Capítulo 33
Nuestro barco había fondeado en la caldera y cogimos un bote más pequeño que nos llevó hasta el Puerto Antiguo de Fira, la capital de Santorini.
Álex me propuso alquilar un coche y me pareció la mejor opción.
Lo dejé con los trámites y salí a llamar a Héctor.
No sé las llamadas perdidas mías que tendría ese hombre en su teléfono, pero igual treinta, o más, y seguía sin contestarme.
Álex me hizo una señal para que lo siguiese, iba con el chico del alquiler de coches y me imaginé que íbamos a recoger el que habíamos alquilado.
Me quedé parada ante ellos como una idiota cuando vi dónde nos teníamos que montar.
No es que fuese un coche mejor ni peor, ni diminuto, ni viejo.
¡Es que no era un coche! ¿Qué era eso? ¿Una moto ancha? ¡Qué poco puesta estaba en vehículos!
—¡Es un quad ! —Álex parecía entusiasmado.
—¿Y por qué motivo estamos delante de esa cosa? Ibas a alquilar un coche —recalqué lo obvio.
—Sí, pero se podía alquilar un quad . Es mucho mejor. Más divertido. —Álex se subió al vehículo y me tendió un casco—. Vamos, sube.
—No me hace gracia esto. No me parece una buena idea. Prefiero un coche. Seguro que conduces como un loco y puede ser peligroso. —El hombre de la tienda de alquiler de vehículos nos miraba expectante. Se notaba que tenía prisa, en el mostrador esperaban varias personas a que volviese.
—Es seguro, de verdad, tampoco vais a ir a demasiada velocidad. Vais a recorrer una isla, tened precaución y listo. Te va a encantar la experiencia, ya lo verás.
No quería ser la pesada refunfuñona que dilataba el asunto, sobre todo porque tenía prisa por ir a buscar a Héctor a donde quiera que estuviese, así que agarré el casco, me lo coloqué en la cabeza y me senté detrás de Álex.
Cuando arrancó, casi me caigo de culo. Intenté agarrarme a los laterales de ese artefacto mortal, pero no había forma de hacerlo.
—Tienes que rodear mi cintura con tus brazos. —Álex se giró para decirme eso y yo fingí no haberlo oído. No me apetecía agarrarme de su cintura ni de ninguna parte de su cuerpo, pero, cuando pegó un segundo acelerón y casi salgo despedida para atrás, me cogí a él con todas mis fuerzas.
—No puedo respirar —se quejó Álex, pero de su boca asomaba una pequeña sonrisa.
—Te aguantas. —Estaba pegada a su cuerpo y me golpeó de lleno ese olor que ya me resultaba familiar y me encantaba.
Sentir la brisa en la cara y observar las vistas de la isla desde el quad me estaba gustando más de lo que quería reconocer.
Era una experiencia nueva para mí, pero muy agradable.
Álex conducía mejor de lo que me imaginaba.
No iba demasiado deprisa y era cuidadoso, no hacía movimientos bruscos.
No era el loco al volante —o mejor, al manillar—, que me imaginaba.
—¿Paramos en esa catedral? —me chilló Álex, por si no le oía con el casco.
—No vamos a hacer turismo tú y yo. Estamos buscando a Héctor.
—Lo tengo claro, pero, si ha bajado con el grupo, la primera parada es aquí.
He venido otros años, ¿recuerdas? —Claro que lo recordaba.
Varios años, como premio por ser el mejor vendedor de su empresa, con la intención de ligarse a solteras predispuestas.
Me lo dijo el primer día y no se me había olvidado.
Ese fue uno de los datos que me hizo pensar que Álex, como algo más que como tío bueno con el que darle un buen meneo al cuerpo, era una mala idea.
—Vale, pues para. Vamos a ver si aún están.
La Catedral Ortodoxa Metropolitana de Fira era una auténtica preciosidad.
Estaba ubicada en el paseo marítimo y tenía una enorme cúpula blanca que me dejó maravillada.
Había mucha gente en los alrededores, montones de turistas visitando la zona, pero ni rastro de Héctor ni de nadie de nuestro crucero.
De todas formas, me gustó visitarla con Álex, era un listillo que parecía saber un montón de datos de la catedral, de Fira y de Santorini en general.
Yo quería ir directa a las playas, porque sabía que Héctor quería visitarlas, pero Álex me convenció de que con lo bonita que era la capital no podía pasar por ella corriendo, que me iba a arrepentir
—¿Qué pasa si ya no vuelves nunca a este lugar? Te dará rabia no haberlo visitado a fondo. Estamos aquí y esto es precioso. Además, quizá encontremos a Héctor. No me extrañaría nada.
La verdad es que no tenía ni idea de dónde estaba Héctor y a esas alturas tampoco albergaba demasiadas esperanzas de encontrarlo, así que le hice caso, porque Fira era un sitio increíble y tenía ganas de perderme en él.
Partimos de la plaza Theotokopoulou y nos lanzamos a explorar las pintorescas callejuelas que encontramos a nuestro paso.
Eran una pasada, un lugar con muchísimo encanto.
Había boutiques de moda, pero también los mejores hoteles con unas vistas impresionantes, piscinas panorámicas y cantidad de restaurantes, heladerías e incluso bares.
Paramos a picar algo y me sentí extraña tomando algo con Álex como si nos llevásemos bien y todo.
—Llevamos ya un buen rato juntos y todavía no he tenido ganas de lanzarte nada a la cabeza. —Vi un amago de sonrisa en él mientras le daba un trago a su cerveza.
—Si es que yo no sé por qué me tienes tanta manía. No soy tan insoportable como me pintas.
Alcé las cejas para indicar mi desacuerdo:
—Me tienes entre ceja y ceja desde que te tiré la cerveza y no has parado de molestarme desde entonces.
—Pero es con cariño, de broma. Aunque tú te lo tomas todo mal. Si me entendieses… —Álex miró hacia abajo fingiendo vergüenza. Era un teatrero de los buenos.
—¿Qué tengo que entender?
—Nada, da igual…—Encima se hacía el interesante…
—¿Cómo que nada? Ahora me lo dices. —Le quité el vaso de cerveza y lo dejé sobre la mesa. No quería distracciones, quería comprobar si me estaba hablando en serio. Con él siempre tenía esa duda.
—Pues que igual solo quería llamar tu atención. —Álex me miró directamente a los ojos, tan fijamente que casi fui yo la que apartó la mirada—. Desde que tuvimos la cita rápida he querido poder pasar tiempo a solas contigo y conocernos mejor, pero tú no me has dado la oportunidad…
—Compartimos habitación. Algo de tiempo a solas hemos pasado.
—Casi no coincidimos, solo discutimos por la cama o por el baño.
Yo quería tomar algo contigo, hablar tranquilamente, no sé, cosas normales.
Por eso me he empeñado en acompañarte hoy.
Por eso y para que no vagases sola por Santorini.
Me daba un poco de lástima imaginarte haciendo selfis para mandárselos a tu hermana.
Sabes que necesitas que te haga unas fotos en condiciones con las casitas blancas y azules de fondo y este paisaje tan increíble.
Seguramente habría sido lo que habría pasado, cien por cien, así que no pude replicar.
—Pues tienes una forma curiosa de intentar acercarte a mí, siempre vacilándome…
—No es así. Pero es que a ti te molesta todo lo que hago, y bueno, tú tampoco es que me hayas tratado muy bien.
—En eso tenía razón, no le había pasado ni una.
Seguramente porque no quería que me engatusase con esa expresión tan sexy que ponía, con esa mirada de interesante o con esa boca que sabía que podía llegar a ser mi perdición.
—Quiero que me hagas esas fotos con las casitas blancas.
Y quiero que las hagas ahora. —La sonrisa que tenía dibujada en la cara impidió que dijese esto con el tono de autoridad que pretendía.
Me puse de pie y le tendí la mano para que se levantase.
Apuró de un trago el resto de su cerveza, agarró mi mano y me llevó hacia la salida.
Salimos corriendo y riendo del local, como dos locos conocidos que, en realidad, se acababan de conocer. Y fue maravilloso.