Amor por la borda Capítulo 42
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Capítulo 42

El tiempo que pasé sola en la habitación se me hizo eterno.

Fueron un par de horas, pero me parecieron el doble.

Mi cerebro no descansaba e iba alternando la sensación de enfado por sentirme engañada con la de tristeza al darme cuenta de que la fantasía que me había montado en mi cabeza solo estaba ahí: en mi cabeza.

Cuando Álex abrió la puerta de la habitación, me invadió una oleada de pánico.

No sabía cómo iba a reaccionar con él y me puse muy nerviosa.

Apareció tan normal, tan sonriente y alegre que, por un instante, pensé que nada podía estar mal si él lucía esa sonrisa tan despreocupada en la cara.

Se quitó las chanclas, movió los dedos de los pies, divertido, y se lanzó hacia la cama.

Después, me hizo una señal para que me tumbase a su lado.

Por supuesto, rechacé ese gesto. Yo no era capaz de disimular mi cara de cabreo y él pareció darse cuenta de que algo no marchaba bien y se incorporó para sentarse.

—¿Ha pasado algo? —Su voz sonaba dulce y tranquila, y eso me exasperó aún más.

—Nada, ¿qué tenía que pasar? Han tenido lugar las citas, como tú querías —dije esto levantando la voz y Álex me miró con mala cara. Mi corazón latía acelerado, como si se me fuese a escapar del pecho en cualquier momento.

Lo más razonable habría sido hablar las cosas desde la calma, pero, en el estado de nervios en el que me encontraba, eso era pedir un imposible.

—Vale, y veo que la tuya no ha ido nada bien. ¿Me cuentas el motivo? —Sonaba calmado, pero algo más firme y serio. Me temí que la cosa se descontrolase si era capaz de transmitirle lo molesta que me sentía, y no definiría a Álex como la persona más paciente del mundo.

—Mi cita no ha sido el problema. Ni siquiera ha habido cita.

Estaba esperándome Héctor y, como tú comprenderás, no he tenido el valor de hablar con él después de todo lo que ha pasado.

—Seguramente Álex no estaría entendiendo en absoluto el porqué de mis reproches. Lo confirmó con su siguiente pregunta.

—¿Y yo tengo la culpa de eso? A ver si te crees que las parejas las he organizado yo y he puesto a Héctor para molestarte y ponerte a prueba. No tenía ni idea…

—Pues tendría todo el sentido del mundo. Explicaría por qué te ha tocado encontrarte con una chica guapísima que salta a la vista que te encanta.

—¿Me encanta? ¿Y tú qué sabes lo que yo pienso de esa chica o de cualquier otra?

Vale, frena. ¿Todo esto es porque estás celosa?

Porque te digo desde ya que a mí estos numeritos no me van.

No puedo con los celos, no los soporto. No me hace ninguna gracia el control y la desconfianza en una relación.

Y no creo que te haya dado motivos para que tengas que dudar de mí, la verdad.

—¡Ja! —Lo que dijo fue lo que faltaba para acabar de cabrearme. Si comerle la boca a la rubia no se consideraban motivos, que venga Dios y lo vea—. Alucino contigo, eres un cínico.

Yo seguía de pie, moviéndome de un lado a otro, y él se levantó también, porque empezaba a estar tan alterado como yo, o incluso más.

—Mira, estás como una cabra y paso de tu rollo. No tengo por qué darte explicaciones. —Reconocí al chulito que entró en el barco y se puso como un loco cuando le tiré la cerveza por encima sin querer.

—Claro, besar a la cita de hoy era lo más normal y lo más lógico, y no hay que justificarse por ello.

—¿Cómo? ¿Qué dices? —Álex parecía estar alucinando, como si fuese imposible que yo tuviese esa información, teniendo en cuenta que él no me la había contado.

—Que le has comido todos los morros. Te he visto, no disimules. —Hablábamos cada vez más cerca, y a voz en grito; todos los vecinos debían de estar enterándose de nuestra acalorada discusión.

—¿Estabas espiándome? —La expresión de Álex era de absoluta furia. Me quedé flipando, la enfadada elevada a su máxima potencia tenía que ser yo. ¡Qué manera de darle la vuelta a la tortilla!

—No te estaba espiando, estaba escapando de mi cita y tuve que pasar por delante de vosotros para volver.

Fue una casualidad. Iba andando de vuelta y os vi.

—Álex parecía estar procesando si me creía y había sido toda una coincidencia o me consideraba una loca acosadora que se había pasado el rato espiando agazapada en un rincón.

No parecía descartar ninguna de las dos opciones.

—Aunque no tengo por qué darte explicaciones, lo voy a hacer…

No le dejé terminar:

—Madre mía, ni explicaciones merezco, como si tu actitud fuese lo más normal del mundo.

Ya entiendo para qué querías tener la última cita, para liarte con otra.

¡Habérmelo dicho! No hacía falta tanto teatro…

Lo dices y punto. —Me di cuenta de que mi reacción estaba siendo bastante poco dada al diálogo.

La situación me descontroló, me recordó demasiado a mi ruptura con Darío y volví a sentir el mismo enfado y decepción, como si estuviese reviviendo una experiencia muy traumática.

La única diferencia era que con Darío no fui capaz de decir todo lo que sentía y con Álex estaba dando rienda suelta a mi cabreo.

—No me estás dejando hablar, Paula, y esto no me está gustando nada. —Álex negaba con la cabeza como si estuviese al límite de su paciencia, y, con seguridad, lo estaba.

—Venga, habla, ¿qué tienes que decir? —Más que invitarle a dialogar, parecía que estaba cogiendo fuerzas para volver al ataque tras su respuesta, y, en realidad, así era.

—Ahora ya no me apetece.

Me reí, aunque la cosa tenía poca gracia.

—¿Tienes cinco años o qué te pasa?

—Creo que me voy a marchar, porque estoy a punto de decir cosas de las que luego me puedo arrepentir.

—Claro, adelante, huye.

Álex resoplaba y parecía a punto de estallar en un ataque de ira. Sacó su maleta del armario y empezó a guardar sus cosas en ella de muy malas formas.

—No te olvides de esto. —Lancé un bañador que había dejado sobre una silla y cayó al lado de la maleta. Él lo recogió y lo guardó dentro, y me pareció que estaba haciendo un gran esfuerzo al permanecer en silencio. Yo no podía aguantar su mutismo, así que volví a la carga:

—¿Acaso lo que ha pasado entre nosotros en este viaje ha significado algo para ti? —Se lo dije con tono de reproche, porque ya me imaginaba la respuesta. Que no, que yo solo había sido una distracción más y aquí era donde terminaba todo.

Álex ya no quería hablar más, estaba recogiendo sus cosas y se marcharía.

No tenía ni idea de a dónde, pero estaba claro que era lo que estaba a punto de pasar.

Si yo hubiera rebajado el tono, hubiese intentado hablar las cosas o tratado de escucharlo, habría sido distinto.

Eso lo pensé después; en ese momento, si hubiese podido le habría tirado la maleta por la borda y me habría encantado verlo nadando a él detrás para recuperarla.

Álex terminó de recogerlo todo y se dirigió hacia la puerta. Me miró una última vez y pude vislumbrar que, detrás de su cara de cabreo, se escondía algo de pena.

—La respuesta a esa pregunta ya no importa demasiado.

Eso ya no lo dijo alzando la voz, como habíamos hecho desde que había vuelto de su cita, pero fue el mensaje que, de toda la conversación, me llegó más claro y directo, impactando de lleno contra mi corazón. Salió decidido de la habitación y cerró la puerta tras de sí.

¿De verdad se había ido? No pensé que eso pasaría. Con lo que habíamos luchado los dos por la habitación y al fin había conseguido que se largase. Pero justo ahora, cuando ya no quería que lo hiciese. Cuando era imposible imaginarme allí sin él.

Pensé que volvería después de un rato a solas, cuando recapacitase, aunque solo fuese por reclamar esa habitación por la que tanto había peleado.

Pero se hizo de noche y no volvió. No quise salir a cenar.

No quería ver a Tania ni a Blanca, y menos a Héctor, o volver a cruzarme con Álex y soportar su mirada de odio y decepción.

Menos mal que al día siguiente volvíamos a Barcelona, porque el viaje no podía haber terminado peor.

Me eché sobre las sábanas y dejé escapar las lágrimas que no me había permitido soltar hasta ese momento.

Y allí, tumbada en la cama grande, pensé en lo irónico que resultaba haber luchado tanto por dormir una noche en ese mismo sitio, sola, cuando ahora no me podía sentir más triste por haberlo conseguido.