Amor por la borda Capítulo 40
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Capítulo 40

Lo consiguió y no bajamos en Catania.

—Así aprovechamos y disfrutamos del barco. Si quieres bajamos en Ibiza, que será nuestro último día aquí. —Estábamos en la piscina tumbados en las hamacas. Álex tomaba el sol mientras hojeaba una revista de motos que había comprado en la tienda del crucero.

—Sí, Ibiza no nos lo perdemos. —Aparté el libro que me había traído de paseo, ya que apenas había leído un par de capítulos—. Aún hay gente teniendo citas, ¿te lo puedes creer? Y tendrán la última mañana en la playa.

Álex retiró la revista de su cara y me miró con una sonrisa traviesa.

—¿Nos apuntamos? —Parecía emocionado, como si acabase de tener la mejor de las ideas. Lo miré sin entender—. A alguna cita, me refiero, puede ser divertido. A ver con quién nos toca y luego nos lo contamos. Puede estar muy bien.

No supe qué contestar. No me apetecía tener una cita con nadie más que con él, creía que eso le había quedado claro y, además, pensaba que él sentía lo mismo.

La cita tampoco tenía que significar nada, pero ¿qué sentido tenía?

No era en plan novia celosa, porque ni siquiera sabía si teníamos algo en realidad, pero me daba pena malgastar el último día de crucero separados.

Me puse de mal humor. ¿No se daba cuenta de eso? , ¿o es que le daba igual?

—Bueno, lo vamos viendo —contesté con la intención de darle largas.

—Madre mía, eso ha sonado fatal. —Se sentó frente a mí y me miró fijamente—. Como lo típico que le contesto a mi sobrino cuando se pone pesadito con que lo lleve al parque o cuando quiere dormir en mi casa y ya tengo otros planes… Vamos, cuando pienso pasar de él.

—Hombre, si tanto te apetece lo de la cita, nos apuntamos. —Aunque mi tono no reflejaba ningún entusiasmo—. Pero creía que querías disfrutar del barco, por eso no hemos bajado hoy a ver Catania…

—Venga, va, pues nada, no importa, pasamos de la cita.

Me pareció que Álex se había mosqueado un poco. Reconozco que mi tono había sido algo seco. Se volvió a recostar y cambiamos de tema, pero pasé el resto del día inquieta, dándole vueltas a por qué él querría tener un encuentro con otra persona, pudiendo pasar el último día de viaje los dos juntos.

Por la tarde fuimos al casino. A Álex le hacía ilusión y, después de comer, de dormir un poco y de cambiarnos, entramos al gran salón de juegos.

Yo había estado alguna vez en alguno, pero nunca me había atrevido a apostar nada.

No me apetecía perder mi dinero —o peor: ganar—.

Mi padre siempre me decía que lo peor que te podía suceder en un casino era ganar alguna partida, creerte que era sencillo y apostar más, porque el casino, tarde o temprano, siempre es el que gana.

No le vi ninguna ventaja al hecho de jugar, pero Álex insistió bastante y no le pude disuadir.

—He cambiado ya el dinero por fichas. —Me enseñó un montón de círculos de colores y me dio la impresión de que ahí había bastante pasta—. ¿Dónde quieres que vayamos primero?

—Me da igual. ¿A la salida? —dije tras una pausa, y él me miró frunciendo el ceño—. Es que no me gusta mucho este sitio. Mira a esa mujer, se ha pasado todo el rato metiendo monedas a esa maquinita y yo creo que aún no le ha tocado ningún premio. No le veo la gracia.

—Se trata de pasar el rato.

—Prefiero pasarlo de otra forma… —Toqueteé el tirante de mi camiseta e intenté sonar sugerente, pero Álex no pilló la indirecta, o, si la pilló, no surtió efecto en él. Parecía decidido a pasar la tarde allí.

—Venga, una ruta rápida. Jugamos un ratito al póquer y al Blackjack, pasamos por la ruleta y nos vamos. Te lo prometo.

Me dio un beso en la mejilla y me abrazó como forma de cerrar el trato. Acepté de mala gana y lo acompañé.

Al principio me pareció curioso observar el juego, era entretenido. Álex ganaba algunas partidas y se emocionaba mucho, y perdía otras y se mostraba muy malhumorado. Pero aquello parecía no terminar nunca y me estaba aburriendo. Cuando me cansé de esperar, le comuniqué a Álex que me iba a marchar.

—Espera diez minutos, que acabamos de llegar a la ruleta.

—Después de esto ya nos vamos, ¿no? Es en lo que habíamos quedado… —dije molesta. No podía alejar la sensación de que estaba desperdiciando un tiempo muy valioso en ese lugar que no me aportaba nada.

—Me falta echar alguna partidilla más, pero será rápido —dijo eso de partidilla pretendiendo que sonase como algo simpático y breve, pero a mí me sonó igual de mal que si hubiese dicho «una partidota eterna».

—¡Hagan juego! —Oí decir al crupier para dar así comienzo a una nueva ronda. Álex se lanzó a colocar sus apuestas sobre el tapete.

—No quiero esperar más, me he cansado. Esto es un aburrimiento, prefiero estar en la piscina o dándome un baño en la habitación.

El tío no me miraba, estaba tan concentrado en la bolita que daba vueltas por la ruleta en movimiento que parecía no escucharme.

El resto de las personas sí parecían prestarme atención y me observaron con mala cara.

Se ve que hablar no estaba muy bien visto, o, más bien, amenazar a voces con irte, mientras se hacen las apuestas.

—No va más. —Se volvió a oír la voz grave del crupier y Álex resopló. Al parecer, se había quedado sin poder realizar algún movimiento, seguramente porque yo estaba hablando y lo desconcentraba. Así lo interpreté.

Ante su falta de comunicación, me marché de allí, molesta, y no se dio ni cuenta.

Mientras me alejaba, andando por los pasillos enmoquetados, me pareció oírle soltar un bufido; seguramente no había acertado y había perdido las fichas.

Me dio exactamente igual, o, mejor dicho, me alegré por ello.

A ver si perdía todo de una vez y se acababa ese rollazo.

Al salir del casino y atravesar la piscina, me encontré a Blanca y a Tania.

Estaban en unas tumbonas cerca del agua.

Pedí un vino blanco y me quedé allí hablando con ellas.

No llevaba bañador, así que cogí una silla de plástico y la coloqué debajo de la sombrilla situada entre ambas para no empezar a sudar como un cerdo.

Nunca había entendido esa expresión; me daba la sensación de que los cerdos en realidad daban asquete por algunas razones, por ejemplo, por su olor, pero no precisamente porque sudasen demasiado.

—No es por agobiaros, niñas, pero esto se acaba, eh —soltó Tania, espatarrada en la tumbona.

Parecía estar muy a gusto. Yo, sin embargo, volví a sentir ese puntito de ansiedad en mi interior.

Odiaba cuando la gente anticipaba y hacía ver que las vacaciones habían terminado dos días antes de su verdadera fecha de fin—.

La verdad es que me podría acostumbrar a esto de pasar el día tumbada al sol, bebiendo caipiriñas y comiendo todo lo que me apetezca.

Pero la vida real nos espera en tierra firme.

Sentí que algo se bamboleaba bajo mis pies y no precisamente porque se moviese el barco —aún estaba fascinada con lo poco que se notaba el movimiento en ese trasatlántico—.

No quería pensar en volver a mi vida real, como la había llamado Tania; no tenía ganas de regresar a mi piso, ni siquiera de retornar al trabajo, y eso que centrarme en mis pacientes y en su evolución había sido lo único que me había mantenido cuerda los meses anteriores a ese viaje.

—A la vuelta tenemos que vernos una vez al mes —dijo Blanca.

—Por lo menos. Igual más.

Me había venido arriba. Cuando las tres retomásemos nuestras vidas podía ser complicado cuadrar agendas, pero había que intentarlo.

Quería mantener la relación con esas dos chicas.

Me encantaría volver a tener un grupo con el que compartir cosas.

En ocasiones, echaba de menos a mis antiguas amigas.

Había estado tentada de llamar a alguna, pero la vergüenza y la duda de cómo recibirían ese intento de acercamiento después de tanto tiempo me había frenado a dar el paso.

Era una de las cosas de las que más me arrepentía, de no haber sabido cuidar a mis amigas cuando me enamoré de Darío. Nunca me volvería a pasar.

—Quedaremos seguro las tres. Y con Álex también.

—Lo que dijo Tania me gustó, con la rabia que me daba que ellas se llevasen tan bien con Álex al principio y ahora me parecía algo estupendo.

En el pasado no había podido juntar en un mismo plan a Darío y a mis amigas.

Tenía que ser una pasada tener amigos en común y salir juntos de fiesta—. A todo esto, ¿dónde está?

—Supongo que sigue en el casino, volviéndose más pobre por momentos. Yo me aburría y me he marchado. Me ha propuesto tener una cita mañana con otras personas, en plan gracia, para contarnos luego… —Lo dejé caer para ver qué opinaban ellas. Intenté sonreír como si me pareciese una buena idea.

—¿Y lo vas a hacer? ¿Te apetece? —me preguntó Tania.

—No tengo demasiado interés en conocer a alguien más a estas alturas. Pensaba pasar el último día con Álex y me he quedado un poco chafada. ¿Es raro esto? ¿Qué pensáis?

—Yo te entiendo. Mañana quedaré con mi informático. No hemos pensado en ver a nadie más. De hecho, lo que me preocupa ahora mismo es que él vive en Tarragona. Cuando volvamos a Barcelona, tendremos que comprobar si la cosa funciona a distancia.

—Bueno, Tarragona está al lado. Le podéis pegar al sexo virtual si no os podéis ver todas las semanas. —Tania sonrió con picardía, se notaba que sabía de lo que hablaba.

—No me van esas moderneces. Yo soy de apretar nalga y chupar cosas.

Tania estalló en carcajadas y yo noté que nos estábamos desviando del tema. Bueno, del tema no, con ellas el tema siempre estaba presente, de mi tema en concreto.

—¿Cosas o miembros? ¿O apéndices? ¿Chupar o lamer? Cuéntanos todo, baby .

Era realmente interesante saber con exactitud lo que quería chupar Blanca, pero yo pretendía que Tania, como la mujer libre y open mind que parecía ser, me tranquilizase respecto a mi recelo ante la idea de que Álex tuviese citas de última hora.

—¿Tú qué dices, Tania?

—Pues que también me gusta chupar cosas, pero, sobre todo, me gusta que me chupen. —Me giré para ver si Álex estaba cerca, porque tenía la habilidad de aparecer siempre que hablábamos de temas sexuales. Pero no, no estaba.

—Ya, no… —Me puse roja—. Me refería a qué opinabas de lo de que Álex quiera tener una cita mañana. Si queréis luego seguimos hablando de lo de chupar y eso… —No quería cortarles el rollo, pero esas dos, cuando se ponían en plan cochinas, no dejaban el tema tan fácilmente.

—Ahhh, de eso. Pues me parece muy bien. Yo que tú tendría una también, o dos. Puede ser divertido contaros luego cómo habéis pasado la mañana. Yo no le veo mayor problema. Incluso podéis juntaros los cuatro en la playa, en plan espontáneo.

Yo lo del cuarteto improvisado no lo veía.

Pero, en boca de Tania, el plan de la cita sonaba como algo inofensivo, que era lo que debía de estar proponiendo Álex.

Lo llamábamos cita, porque en el barco lo habían decidido así, pero no sería más que una forma de pasar el rato con cualquier tía que no le interesaría en absoluto.

Esa mujer tan sabia tenía más razón que un santo. Yo le daba demasiadas vueltas a todo.

Hablamos un rato más de apéndices y lametones, y luego acudí a la recepción a que nos apuntasen a Álex y a mí en las citas del día siguiente. Y seguramente fue la peor decisión que pude tomar.