Amor por la borda Capítulo 37
75%

Capítulo 37

Esa noche prácticamente no dormimos. Álex tenía la facultad de hacer que recuperase mi libido después del sexo en tiempo récord.

Me atraía tanto físicamente que dolía, y a él parecía pasarle lo mismo conmigo.

Al menos, eso es lo que yo pensaba, aunque no podía estar segura, porque Álex era un tío muy experimentado, e igual esa rápida recuperación y vuelta a la carga era lo normal en él.

Un ser insaciable que reaccionaba ante cualquier estímulo y pasaba de cero a veinte mil en cuestión de segundos, independientemente de la persona que lo acompañaba en la cama.

—Eres una caja de sorpresas, morritos. —Estaba recostada sobre el pecho de Álex, escuchando su respiración.

No sabía qué hora debía ser, pero seguro que bastante tarde y estaba agotada—.

Lo he pasado muy bien esta noche. Al final no nos ha venido mal del todo lo del error del sistema.

Aquí estamos los dos tan a gusto en la habitación que compartimos.

—Álex me tocaba el pelo mientras hablaba y yo estaba en la gloria.

—¿Me vas a dejar dormir en la cama? —Lo miré a los ojos y él sonrió.

—Yo siempre he querido que durmieses en la cama, eras tú la que te resistías a dormir conmigo y preferías esa cama incómoda llena de muelles. —Le pegué un golpe en el estómago, flojito, y él simuló morir de dolor—. ¿Me vas a obligar a dormir con ropa?

—No, yo no pienso moverme de la cama ni para vestirme, así que no te puedo obligar a que lo hagas tú.

—¿Vas a dormir desnuda? —Álex parecía escandalizado, algo que no comprendí, debido a su exhibicionismo natural.

—Sí, ¿te molesta?

—Hombre, es que no voy a poder pegar ojo.

—Pues yo te aseguro que me voy a dormir en cuestión de minutos. —Quise matizar esto porque mi cuerpo había llegado a su límite y ese chico parecía el conejito de las pilas Duracell en versión «más de dieciocho».

—¿Aunque te bese el cuello?

—Aunque me beses el cuello. Pero mejor no lo hagas, que necesito descansar y tus besos en el cuello son muy peligrosos.

—Álex sonrió, y lo vi guapísimo a la luz de la luna.

Habíamos dejado abiertas las cortinas del balconcito y esa luz suave iluminaba toda la habitación—. Buenas noches, vampiro tocapelotas.

Él se levantó de un salto y se acercó a cerrar las cortinas, algo que agradeceríamos muchísimo al día siguiente.

Me tapé con la sábana y entrecerré los ojos para no seguir viendo su espalda musculada y ese culo que me volvía loca.

Se volvió a meter entre las sábanas y se acercó a mí.

El roce de su cuerpo con el mío me resultó muy placentero. No me quería separar de él.

—Ha sido un día increíble.

Unas maripositas revolotearon en mi estómago al escuchar esas palabras, porque para él no había sido solo una noche increíble, lo había sido el día entero, igual que para mí.

Me dormí feliz, pensando que no podía estar mal algo que había sido tan bonito.

Decidí relajarme y disfrutar; después de tanto tiempo, me lo merecía.

Me desperté y lo primero que vi fue la cara de Álex a unos centímetros de distancia de la mía. Me dio un susto de muerte.

—¡¿Qué haces?! —Traté de incorporarme para poner distancia entre los dos. Me gustaba mucho, pero esa cercanía, cuando aún tenía los ojos pegados, era demasiado agobiante.

—Estaba escuchando el silbidito ese que haces, quería ver si procedía de la nariz o de la boca.

¿Me había despertado ya del cuento de hadas? ¿Se había roto el encantamiento?

—¿Puedes parar ya con eso? Yo no hago ningún ruido ni silbido ni nada de nada. No inventes.

—Te he grabado. —Álex balanceó su móvil de un lado a otro frente a mi cara para indicar que ahí tenía las pruebas de su absurda acusación.

—Espero que eso no sea verdad. —Hice ademán de arrebatárselo, pero él fue más rápido que yo y lo escondió detrás de su espalda.

—Claro que es verdad. —Se puso de pie y buscó algo en el teléfono, me imaginé que el vídeo.

Cuando lo encontró, me enseñó la pantalla y le dio al play .

Efectivamente, ahí estaba yo, tumbada bocarriba en la postura menos glamurosa que podría existir, con la boca medio abierta y soltando una especie de ruido, como el silbido de un tren.

El asqueroso tenía razón, primera noticia que tenía de que yo hacía semejante ruido infame.

—Bórralo ya. No se puede grabar a una persona sin su consentimiento, eso debe ser hasta ilegal. —No me hacía ninguna gracia que ese vídeo pudiese acabar en internet o reenviado muchas veces en WhatsApp, y veía a Álex capaz de eso sin ninguna duda.

—¿Me vas a denunciar? No te preocupes, que seré capaz de acostumbrarme a ese ruido. Hace años tuve un cerdo vietnamita y no veas el ruido que hacía, tipo lo tuyo, pero un poco menos.

Ese chico era idiota y ya me había cansado de sus tonterías.

Me levanté de la cama y caminé decidida a quitarle el teléfono.

Cuando estaba cerca de él, me dio un empujón hacia la cama y terminé rebotando en ella.

Le seguí el juego: lo agarré del brazo y acabó tumbado a mi lado.

Intenté quitarle el teléfono, pero él lo mantenía en alto.

En ese momento, luché por decidir si era el tío insoportable que me sacaba de mis casillas o el tío con la sonrisa más sexy del planeta.

En última instancia, resolví que una cosa no estaba reñida con la otra y, cuando Álex me agarró las manos y comenzó a besarme por todas partes, decidí que podía dejar la reacción de odio intenso para más tarde.

Practicamos sexo mañanero —o, más bien, sexo al mediodía— en la cama y luego continuamos con la sesión en la ducha.

Me planteé si aceptaría que Álex fuese para mí solo el tío de los polvos maravillosos o si esperaba algo más de él.

Y determiné que, para mi desgracia —porque también era el tío que conseguía que quisiese arrancarle los pelos de la cabeza a puñados—, empezaba a querer también lo segundo.

Había algo especial en la forma en la que me miraba, en la que me acariciaba y en la que me trataba cuando se olvidaba de que estaba programado para ser un tocapelotas de manual.

En sus pequeños gestos, que hacían que se me encogiese el corazoncito cuando la excitación había terminado en clímax; como el modo en que me acariciaba la cabeza o cómo me abrazaba tan fuerte que parecía que quisiese que nos fundiésemos en uno.

Había algo especial que él trataba de mantener oculto, pero que yo ya había visto y que hacía que mereciese la pena estar cada día con un tío molesto pero divertidísimo, que me volvía loca en todos los sentidos posibles.

—Te he pedido un brunch con una cervecita y un postre con mucho chocolate, como a ti te gusta. A mi chica que no le falte de nada.

Por ejemplo, a eso me refiero. Lo de llamarme «mi chica» sería una forma de hablar, pero qué bien sonaban esas palabras en sus labios.

—Gracias, nunca imaginé que serías un tío detallista. —Sonreí como una idiota y él me atrajo para darme un abrazo. Me podría quedar así eternamente.

—No se lo cuentes a nadie, tengo una reputación que mantener. —Me besó en la cabeza. Esos gestos cariñosos no entraban en la imagen que proyectaba.

—¿Con Amanda eras así? —Levanté los ojos para mirarlo directamente. Álex me observó como si se acabase de enterar de que tenía delante a una loca obsesiva como el protagonista de la serie You .

—¿Cómo sabes quién es Amanda?

—La nombraste una vez cuando comentabas mis tangas.

Álex se rio.

—No me acordaba. ¡Qué tiempos aquellos en los que luchábamos por echar al otro de la habitación! Menos mal que al final no te fuiste. —Se sentó en la cama y me colocó en su regazo. Le pasé los brazos alrededor del cuello.

—En ningún momento valoré marcharme, el que se tenía que mover eras tú.

—¿Vamos a discutir por eso ahora? —Álex me susurró esto en la oreja.

—La verdad es que ya no tiene sentido. Pero no me has contestado a lo de tu ex.

Estuvo callado durante unos segundos, se le torció el gesto y pensé que lo había estropeado todo hablando de ella.

—Lo de Amanda fue complicado. No me apetece recordarlo. Si me baso en esa experiencia, en la única relación seria que he tenido, jamás me volveré a enamorar de nadie. Los corazones escarmientan, ¿no? O deberían. —Aquella era una de las pocas veces en las que había visto a Álex hablar en serio.

—Pues entonces no lo pienses. No debería haber sacado el tema. —Álex me sonrió.

—Yo era joven y la quería mucho, pero era muy celosa. Fue una relación un poco tóxica. No quiero volver a vivir algo así.

—Te entiendo. —Me quedé callada porque no sabía qué añadir.

Yo también le había contado lo de Darío la tarde que pasamos en Santorini.

Fue la primera vez que vi a Álex como una persona empática y sensible.

No esperaba que reaccionase como lo hizo, sin bromas ni estupideces. Me sorprendió mucho para bien.

—Vamos a comer, que esta tarde he reservado una sesión de masaje y spa para los dos.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con el amargado tocapelotas de Álex?

—Supongo que la estirada listilla molesta lo tiene obnubilado y no puede pensar con claridad.

Lo agarré de la camiseta y lo acerqué a mí para besarlo, porque yo tampoco pensaba con claridad.