Capítulo 43
Mi hermana me estaba esperando a la vuelta.
Me dio pena lo emocionada que parecía ante la perspectiva de conocer a Álex, el chico que ella pensaba que, por fin, me había devuelto la ilusión.
No sabía cómo explicarle que volvía de ese viaje sola y peor anímicamente de lo que me había marchado.
Lo cual era complicado, pero así había resultado.
No hizo falta una palabra, ya que mi cara hablaba por mí.
A Carlota se le fue ensombreciendo la mirada cuando vio que allí estaba yo, visiblemente más bronceada, pero sin ningún caradura tocapelotas a mi alrededor que le pudiese presentar.
Cuando me vio acercarme a ella, seria y con las lágrimas amenazando con escapar de mis ojos, tendió sus brazos hacia mí y envolvió mi cuerpo con ellos.
Después, me besó en la cabeza y, cuando me desembaracé de su abrazo, agarró mi maleta y nos dirigimos en silencio hacia su coche.
Tras caminar un rato, llegamos a su vehículo y nos introdujimos en él. Quería hablarle, aunque me supusiese un esfuerzo titánico, pero no me salía nada que decir. Por suerte, al poco lo hizo ella.
—Mamá quería venir a por ti, pero no sabía si querías que te viese… bueno, ya sabes, pensé que venías acompañada. La he disuadido y hemos quedado en que mañana comeremos juntas —me informó, mientras se abrochaba el cinturón y arrancaba el coche.
—Has hecho bien. Solo me faltaba tener a nuestra madre por aquí torturándome con sus preguntas. —Carlota me miraba de reojo mientras conducía, y me molestó la cara de lástima que me dedicaba y lo deseosa que estaba de saber lo que había pasado, aunque no fuese capaz de preguntármelo directamente.
—Ha hecho buen tiempo durante el viaje, ¿verdad?
—Su charla random acerca de la climatología, cuya respuesta sabía de sobra, ya que yo la había mantenido actualizada con numerosos mensajes y fotografías, me puso más triste que si me hubiese hablado de Álex y de mi último fracaso amoroso a bocajarro.
Decidí sacar yo el tema que ella no se atrevía a abordar, pero que se había instalado entre nosotras como un elefante gigante al que era difícil ignorar.
—Todo se ha estropeado con Álex… En cuestión de unas horas, una historia que parecía maravillosa se ha ido a tomar viento.
Aún no soy capaz de entender lo que ha pasado.
—Mi voz sonó derrotada y me sentí mal por ello, porque tenía que intentar disimular, y tenía que hacerlo por ella.
Mi hermana me había regalado ese viaje para animarme y yo volvía de él hecha un trapo, desilusionada y sola.
Eso era así, pero no era justo para ella tener que sacarme del fango de nuevo, cuando acababa de sacar la cabeza de él hacía nada.
—Comprendo. ¿Quieres hablar de ello?
—La verdad es que no. No me apetece —le dije eso y era una realidad.
Pero es que, además, no me veía capaz de explicarle lo que había pasado, porque había sido muy raro y ni yo misma lo llegaba a entender.
Había visto a Álex besar a otra chica y, cuando se lo había reprochado, él se había enfadado aún más que yo.
No tenía ningún sentido. Y así había acabado todo.
Una historia de amor fugaz, pero tan intensa que me había dejado bastante tocada.
—Es que no sé qué decirte. Me falta contexto. Pero bueno, no ha podido ser para tanto, no es como lo de Darío, ¿verdad? Prácticamente, os acababais de conocer.
Mi hermana no podía estar más equivocada. Era complicado de explicar, y me imagino que de entender aún más, pero traté de transmitirle cómo me sentía.
—Bueno, este viaje ha sido muy intenso. Hemos pasado muchísimas horas juntos desde el principio, te recuerdo que nos vimos obligados a compartir habitación, y eso es equiparable a irse de campamento o entrar en un reality , vamos, que es el equivalente a varios meses de relación.
Yo lo he sentido así. Lo de Darío es distinto, no se puede comparar.
Pero no me siento mucho mejor ahora que entonces, cuando lo dejamos o cuando descubrí que me había engañado.
—Hice una pequeña pausa y continué hablando, necesitaba desahogarme—.
Aunque parezca una locura, creo que me estaba enamorando de Álex, me gustaba mucho, y de verdad pensaba que podíamos tener algo serio cuando volviésemos a Barcelona.
—Mi hermana negó con la cabeza y me sentí un poco ridícula, había convivido con él doce días, ¿cómo podía haberme pillado tanto en tan poco tiempo?
—. Igual ese ha sido el problema. Él solo quería pasárselo bien en este viaje y debió de notar que yo me estaba ilusionando demasiado, así que llegó a la conclusión de que lo más sencillo era estropearlo todo al final para librarse de mí.
—Un poco rebuscado, ¿no te parece? —Carlota me apretó la pierna con cariño mientras seguía con la vista fija en la carretera—. Lo siento mucho, de verdad. Ojalá pudiera decir algo que te hiciese sentir mejor.
—No hace falta que digas nada, no te esfuerces, porque estarás perdiendo el tiempo.
No hay nada que puedas decir que vaya a conseguir animarme.
Igual, si tuvieses algo de chocolate aquí en la guantera…
—La abrí y empecé a rebuscar dentro, pero solo había papeles.
Intentaba rebajar la intensidad que se había instalado en el coche, y mi hermana sonrió.
—Te daría un abrazo, pero me da miedo que nos estampemos. Te quiero mucho, pero no quiero morir, aún soy joven y tengo muchas cosas por hacer.
Ahora fui yo la que lo hizo: sonreí por primera vez desde el drama de Ibiza e hice un esfuerzo por ser agradecida y transmitir tranquilidad a mi hermana. No estaba tan mal como parecía, o igual sí, pero no quería que ella lo supiese.
—El viaje ha sido maravilloso, Carlota, y me ha animado muchísimo. En cuanto me olvide del tocapelotas ese voy a estar como una rosa. He hecho nuevas amigas, y ya sabes la falta que me hacía eso.
Noté cómo se alzaba la mejilla de mi hermana al sonreír. Carlota era una de las personas a las que más rabia le había dado que me quedase sin amigas tras la era pos-Darío. Ella tenía muchas y eran fundamentales en su vida.
Le hablé de ellas, de Blanca y de Tania, de lo geniales que eran y de los planes que ya teníamos previstos, y del barco y de todo el entretenimiento que había allí; de las citas rápidas, de las excursiones a las playas y de todos los sitios que había visitado.
Tenía que reconocer que el viaje había estado genial y hablar con ella consiguió animarme un poco, pero, cuando mi hermana me dejó en casa porque tenía que marcharse a trabajar, la soledad de mi hogar me atrapó por completo y solo pude pensar en Álex.
Justo en la última persona en la que quería pensar, pero el moreno se instaló en mi mente sin posibilidad de alejarlo, y eso que lo intenté con todas mis fuerzas, mientras trataba de distraerme deshaciendo las maletas y ventilando mi hogar.
Analicé lo que había pasado sin llegar a comprenderlo, tratando de pensar qué había hecho mal, qué debía haber evitado y dónde había estado el problema.
Si había sido mi error o el suyo. Me convencí de que yo no había tenido la culpa de nada.
Ese sentimiento me había acompañado durante mucho tiempo con Darío y no pensaba dejar que se volviese a instalar en mi interior como un parásito.
Mi reacción había sido lógica, a nadie le gustaba ver como la persona con la que crees que estás empezando a construir algo se besa con otra.
Quizá había reaccionado con demasiada intensidad, porque tenía un pasado que dolía, pero no había podido evitarlo.
A veces, no podemos controlar cómo nos sentimos o nuestras reacciones.
No pensé en nadie más, y eso que trataba de concentrarme en hacerlo, hasta que, después de haber llevado casi todas las prendas a la lavadora, llegué al final de la maleta.
Vi algo brillante debajo de la bolsa de aseo, y ahí estaba, como una nueva muestra de mi fracaso: la pulsera que me había regalado Héctor, el tenista amante de los perros.
¡Qué chico tan bueno e increíble! Sin duda, era la opción segura, la opción correcta, la que parpadea y finalmente se pone verde: guapo, dulce, cariñoso, fuerte…
Pero yo tenía que complicarme la vida intentando enamorar al chico difícil, al que nunca se toma nada en serio, al más problemático…
En fin, ya no había vuelta atrás. Ya no podía recuperar al chico bueno ni volver al pasado y alejarme del que parecía ser, desde el principio, una mala idea y, con total seguridad, había resultado serlo.
Traté de olvidarme de él y de seguir con mi vida, aunque no podía evitar mirar el teléfono con más asiduidad de la que me gustaría, esperando una llamada o un wasap suyo que nunca llegaba.
Había momentos en los que pensaba que lo nuestro también había significado algo para él, que había sido especial; otros, en cambio, tenía la certeza de que Álex no se iba a volver a poner en contacto conmigo.
Era demasiado orgulloso. Se había divertido en el viaje con mi compañía, pero ya debía de haberse olvidado hasta de mi nombre.
Había sido un entretenimiento pasajero y yo no había significado nada para él.
Las dos opciones luchaban con fuerza por imponerse en mi cerebro y yo no podía determinar cuál era la más realista.
Pensé en llamarlo, pero no sabía qué decirle.
No podía olvidar sin más ese beso, no sin una explicación razonable que no parecía dispuesto a darme.
Lo que había visto siempre me haría dudar de él.
Así que no hice nada y todo siguió igual.
El par de días libres que me había pedido mi hermana después del viaje para que pudiese disfrutar de mi recién estrenado amorcito —palabras textuales de Carlota— se me hicieron eternos.
Comí con ella y con mi madre al día siguiente, pero me escapé a la primera oportunidad.
Les dije que quería ir de compras para aprovechar mis últimos días de vacaciones, pero, en realidad, pensaba volver a mis dramas coreanos en Netflix y a hacer pan, al chocolate y a mi vieja amiga la autocompasión.
Sin embargo, no lo hice, porque esta vez decidí no esconderme.
Salí a caminar sin rumbo, respirando hondo, como si con cada paso pudiera recordarme que aún estaba aquí, más fuerte de lo que pensaba.
Acogí con gusto volver a trabajar y reencontrarme con mis pacientes, ya que en el fondo me recordaban que había cosas mucho más importantes que un mal de amores, aunque ese doliese demasiado, pero nada sería nunca tan importante como la salud.
Un par de semanas después, salía de un turno muy largo cuando recibí un wasap de Tania.
Me decía que Blanca y ella tenían ganas de verme y que querían organizar una quedada el fin de semana.
No me apetecía nada reunirme con ellas, en realidad, con nadie, y tuve que hacer un gran esfuerzo para no borrarme del plan con cualquier excusa.
No es que no quisiera verlas, pero no estaba de humor para fiestas y, mucho menos, para que me preguntasen por Álex y tener que admitir lo ocurrido.
No obstante, no podía rechazar su plan porque, aunque yo solo quisiese estar en mi casa, en mi refugio seguro, sabía que debía hacer el esfuerzo de salir y tratar de animarme.
Se lo debía a mi madre, a mi hermana y, sobre todo, a mí misma: no podía volver a perder unas amigas.
Así que no me di opción, contesté un: «¡Qué ilusión!
Por supuesto, allí estaré». Y, aunque me costó horrores transportarme del sofá al lugar donde habíamos quedado, lo hice, y ni en un millón de años habría imaginado todo lo que sucedería esa noche…
Iba a superar a los dramas coreanos más intensos que veía.