Capítulo 38
El masaje y el spa fueron una maravilla. Podría acostumbrarme a que me masajeasen una vez al día a partir de ese momento, sin ningún problema.
Sentí un poco de vergüenza cuando me visualicé frente al espejo en bikini, chanclas y aquel gorro horroroso y obligatorio pegado a la cabeza.
¡Qué poco favorecedor era! Debería estar prohibido.
Sin embargo, era necesario para poder acceder al spa y no llenar todo de pelos, que luego da grimilla encontrártelos flotando, nos dijo la amable trabajadora del personal —algo muy comprensible, por otra parte—.
Salí al pasillo donde me encontraría con Álex y respiré el olor a cloro típico de esos sitios.
Yo había estado en varios acompañada de Darío, y también de mis amigas, cuando aún tenía.
Recuerdo que, al cumplir los veintitrés, me regalaron un día de cuidados: masaje, spa , tratamiento facial y compras. Fue uno de los mejores días de mi vida.
Álex apareció ante mis ojos con el gorro en la mano y lo insté a ponérselo.
No quería ser yo la única horrenda del lugar, aunque tuve que reconocer que a él le quedaba bastante mejor que a mí.
Tenía un tamaño de cabeza estándar, yo, sin embargo, la tenía pequeña y el gorro que me habían dado ocultaba mis cejas. Parecía un duendecillo extraño.
—No estás tan mal. Son imaginaciones tuyas, pequeña Gollum. —Le di un codazo—. ¡Es broma!, estás guapísima hasta sin cejas. —Intenté subirme el gorro, pero entonces se formó una horrible bolsa en la parte superior. Desistí de tratar de mejorar mi look .
—Acompañadme, por favor, primero tendréis una hora libre en las piscinas y luego entrareis al masaje conjunto. —La chica del spa nos acompañó y nos enseñó cómo funcionaban las piscinas de agua fría y caliente, los chorros, las duchas de aromas, el baño turco y la sauna.
—¿Vamos a estar solos?
Me puse roja ante la pregunta de Álex, como si su duda ya indicase lo que claramente pretendía: tener sexo en las piscinas, debajo de los chorros, en las duchas de aromas, en el baño turco y, cómo no, también en la sauna.
—También habrá otra pareja en el spa . En el masaje estaréis los dos solos con vuestros respectivos masajistas.
—La chica nos sonrió y se dirigió a la salida.
La otra pareja aún no había llegado y fuimos directos a la piscina de agua caliente, y, más en concreto, al jacuzzi que había dentro en un lateral.
Álex entró sin pensárselo dos veces y me tiró de la mano para que no perdiese el tiempo.
Se sentó sobre el banquito rodeado de chorritos y me colocó encima, con las burbujas chisporroteando a nuestro alrededor.
—¡Qué calentita está el agua! —Esa era, sin duda, la temperatura que mi cuerpo necesitaba. La otra pareja ya había llegado y había venido directa al jacuzzi . ¡Con la de cosas que había para hacer allí! Parecían muy amables. Nos saludaron y se sentaron bien cerquita de nosotros.
—Yo sí que estoy calentito… —me susurró Álex al oído, y me preocupó que la pareja, que no nos paraba de sonreír, le hubiese oído.
Salimos del jacuzzi y nos colocamos debajo de unos chorros gigantes que nos masajearon el cuello y la espalda con tanta fuerza que temí que me hicieran salir despedida hacia delante.
Alex intentó convencerme de que probase a introducirme en la piscina de agua congelada nivel corte de respiración y dolor cerebral, diciendo algo de que era buenísimo para la circulación, y, por supuesto, me negué en rotundo.
Él sí que se metió, y se zambulló y todo.
No estaba bien de la cabeza ese hombre. Sonreí al verlo descongelarse en la piscina caliente con cara de felicidad. Era realmente mono.
Lo dejé ahí nadando como un pececillo, o, por su cara de querer comerme, como un tiburón, y me introduje en una ducha de aromas, que consistía en una ducha que iba soltando chorritos de agua caliente desde los pies hasta la cabeza y con olores que identifiqué como lavanda, cítricos o eucalipto.
Debía de llevar la mitad del recorrido de chorros cuando apareció Álex y se metió en la ducha conmigo.
Se colocó detrás de mí, arrimó su cuerpo y comenzó a besarme por detrás.
Me subió aún más la temperatura y me empecé a poner muy nerviosa.
—Nos puede ver la pareja. ¡Qué vergüenza!
—Esos dos tienen como ochenta años, seguro que ni ven de lejos. —Me giró la cara para besarme y, justo en ese momento, se abrió de golpe el chorro superior y el agua nos cayó con fuerza sobre la cara. Me entró agua en los ojos y me refugié en el cuerpo de Álex.
—Anda, bruto, esas personas no eran tan mayores.
—Yo creo que sí.
—Pues me parece bonito.
Álex me abrazó fuerte y, con el agua caliente y el olor que nos envolvía, pensé que no se podía estar más a gusto de lo que estábamos nosotros en ese momento.
—¿El qué? —Mientras interactuaba conmigo, Álex recorría con delicadeza mi espalda con sus manos.
—Pues que sean personas mayores y sigan teniendo ilusión por enamorarse. Nunca es tarde para encontrar a tu pareja ideal.
—Sí, tienes razón. Es bonito. No creo que me soportes cuando tenga esa edad.
Ya sabes, soy demasiado molesto y te resulto insoportable veinte de las veinticuatro horas del día, y los defectos se intensifican con los años.
—Álex me daba pequeños besos mientras decía eso, e hice un esfuerzo por no decirle que, en realidad, la cosa había cambiado mucho en las últimas horas, que me encantaba y que eso hacía que estuviese dispuesta a pasar por alto lo pesadito que se ponía a veces.
—Veintidós de veinticuatro. —Fue mi respuesta, y él soltó una carcajada alegre.
—El margen de mejora es grande. Con poco esfuerzo seguro que consigo batir mi plusmarca personal de sacarte menos de quicio.
Cuando los amables señores se acercaron a las duchas, nosotros pasamos al baño turco. Tuve que frenar a Álex, que pretendía hacer cosas que no se deben hacer en un lugar público, amparado por la humedad del lugar. Aunque algunas cosas sí que hicimos y fue bastante excitante.
—Les puede dar un ataque al corazón como entren aquí y te vean con la cara entre mis pechos.
No querrás que eso pese sobre tu conciencia.
—Le dije eso a Álex, pero la verdad es que no parecía muy preocupado por asustar a esas amables personas, que era probable que tuviesen una vida sexual bastante más relajada.
La sesión de spa se convirtió en una tortura con tanto jugueteo sexual por nuestra parte.
Nos dio tiempo a entrar en la sauna y de volver a la piscina de agua caliente antes de agotar nuestro tiempo.
La chica del personal acudió puntual a por nosotros, nos obsequió con un par de zumos de naranja, que nos sentaron fenomenal después de la sesión de baño, y nos acompañó a la sala donde nos darían el masaje.
Allí tuvo lugar el segundo momento humillante de la tarde, cuando nos hicieron desnudarnos y nos entregaron un par de braguitas desechables que sería lo único que llevaríamos durante el masaje.
Había dos camillas que tenían un hueco redondo donde tendríamos que meter la cara.
Nos colocamos bocabajo y la chica nos cubrió con una toalla cuando ya estábamos tumbados, algo que agradecí mucho, después, nos informó de que pronto vendrían los masajistas y se marchó.
Sonaba una música de ambiente relajante y olía a incienso.
El conjunto era agradable y casi me quedo dormida.
—Joder, se me salen los huevos.
Me giré lo que mi cuerpo me permitió para mirar a Álex, porque el hueco de la camilla parecía tirar de mí para que solo pudiese estar cómoda mirando hacia abajo, y casi me muero de risa al verlo luchando con el microtanga ese para ocultar sus testículos.
Cuando estiraba para un lado se le veía por el otro, y al revés.
No paraba de quejarse y proferir palabrotas.
Volví a mirar para abajo e intenté relajarme.
Pasaron unos minutos y empecé a notar unas manos toqueteando mi espalda y me sentí en la gloria.
Esperaba que el masaje durase muchísimo.
Las manos ascendieron con suavidad hasta mi cuello y lo apretaron con fuerza.
¡Qué gusto! Luego empezaron a bajar por mi espalda, hasta que llegaron a mi culo.
Cuando agarraron mis nalgas con ímpetu, casi pego una coz.
Me giré al instante para ponerme bocarriba, con cuidado de que mi toalla siguiese cubriendo mis partes, y cuál fue mi sorpresa al comprobar que las manos que recorrían mi cuerpo eran las de Álex, que se había levantado de su camilla y estaba metiéndome mano.
Se había colocado la toalla alrededor de la cintura y, ya sin el gorro horroroso, me pareció que era complicado estar más bueno que él.
Se acercó a mi cara y lo besé con ganas.
En ese momento, escuchamos los pasos de alguien acercándose y Álex corrió hasta su camilla.
Se quitó la toalla y volvió a estirar la prenda desechable hacia todos los lados posibles.
Ya estaba colocado, pero rodó camilla abajo al taparse con la toalla.
Cuando entraron los masajistas y se lo encontraron tirado en el suelo con medio culo al aire, creí que me desmayaba al intentar ahogar las carcajadas.
Siempre me resultaba muy cómico ver a la gente caerse, mi actitud no era nada bondadosa, pero me pasaba desde niña.
Si encima añadías el tema del culo respingón a la vista de todos, la cosa aún mejoraba.
Me resultaba superdivertido. No lo podía evitar.
Álex se levantó, cubriéndose sus partes, y se tumbó de nuevo.
Los chicos eran unos profesionales, porque apenas se les escapó una ligera sonrisa ante el espectáculo que acababan de presenciar.
—Anda que te has levantado corriendo a ayudarme cuando me he caído. —A Álex le asomaba la sonrisa, no la podía disimular. Estábamos de vuelta en la habitación para cambiarnos y prepararnos para ir a cenar.
—¿Te has caído? ¿En serio? No me he dado ni cuenta. Has sido muy discreto —bromeé. Volvió a entrarme la risa al recordar el momento—. No podía. De verdad que no podía. Me moría. ¡Literal! Ha sido graciosísimo.
—A mí no me lo ha parecido. Esas camillas eran muy pequeñas. Les viene un tiarrón como yo y es lo que pasa, que rebosa por los lados. —Álex posó como un culturista y a mí prácticamente se me cayó la baba al verlo—. Pero el masaje ha estado genial, aunque preferiría que me lo hubieses dado tú.
—Yo solo te lo hago si llevas el tanguita transparente. Sin eso no puedo trabajar, me lo prohíbe el código deontológico de masajista profesional. —Al escuchar esa parida, Álex corrió hasta el bañador que acababa de tirar al suelo y sacó el tanga de uno de sus bolsillos.
—Pero, bueno, ¡serás desobediente! Había que tirarlo a la basura.
—Ya, ya, ahora no me vengas con historias. Tengo el tanga maldito este, así que me debes un masaje.
No pude hacer otra cosa que asentir.
Tres cuartos de hora, un masaje y una sesión de sexo después, volvimos a prepararnos para cenar.
Me puse un vestido corto y vaporoso y unas sandalias doradas de tiras con taconazo. Me había maquillado con polvos, iluminador, rímel y un poco de gloss . Esperé a Álex en el balconcito de nuestra habitación.
—Madre mía, madre mía, ¡joder!, madre mía. Quítatelo todo: cambio de planes, no podemos ir a cenar. —Álex me estiró del brazo y me empujó hacia la cama. Me hizo gracia su exagerada reacción, pero lo frené en seco.
—De eso nada. Yo quiero una cita romántica.
Hoy hay cena italiana con velitas en el comedor.
—Eso me lo había contado Blanca, con la que nos habíamos cruzado al salir del masaje.
Habían pasado el día en Rodas, donde había parado el barco, y nos contó entusiasmada que habían visitado su castillo y disfrutado de un paseo en catamarán.
—No me dan nada de envidia. Visto un castillo, visto todos —me dijo Álex—.
Nosotros hemos hecho cosas más interesantes.
—Me agarró de la mano, porque pretendía librarse de la tremenda cola que había para entrar y tenía que tirar de mí para que no me quedase atrás.
Seguía cogida de su mano cuando se produjo el tercer momento violento del día.
Nos topamos de frente con Héctor. No supe cómo reaccionar.
Me quedé allí plantada sin decir nada y él agachó la cabeza y se marchó como si no nos hubiese visto.
Me sentí mal por ello y me entristecí un poco, pero enseguida Álex trató de animarme con sus payasadas y se me pasó.
No podía evitar sentirme contenta, y tampoco quería evitarlo, vaya.
Pasamos una noche increíble; con música romántica, comida deliciosa y con una complicidad que jamás hubiese imaginado tener con alguien como Álex.
Después de cenar, paseando por la cubierta y escuchando una de sus divertidas historias, sentí algo que hacía muchísimo tiempo que no sentía: deseé poder parar el tiempo y quedarme en ese viaje para siempre con él.
Y no sé si sería a causa de las copas de vino con las que acompañé la lasaña, pero sentí que estaba justo donde tenía que estar con quien tenía que estar, y me sentía muy feliz. Me asusté muchísimo.