Amor por la borda Capítulo 41
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Capítulo 41

La noche anterior, mi compañero de habitación volvió sobre las nueve algo malhumorado.

Al parecer, había perdido más dinero del que planeaba jugando al Blackjack y me aseguró que no volvería a pisar un casino en toda su vida.

No obstante, se le pasó rápido el mal rollo que traía en el cuerpo al acercarse a mí, que estaba tirada en la cama wasapeando con mi hermana, y una sesión de besitos en el cuello terminó en besitos en muchas otras partes.

Quería resistirme y hacerme la interesante, porque no había sido un día especialmente increíble para mí, de hecho, hubiera sido más interesante el plan de oler pescado en Catania, pero no tenía la suficiente fuerza de voluntad para resistirme a los acercamientos y tocamientos de Álex.

—Nos he apuntado a los dos a las citas de mañana.

Después de nuestra sesión de sexo, Álex, que parecía exhausto tumbado bocarriba y con la vista clavada en el techo, se volteó hacia mí y me miró con suspicacia.

—Pero si no querías. Se notaba un montón que no te apetecía en absoluto el plan.

—Pero a ti sí. Tampoco pasa nada. Es solo un rato, puede estar bien. —Intenté sonar animada. La cosa no era para tanto.

—Vale, pues iremos. —Se acercó y me dio un beso fugaz en la boca—. ¿Con quién nos tocará?

—Ni idea. Con alguien simpático, espero.

—Y limpio. Y respetuoso con el medio ambiente.

Álex se cachondeó de mí y me dio por pensar qué cualidades esperaba encontrar él en su cita del día siguiente.

Ni limpia, ni simpática, ni ecologista. ¿Una tía llena de curvas y ganas de pasárselo bien?

Descarté esa idea. Álex parecía estar bien conmigo y las únicas curvas que le gustaban en esos momentos eran las mías.

—Igual ya no quedan solteros aceptables a estas alturas.

—Es lo más seguro. Típico que te toca con el señor aquel calvito tan pesado.

—¡Qué gracioso eres! Seguro que disfrutarías con eso. —Me giré, haciéndome la ofendida, y él se arrimó más a mí. Se me escapó una sonrisa—. Y tú, ¿con quién quieres que te toque?

—Me gusta que la vida me sorprenda. —Me apretó fuerte por la espalda—. Buenas noches, morritos.

—Buenas noches.

Álex se quedó dormido enseguida, pero a mí me costó bastante conciliar el sueño.

Aunque pretendía estar animada para dirigirme a la cita, porque quería enfocarla como una experiencia más, la verdad es que cuando me desperté al día siguiente no me emocionaba demasiado el plan.

Sin embargo, me duché, me puse el bañador e intenté ver lo positivo de visitar una bonita playa ibicenca, aunque no fuese en compañía de Álex, que era lo que más me apetecía.

No obstante, podría disfrutar más de la playa en sí sin su compañía.

Álex se pasaba el rato distrayéndome y metiéndome mano, quizá así me fijaría más en el lugar y captaría sus sensaciones de otra forma, con más consciencia.

Había que buscar el lado positivo de las cosas.

Bajamos en el puerto. Habían puesto a nuestra disposición unos barcos taxi que nos llevarían hasta las playas en las que tendrían lugar las citas. Éramos un montón y nos distribuimos en varias embarcaciones. Sin duda, Ibiza era un destino interesante y la mayoría no se lo quiso perder.

Una gran parte de la gente que bajó del crucero se fue por otro camino, dirigiéndose a coger un autobús que los llevaría hasta el centro histórico de Ibiza.

Entre ellos estaban Blanca y el informático, y los saludé emocionada.

Blanca me lanzó besos y me gritó un: «¡Suerte! », que me puso un poco nerviosa.

Muchos de los que habían cogido el taxi acuático bajaron en la primera playa.

Entre ellos estaban los que se dirigían a su última cita y otros que no iban a tener ninguna, pero querían visitar igualmente ese destino.

A Álex y a mí nos dijeron que nuestra playa era la segunda.

Nos habíamos situado en una esquinita del barco y él se había empeñado en que los dos tuviésemos la vista fija en el mar durante todo el trayecto, para permanecer ajenos a la gente que podría ser nuestra pareja ese día y, así, la sorpresa sería mayor.

Yo me moría de curiosidad por echar un ojo al grupo que permanecía con nosotros a bordo, pero le seguí el juego.

De todas formas, si trataba de mirar a mi alrededor, me agarraba la cara y me la volvía a orientar a donde él pretendía. No tenía muchas opciones.

—Aquí huele a tío que no se ha duchado en tres días. —Álex intentaba ponerme nerviosa y molestarme, y yo era un blanco fácil, no podía estar más alterada pensando en con quién me iba a tocar.

—¿En qué te basas para decir que es un tío? Podría ser una mujer…

—Hombre, me lo imagino. Es otro tipo de sudor… como más fuerte…

—No digas tonterías, eso no se puede saber.

A ver si eres tú, que te ha abandonado el desodorante y estás disimulando.

—Me encantaba picarlo. Aunque últimamente no lo conseguía fácilmente—.

A mí a lo que me huele es a loción del afeitado y a crema solar.

—Olfateé como si fuese un perro, y Álex se rio.

—Hoy no me he afeitado, pero sabes que me he duchado. Me tienes controlado. Aunque estoy triste, ya me explicarás por qué no has querido bañarte conmigo. —Puso cara de pena, algo así como de cachorrito abandonado, pero no surtió efecto en mí.

—No podíamos. No nos daba tiempo. Tú querías venir a la cita y la ducha conjunta nos hubiese retrasado.

Sonó un poco a reproché y lo era. Podríamos haber pasado el día duchándonos juntos, haciendo el amor, tomando el sol o lo que se nos hubiese ocurrido. Pero él tenía otros planes, una pena. Frunció el ceño.

—Suena a que he tenido una pésima idea. ¿Volvemos?

No sabía si hablaba en serio, pero no le hice ni caso. ¡A buenas horas! Estábamos a punto de llegar a la playa. Me di cuenta por el alboroto que se oía y porque el vehículo que nos transportaba había empezado a reducir la velocidad.

La embarcación paró, y la amarraron cerca de una pasarela por la que tuvimos que cruzar.

Estábamos al final de la playa, al lado de las rocas.

Bajamos los últimos porque nos habíamos situado en el extremo y la gente se agolpó rápidamente, bloqueándonos el paso.

Nos quedamos mirando las vistas de la playa desde el barco.

El sitio era precioso. Volví a pensar en lo genial que sería pasar el día allí con Álex, pero lo aparté de mi mente.

No tenía sentido, aquello no iba a suceder.

Cuando al fin pusimos los pies en la arena, a nuestro alrededor estaba todo bastante despejado.

Después de consultar dónde les había tocado, todos se habían dirigido hacía su punto de encuentro a esperar a sus respectivas citas.

Nos encaminamos hacia la lista y vimos que nos habían numerado y que cada número tenía una posición.

Era una playa grande y había bastante distancia entre las parejas.

A mí me había tocado el número tres y a Álex, el cinco.

Estábamos a un par de puestos de distancia.

Nos dirigimos a conocer a nuestras citas.

Desde nuestra posición, llegamos primero a la de Álex. Estaba casi pegada a los árboles. Una chica rubia muy morena de piel y bastante agraciada lo esperaba. Paseaba mirando el entorno.

—Bueno, pues ya has llegado. —Noté un nudo en el estómago y me sentí como si me encontrase en un aeropuerto y me tuviese que despedir de Álex por una larga temporada. Me pareció una exageración, en unas horas volveríamos a estar juntos.

—Eso parece. —Se quedó mirando a la chica, pensativo. Él no parecía tan apenado como yo, aunque tampoco era algo de lo que se pudiese tener certeza a simple vista.

—¿Pasa algo? ¿Estás bien? —Hice un último intento de obtener información antes de marcharme.

—No, nada, es que me suena mucho la cara de esa chica.

—Igual se parece a alguna famosa. Es muy guapa. —Tenía ganas de marcharme ya, esa despedida se estaba convirtiendo en una tortura. Quería abrazarme a Álex y no soltarlo. Era una ridícula.

—Bueno, la belleza está en el interior. ¿No crees?

—Eso dicen en las pelis de Disney. —Me salió una sonrisa algo forzada—. Anda, no la hagas esperar.

—Te veo luego, eh. Y me cuentas. ¡No hagas nada que yo no haría! —Álex me guiñó un ojo, me dio un beso en la cabeza y echó a correr en dirección a la chica.

Me quedé allí de pie, parada, pensando en lo que me había dicho.

No tenía ni idea de lo que él haría, porque, cuando creía que lo empezaba a conocer, me había roto todos los esquemas con la idea de la cita.

¿Qué haría Álex?, ¿pasar olímpicamente de la chica?

Ni de coña. ¿Tontear como un adolescente con las hormonas a flor de piel?

Era posible. ¿Dejarse llevar por lo que sintiese en ese momento?

Podría ser. Álex era bastante capaz de improvisar.

¿Ser cordial con ella y marcar límites? Eso era realmente lo que quería pensar.

Pero la verdad es que no tenía ni idea. Yo sí que sabía cómo iba a reaccionar con mi cita.

Me imaginaba siendo un témpano de hielo, porque mi interés en el tío en cuestión era cero, o menos mil, porque tenía el foco puesto en otra persona y no podía mirar a nadie más.

Llegué, caminando cabizbaja, hasta el lugar del encuentro.

Cuando vi quién me estaba esperando allí, casi me da algo.

Era mucho peor encontrarme con él que con el enanito pesado con alopecia.

No podía tener una cita con esa persona porque era alto, rubio y musculoso.

O, más bien, porque era Héctor. ¿Cómo me iba a presentar ante el rubio deportista y pasar la mañana con él, después de lo que había pasado?

Aproveché que no me había visto para continuar andando como si me dirigiese a otra cita más alejada. Me agazapé y, escondida detrás de unos árboles, observé cómo Héctor andaba arriba y abajo, miraba el reloj, se impacientaba, y, tras un largo y justificado tiempo de espera, se marchó de la playa.

Genial, ahora, además de sentirme idiota por lo de Álex, también me sentía mala persona por lo que le había hecho a Héctor.

Seguro que el tenista era la última persona que se merecía que le diesen un plantón como el que yo le acababa de dar.

Pero ¿qué podía hacer? Le habría hecho más daño apareciendo y recordándole lo que había pasado, porque, además, yo no sabía ni qué pintaba en una cita; tenía claro que quería estar con otra persona.

Lo que no tenía tan claro era si la otra persona quería estar conmigo. Empezaba a dudarlo.

Cuando ya no se veía a Héctor por ninguna parte, pensé en acercarme de nuevo al taxi acuático.

Con un poco de suerte, no tardaría en salir alguno y podría volver al crucero.

El plan de visitar una playa preciosa, disfrutar del paisaje y conectar con el ambiente y conmigo misma sonaba bien en mi cabeza, pero, en ese momento, tenía cero ganas de llevarlo a cabo.

Prefería el plan de hacerme invisible y teletransportarme hasta mi habitación en el barco a la mayor brevedad.

Para mayor frustración, no había ninguna forma de volver que evitase pasar por delante de Álex y su cita.

Prometo que intenté no mirar cuando me acerqué a ellos, sobre todo porque me aterraba que Álex me viese vagando sola por la playa.

Era demasiado humillante. Me oculté detrás de unos matorrales altos que tapaban los árboles y los vi, claro que los vi.

En ese momento, la chica le hablaba cerca del oído y él sonreía.

Aparté la vista y pensé en marcharme. Pero no lo hice, aguanté allí, agazapada como una espía masoquista que quiere comprobar lo que está pasando, pero, a la vez, no quiere saberlo en absoluto.

La chica le hablaba animada, Álex se había separado algo de ella, había puesto un poco de distancia y le contestaba con cordialidad.

Me tranquilicé porque allí no había nada raro y me dispuse a marcharme, cuando, un minuto después, la chica agarró a Álex por la camiseta y lo acercó a ella para besarlo.

Mientras los observaba desde mi escondite, aún con sus bocas unidas, las lágrimas arrasaron mis mejillas.

Aparté la mirada de ellos y me marché corriendo sin mirar atrás, en sentido contrario a mi destino, el de los taxis acuáticos, pero no me podía arriesgar a que me viesen.

Me sentí estafada por segunda vez en mi vida y, aunque la relación que tenía con Álex estaba empezando, me dolió tanto como el engaño de Darío. Quizá más, porque yo no estaba tan loca por el argentino como lo estaba por Álex. Y me acababa de dar cuenta de ello.

Era una idiota y la única culpable de todo lo que me estaba pasando.

Me había colado hasta las trancas por el tocapelotas más peligroso de todo el barco.

Un cabronazo que ya venía con un montón de advertencias que yo, deliberadamente, había decidido ignorar, porque había pensado que el chico malo era capaz de enamorarse y sentar la cabeza, y que yo había sido la elegida entre un montón de tías. Ilusa, ilusa y mil veces ilusa.

Mientras corría, no paraba de pensar en que Álex, al final, había resultado ser tal cual había imaginado.

No se podía confiar en él. Cuando alcancé la orilla, tan lejos de ellos que era imposible que me localizasen, eché a andar lo más rápido que me concedieron mis piernas hacia la zona donde habíamos desembarcado.

Cuando llegué, vi que los taxis acuáticos se acababan de marchar.

Al menos, no me encontraría con Héctor, debía de haberse largado en alguno de ellos.

Me quedé sola y me senté en la arena, frente al mar.

El agua acariciaba mis piernas. La sensación era agradable, pero yo no podía estar más triste.

Me había pillado por un tío que se lo había pasado en grande jugando a enamorarme, que me había vuelto loca en todos los sentidos posibles de la palabra y que había conseguido que pasase de odiarlo a sentir una atracción irremediable hacia él.

Una atracción que dolía, pero aún más lo hacía descubrir que, mientras él me había cambiado la vida en unos días, yo no había sido más que un mero entretenimiento para él durante ese viaje.

Seguramente mi hermana tenía razón, la apuesta segura era Héctor y yo no lo había sabido valorar.

Pero esta vez no me pasaría lo mismo que me pasó con Darío, no me pensaba guardar para mí todo lo que pensaba de él.

Me limpié las lágrimas con las manos y tomé una determinación: Álex escucharía lo que tenía que decirle, aunque no le gustase ni un pelo hacerlo.