Capítulo 46
El beso duró lo suyo. Tanto que, cuando por fin nuestros labios se despegaron, ya no se veía a Darío ni a Mónica por ningún sitio.
Me habría encantado saber lo que había sentido Álex con nuestro nuevo intercambio de fluidos, pero, obviamente, no se lo pregunté.
A mí me había encantado volver a sentir sus labios sobre los míos, más de lo que me gustaría admitir ante nadie y especialmente ante él.
—Vale, todo esto ha sido muy raro —le dije, porque no tenía ni idea de lo que acababa de pasar.
—¿El qué, exactamente? ¿El encuentro con tu ex y su mujer embarazada?, ¿o el beso? —Seguíamos cerca de la barra y nos arrimamos a ella para que la gente pudiese pasar.
—Las dos cosas. ¿No te parece? Ha sido bastante surrealista. Ellos restregándome lo bien que les va, bebé incluido; nosotros fingiendo ser pareja, o algo así, ¿no? —Esperaba que Álex se pronunciase sobre ese punto, pero se fue por otros derroteros.
—Yo estoy alucinando. ¿Cómo te podía gustar ese tío? Si llevaba una camisa llena de colores, parecía la parte de arriba de un disfraz. Yo no me pongo eso ni en carnaval.
—Es que tiene un estilo propio muy marcado. —No sé por qué lo seguía defendiendo, la fuerza de la costumbre, me imagino.
—¿Ahora se le llama así?, ¿estilo personal? Yo a la gente que viste como él le suelo llamar hortera. Es un hortera de bolera de manual. —No pude evitar sonreír ante el comentario de Álex.
—La verdad es que cuando estaba conmigo me parecía mucho más guapo. Ha pegado un buen bajón.
Álex sonrió.
—Es el tío más feo que he visto nunca. Tiene la nariz enorme y los ojos muy juntos. Ese niño, si se parece a él, va a ser un esperpento. Lo vestirá con camisas floreadas a los dos años, le va a hundir la vida.
No pude evitar reírme con las tonterías de Álex.
Estaba exagerando muchísimo. Darío siempre me parecería un hombre guapísimo.
Ni siquiera después de lo mal que se había portado conmigo era capaz de verlo poco agraciado.
Pero era verdad lo que había dicho Álex, si le dibujasen una caricatura, seguramente exagerarían sus rasgos de esa forma.
Me sentí extraña al estar riendo y hablando tan a gusto con Álex, porque seguía latente el asunto del beso que nunca me explicó.
Aunque me sabía mal no volver con Tania y Blanca, que, seguro que nos echaban de menos, decidí que podía ser el momento de dejar que el moreno me diese por fin esa explicación que le había impedido ofrecerme.
—¿Qué pasó en la cita? —le pregunté, sintiendo un nudo en la garganta, como si quisiera escuchar su respuesta y, a la vez, estuviese convencida de que nada de lo que me dijese me dejaría tranquila.
Él suspiró y se rascó la cabeza. Parecía no saber cómo contestar a mi pregunta.
—Pues mira, pensaba que era complicado de explicar, pero con el beso que me acabas de dar me lo has puesto muy fácil. Lo que ocurrió es justamente lo que acaba de pasar ahora.
Puse los ojos en blanco, porque lo que acababa de decir no tenía ningún sentido.
—Si vas a decir tonterías… —Hice ademán de marcharme y Álex me retuvo.
—¿Te has arrimado a mí y me has dado un beso delante de Darío?
No entendía a dónde quería llegar con esa pregunta. La respuesta era obvia.
—Ya sabes que sí.
—¿Dirías que he iniciado yo ese beso?
—No, pero…
—¿Me podía esperar hoy que tú me fueses a besar?
Álex no me dejaba explicarme. Yo no solía actuar así, había sido un impulso, una reacción a su provocación.
—Me imagino que no, aunque…
—¿Me has preguntado si quería besarte o solo te has aproximado a mí y me has agarrado la cara y me has comido toda la boca?
Era imposible hablar con Álex, no me dejaba decir nada de nada. Me subieron los colores a las mejillas. Con esa forma de plantearlo hacía parecer que yo era una especie de mujer fatal que no tenía reparo en hacer lo que me daba la gana con un pobre chico indefenso. Y nada más lejos de la realidad.
—Vale, reconozco que te he besado, ¿me quieres dar a entender que esa chica hizo lo mismo?, ¿que tú no te lo esperabas?
—Esa chica y yo coincidimos en otro viaje.
Ya te dije que me sonaba su cara. Según me contó después, cuando la aparté educadamente, yo le gustaba desde entonces, pensó que estaba soltero y se animó a tomar la iniciativa.
Tampoco la puedo culpar, en parte soy responsable de que me pasen estas cosas.
Me he enrollado con bastantes chicas en otros viajes y me imagino que mi fama me precede —lo dijo como si tal cosa, como si fuese tan normal que la gente lo besase sin invitación, y me dieron ganas de arrancarle la cabeza.
—Ah, ¡qué bien!, ¡qué bonito! ¡Me encanta!
—No sentí nada, te hablo en serio. No quería besarla, y me alejé de ella en cuanto tuve la ocasión.
—Así que lo de ella fue un beso a traición, ¿casi como lo mío? —Estaba procesando la conversación, porque me quería fiar de Álex, pero no tenía ni idea de si me convenía hacerlo.
—Podríamos decir que sí, pero yo no quería huir de tu beso, al revés, me habría quedado a vivir en él.
Tengo que reconocer que, cuando Álex dijo esto, mi corazón dio un brinco y bailó entusiasmado dentro de mi pecho. No era un tío que te dijese cosas tan románticas a menudo, pero no quería bajar la guardia.
—¿Si no nos hubiésemos encontrado hoy, habría vuelto a saber algo de ti?
—No lo sé. No te puedo contestar a eso, porque no lo tengo claro.
—Y lo dices tan normal. ¿No te importaría nada no volverme a ver nunca más? El viaje termina y a otra cosa, mariposa.
—Estoy siendo completamente sincero contigo. No me gustó el rollo del último día del crucero. No me gustan los celos y me juré a mí mismo que nunca volvería a dejar que nadie me controlase. Me gusta ser libre.
—¿No quieres tener una pareja? ¿Lo que buscas en la vida es ligar con muchas chicas y no dar explicaciones a nadie? ¿Ese es el resumen?
—No estoy diciendo eso. Es solo que… me agobié.
—Vale, no te preocupes, no te voy a agobiar más.
—Habíamos llegado a un punto muerto. Yo no podía ni quería convencer a Álex de que teníamos que estar juntos.
No era así como pretendía empezar en serio una relación con él ni con nadie.
Aunque me encantase el tocapelotas y tuviésemos una química brutal, no me veía con fuerzas de levantar eso sola.
Y, además, algo dentro de mí me decía que aún estaba a tiempo de alejarme.
Me gustaba mucho, pero no quería enamorarme de él y, en el barco, aquellos días mágicos, había estado cerca de hacerlo.
Álex nunca buscaría nada serio y yo quería estabilidad, una pareja con la que compartirlo todo y comprometerme en el futuro.
Él nunca sería capaz de darme eso, yo pensaba que ni a mí ni a nadie, en realidad.
Decidí marcharme, él trató de retenerme y seguir hablando conmigo, pero no le vi sentido, ni pensé que hubiese nada más que añadir.
Me despedí de las chicas, que se quedaron algo sorprendidas ante mi repentina urgencia por volver a casa.
Sabía que, en cuestión de minutos, me pondría a llorar, y no quería hacerlo delante de ellas, y mucho menos de él.