Amor por la borda Capítulo 39
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Capítulo 39

—Estás absolutamente loca por él.

—No digas tonterías.

Había llamado a Carlota en un momento complicado; estaba muy sensible, porque aún tenía demasiado fresco el recuerdo de lo vivido la noche anterior.

Como aquel instante en el que Álex me había dicho que no recordaba haber estado tan a gusto con nadie como lo estaba conmigo, y yo me había acercado a él y nos habíamos mirado a los ojos, nos habíamos besado, abrazado y acariciado, y me había sentido tan feliz que pensaba que el pecho me iba a estallar.

—Llevas hablándome de lo divertido que es Álex, de lo sexy que es Álex y de lo increíble que es Álex desde hace un cuarto de hora. Estoy aborreciendo ese nombre.

—No seas exagerada. No he dicho exactamente eso, es solo que me está sorprendiendo mucho este chico porque no me imaginaba que fuese así. Fue tan desagradable al principio y luego tan asquerosamente molesto…

—Y luego, de repente, se volvió tan super sexy e interesante…

—Carlota se burló, pero era así, tal cual.

Álex no era lo que parecía—. No puedo estar más feliz por ti, eh, ¡qué gusto dejar de oír hablar de Mónica y del asqueroso argentino!

Escucharte feliz, animada, ilusionada… Y tener envidia de las fotos increíbles que me mandas cada día.

—Cuando vuelva a Barcelona, te lo presento. Te va a encantar.

—¿Más que el rubio fuerte amante de los perros? Esa era mi apuesta para tu cambio de vida.

Cada vez que oía hablar de Héctor, me entristecía. Me hubiese encantado tenerlo como amigo, pero yo parecía gustarle de verdad y no hubiese sido justo para él. No podía ser tan egoísta.

—Héctor es estupendo, pero no me hacía sentir lo que siento con Álex.

Es que no puedo explicártelo. Cuando estoy con él, me siento viva y tengo ganas de tantas cosas…

Yo misma estoy alucinando, con lo poco que me apetecía esto cuando entré aquí y mírame ahora.

Intenté resistirme, no te creas, no me fiaba mucho de él.

Parece el típico caradura dispuesto a romperte el corazón, pero en realidad es sensible y adorable, y quiero darle una oportunidad.

—Me escuchaba hablar así de Álex y no me reconocía.

Pero quería ser justa con mis sentimientos e intentarlo.

—Lo importante es que has resucitado de entre los muertos.

—¡Qué exagerada! Tampoco estaba tan mal.

—Ya no te quedaban dramas coreanos ni series turcas para ver en Netflix. Estaba muy preocupada por ti.

—Gracias.

—Joder, no hay que darlas. Eres mi hermana mayor, es mi obligación preocuparme cuando caes en una espiral de autodestrucción y tratas de sobrevivir a base de trabajo, cafeína, televisión y chocolate.

—Quería decir que gracias por obligarme a venir, tonta.

—Ha sido un placer, hermanita.

No podía ver a Carlota, pero sonaba emocionada. No me había parado a pensar en la preocupación que mi actitud podía haber generado en mi familia.

—Y por meter tantísimas bragas en mi maleta. —Carlota se rio y me contagió su risa. No recordaba el tiempo que hacía que no hablábamos las dos así de relajadas y reíamos juntas.

—Te quiero mucho, disfruta, que ya te queda poco.

Cuando colgué el teléfono, me quedé pensando en eso, en que en un par de días estaría de nuevo en casa.

Se me puso un nudo en el estómago, no solo porque no quería que se terminase ese viaje ni que cambiasen las cosas con Álex a nuestra vuelta.

También porque no quería volver a la situación que estaba viviendo antes de irme.

Decidí apartar de mi mente esos pensamientos y disfrutar de los días que me quedaban en el paraíso.

Álex y yo bajamos en Heraklion, la parada prevista del día. Él no estaba muy motivado y quería que nos quedásemos en el barco, pero yo insistí en que estaría bien visitar alguno de esos lugares.

—Igual no vuelvo en mi vida a Heraklion. Ya me perdí Rodas y no puede ser. Mañana nos toca Catania. Ve motivándote.

—Creo que puedes vivir sin conocer esos sitios. Seguro que ni habías oído hablar de ellos antes de venir.

—Tú dices eso porque ya los habrás visitado todos.

¡Como has hecho este viaje un montón de veces!

—Puse la mirada más tierna que pude y los morritos que tanto le gustaban—.

Pero yo no… Déjame ser la típica turista con la mochila pegada a la espalda, haciendo fotos de un montón de ruinas que no volveré a ver más. ¡Te prometo que te lo compensaré!

Álex no pudo resistirse a mi oferta, sonrió como nunca y bajamos del barco mientras me proponía compensaciones tan picantes que me dieron ganas de volver al camarote volando.

¿Podría haber vivido el resto de mi existencia sin conocer Heraklion?

Probablemente. La ciudad no es que fuera el paraíso en la tierra, pero recorrer el casco viejo con Álex la volvió insuperable.

Perdernos por las callejuelas fue la excusa perfecta para terminar en el Museo Histórico de Creta o entrando en cualquier iglesia, aunque lo que más recuerdo no son las reliquias, sino cómo nos reíamos en voz baja por cualquier tontería mientras intentábamos parecer visitantes serios.

La comida fue el broche de oro: un cordero auténtico que nos supo a gloria, regado con un tinto típico de la zona que nos puso las mejillas coloradas y la risa floja.

Recuerdo que, entre bocado y bocado, Álex me miraba con esa cara de felicidad absoluta y yo solo podía pensar que el plan más sencillo se volvía extraordinario si él estaba cerca.

En ese momento, bajo el sol de Creta y con el sabor del vino aún en los labios, Heraklion me pareció, de repente, el mejor lugar del mundo.

—De Catania sí que pasamos. —Estábamos de vuelta en la habitación; yo, pintándome las uñas y Álex viendo la televisión, cuando me dijo esto. Lo había pasado muy bien, no entendía por qué el enanito gruñón no quería hacer turismo. Dejé mis uñas a medio pintar para meterme en Google con el móvil.

—«Qué ver en Catania: Mi guía para recorrerla en un día». Voy a entrar aquí.

—Ahí lo ponen todo bonito, pero luego no es para tanto. —Álex trató de quitarme el móvil de las manos y yo luché contra ello.

—La lonja de pescado de Catania, ¡esto lo ponen como fundamental!

Álex levantó una ceja con incredulidad.

—¿Una lonja de pescado? ¿En serio? Si te va a dar asco hasta el olor. ¿Si te pone ahí que visitemos el museo de los excrementos sicilianos, también vas a querer ir?

—Si son excrementos especiales que solo voy a ver una vez en la vida, igual sí.

Vale, no, es broma, pero lo de la lonja de pescado debe de ser curioso, ¿no crees?

Pone que están todos los vendedores ahí chillando.

Me llama la atención. —Álex me miraba como si fuese una extraterrestre.

Decidí recular—: Vale, pasamos de la lonja del pescado.

Pero a la plaza del Duomo sí podríamos ir, ¿no?

Es la plaza principal y en el centro tiene la Fuente del Elefante, con un obelisco egipcio encima y la gran catedral de Santa Ágata.

Visita gratis. Esto es importante. ¡Gratis!

—remarqué para que prestase atención al asunto.

—Paso de ver más catedrales.

—Se puede ver el Etna. El volcán —añadí, poque Álex parecía dispuesto a no mostrar el más mínimo interés por los planes que le recomendaba.

—Yo sí que te voy a enseñar un volcán. —Me agarró de las piernas y quedé tendida sobre la cama.

Después se abalanzó sobre mí. Empecé a sospechar que ese hombre el único monumento que quería ver era yo, y me dejé llevar porque tampoco me parecía mal plan.

Me quedaría sin ver La Villa Bellini, un parque donde respirar aire puro.

Pero sería capaz de sacrificarme por una buena causa o, mejor, por una causa que estaba muy buena: Álex.