Amor por la borda Capítulo 47
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Capítulo 47

ÁLEX

No fui del todo sincero con Paula. La noche que fui al Blanco/Negro esperaba encontrármela allí.

Si Tania me había invitado, también se lo habría dicho a Blanca y seguro que a ella, la única que me interesaba en realidad.

Mi plan, si me había equivocado y ella no estaba allí, era sacarles información, ya que sabía que las tres mantenían el contacto después del viaje.

¿Por qué no había llamado a Paula directamente?

Porque era un orgulloso y no quería reconocer que yo, que nunca me pillo por nadie, lo había hecho y mucho por una chica con la que había convivido doce días.

Me seguía pareciendo una locura. No tenía ninguna lógica.

Pero había tenido que empezar a considerar que me gustaba más de lo que me imaginaba cuando, nada más volver, mi vecina me estaba esperando para echar un polvo, como habíamos hecho un montón de veces en los últimos dos años, y fui incapaz porque no me quitaba a Paula de la cabeza.

Quise hacerlo cuanto antes y seguir con mi vida, pero afloró en mí un sentimiento nuevo.

La echaba de menos. Ella no estaba cerca, y yo, aunque me jodiese reconocerlo, quería que estuviese.

Eso era una jodida novedad y no iba, en absoluto, conmigo.

Pillarme por alguien de esa forma era demencial.

Después de la visita a Heraklion me asusté, empecé a sentir cosas demasiado intensas por ella e intenté poner un poco de distancia proponiendo la visita al casino o la cita del último día para ir con más calma.

Ella no lo entendió y después de la cita reaccionó montando un numerito que no me gustó nada.

No había podido explicarme y eso me había jodido muchísimo.

Era algo que me traía demasiados recuerdos y, ante cualquier indicio de pareja controladora, me saltaban todas las alarmas.

Pero no solo era por eso, ya que consideraba bastante lógico que ella me pidiese explicaciones por el beso a traición de mi cita.

Estaba bastante justificado, y a mí tampoco me habría hecho ninguna gracia verla besándose con nadie, justo en esos días en los que los dos estábamos muy a gusto juntos.

Supongo que me alejé, en parte, porque me daba miedo lo que estaba empezando a sentir, y, ante eso, mi reacción natural fue huir, lo que solía hacer.

Pero no me estaba resultando nada fácil alejar a Paula de mi cabeza.

Se había instalado en mis pensamientos y no había forma de moverla de allí.

Debía de estar bien a gusto. Yo, por el contrario, estaba agobiado dándome cuenta de que esa chica me gustaba más de lo que quería admitir.

Era una tía increíble; divertida, cariñosa, sexy , y me encantaba, toda ella me flipaba.

Lo hizo desde el primer instante en que la conocí, cuando arrojó sobre mí todo el vaso de cerveza.

Hasta en ese momento en el que me cabreó tanto la situación, no pude evitar fijarme en que era una chica preciosa.

Después, convivir con ella en la misma habitación durante tantos días sin que pasase nada entre nosotros había sido una absoluta tortura.

Ver su cuerpo cuando se cambiaba, oler su perfume y dormir a su lado me estaba volviendo loco, solo podía pensar en hacerla mía.

Lo que sentía al verla por la noche con sus vestidos sexys podía ser hasta normal, era un hombre y ella, una de las chicas más bonitas que había visto nunca, pero lo que sentía al despertar por las mañanas, con su cara de recién levantada, esas ganas de abrazarla, de cuidarla y de pasarme el día entero con ella fue lo que me descolocó, lo que me hizo darme cuenta de que esa chica era especial para mí.

Cuando empezó a conocer a Héctor, un tío increíble capaz de hacer feliz a cualquier chica, me puse muy celoso; aunque intentase disimularlo, lo llevaba fatal.

Y cuando, por fin, conseguí que Paula confiase en mí, que me diese una oportunidad, pasé en aquel barco los días más felices de mi vida.

Fue una lástima que todo se hubiese ido a la mierda con el beso de aquella cita que nunca debí proponer.

Los celos de Paula me acojonaron, lo había pasado fatal con Amanda y no quería empezar nada con alguien que me recordase a ella.

Pero tampoco podía olvidarla sin más, me gustaba demasiado.

El momento con Darío fue tremendo. En el instante en el que mis ojos establecieron contacto visual con los de él, sentí unas ganas imperiosas de pegarle un puñetazo y borrarle su sonrisa de suficiencia de la cara de un plumazo.

Había estado a punto de hacerlo cuando el tipo, en un ataque de celos, le restregó lo del bebé.

Había engañado a Paula, pero parecía jorobarle que pudiese ser feliz con otro, conmigo, en concreto, ya que no podía intuir que todo era un teatro.

Aunque para mí no lo había sido. El beso había sido tan real como que me llamo Alejandro, aunque nadie utilice ese nombre para dirigirse a mí y se me haga raro escucharlo en la consulta del médico o en cualquier asunto oficial en el que se ciñan a lo que aparece escrito en mi carné de identidad.

Cuando le dije a Paula que me habría quedado a vivir en ese beso, lo hice totalmente en serio.

Casi me arrepentí al soltarlo, porque me daba miedo que ella pudiese llegar a intuir lo muchísimo que encerraba esa frase para mí.

Pero, a la vez, fui incapaz de decirle todas las palabras que ella quería escuchar.

Como, por ejemplo, que, para mí, nuestra relación no había sido solo un rollito de unos días, que quería que empezásemos algo juntos, que me había pillado por ella como nunca lo había hecho en mi vida y que la había echado muchísimo de menos.

Sentía todo eso, pero no se lo dije. Esa declaración de intenciones era demasiado valiente y madura, y yo era justamente lo que aparentaba, lo contrario a eso: un cobarde inmaduro.

Siempre lo había sido y eso no se puede cambiar, ¿verdad?