Capítulo 30
Me di muchísima prisa en ducharme y vestirme, no como Álex, y conseguí llegar a tiempo a mi cita con Héctor.
Él me estaba esperando para ir juntos a la playa.
Estaba preguntando algo a la azafata, quizá cuál era la mejor forma de llegar a la playa paradisiaca que nos recomendaban visitar.
Desde el crucero trataban de que no acabásemos todos en los mismos lugares para que las parejas que se estaban conociendo pudiesen tener algo de intimidad.
Me acerqué a ellos y Héctor me saludó con un beso en la mejilla.
—Vas a alucinar. Te va a encantar la playa a la que vamos a ir. La azafata dice que es una de las más bonitas de Miconos. Le he dicho que nos recomendase la más impresionante, porque la chica con la que iba a ir era la más especial de todo el barco.
¿Era Héctor un caballero andante? Posiblemente sí.
No estaba acostumbrada a que nadie me dijese ese tipo de cosas, como que yo era la chica más especial de todo el barco, ni más ni menos.
Me dejaba sin palabras. Darío también me decía cosas bonitas cuando empezamos a salir, era un argentino adulador con una labia impresionante.
No sé en qué momento dejó de hacerlo, supongo que fue algo gradual.
Agradecí que, al final, cuando me estaba engañando con Mónica, no me regalase el oído con falsedades, habría sido el colmo de la hipocresía.
Me resultó extraño que alguien volviese a decirme ese tipo de cosas.
El trayecto hasta la playa fue agradable. Como la mayoría de las veces que estaba con Héctor, la conversación fluyó con naturalidad, como si nos conociésemos de toda la vida.
Me comentó lo a gusto que se había sentido la noche anterior y añadió que se había quedado con ganas de mí, esas fueron sus palabras textuales.
Yo lo traduje como que habría querido que hubiésemos dado rienda suelta a la pasión y me hizo sentir que todo estaba yendo muy deprisa.
Hacía apenas unas semanas yo era un témpano de hielo que se pasaba la vida encerrada en una cueva y se dedicaba a hacer pan, y las únicas historias apasionantes que vivía eran las que ponían en la tele, en cualquiera de las plataformas a las que estaba abonada.
Esos días de vacaciones debían de ser algún experimento social y yo una cobaya de la que estarían analizando los resultados.
«Que el personaje número 1 se desabroche la camisa: la temperatura corporal del sujeto experimental ha aumentado cinco grados.
Que el personaje número 2 saque a relucir sus hoyuelos con cualquier gracieta rápida: la temperatura corporal del sujeto experimental está aumentando por encima de los niveles normales.
Colocad un traje elegante a los personajes número 1 y número 2: el sujeto experimental está a punto de autocombustionar.
Rápido, que el sujeto número 1 la moleste, eso consigue enfriarla al instante».
Así debía ir la cosa… La realidad era que ese viaje me había revivido y tenía que estar agradecida.
No puede una pasarse la vida trabajando o encerrada en casa sin hacer gran cosa. Bueno, sí que puede, pero no mola.
Una playa que se llama «Paraíso» es una apuesta segura.
Héctor no se había equivocado. Agua cristalina, palmeras, arena finísima y sol, ¿qué más se puede pedir?
Quizá, el que no hubiese tanta gente allí ese día, pero eso era un imposible.
No obstante, buscamos nuestro hueco, caminamos un poquito y extendimos nuestras toallas en la zona en la que había menos gente.
El de hoy era un planazo asegurado. Y Héctor, con un bañador cortito de color flúor, una tentación en el paraíso.
Algo así como la manzana para Eva. Y yo en ese momento era Eva, clarísimamente.
El día pintaba muy bien, pero solo pintaba.
Apenas llevábamos media hora allí, nos habíamos bañado y salíamos del agua salpicándonos y riendo cuando lo vi.
A solo unos metros de nosotros, compartiendo una toalla tamaño XL con una rubia de pechos grandes y turgentes, que tenía un tatuaje en el muslo y cara de seductora profesional.
¿Cuál es esa cara? Mirada penetrante, humedecimiento continuo de labios y la transmisión del mensaje implícito a su interlocutor de que está preparada para todo.
Estaba claro que Álex entendía ese mensaje a la perfección.
Era la misma chica con la que estaba la noche anterior y en una mujer así te fijas o te fijas.
—¿Nos vamos? —La pregunta de Héctor, más que a duda, me sonó a súplica. Le acababan de cortar todo el rollo. Como cuando te lo estás pasando genial en una fiesta y te avisan de que la próxima canción será la última de la noche, pues algo así, pero sin el aviso.
—Para nada, nosotros hemos llegado antes.
—Ya, pero si vas a estar incómoda nos podemos mover a cualquier otro sitio.
—Que se vayan ellos, ¿no te parece? —No sé si le parecía o no, más bien apuesto a que no, a que él prefería marcharse y cuanto antes mejor, pero yo no estaba en absoluto por la labor.
Nos tumbamos en la arena e intentamos ignorarlos, pero se reían ruidosamente y hablaban cada vez más alto, hasta el punto de que me costaba escuchar a Héctor.
Que Álex se comportase como el niñato que era no me extrañó, pero a la chica ¿qué le pasaba?
, ¿tanto le gustaba el caradura que tenía que seguirle el rollo?
—¿Te molestan? —le pregunté a Héctor—. Claro que te molestan, qué tontería he preguntado. Son molestos de narices. Espera un momento.
Héctor intentó retenerme. Escuché algo de que a él le daban igual, que pasaba de ellos, que los ignorase. Pero, en lugar de eso, me levanté con ímpetu y me fui directa hacia la pareja.
Me quedé plantada delante de su toalla, tapándoles el sol, pero no parecieron reaccionar, o quizá me ignoraron adrede, más bien creo que lo segundo. Cuando me cansé de estar ahí plantada como un pasmarote, los abordé de malas formas. O regulares formas, buenas formas no fueron, dejémoslo ahí.
—¿Tenéis algún problema de sordera? ¿Solo sois capaces de comunicaros a gritos?
¿No veis que hay más gente en la playa? Nos estáis molestando.
—Cuando por fin me miraron, señalé a Héctor con la mano para que entendiesen que le estaban dando la mañana a una pareja que, hasta hacía nada, estaba feliz y relajada en el puto paraíso.
—¿Qué dice esta chica? No la pillo.
No sé si me molestó más su cara de estupefacción o la forma en la que se giró hacia Álex, ignorándome. Se puso a hablar con él de otra cosa, como si yo no estuviese delante. La amiguita de Álex tenía pinta de guerrera, pero yo no me pensaba dejar intimidar.
—Esta chica, o sea, yo —levanté la voz para que me volviesen a prestar atención— está hablando bastante claro. Seguro que, si os esforzáis, sois capaces de entender lo que os digo.
—¿La conoces? —La muchacha puso la mayor cara de asco de toda la historia de las caras de asco. Como si yo oliese a huevo podrido, a pies sudados y a pescado putrefacto, todo mezclado.
—El caso es que me suena su cara. A ver, ponte de perfil… —Álex era odioso.
En lugar de hacer eso le saqué el dedo de la palabrota, porque ya estaba bien de gilipolleces.
—Este tío duerme conmigo cada noche en el barco.
Como para no sonarle quién soy. —No sé por qué dije eso, supongo que para molestar a Álex y a la muchacha que lo acompañaba.
Pero al que también me pareció que molestaba mi confesión fue a Héctor, que alucinaba con la situación, pero ya me preocuparía de eso más tarde.
—Vale, esta chica es algo así como tu novia desequilibrada. Venga, encantada, que os vaya bonito. —La amiguita de Álex hizo ademán de levantarse, pero él se lo impidió y me negó como Judas a Jesús.
—De novia nada, bonita. Pero ¿es mentira acaso?
Ojalá no fuera así, pero lo cierto es que tengo que soportarlo noche tras noche.
Mañana tras mañana. Sus horribles canciones, su forma de dejar toda la pasta de dientes esparcida por la pila y cómo se pasea por toda la habitación medio desnudo esparciendo gotas de agua por todas partes.
Parece un perro después de la ducha, ya sabes, cuando empiezan a menear el cuerpo y te dejan el suelo que se puede patinar en él.
—La tía continuó con su mirada hostil, como si a ella le encantasen los perros soltando agua y no entendiese lo que a mí me molestaba.
—¡Qué exagerada eres! ¿Y tú qué?
—¿Yo qué de qué? Yo soy una perfecta compañera de habitación, vamos, si apenas te enteras de que estoy.
—Te sale un pequeño silbido por la nariz mientras duermes.
Eso que dijo me indignó muchísimo, porque era una cochina mentira.
—Yo no ronco ni de coña, no digas tonterías.
La chica decidió desconectar de nuestra conversación, se había tumbado boca abajo a tomar el sol y fingía no escucharnos.
La cara de Héctor era un poema. Como si no se pudiese creer lo que estaba pasando.
Yo también estaba alucinando lo mío. Ahora resultaba que hacía ruidos al dormir.
Darío nunca me había insinuado algo semejante.
—No es un ronquido, es como un silbido. Es molesto de narices. —Álex empezó a hacer un silbido extraño con la boca, pero yo no hacía eso. Al menos, que supiese.
—Anda ya, te lo estás inventando porque no tienes nada que echarme en cara.
—También usas veintisiete toallas cada vez que te duchas: la del cuerpo, la del pelo, la que estiras en el suelo para tus pies…
—Eso es normal, ¿vale? Tengo que secarme. ¿A ti eso qué más te da? Ni que las tuvieses que lavar tú…
—Pues porque el baño está lleno de toallas por todas partes y me molesta. Yo soy mucho más ordenado.
—¡Ja! Ni de coña.
—Yo soy ordenado y muy limpio. Has tenido suerte de que te tocase alguien como yo de compañero. Te podía haber tocado compartir habitación con otra persona, con algún loco que te lanzase pastillas de jabón o que dejase el cepillo lleno de pelos a la vista de todos.
Me puse roja de furia. ¡Cómo lo odiaba!
—Y tú, tú… —No me salía nada de lo que acusarlo—. Eres un engreído, prepotente, insoportable…
—Venga, sigue, que lo puedes hacer mucho mejor.
—Eres… eres la peor persona que he conocido nunca. Eres el demonio. Eres Satanás.
Se lo dije con todo el odio que salió de mi pequeño cuerpo y Álex se rio como un loco, como un loco endemoniado, que es lo que era.
—¿Habéis terminado con el numerito? Vale, no sé de qué va esto, pero me marcho. No quiero tener a exnovias taradas a mi alrededor. Cuando termines del todo con ella, hablamos.
—No hay nada que terminar, este tío no es nada mío.
Y si acaso, terminaría yo con él, ¿me oyes?
, no él conmigo —chillé todo esto a la espalda de la rubia y a su culo, que se contoneaba tranquilo y ajeno a todo ese barullo que habíamos formado en la playa y que había captado la mirada de unos cuantos, sin que nos hubiésemos dado ni cuenta.
Ahora empezaba a sentir un poco de vergüenza por el espectáculo.
Cuando la rubia desapareció de nuestra visión, me dirigí hacia Héctor, pensando que, por fin, podría retomar mi cita. Pero alguien —podríamos llamarle amargado, tocapelotas, demonio y muchas cosas más— no pensaba dejarme conseguir mi objetivo.
—¿Dónde crees que vas? —Yo andaba deprisa y él aceleró el paso hasta colocarse junto a mí.
—Voy a seguir con mi cita, tomar el sol, hablar, reír y lo que surja.
—Ah, ¡qué bonito! ¿Y ahora qué hago yo? Me acabas de joder la mía.
—Ese es tu problema. Yo no tengo la culpa de que las chicas no te soporten.
Continué andando hacia Héctor, pero Álex me seguía y chillaba cosas del estilo:
—Ahora sí que la has cagado, pero bien. No sabes lo que te espera, bonita. —Parecía muy enfadado, pero no me amilané. Me extrañó mi actitud, porque con Darío no había sido capaz de decirle todo lo que se merecía y con Álex me estaba quedando a gusto.
—Desaparece, en serio. No me sigas. —Empecé a buscar a alguien, no sabría decir a quién, quizá a alguien del personal del barco que fuese algo así como el encargado de que las citas saliesen bien y que tuviese la potestad de pararle los pies a algún demente que planease estropearlas.
Pero no había nadie de ese perfil por allí cerca.
Cuando mi cita nos vio llegar a los dos, resopló y se marchó andando por la orilla.
—Espera, Héctor, este pesado ya se marcha.
—Yo no me voy a ninguna parte. Ahora pienso quedarme con vosotros todo el día.
Esa amenaza me puso los pelos de punta. Se sentó en mi toalla y yo le empujé. Y él me empujó a mí. Seguimos empujándonos un poco más hasta llegar a tocar la arena con nuestro cuerpo. A Héctor ya ni se le veía.
El demonio había convertido el paraíso en un infierno.