Capítulo 29
Era bastante tarde cuando abrí la puerta de la habitación.
Entré despacio intentando no hacer ruido por si Álex estaba dormido, pero no había ni rastro de él.
Por suerte, cuando la cosa se volvió más íntima con Héctor, no volvió a aparecer.
No sabía dónde se habría metido, pero mucho mejor.
¿Que si sentía curiosidad por saber lo que había estado haciendo?
Pues quizá un poco, más que nada porque era raro no haberlo visto rondando a mi alrededor como acostumbraba, pero Álex siempre lo estropeaba todo y lo que había pasado con Héctor jamás habría tenido lugar con él orbitando a nuestro alrededor.
Si yo sabía que estaba ahí, cerca, observándome, me tensaba.
Jamás habría besado a Héctor con él cerca.
Y esa noche volvía a mi habitación con los labios enrojecidos y la verdad es que no me arrepentía.
Nos habíamos despedido después de un montón de besos, nos habíamos rozado por todas partes y habíamos estado a punto de dejarnos llevar.
Héctor me había sugerido que pasase la noche con él, pero su proposición me había pillado desprevenida.
Me parecía pronto y, al decírselo, él había parecido algo contrariado porque sabía que yo no iba a dormir sola en mi habitación.
Lo haría con Álex, como cada noche debido al puñetero error del sistema, y no entendía la razón por la que no quería dormir con él, solo dormir.
Pensé que no era una buena idea y no insistió.
Pareció conformarse y le prometí que al día siguiente descubriríamos la isla de Miconos juntos.
Después de la noche tan bonita que habíamos pasado, me apetecía mucho.
Me cambié, me desmaquillé y me metí en la cama.
En la grande, por supuesto. Hoy me tocaba a mí.
Esperaba que Álex se acoplase en la cama supletoria, que ya iba siendo hora.
Estaba cansada y me apetecía dormir ancha en una cama cómoda.
La podría haber disfrutado cada día de ese viaje si el moreno no hubiese sido tan capullo y no hubiese rechazado la nueva habitación que nos ofrecieron.
¡Qué cómoda era! ¡Qué a gusto estaba! Sin muelles que se te clavan, sin ruidos molestos… En un par de minutos caí rendida.
Me despertó un peso importante sobre mi muslo; me dolía, pero no tanto como para abrir los ojos y levantarme.
Intenté cambiar de postura, pero algo me estaba bloqueando el movimiento, algo que me tenía agarrada.
Me vi obligada a abrir los ojos y casi me muero al comprobar que Álex estaba tumbado justo a mi lado.
Tenía una pierna encima de mí y su cuerpo ocupaba casi toda la cama.
Para colmo, dormía en calzoncillos, no había tenido ni la consideración de ponerse los pantalones esos deportivos.
Me levanté cabreada, dispuesta a vengarme de alguna manera.
Me parecía fatal que un día que yo había llegado antes que él a la habitación no fuese capaz de dejarme dormir en la cama sola.
Ese tipejo no planeaba dormir nunca en la cama supletoria.
Estuve a punto de vaciarle sobre la cara esa tan dura que tenía la botella de agua que descansaba a mi lado, pero me controlé.
No sé por qué. Me dio pena. Cuando dormía parecía un gran tipo.
Estaba inquieto, buscándome en la cama, como si le hubiese desaparecido el peluche al que abrazaba.
Me sorprendí mirándolo con afecto o, al menos, sin tanto odio, hasta que abrió un ojo y puso su sonrisa de canalla.
Ahí ya volví a odiarlo como la mayor parte del tiempo.
—Sabes que es por mi espalda. No puedo hacer otra cosa, la cama esa endemoniada es impensable para mí. Pero no me importa dormir contigo, en serio.
Otra vez con el rollo de la espalda. Qué pesado.
—Estoy absolutamente agotada. No tengo fuerzas para seguir con esto.
—¿Agotada? ¿No has dormido bien? —Álex se levantó de la cama y caminó hasta el armario. Allí abrió los cajones y sacó su bañador, sus chanclas y una camisa veraniega. Era blanca y tenía un estampado de palmeras.
—Me refiero a la situación. No entiendes nada.
—Me dispuse a hacer lo mismo: coger mi ropa con rapidez.
En ese momento era importante ser el primero en entrar al baño.
No había nada que me diese más rabia que esperar a que saliese.
Tardaba muchísimo y estaba segura de que lo hacía adrede.
No era posible ser tan molesto sin querer.
Encima se dedicaba a cantar, a cantar peor que fatal.
—Pero la situación no es para tanto. Está controlada. Te mueves mucho y también pegas patadas, pero te perdono. Hay que adaptarse a las circunstancias.
Mierda. Él ya lo tenía todo en la mano, era cuestión de segundos que se encerrase en el baño. Yo seguía eligiendo mi outfit , quería estar mona en la playa con Héctor. Intenté distraerlo.
—Estoy agotada mentalmente. Me saturas. Eres una especie de pesadilla. ¿Por qué tienes que ser así?
Me giré para buscar mis prendas a toda prisa en el armario.
—Joder, gracias. Qué cosas más bonitas me dices. Yo estoy acostumbrado a que las tías que se meten conmigo en la cama no se dediquen solo a dormir, pero ¿me he quejado? Intento ser flexible.
Esa última frase de Álex ya la oí a lo lejos. Se había encerrado en el baño. Solté un bufido.
Veinte minutos —y unas cuantas canciones destrozadas— después, el tocapelotas salió del baño rodeado de vaho y dejando su olor flotando por la habitación.
—Todo tuyo, morritos.
Agarré con fuerza mi bikini, mi vestido y mis chanclas y me encaminé hacía el baño intentando demostrar mi mal humor con todos los sonidos que me salieron.
—¡Te habrás duchado bien a gusto! ¡Qué lentitud, por favor!, ¿no comprendes que tengo prisa?
—Pues la verdad es que sí. Me ha sentado genial la ducha.
Estaba a punto de cerrar la puerta cuando le hice una pregunta de la que me arrepentí de inmediato.
—Por cierto, ¿dónde estuviste anoche? ¿Volviste muy tarde? —Intenté sonar despreocupada, como si no me interesase lo que me fuese a responder y la pregunta fuese una mera formalidad, por hablar de algo.
A Álex se le dibujó una sonrisa inmensa y me di cuenta de que mi curiosidad me había jugado una mala pasada.
—No sabía que te interesase lo que yo haga o deje de hacer…
—No es que me interese. Me extrañó. Como te veo a todas horas por todas partes…
—No querrás que me pase el tiempo detrás de ti, ¿no? ¿Tú sabes quién es el perro del hortelano?
Ya estaba Álex con sus estupideces.
—Olvídalo. Si, en realidad, me da igual…
—Anoche me lo pasé muy bien, morritos. Fue una noche inolvidable. Gracias por preguntar.
Salió de la habitación con su cara de prepotente y pegué un pequeño chillido de rabia.
¿Por qué había sido tan tonta de preguntarle?
Si a mí no me interesaba en absoluto. Me metí en el baño, cerré la puerta y traté de olvidarme de Álex y centrarme en mi cita con Héctor.
Iba a ser un día especial, lo presentía, y nada ni nadie —sobre todo, nadie— lo iba a arruinar.