Amor por la borda Capítulo 31
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Capítulo 31

Álex y yo nos habíamos quedado solos. Cuando nos cansamos de lanzarnos improperios y de molestarnos el uno al otro, permanecimos en silencio durante un buen rato.

Yo soltaba algún bufido para hacer notar mi malestar y él hacía algún amago de canturrear, porque se había puesto a escuchar música en el teléfono con los auriculares, pero lo corté de raíz.

—Oye, mira, ya está bien. Me voy a marchar.

No entiendo muy bien qué hacemos tú y yo aquí en la playa.

—Llevábamos allí juntos tres cuartos de hora, pero ni la belleza del sitio podía arreglar el mal ambiente que se respiraba—.

Yo quería disfrutar de la isla, era lo que más ilusión me hacía de este crucero, pero has conseguido amargarme el día.

Héctor no sé ni dónde está, se ha marchado enfadado, y con razón…

Álex me interrumpió.

—Yo también tenía otros planes para hoy, pero una loca que se estaba aburriendo en su cita ha tenido que venir a estropearlos, así que no sé muy bien qué quieres que te diga.

No me das pena. Has tenido la culpa de todo.

Y normal que Héctor se haya picado. Le has insinuado a Lara que teníamos una especie de relación, que dormíamos juntos y le has contado un montón de intimidades de nuestra convivencia.

Parecías mi novia en pleno ataque de celos, odio esas cosas.

—Pero es que has fingido no conocerme. Estabas haciendo que pareciese una chiflada. —Ese tío era alucinante. Menuda forma de darle la vuelta a la tortilla.

—¿Seguro que eso lo estaba consiguiendo yo o ha sido todo mérito tuyo?

—¿Me quieres decir que ha sido una absoluta casualidad que, con lo grande que es esta isla y las playas que hay, hayas aparecido a escasos metros de nosotros con tu amiguita petarda?

—Pero si Lara es guapísima y majísima. Te come la envidia.

—¿Perdona?

—Te perdono. No te preocupes, es normal. —Si hubiese podido abrirle la boca a Álex en ese momento y hacer que tragase un buen puñado de arena lo habría hecho, pero intenté controlarme.

—Eres insoportable.

—Ya he perdido la cuenta de las veces que me has dicho eso desde que nos conocemos.

—Pues aún te lo digo poco, te lo debería decir mucho más. Te lo deberías tatuar en el cuerpo para que no se te olvide.

—Pero, vamos a ver, tú no has querido venir conmigo a la playa hoy, ¿me equivoco?, ¿por qué te molesta que tenga la cita con otra? Con una chica que, por cierto, si la conocieses te caería genial. —Puse los ojos en blanco—. En serio, es muy maja. Yo creo que os llevaríais bien.

—A mí me da igual con quién tengas la cita, pero tenla lejos de mí. Y me trae sin cuidado si la chica es maja o no, no pretendo hacerme amiga de tus ligues.

—Te prometo que no sabía que estabais aquí.

Existen las casualidades, ¿sabes? Y no es que hayáis venido a la playa más fea de la isla, ahí seguro que no nos habríamos encontrado.

—Levanté una ceja porque no me lo acababa de creer.

Ese chico se había propuesto amargarme el viaje.

No podía ser casualidad que estuviese siempre en los mismos sitios que yo—.

Bueno, ya que estamos aquí, ¿nos damos un baño?

Álex se levantó de la toalla de un pequeño salto. Llevaba un bañador negro —que, aunque me diese rabia reconocerlo, le quedaba muy bien— y el pelo algo despeinado por el aire y la sal. Me tendió la mano desde arriba para ayudarme a levantar, pero no hice amago de moverme.

—Yo no pienso hacer nada contigo. Voy a dar un paseo por la orilla y buscaré otro sitio para tumbarme. Tomaré el sol, trataré de relajarme y, cuando me canse, volveré al barco.

—Vale, pues nada. Diviértete mucho. Yo me voy al agua.

—Dio media vuelta y se dirigió hacia el mar.

No pude evitar fijarme en su culo, ¡qué bien puesto lo tenía el cabrito!

Redondito, respingón, en su punto exacto de dureza…

Eso me lo imaginaba, no lo había llegado a tocar.

Cuando el agua le llegaba por las rodillas, se giró y me pilló allí plantada mirando.

—¿Seguro que no quieres meterte conmigo?

Está buenísima. —En ese momento se lanzó a una pequeña ola que venía, su cabeza desapareció y volvió a aparecer enseguida y se quedó allí tumbado en el agua.

Podríamos hacer mención especial a lo guapo que estaba con el pelo mojado.

A cómo se reflejaba la luz del sol en los músculos de sus brazos y de su estómago.

Debía de estar haciéndolo adrede, tensando todo su cuerpo para llamar mi atención, y lo estaba consiguiendo.

Mi temperatura corporal estaba aumentando con las vistas.

A Álex no le asomaría un moquete traicionero después de salir del agua, no.

No tenía pinta de que le pasasen esas cosas.

—No, me marcho ya.

Se acercó de nuevo a mí, saliendo del agua como un vigilante de la playa hasta colocarse cerca.

—Un baño rápido, venga, el agua está increíble.

Esta vez no me negué. Me metí poco a poco, echándome agua por el cuello y por el estómago con cuidado, siendo consciente de que Álex, que permanecía cerca, no me quitaba la vista de encima.

Cuando me había aclimatado a la temperatura, me zambullí de golpe y disfruté del frescor del agua sobre mi piel caliente.

—En realidad, no me importa tanto lo de las toallas, ¿sabes? Me gusta compartir habitación contigo —me dijo con su media sonrisa traviesa, y me desarmó.

—Yo tengo que reconocer que tienes razón en eso de que eres bastante ordenado.

—¿Y…? Vamos, no pares, que me digas algo agradable no pasa todos los días. Tengo que aprovechar que estás magnánima para que me regales el oído.

—Hueles bastante bien…

Se me plantó al lado, su olor perduraba pese a la sal y pese a haber estado tanto rato al sol.

Se acercó tanto a mí que por un momento pensé que me iba a besar, pero me agarró en volandas. Temí que me sumergiese a traición, provocando una nueva discusión, pero me colocó como una plancha y puso sus manos debajo de mi cuerpo, haciéndome flotar.

—¡Qué calma se respira! ¿Verdad?

Asentí. Ya no había tanta gente y no se oía más que el ruido de las olas al romper en la orilla. Sentí el sol en la cara, las manos de Álex sujetando mi cuerpo y el mar que me balanceaba ligeramente y me sentí en paz.

Álex se acercó a mi cara y me susurró:

—Ves cómo no era para tanto... Estás mucho mejor aquí conmigo que aguantando la charla descafeinada de ese rubio tan perfecto, ¿a que sí?

Sus palabras fueron como un jarro de agua helada. La burbuja de paz explotó en mil pedazos. Me bajó de golpe de mi nube y me recordó que, por muy bien que oliese y por muy bueno que estuviese, seguía siendo el mismo provocador de siempre que disfrutaba viéndome perder los papeles.

Tenía que ser fuerte y pensar con claridad. Me obligué a apartar la vista de él, me zafé de sus manos con un movimiento brusco y salí del agua sin mirar atrás. Recogí mis cosas ante su atenta mirada y me alejé por la orilla buscando un lugar alejado para estar en calma.

—Pero no te vayas, nos estábamos divirtiendo…

No le contesté, pero noté su mirada clavada en mí. Me acompañó un buen rato, podía sentirla.

Cuando pensé que ya estaba lo suficientemente lejos, cuando Álex se había convertido en un puntito ridículo en la lejanía, extendí mi toalla, saqué de mi mente sus abdominales relucientes y le mandé un mensaje a Héctor.

Pero, aunque me quedé esperando un buen rato, no recibí respuesta y temí haber agotado la paciencia del rubio más bueno de todo el barco.