Amor por la borda Capítulo 34
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Capítulo 34

Álex cumplió su promesa. Me hizo montones de fotos por las calles de Fira. Empecé tímida la sesión, pero el loco que me acompañaba empezó a actuar como un fotógrafo profesional y yo me dejé llevar:

—Regálame una sonrisa tímida, así, de lado, perfecto.

Eso me encanta. Estás increíble. —Los clics de la cámara del móvil no paraban de sonar.

Álex hacía montones de fotos—. Ahora deja que la melena resbale por los hombros, humedécete los labios…

—Me entraba la risa con sus tonterías y lo miré con cara de «No te pases.

No pienso hacer eso»—. Vale, pues labios resecos. No pasa nada.

—¡Idiota! —Pero esa vez fue un idiota de gracioso, no de querer lanzarle cosas, ni de asfixiarle, ni de hacerle tragar arena.

—Mirada sexy . Sonríe, ¡ya! Ahora ponte seria. Mira directamente a la cámara…

»Ahora, a la derecha… Vale, creo que tenemos buen material. La materia prima es muy buena y el fotógrafo, como vas a poder comprobar, es uno de los grandes. ¿Me dejas tu móvil?

—¿Qué vas a hacer?

—¿Por qué me tienes tanto miedo? Déjamelo, anda, no lo voy a lanzar ni nada por el estilo.

—Álex colocó la cámara apoyada mirando hacia nosotros, programó el disparador y corrió para colocarse a mi lado.

Cuando estaba a punto de sonar el clic, me dio un beso en la mejilla.

Sonreí como una idiota. Me lo estaba pasando bien con Álex —para ser justa, me lo estaba pasando genial—.

Hacía tiempo que no me encontraba tan a gusto con nadie.

Pensé en decírselo, pero me dio miedo que esa atmósfera tan especial, que igual solo era debida al embrujo de Santorini, desapareciese y Álex volviese a ser el sinvergüenza al que no podía soportar más de cinco minutos seguidos.

Volvimos hacia el quad y condujo hasta un mirador. Y vaya vistas. Eran espectaculares.

—Y te querías perder esto… —Cuando Álex pronunció esa frase, no pude evitar pensar en Héctor. Me di cuenta entonces de que había dejado de buscarlo, porque, en ese momento, quería estar en ese lugar, pero no con él. Quería estar justo con quien estaba.

—Me alegro de que me hayas convencido. —Sonreí a Álex y él pareció sorprendido, porque no solía decirle nada agradable, pero estaba feliz con mi respuesta—.

¿Has estado aquí con otras chicas? —No sé por qué hacía preguntas que podían ser un arma de doble filo.

Pero ya lo había soltado y no podía volver atrás.

—¿Quieres saber la verdad? —Asentí, aunque estaba convencida de que era mejor decirle que no—.

Con montones. —No me extrañaba en absoluto, Álex ya me había dicho que había hecho ese viaje muchas veces, pero no pude evitar sentir una punzada de desilusión.

Para mí estaba siendo un momento especial; para él, el check de ese año.

La visita al mirador esa vez me había tocado a mí.

Podía haber sido con cualquier otra—. Pero nunca con alguien que me gustase tanto como tú.

Cientos de mariposas revolotearon nerviosas por mi estómago.

—Nunca sé cuándo me estás hablando en serio. —El corazón me estaba empezando a latir más fuerte de lo habitual.

—No he hablado más en serio en toda mi vida.

Nos quedamos en silencio mirando el mar.

Empezaban a pasarme muchas cosas por la cabeza y no sabía cómo gestionarlas.

El muro que había construido delante de Álex desde el día que lo conocí se empezaba a resquebrajar por varios lados y, cuando sus dedos juguetearon con los míos, prácticamente acabé de lanzar yo sola al agua los ladrillos que quedaban en pie.

La brisa del mar me trajo de nuevo su olor.

Lo miré y me sonrió. Se acercó poco a poco a mí y me besó.

Y, justo en el instante en que sus labios jugosos y calientes rozaron los míos, cuando su lengua se adentró en mi boca y le dejé paso, porque lo estaba deseando, yo misma aparté la última piedrecita que nos separaba a Álex y a mí.

Le di una patada y me alegré de que allí ya no quedase nada.

Había intentado protegerme durante algún tiempo, pero me había rendido.

Que pasase lo que tuviese que pasar. Fue lo último que pensé antes de que una pareja de turistas nos cortase todo el rollo, colocándose justo a nuestro lado.

Álex me agarró otra vez de la mano y lo vi como algo natural, como si en Santorini lo normal fuese que él y yo caminásemos siempre de la mano y nos besásemos en cada esquina.

Y eso fue prácticamente lo que hicimos durante el resto del día.