticias de Álex, me pareció que, por fin, había captado el mensaje.

Aunque sabía que era lo mejor, tuve que luchar por sacarlo de mi mente, eliminar cualquier esperanza de idea romántica entre nosotros y, en definitiva, cerrar ese capítulo tan intenso y extraño de mi vida, y, al pasar quince días, me di cuenta de que, aunque el tocapelotas era como una garrapata, que se había adherido con fuerza a mi interior, ya iba dejando hueco para otras cosas, como, por ejemplo, volver a ilusionarme con otros planes, como el viaje a Madrid que estaba organizando con Tania y Blanca, que consistiría en ir de compras por el centro, cenar en algún sitio increíble y ver un musical.

Me apetecía muchísimo, lo cual me sorprendió y alegró a partes iguales, porque hacía tiempo que no me motivaba con ningún plan, por increíble que pareciese. Eso era, sin duda, una buena señal.

Me acerqué hasta la estación de tren para viajar a Madrid el viernes por la tarde.

Las chicas iban a venir conmigo, pero, a última hora, me dijeron que iban a coger el siguiente, porque les había surgido un imprevisto y no iban a llegar a tiempo.

Aunque prefería ir con ellas, tampoco me importaba viajar sola.

Saqué mis auriculares y me puse a escuchar música.

La chica que iba en el asiento de al lado interrumpió mi sesión musical para preguntarme una duda sobre una parada.

Nos pusimos a hablar y resultó ser muy maja.

Al final, el trayecto se me hizo hasta corto.

A la llegada a la estación, cogí un taxi hasta el hotel.

Iba en silencio en el asiento de atrás, disfrutando de las vistas sin perderme detalle.

Me encantaba Madrid y estaba deseando explorarlo con las chicas.

Esperaba que no se retrasasen demasiado porque, además de que me moría de ganas de verlas, quería alargar el fin de semana al máximo.

El hotel que habían elegido estaba bastante céntrico.

Tenía cuatro estrellas e iba a suponer un desembolso importante para mí, ya que el precio del alojamiento en Madrid se había puesto por las nubes, pero acepté sin dudarlo.

Para una vez que tenía algún plan, no pensaba andarme con remilgos.

Ese finde era un regalo para mí y pensaba disfrutarlo sin remordimientos, consintiéndome todo lo posible, porque me lo merecía.

Tenía ese discurso de disfrutar sin culpa muy interiorizado y no me pensaba agobiar con asuntos monetarios.

Cabía decir que, por ahora, no había pagado nada, porque las habitaciones las había reservado Tania y yo solo estaba acudiendo a donde ella me había dicho.

Cuando la simpática recepcionista del hotel me dijo que mi habitación era la 202, me eché a reír histérica.

Tenía el número 202 y el dichoso error del sistema grabado a fuego para siempre en mi memoria.

Tania podía haber tenido algo más de tacto y no haberme dado justamente a mí la habitación con ese número.

Luego reparé en que ella seguramente no sabría el número del camarote que había tenido que compartir con Álex, y traté de ignorar esa cifra y todo lo que me recordaba.

Había sido una casualidad, una simple y desagradable coincidencia.

Hice un esfuerzo por sacarme al tocapelotas de la cabeza y centrarme en disfrutar del finde.

Lo conseguí en cuanto puse un pie en la habitación.

Era una maravilla. Decorada en tonos marrones que le daban un aire muy elegante, tenía una cama de matrimonio enorme, con sus dos mesitas de noche, una mesa circular de cristal y, a ambos lados, un par de sillones enormes con reposapiés, que parecían más cómodos que la cama supletoria del crucero.

También contaba con una lámpara de arco espectacular, un espejo de cuerpo entero y un escritorio con una silla.

El baño era maravilloso, con ducha y bañera, y de un blanco limpio que daban ganas de comer en él. Vale, no, eso no, pero era una pasada.

Lo que verdaderamente me dejó sin palabras, literal, que me dejó muda hasta que me recuperé y empecé a chillar muy fuerte, fue la terraza.

Tenía un sofá, plantitas y, atención, que voy con el plato fuerte: una piscina.

O un jacuzzi , o ambas cosas. La cuestión es que era más grande que un hidromasaje y tenía unos agujeros por donde debían de salir los chorritos de agua caliente.

Era una absoluta maravilla. Empecé a pensar si esa habitación no estaría por encima de mis posibilidades, seguramente sí, y me vine abajo con el plan de gastar todo lo que me apeteciese ese finde.

Pero, bueno, también podría hacerlo, dejarme llevar, y luego comer noodles de sobre y rellenar el champú con agua durante dos meses. Y seguramente merecería la pena.

Cuando observé que la puerta se abría, me dio un vuelco el corazón.

Corrí desde la terraza hasta la habitación y me precipité hacia la entrada.

No podía creer lo que veían mis ojos. Plantado delante de la cama, con una mochila de deporte en la mano, estaba Álex.

Yo seguía esperando a las chicas, no entendía qué estaba haciendo él en Madrid y, en concreto, en la misma habitación de hotel que yo.

No fui capaz de sumar dos más dos cuando se acercó a mí y me dijo:

—Perdona, pero creo que te has equivocado. Estás en mi cuarto.

—¿De qué va esto? ¿Qué haces tú aquí? —Álex, con unos chinos y una camisa blanca con una mancha amarillenta en el centro, me miraba con aire divertido.

—No, esto va al revés. Eres tú la que está en la habitación que me ha dado la chica de recepción. La 202. Anda, enséñame el papel donde pone tu número de habitación, que te has debido de confundir.

—¿Por qué llevas la camisa manchada? —Yo seguía alucinando con la puesta en escena de ese teatrillo, porque nada de lo que estaba pasando podía ser una casualidad.

—Una tía increíble me ha tirado una cerveza por encima. Aún la tengo pegada al cuerpo. —Se agarró la camisa y la despegó de su estómago, demostrándome que seguía mojada.

—En serio, ¿qué haces aquí? No lo entiendo. He quedado con Tania y Blanca, vamos a ir de compras, a cenar y a ver un musical.

—¿Tú crees? Yo no confiaría en que vayan a pasar esas cosas este fin de semana.

Iba a replicar o, más bien, a seguir insistiendo hasta comprender de qué iba todo eso, cuando llamaron a la puerta.

—Servicio de habitaciones.

Álex se acercó a abrir.

El camarero apareció con una botella de champán y unas fresas.

—Justo a tiempo. Era lo que estábamos esperando. —Le dio un billete al chico y él se lo agradeció y se retiró de la habitación.

—No entiendo lo que estás haciendo, Álex. No sé en qué momento has pensado que voy a tomarme una copa contigo o permanecer en esta habitación durante más tiempo a tu lado. Como broma ha estado bien, pero nada más. ¿Te puedes marchar, que he quedado con mis amigas?

Álex se acercó entonces a su bolsa de deporte y la abrió. Pensé que iba a hacer lo de sacar toda su ropa y extenderla sobre la cama para demostrar que él no pensaba moverse de la habitación, pero no, sacó un ramo de rosas rojas y me lo tendió. Me quedé mirándolo sin saber cómo reaccionar.

—Ya no sé qué más cosas románticas hacer.

Esto se me da francamente mal. Reservé la misma habitación del crucero, que dio la casualidad de que era una prémium con piscina, pero el gasto merecía la pena solo para sorprenderte.

Convencí a las chicas para que te propusieran este viaje, he comprado flores, encargado estas sorpresas.

—Señaló lo que el camarero había dejado sobre la mesita circular—.

Y hasta me he tirado una cerveza por encima, y no sabes lo ridículo que me he sentido al hacerlo. —Cuando dijo eso tuve que sonreír.

—Vale, ¿y qué pretendes exactamente con esto? No sé qué quieres de mí. Sabes que lo he pasado mal. Tú no quieres una pareja, no sabes tener una y yo no quiero enamorarme de ti y volver a sufrir.

—Pues te equivocas. Quiero que seas mi novia, que estemos juntos. —Estaba algo nervioso y me sorprendió su lado vulnerable. Parecía estar haciendo un gran esfuerzo por abrir su corazón.

—Tú no quieres una relación seria. Aunque pienses que sí, te cansarás. No quieres comprometerte con nadie.

—Si es contigo sí que quiero. ¿Qué tengo que hacer para que me creas? Venga, dímelo, lo que sea. ¿Me tatúo tu nombre? Venga, vale, pues ya lo he hecho. —Álex se levantó la pernera del pantalón y en su tobillo pude leer mi nombre. Aluciné. Nada de eso tenía sentido.

—Estás loco. Eso no indica nada, porque tú eres así y haces esas estupideces sin pensar en las consecuencias.

—Esa es la cuestión, que estoy loco, pero por ti.

Lo estoy desde el primer día que te conocí y me tiraste la cerveza por encima, desde que desparramaste los tangas por la cama.

—Sonreí—. Desde que me di cuenta de que me volvía loco imaginarte con un deportista amante de los perros, porque yo no era tan perfecto, pero te quería a mi lado.

Desde que descubrí cómo besabas y cómo hacías el amor, desde que casi me convences de visitar una lonja de pescado maloliente.

—La lonja de pescado era un planazo. —Seguía procesando las cosas que me decía Álex, que eran tan bonitas que no parecían reales, y solo me salió decir esa gilipollez.

—Cualquier cosa que pueda hacer contigo lo es. Me gustas mucho. Eres la chica más increíble que he conocido. Dime que me vas a dar una oportunidad.