Capítulo 32
No me vino mal estar un rato sola. El contacto del sol con mi cuerpo resultaba muy agradable.
Sin embargo, mi mente era incapaz de permanecer en blanco, no hacía más que dar vueltas a la cabeza.
Pensaba, por un lado, que era una pena que Héctor no estuviese allí conmigo.
Me encantaba su compañía, habríamos pasado un día increíble juntos.
La playa era preciosa, él la había buscado específicamente para estar conmigo y, en lugar de estar disfrutando del paraíso los dos, habíamos terminado solos, cada uno por su lado.
Todo se había estropeado y ahora no sabía nada de él porque no me contestaba los mensajes.
Se habría vuelto al barco. No podía culparlo por ello, debía de estar hasta el gorro de Álex y de sus chorradas.
Yo también lo estaba. Porque, además, el tocapelotas no solo no me dejaba en paz en la vida real, tampoco lo hacía en mis pensamientos.
Y eso era lo que más rabia me daba. Tumbada en mi toalla, mi sofoco fue en aumento al recordar lo sexy que estaba en traje, o con sus chinos y camisa, o en bañador, o con solo una toalla.
También con los pantaloncitos deportivos o en calzoncillos.
Y es que, excepto completamente desnudo, había visto a Álex con todos los atuendos posibles.
Y estaba muy bueno. Eso no había quien lo negase.
Pero yo no quería pensar en él, yo quería pensar en Héctor, que también estaba tremendo en bañador y no era tan problemático nivel: me quiero arrancar los ojos de lo que me sacas de quicio.
Intenté expulsarlo de mi mente o, al menos, lo obligué a que se pusiese ropa.
No parecía muy por la labor. ¡Cretino exhibicionista!
Controlaba mi mente como un ilusionista.
Pero yo tenía más fuerza mental que él. Lo conseguí, logré echarlo a patadas de mis pensamientos al darme cuenta de lo tarde que era, porque me sonaban las tripas. No había comido nada desde el desayuno.
Recogí mis cosas y me marché. Volví hasta el barco acompañada por una pareja que regresaba de su cita.
Parecían haber intimado bastante y me pedían todo el rato que les hiciese alguna foto juntos.
Siempre viene bien un compañero solitario para que te haga las fotos, yo me tenía que hacer selfis, por ahora.
Pero estuvo bien encontrarlos, porque comimos algo juntos, compartimos transporte y el camino de vuelta me resultó más entretenido.
Lo primero que hice al subir a bordo fue buscar a Héctor por todos los rincones del barco, quería disculparme con él por no haberle hecho caso.
Era un chico listo y tenía toda la razón del mundo.
No tenía que haberme acercado a Álex y a su amiguita.
Esa pareja tenía que venir con un aviso de peligro, como los cables de alta tensión.
Lo había hecho todo mal. Pero no podía arreglarlo, porque Héctor no aparecía por ningún sitio.
En mi búsqueda desesperada me faltó meterme en los aseos de caballeros, pero peiné la piscina, el comedor, el bar, las tiendas, el jacuzzi , los pasillos, la cubierta, la peluquería y el casino, y no vi a ningún rubio buenorro por ahí.
Aunque dudé sobre si sería buena idea, me acerqué a su habitación.
Me puse nerviosa cuando mi mano se aproximó a su puerta y di unos golpes secos para llamar.
Se había marchado molesto de la playa, pero, en realidad, técnicamente, yo no había tenido la culpa de nada.
Yo era un daño colateral del efecto Álex, que hacía que todo lo peor de mí brotase descontrolado.
No tuve la opción de explicarme, porque Héctor no contestó.
Quizá no estaba en su habitación, o quizá estaba y no quería abrir.
En cualquier caso, yo ya no podía hacer nada más.
Así que me marché a la mía. Aproveché la soledad para ir al baño, un tema que se había vuelto del todo necesario.
Me duché con calma y me sentí genial, sin mi molesto compañero de habitación revoloteando por allí.
Salí a disfrutar de mis vistas al mar, hice unas cuantas fotos que mandé a mi hermana y a mis padres y me senté a leer un libro.
Cada vez que mi móvil emitía algún pitidito, tenía que revisarlo para ver si me había escrito Héctor, pero nada, parecía que se lo hubiese tragado la tierra.
Llegó la hora de cenar, Álex seguía sin aparecer y me marché al comedor.
Me encontré a Blanca y a Tania y cenamos juntas.
A mitad de cena se nos unió el informático y noté una química muy especial entre él y Blanca.
Me agaché con discreción para comprobar qué calcetines llevaba y me llevé un buen chasco.
Calcetines blancos, eso sí que era imperdonable y no los de los robots de Star Wars .
Tania me contó que había tonteado con el capitán y que él parecía seguirle el juego.
Luego había descubierto que estaba casado y ahí había terminado todo, porque ella tenía claro que jamás tendría nada con ningún hombre que no estuviese soltero, y me pareció muy bien.
Ole ella, igualita que Mónica, eran clones.
Pensé también en Héctor, en qué habría opinado de ese asunto, ya que era un gran entusiasta del capitán, pero no se lo podía preguntar porque me estaba ignorando.
De tanto girar el cuello buscándolo iba a coger una tortícolis, pero se había evaporado.
Las chicas propusieron ir a tomar una copa, pero preferí irme a la habitación.
Con un poco de suerte, Álex no habría llegado aún y podría dormir en la cama grande.
Y esta vez él no se acoplaría en la cama, no se lo pensaba permitir.
Orquestaría algo para obligarlo a dormir en la cama supletoria, que estaba allí de adorno y ocupando un espacio precioso y muy necesario.
Me puse el pijama y organicé mi estrategia.
Fui directa a por las dos maletas del armario y las puse a mi lado.
Yo no me podría mover demasiado mientras dormía, pero al menos estaría sola.
Cogí la mesita de noche y también la coloqué a mi lado, una silla con las patas hacia arriba y varios objetos decorativos que estaban por la habitación.
Cuando me tumbé y miré hacia el lateral, me preocupó que la torre que había formado volcara mientras dormía y me matara.
Como yo apenas me movía, descarté la idea, correría el riesgo.
Seguro que Álex volvía borracho y no se iba a poner a desmontar el chiringuito que yo me había entretenido en montar.
Esta vez sí que sí dormiría en la cama supletoria.
Héctor y yo habíamos quedado en ver Santorini juntos —eso cuando me hablaba, claro—, y decidí que, como él no había cancelado los planes, seguían en pie. Me puse el despertador para llegar a la hora acordada y me dormí.
Noté algo pegado a mi culo y me apreté. No me juzguéis, estaba dormida y era agradable.
Transmitía un calorcito que, cuando me despejé y pude pensar, me di cuenta de que no podía provenir de mi torre improvisada de artefactos.
Aquello no era una falla que se estaba quemando.
Era el paquete de Álex impactando contra mi culo, por lo que no pude evitar soltar un chillido.
—Dios mío, ¡aleja eso de mí! —Me levanté de un salto.
Parecía una monja horrorizada ante el paquete de Belcebú, pero es que no daba crédito a lo que estaba sucediendo.
Álex permanecía tumbado aún más ancho que de costumbre, ataviado solo con un bóxer y ¿dónde estaba mi fuerte?
La montaña de enseres estaba dispersa por toda la habitación.
Como si el huracán Álex hubiese arremetido contra todo en un ataque de furia —y, en realidad, era posible que así hubiese sido—.
Yo no tenía ni idea, porque estaba profundamente dormida en una cama muy cómoda.
—¿A qué juegas? —Álex se sentó en la cama con un ligero saltito y se frotó los ojos como si tuviese cinco años.
Esa imagen entrañable no consiguió rebajar mi ira.
Había demasiadas señales extrañas, como el hecho de que toda la habitación estuviese bañada por una luz que no correspondería a las nueve de la mañana, que era cuando yo me había puesto la alarma del móvil.
—¡Madre mía, son las diez y media! —Casi me muero al comprobar la hora. ¿Qué co… había pasado? Mi móvil nunca fallaba.
—Tía, tienes que silenciar el teléfono. Se ha puesto a sonar de madrugada. Me he tenido que levantar y, con la que me habías liado aquí, que parecía que habías montado en mi lado de la cama un Ikea que tuve que empujar al suelo, casi me mato.
—No era tu lado de la cama. Las cosas estaban ahí justamente para evitar que te tumbases. Y lo que has apagado era mi alarma, idiota. Ahora no voy a llegar a mi cita con Héctor.
Cogí el primer bañador que encontré y me metí en el baño. Intenté llamar a Héctor, pero no me lo cogió. Menuda novedad. Si me había estado esperando seguro que estaba superenfadado.
—Pero ¿quién se pone el despertador a las nueve de la mañana estando de vacaciones?
—Pues la gente que ha quedado y le gusta llegar puntual.
Empecé a cepillarme los dientes a toda prisa y mientras lo hacía observé que Álex estaba de espaldas, cogiendo un bañador del armario y con el culo ese prieto que tenía enfocando hacia mí. No pensaba dejar que eso me distrajese.
—Me estabas arrimando el asunto. No te creas que no me he dado cuenta.
—El asunto, como tú lo llamas, es grande y estabas muy cerca. Pero tranquila, no puede uno dejar embarazada a nadie con la ropa interior puesta. Ni siquiera yo. Te lo digo por si estabas preocupada.
Muy preocupada. Por terminar en la cárcel si lo agarraba del cuello en ese momento, como me apetecía.
Igual el asunto no lo tenía tan grande como parecía o igual era muy feo.
Se merecía que fuese horroroso y que nadie quisiese arrimarse a él, por caliente que estuviese. El asunto y la persona, los dos.
Cogí todo lo necesario, en lo que Álex se lavaba los dientes y la cara en tiempo récord, y me fui hacia la puerta. Él me siguió.
—¿Dónde crees que vas?
—Contigo, a Santorini. —Sonreía, como si me estuviese dando una gran noticia; que me habían ascendido o que me había tocado la lotería. Vamos, el premio gordo.
—De eso nada. Yo voy sola a buscar a Héctor y recorreremos la isla juntos.
—Vale, no te molestaré. Cuando estés con él, me marcho, te lo prometo. —Su voz sonaba tan decidida que me empezó a preocupar que estuviese hablando en serio.
—De eso nada. Si me ve llegar contigo sí que me bloquea para siempre. No volveré a saber nada de él. Tú ya has hecho bastante.
—Que no, me portaré bien. Cuando lo veamos permaneceré a una distancia prudencial de ti, me pondré gafas de sol y una gorra. Seguro que ni me reconoce.
—¿Por qué haces esto? —Mi tono no era amigable. Necesitaba alejarme de Álex para poder avanzar y me estaba resultando muy complicado.
—¿A qué te refieres?
—A por qué me sigues… En serio, vale ya. Me tengo que marchar y me estás haciendo perder el tiempo.
—A ver, morritos, no quería ser yo el que te lo dijese… Pero no vas a encontrar a Héctor.
—¿Qué quieres decir?
—Que Santorini es grande, ¿sabes? Y no habíais quedado en un sitio concreto.
Se suponía que ibais a ir juntos desde aquí a recorrer la isla, pero eso ya no es posible.
Te acompaño y, cuando lo encuentres, desaparezco.
Esta vez te hablo en serio, créeme. —Álex parecía sincero, pero no sabía si me podía fiar de él.
De todas formas, por alguna extraña razón que solo él sabía, se había empeñado en acompañarme y yo no podía perder más tiempo discutiendo, así que cedí.
Y aún estoy tratando de decidir si fue una mala o una buenísima decisión.