Capítulo 44
El abrazo tan efusivo que me dieron Tania y Blanca cargó un poquito mi barra de entusiasmo, que estaba bajo mínimos.
Habíamos quedado en un restaurante que se había puesto muy de moda en Barcelona.
De hecho, me sorprendió que tuviésemos mesa un sábado por la noche, pero, al parecer, Tania conocía al dueño y por eso se obró el milagro.
Habían elegido ese lugar porque, además de que a las tres nos encantaba la comida japonesa, tenía el plus de que los jueves, viernes y sábados el local se transformaba en un club nocturno con DJ en directo.
Si no hubiese estado tan poco motivada, la verdad es que el plan me habría parecido estupendo.
Nos sentamos en la mesa que teníamos reservada, una bastante íntima en el piso de arriba, y echamos un ojo a la carta.
Tania nos propuso lo que ella pediría para cenar y estuvimos de acuerdo.
Yo, personalmente, agradecía que alguien tomase la iniciativa en ese punto, porque era muy indecisa y me tiraba tres horas eligiendo y, además, no era nada tiquismiquis, me solía gustar todo.
Menos complicado me resultó decidir lo que quería beber: un vino blanco seco y afrutado, elección que compartieron Tania y Blanca, por lo que acabamos pidiendo la botella entera.
En cuanto se retiró el camarero, empezó nuestra charla.
Las dos estaban muy animadas y parecían encantadas de verme.
Me alegró recibir tanto afecto. Tras una pequeña puesta al día general, no tardó en surgir el tema de Álex.
Ellas no sabían nada de nuestra pelea ni posterior distanciamiento, y estaban alucinando.
—Rebobina. Vuelve a lo que pasó cuando volvisteis de la cita.
—Pues eso, que nos peleamos, perdimos un poco los papeles y, desde entonces, no sé nada de él —le contesté a Tania, y tomé un sorbo de la copa de vino que nos acababan de traer, intentando que mis problemas, bañados en alcohol, perdieran un poco su importancia.
—¿No te llegó a explicar el motivo del beso? —Blanca parecía contrariada y buscaba respuestas, pero yo no se las podía dar, porque no tenía ni idea.
—¿Acaso puede haber una explicación para eso? —le contesté, porque, después de haberlo pensado mucho, de verdad pensaba que no había nada que fuese a arrojar luz sobre su comportamiento.
—Pues no lo sé. —Tania esperó a que el camarero dejase los platos sobre la mesa y se retirase para seguir hablando.
Agradecí su discreción—. Pero me parece raro, parecíais estar muy a gusto juntos.
Lo de tener esa última cita lo vi más como una gracia suya, para poder comentarla luego los dos, en plan salseo, sin ninguna intención oculta.
Recuerdo que te animé a ello, no le vi el problema. Ahora me siento mal.
Aunque no pensaba que Tania hubiese tenido ninguna culpa, no contesté nada.
No sabía qué decirle, ella se sentiría mal, pero yo, mucho peor.
Pese a ello, intentaba convencerme de que todo en la vida pasa por algo, y seguramente ese chico no era para mí.
Aunque me encantase y no pudiese sacarlo de mi cabeza, no era mi persona, y era mejor que lo asumiese pronto y alejase su recuerdo cuanto antes.
—Pero ¿has intentado hablar con él? —me preguntó Blanca, mientras distribuía las piezas de sushi en nuestros respectivos platos.
—La verdad es que no. Hay veces que es mejor dejar las cosas como están.
—Pues yo creo que hacíais una pareja increíble, casi tanto como mi informático y yo. —Se le iluminaron los ojos y me alegró que al menos alguna hubiese encontrado a una buena persona en el barco del amor con la que compartir su vida.
—Tía, pues nos lo tenías que haber dicho. Menos mal que Álex no ha venido hoy, porque se lo habíamos comentado. Imaginábamos que tú también lo habrías hecho y queríamos meterle presión. Sabes que nos encanta estar con él; nos reímos tanto, es tan divertido…
Casi me atraganto con un trozo de salmón. Tania, la fan número uno de las chorradas de Álex, casi consigue que me lo encuentre de improvisto. Me hubiese dado un infarto. No estaba preparada para ello y no sabría cómo reaccionar.
—Estás de broma, ¿no? ¿Os ha dicho que venía?
—Bueno, realmente no me ha dicho nada de nada. Más bien, me ha dejado en visto. —Tania levantó los hombros para quitarle importancia. A mí me pareció muy maleducado por parte de Álex no contestar a una invitación.
—Típico del tocapelotas. Pero ¿le llegasteis a decir que yo venía?
—Cada vez estaba más nerviosa. En la velada de esa noche planeaba animarme viendo a mis amigas, no morirme de la impresión ante un reencuentro inesperado con Álex.
Después de la bronca que habíamos tenido la última vez que habíamos estado juntos, no me imaginaba cómo podíamos reaccionar ninguno de los dos, y tampoco quería descubrirlo.
—Diría que sí. —Tania sacó el teléfono móvil del bolso y empezó a toquetearlo—.
Pero te voy a leer el mensaje, porque ya no me acuerdo: «¿Qué tal, guaperas?
¿Ya de vuelta a la dura realidad? Yo estoy depre (carita triste).
Escucha, hemos quedado el sábado para cenar en el Blanco/Negro a las nueve y media, ¿te apuntas?
». Pues no, no le dije que venías, tampoco que venía Blanca, pero es que me olvidé, como nunca me contestó…
—Pues menos mal que no ha aparecido por aquí, menuda situación más violenta.
—Álex tiene pinta de pasar de todo y de ir a lo suyo. Lo raro hubiese sido que hubiera contestado —intervino Blanca.
Pues, si eso era así, no me parecía nada bien.
A mí siempre me había contestado cuando le había escrito, aunque es verdad que eso había pasado poco, porque, desde que lo conocía, habíamos estado casi todo el día juntos y nos habíamos comunicado poco a través del teléfono móvil.
Pero me parecía de ser un sinvergüenza dejar a alguien en visto. No iba conmigo en absoluto.
La cena fue agradable, agotamos un montón de temas de conversación y me alegré de haberme decidido —casi obligado— a salir con ellas.
Aunque si hubiese sabido todo lo que pasaría más tarde me habría retirado después del postre, que fueron unos mochis riquísimos que nos encantaron —por eso lo de marcharme después y no antes—. Habría sido lo más conveniente.
—¡Vamos a por unos chupitos! —Blanca propuso esto cuando el restaurante pasó a ser pub , se atenuaron las luces y empezó a sonar la música.
—Ay, no sé, es que a mí los chupitos me sientan fatal —puse esa excusa, pero en realidad el problema era que estaba de bajón y pretendía marcharme en cualquier momento.
No me hicieron ningún caso y me llevaron a rastras hasta la barra.
Como no quería ser una aguafiestas, les dejé suponer que me iba a animar, que la noche era joven y que acababa de comenzar para nosotras, y nos bebimos de golpe los chupitos.
Después, me pidieron una copa, bailamos y empecé a relajarme.
Nos estábamos divirtiendo. Tania nos contó su último escarceo amoroso.
Un compañero de trabajo le había tirado los tejos y habían planeado quedar la próxima semana.
—Pues el chico es muy mono y, ahora que se ha lanzado, planeo que pase de todo con él. —Tomó un buen trago de su copa y sonrió de oreja a oreja.
—Define «de todo» —le pidió Blanca.
¡Qué raro! —nótese mi ironía—. Blanca incidiendo sobre el tema que más les gustaba: el sexo. Yo ya me podía imaginar la respuesta. Y me equivoqué bien poco.
—Pues cuando digo de todo, me refiero a eso, exactamente: besos, abrazos, lametones, mordiscos…
—¿Mordiscos? ¿Es un tío o un hombre lobo? —La charla estaba a punto de irse de madre de un momento a otro. Las conocía e iban a empezar a decir animaladas por momentos.
—A ver si te va a morder ahí abajo, ¡qué dolor!
—¿Qué dices, tía? —La ida de olla de Blanca había sido demasiado hasta para Tania—. Un hombre lobo no, más bien es un vampiro, pero la que le va a chupar todo voy a ser yo.
Como si lo hubiesen invocado —o quizá atraído por la conversación sexual, esa que él nunca se quería perder—, apareció Álex. En un primer momento, no supe cómo reaccionar. No daba crédito a lo que estaba pasando. Apareció por detrás de Tania y la agarró por la cintura.
—¿Qué es lo que vas a chupar tú? —le susurró al oído, y ella chilló emocionada al descubrir que el vampiro tocapelotas se había dejado caer por el lugar del encuentro.
Luego se acercó a Blanca y se repitió el efusivo saludo.
Yo estaba alucinando, no sabía cómo reaccionar ni qué pensar de lo que estaba pasando.
Las ganas que tenían ellas de verlo debían de ser proporcionales a las pocas que tenía yo.
Pero no pude evitar que la voz sugerente de Álex me acelerase las pulsaciones y tardé muy poco en reparar en lo increíblemente guapo que estaba.
Llevaba unos vaqueros oscuros, una camisa blanca, que se había metido por dentro del pantalón, y una americana azul marino.
Observar los abrazos que se daban me puso tensa, ya que me sentía fuera de lugar, como si presenciase una reunión privada en la que todos se conocían y a la que nadie me había invitado.
Sabía que no era así, habíamos quedado las tres esa noche, pero tenía esa sensación.
Me empecé a poner nerviosa al darme cuenta de que íbamos a tener que saludarnos también nosotros dos.
Y era imposible que reaccionase así conmigo, de una forma tan alegre y efusiva, no tendría ningún sentido.
Álex reparó en mi presencia mucho después de lo que lo hice yo en la suya, prácticamente, al terminar de abrazar a Blanca.
Por su reacción —una cara de alucine total—, entendí que no esperaba encontrarme allí.
Nadie lo había avisado, así que era lógico.
Aun así, se acercó despacio a mí y me dio dos correctos besos en ambas mejillas.
No podía ser más raro y tenso todo. No era el saludo que esperaba, bueno, en realidad, no esperaba ninguno y no tenía ni idea de cómo teníamos que reaccionar.
La noche se empezó a volver extraña por momentos, y lo de Álex fue solo el principio.