Capítulo 35
Pensamos en hacer una ruta senderista que unía Fira con Oia, pero no nos daba tiempo.
Así que fuimos hasta allí en quad , comimos en un sitio que salía como recomendado en la zona, que ofrecía una especie de kebab con pan de pita que estaba buenísimo, y después nos desplazamos a la Playa Roja, una de las playas más famosas y únicas de Santorini.
El contraste de colores que ofrecía me pareció maravilloso.
Pero lo más bonito de aquella playa no fue la playa en sí.
No fue ese paisaje volcánico que contrastaba con el azul del cielo y el turquesa del agua —y os aseguro que todo esto era impresionante—.
Lo más bonito fue descubrirla con Álex, ¡quién me lo iba a decir a mí!
Fueron las miradas que nos dedicamos, los abrazos que nos dimos y las risas que compartimos lo que hizo de la visita a esa playa algo tan especial.
—Vamos, entra. Está buenísima.
—Uff, espera, esto va a llevar su tiempo.
La noto fresca. —Con solo meter un pie en el agua había comprobado que no estaba a cuarenta grados.
Álex salió directo hacia mí y empecé a correr.
No me fiaba un pelo de él y tenía mis razones para ello.
Álex parecía un miura, y yo llevaba un bikini rojo.
Fue hacia mí corriendo como un loco sin importarle estar haciendo saltar piedrecitas sobre las toallas del montón de gente que había a esa hora en la playa.
Cuando me alcanzó, y lo hizo enseguida, me agarró de los muslos y me colocó a su espalda, como si estuviese transportando un saco de patatas.
Yo me retorcía y chillaba implorando que me bajase, pero Álex no tenía ninguna intención de hacerlo.
Se adentró en el agua y me hundió con él.
Casi me muero de la impresión y estuve a punto de golpearle al salir del agua, pero, cuando iba a hacerlo, me agarró de las manos y me acercó a él.
Las pasó por detrás de su cuello y se acercó al mío.
Empecé a notar su aliento caliente junto a mí y cómo me lamía el cuello lentamente.
El vampiro había entrado en acción. Casi me muero del gusto.
Se me pasó el cabreo al instante. Cuando se apartó y me miró, sonrió al ver el efecto que un simple roce suyo provocaba en mí.
Tiró de mi mano para que nos adentrásemos más en el agua, ya que acababan de colocarse justo a nuestro lado un par de adolescentes con una pelota.
Cuando nos encontramos algo más apartados, acerqué mi cuerpo al suyo y sentí cómo todo él reaccionaba a mi presencia.
Madre mía, más nos valía salir del agua o íbamos a dar un espectáculo no apto para menores.
Enredé mis piernas en su cintura y me dejé besar por su boca llena de ganas.
Me latía tan fuerte el corazón que me preocupaba que Álex lo escuchase y me hiciese alguna broma al respecto.
Pero él estaba tan concentrado en mi boca, en explorar todos sus recovecos y en volverme loca, que parecía ajeno a todo lo demás.
Cuando los besos se intensificaron, le sugerí a Álex que saliésemos del agua.
Estábamos dando el espectáculo ante los presentes, y me parecía ver a algunos reírse y cuchichear mientras nos miraban con poco disimulo.
«Esos dos están más calientes que el cenicero de un bingo o que el aceite de los churros». Seguro que la gente estaba diciendo cosas de esas.
Ya en la toalla la cosa no mejoró, no mejoró en cuanto a evitar el exhibicionismo, me refiero, porque el día en sí iba mejorando por momentos.
Álex y yo estábamos pegados en su toalla XL, yo le hacía caricias en la espalda y él me lo agradecía con un montón de besos.
Estábamos muy a gusto y entonces sonó mi móvil.
Tenía un wasap. Lo abrí. Era de Héctor. No pude evitar ponerme nerviosa.
Estaba confundida y no sabía realmente lo que quería ver escrito en la pantalla del móvil.
«Hola, Paula. Perdona que no te haya contestado hasta ahora.
He querido distanciarme para ver las cosas con perspectiva.
Voy a decirte las cosas como las pienso, aunque quizá me equivoque.
Perdóname si es así. Creo que te gusta la idea de un nosotros, piensas que es lo que te conviene y tratas de convencerte de ello, pero te mueres de ganas de estar con Álex, aunque pienses que no, que le odias —me sentí un poco culpable al leer esto porque en ese momento ya sabía que Héctor tenía toda la razón y en realidad el odio había mutado a algo que no sabía traducir en palabras—.
No me voy a meter por el medio. Ojalá encuentres lo que buscas y seas feliz. Un abrazo, Héctor».
—¿Quién te ha escrito? —me preguntó Álex, mordisqueándome la oreja. Sonreí debido a las cosquillas que me hacía.
—Nadie.
—Cuando has leído a nadie te has puesto seria. ¿Estás bien?
—Sí, perfectamente. —Guardé el móvil en la bolsa y miré a Álex a los ojos.
Él me sonrió y se apretó contra mí. Tenía una mirada traviesa y parecía estar tranquilo y a gusto en esa playa tan bonita.
Disfrutando, sin más. Yo, sin embargo, estaba nerviosa, excitada y no paraba de darle vueltas a la cabeza recordando el mensaje de Héctor.
Llevaba días tratando de protegerme de Álex y ahora mismo me parecía tan inofensivo, tan cariñoso, tan increíblemente sexy y tan centrado en mí…
No sabía si debía dejarme llevar o estaría cometiendo un terrible error.
No quería volver a pasarlo mal. Lo que me ocurrió con Darío me hacía ir con pies de plomo, ojalá la vida viniese con un manual de instrucciones para determinadas situaciones. Algo así como:
«No utilices el clavo moreno para sacar el clavo argentino.
Apóyate en el tornillo rubio y apriétalo con fuerza hasta que notes que la relación coge consistencia, que las patas de la relación son firmes y que, si te sientas en la silla del amor, no te vas a pegar el batacazo de tu vida».
Eso estaría muy bien. Yo me había agarrado al clavo moreno y veríamos si me caía de culo.
Y no podría demandar a nadie después, porque Álex venía con un aviso de precaución en letras gigantes desde el primer día que lo conocí.
—No me apetece nada. Pero nos vamos a tener que marchar si no queremos que el barco zarpe sin nosotros. Son las cinco, y aún tenemos que devolver el quad .
—Sí, tienes razón, deberíamos irnos. —Álex me sacó de mis pensamientos y fue lo mejor.
Estaba disfrutando con él y no quería darle demasiadas vueltas a la cabeza.
Intenté alejar al fantasma que planeaba constantemente sobre mí susurrándome que Álex era una mala idea.
Ya sentada en el quad , apreté mi cuerpo contra el suyo, abrazando su cintura, y me dejé llevar.
Abrí bien los ojos para no perderme ni un recoveco de la isla.
Ese paseo tan agradable lo iba a guardar una buena temporada en mi memoria.
Álex me señalaba los sitios bonitos por los que pasábamos para que no me los perdiera y ese gesto no lo tenía un sinvergüenza, ¿verdad?
Lo tenía un gran tipo. Eso es, Álex podía ser un gran tío, cabía esa posibilidad.
Cuando llegamos al barco, me sorprendió diciéndome que aún quedaba una cosa muy guay por hacer ese día.
Se acercó a la camarera con la que había estado tonteando los días anteriores y pensé: toma sorpresa.
Eres una pringada. Eso te pasa por no hacer caso a las banderas rojas que llevan ondeando como locas para que pilles el mensaje.
Igual quiere hacer un trío, o igual se marcha con ella y te quedas con cara de imbécil.
Te lo merecerías por elegir al sinvergüenza. Poco te pasa, boba. Así aprenderás.
Pero no. Álex se había acercado para pedirle dos copas de vino. Solo para eso. Me llevó hasta un par de tumbonas que estaban colocadas mirando hacia el mar y me animó a recostarme en una.
—Quería ver la puesta de sol contigo. ¿Te apetece?
—Mmm, es un plan muy romántico. No me lo esperaba.
—Me alegra poder sorprenderte. ¿No te parece un planazo estar aquí los dos con la copa de vino y los labios enrojecidos de tanto besarnos?
—No tenemos los labios enrojecidos —repliqué. Ni siquiera nos habíamos besado durante el cuarto de hora que hacía que habíamos subido al barco. Yo lo estaba deseando.
—¿No, verdad? Ya me parecía. Deja que lo solucione. —Álex se acercó a mí y me besó con ganas. Terminó por unir las dos tumbonas y esperamos a que se pusiese el sol entre besos y caricias.
Me vino a la cabeza una frase que me había dicho mi hermana en casa:
«Si todo sale según lo previsto y acabas viendo una puesta de sol en Santorini en buena compañía te tatuarás en mi honor lo que yo te diga».
Esperaba que Carlota no planease que me tatuase su cabeza y una frase tipo: «Amor de hermana», porque la puesta de sol era preciosa y la compañía, inmejorable.