Capítulo 36
Llegó la hora de ir a cenar. Nosotros estábamos supercontentos y animados y con el cuerpo calentito a causa del vino, de los magreos y del sol que nos había dado todo el día.
Hoy no me había echado suficiente protector solar y se me habían puesto rojas las mejillas, un clásico de todos mis veranos.
Decidimos que nos daba pereza pasar por la habitación a cambiarnos de ropa, así que renunciamos al bufet libre y pedimos unos sándwiches en el chiringuito que estaba en la piscina.
Nos apropiamos de dos tumbonas y cenamos con las piernas estiradas, muy cómodos.
—Son las nueve y media y seguimos en bañador. —Éramos los únicos que a esas horas no iban con ropa elegante para ir a cenar.
—Y porque han cerrado la piscina, si no, nos bañábamos ahora tú y yo solos. Con toda la piscina para nosotros. —Me empecé a poner nerviosa pensando en Álex y yo, en el agua, solos y con toda la noche por delante.
—Es que ya se ha marchado el socorrista. Sería peligroso, estamos un poco borrachos.
—Tranquila, yo, ante la mínima duda, te hago el boca a boca.
Ahora, sin ir más lejos, creo que tienes dificultades para respirar.
—Me reí, no me pasaba nada. O igual sí, quizá era capaz de darse cuenta de que me empezaba a faltar el aire de lo nerviosísima que me ponía.
Se acercó a mi boca y me besó. Hasta su forma de aproximarse a mí, poco a poco y sin dejar de mirarme, me parecía muy sexy .
—Anda, ponme crema, que me voy a quemar —me dijo cuando al fin nos separamos.
—Tú lo que quieres es que te toquetee el cuerpo. Ya no hay sol.
—Me has pillado. Pero, en realidad, prefiero ser yo el que te toque a ti.
Venga, vamos allá, pulsaciones subiendo descontroladas.
Ese hombre era mi absoluta perdición. Me notaba húmeda, y eso que el caradura solo me había dado cuatro besos.
Creo que si me tocase un pecho me correría allí mismo.
Y, por cierto, ¿debía seguir llamándolo caradura, tocapelotas y todo eso que acostumbraba, ahora que había pasado de querer tirarle algo a querer tirármelo?
Suena parecido, pero no es lo mismo. Lo decidiría sobre la marcha.
—La crema de sol ya no procede, pero tengo crema corporal en la habitación con olor a vainilla. —Aluciné con que esas dos frases salieran de mi boca. ¿Le estaba proponiendo algo? Tenía toda la pinta.
—Me flipa la vainilla. —Álex agarró las dos toallas con una mano y con la otra agarró mi brazo y tiró de mí para que me moviese.
Había reaccionado en un segundo a mi proposición, seguramente temiendo que me arrepintiese al instante.
Fue el paseo hasta la habitación más rápido de la historia.
Nos cruzamos con alguna azafata en nuestra carrera y la saludé con la cabeza.
Me daba la sensación de que todo el mundo era capaz de notar lo salida que estaba en ese momento, volando hacia la habitación en la que Álex me toquetearía el cuerpo.
Pasó la tarjeta y se abrió la puerta. Me entró la risa al observar lo nervioso y excitado que parecía, hasta que me empujó contra la pared y dejé de reírme.
No porque no me gustase que me aprisionase contra la pared, sino porque me empezó a besar mientras me agarraba el culo y la risita nerviosa se me pasó de un plumazo.
—Un momento. —Álex se apartó de mí y me miró serio—.
No te creas que se me ha olvidado que me debes un masaje.
—Sonrió aliviado, creo que pensaba que iba a hacer lo que debía y parar la sesión de tocamientos que acababa de comenzar.
Me alejé hasta el baño y salí con la crema de vainilla entre las manos.
Álex se acercó a mí, me quitó la crema y empezó a juguetear con los tirantes de mi bikini para bajarlos poco a poco.
Le ayudé con esa tarea y me quité la parte de arriba yo misma.
Rozó uno de mis pezones, que se puso durísimo al instante.
—No puedo masajearte bien si no te quitas también la parte de abajo. —Me la bajé poco a poco y de la forma más sexy que pude—. Madre mía —dijo con la voz algo ronca.
»Túmbate —me ordenó.
Lo hice al instante. Me coloqué bocabajo y subí mis brazos hasta el almohadón para dejarle vía libre.
Me di cuenta de que si me hubiese dicho: tírate al suelo haciendo la croqueta y ladra como un perro, era posible que también lo hubiese hecho.
Ahora mismo mi voluntad flojeaba. No sabía si esa expresión era correcta o me la acababa de inventar, pero creo que me entendéis.
Me estaba dejando llevar por el momento y estar tumbada mientras Álex me ponía crema por la espalda me parecía un planazo aún mejor que el de ver el atardecer con la copita de vino.
—¿Te importa si me siento sobre tu culo? —Me quedé en shock . Iba muy a saco, ¿no?—. Así llego mejor a tu espalda.
Me giré para mirarlo y asentí sin saber muy bien qué era exactamente lo que quería hacer, hasta que noté su paquete contra mi culo y volví a colocar la cabeza sobre la almohada porque me estaba poniendo muy mala.
De reojo, vi cómo se echaba crema en ambas manos y las frotaba, y después se acercó a mí para extender la crema.
Lo hizo con esmero, como si yo fuese una diosa del olimpo y me venerase.
Me encantó ese momento. Empezó centrado en mi cuello y en mi espalda y, poco a poco, se fue desviando hacia terrenos que a él le llamaban más la atención y a mí me hicieron ponerme taquicárdica perdida.
Empezó a rozar mis pechos por los lados, que era la zona donde él llegaba, pero eso fue más que suficiente para que a mí me entrase el impulso de darme la vuelta y ofrecerle acceso total a la zona, por si quería rozarla, tocarla, lamerla…
Me controlé. Después, bajó por mis caderas hasta mi culo.
Me puso crema y, con delicadeza, distribuyó la sustancia fresca y pastosa por mis nalgas.
Volví a querer girarme, pero él colocó sus manos sobre las mías y se agachó hasta que apoyó su cuerpo caliente sobre mi espalda.
Su cabeza quedó a la misma altura que la mía y empezó a lamer mi cuello.
Me recorrió una necesidad imperiosa de intervenir, pero, de momento, Álex no me estaba dando acceso a nada.
Solo podía dejarme hacer y deshacerme de gusto.
No sabía en qué situación de excitación se encontraba Álex; por los roces de su «asunto» —como a él le hacía gracia que le llamase—, podía intuir que bastante excitado.
Pero debía comprender que yo llevaba mucho tiempo en época de sequía y, de repente, esa lluvia tropical tan placentera iba a matarme.
Por fin conseguí que Álex me dejase darme la vuelta y acabé bocarriba.
Se retiró un poco para observarme, y yo solo podía pensar en que la distancia que nos separaba era físicamente dolorosa.
—No eres consciente de lo sexy que eres, morritos.
Álex me miró y se mordisqueó el labio con cara de absoluto deseo y fui incapaz de recordar la última vez que me sentí así, como él me decía: provocativa y sexy .
Después de contemplarme unos segundos que, para mí, en realidad, pasaron como horas, colocó sus manos sobre mis caderas y se aproximó a mi sexo.
En cuanto rozó con la lengua mi clítoris, creí que iba a tener el orgasmo más rápido de la historia y salir en el libro Guiness o algo así.
No me apetecía destacar en la vida ante el mundo entero por ese motivo, así que intenté mantener la compostura y, cuando vi la oportunidad, aparté su cabeza de mi sexo y comencé a toquetearle yo.
Él se empezó a poner como una moto. Nos rozamos, nos besamos y me di cuenta de que el sexo con Álex estaba siendo muchísimo mejor de lo que nunca me habría imaginado.
Era generoso, cariñoso y tan sexy que parecía increíble que cada movimiento suyo no fuese algo estudiado en una especie de máster de «cómo ser el tío más absolutamente deseable del universo con movimientos que parecen poco estudiados».
Cuando ya no podíamos más, me penetró. Estaba de lado y tenía acceso a mi clítoris.
Creí que me moría. Aumentó el ritmo de sus embestidas a la vez que movía su mano sobre mí con más rapidez.
Explotamos prácticamente a la vez y tuvimos el mejor sexo con olor a vainilla de la historia.