Capítulo 28 #2
—Me habría llevado un montón de cosas para ti, pero la chica de la tienda del barco me recomendó estas dos, espero que hayamos acertado.
Cogí el primero de los dos paquetes, el blandito.
¿Qué sería? Rasgué el papel y dentro apareció un pañuelo para el cuello precioso.
Sin duda, había acertado. En invierno siempre me ponía pañuelos, me encantaban y ese en concreto tenía un estampado muy bonito y actual. Se lo dije y se puso supercontento.
—Muchas gracias. Pero no hacía falta, de verdad. —Sonaba repetitiva, pero no sabía muy bien qué decir.
—Abre el otro.
Saqué una cajita mucho más pequeña y, cuando vi el tamaño y me empecé a imaginar lo que podía contener, comencé a sudar.
A ver si Álex iba a ser adivino y Héctor estaba como una cabra.
Las dos cosas me parecían improbables. No podía ser.
Héctor no le regalaría un anillo de compromiso a una desconocida.
Le dediqué una sonrisa forzada mientras abría con urgencia la cajita que tenía entre mis manos.
No era un anillo. Respiré. Era una pulserita. Una pulsera de plata sencilla, pero muy mona, que llevaba colgando un abalorio de un pequeño ancla.
—Es preciosa, Héctor —contesté aliviada. Una pulsera con un detalle marino era genial; un anillo que no tenía ni idea de qué pretendía significar era una mala idea. No sabía en qué momento había temido que la cajita pudiera contener un anillo, Álex solo me hacía pensar estupideces.
—Es para que siempre te acuerdes de este viaje, y también de mí.
—La carita que puso al decir eso era absolutamente adorable.
No sabía a dónde me llevaría esa historia con Héctor, pero esperaba que más allá del barco.
Héctor vivía en Madrid, pero ya me había dejado caer que le encantaba vivir aventuras y que no le importaría cambiar de ciudad, que incluso le apetecía.
Sin embargo, el pesado de Álex tenía que ser de Barcelona, aunque, en realidad, poco importaba de dónde fuese él, porque tenía pensado perderlo de vista en cuanto bajásemos del barco, ojalá antes, pero eso me estaba resultando complicado.
—No me la voy a quitar nunca.
Le pedí que me la abrochara y, mientras lo hacía, sonreía encantado.
Cenamos super a gusto. Sonaba una música ligera de fondo y el ambiente no podía ser más especial.
El vino estaba riquísimo y la comida, espectacular.
Las vistas al mar siempre me habían fascinado y la conversación con Héctor me estaba resultando muy agradable.
Me abrí con él, le hablé, por fin, de Darío y de cómo, desde que lo habíamos dejado, me había dedicado a sobrevivir.
—Ni me acuerdo del tiempo que hacía que no disfrutaba con estos planes sencillos que estamos viviendo aquí: un baño en la piscina, una cena agradable. La verdad es que no tenía ganas de nada, trabajaba y poco más. No ha sido una buena época para mí.
—Darío debe de ser el tío más idiota de la Tierra. Te prometo que no lo puedo entender.
—La idiota te aseguro que fui yo. Estoy tan enfadada conmigo misma…
—Tú no tuviste la culpa de nada. —Héctor se acercó y me rozó la mejilla con la mano. Ese simple gesto me reconfortó mucho.
—Bueno, me culpo por estar tan ciega, por creer que lo tenía todo cuando no tenía nada, en realidad.
—El amor nos vuelve un poco ciegos y sordos… El amor de verdad es así, implica entregarse al cien por cien a alguien y eso, a veces, es peligroso. Pero ¿qué podemos hacer? No podemos vivir una relación de puntillas, con miedo a que nos hagan daño. ¿No crees?
—Supongo que no, no podemos. —Hice un intento por sonreír, pero recordar a Darío me había puesto un poco triste.
—Él no te merecía. Eres especial, Paula, y te mereces ser feliz. Espero que el tonto del argentino no te haya quitado la ilusión de volver a enamorarte. No tiene por qué volver a ir mal. No todos los hombres somos como él. Te lo prometo.
Héctor me cogió de la mano y sentí la suya cálida y suave.
Sus palabras me sonaron como una declaración de intenciones.
Me estaba diciendo que él no era como Darío, que él jamás me haría daño y, aun conociéndolo tan poco como lo conocía, le creí.
Me gustaba estar con él, me sentía tranquila y relajada. Estaba a gusto.
Cuando terminamos el postre, salimos a pasear por la cubierta. Hacía una noche muy agradable y nos quedamos mirando al mar y su inmensidad.
—Me quedaría toda la noche aquí contigo, te lo prometo.
No supe qué contestar. Estaba muy a gusto con él, pero me daba la sensación de que los sentimientos de Héctor eran más intensos que los míos.
El aire de la noche me alborotó el pelo y él me colocó un mechón detrás de la oreja.
Lo hizo con una delicadeza y una dulzura que me sorprendieron.
Entonces, se acercó a mí dispuesto a conquistar mis labios, con ese traje y esa pajarita que le sentaban tan bien, y me dejé llevar.
Todo fluía e iba perfecto hasta que lo sentí a escasos metros de mí y me llegó su olor y escuché su risa.
Y se me fueron los ojos hacia él. Allí estaba, con una chica rubia muy llamativa que le susurraba algo al oído.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás, riendo, él le miró el cuello.
El vampiro en acción. No quise seguir cerca; era complicado escapar de él, pero lo pensaba conseguir.
Agarré a Héctor fuerte de la mano y me lo llevé a la punta más alejada que encontré.
Y con una sensación de adrenalina que no supe de dónde venía, besé los labios de Héctor con pasión, como una quinceañera, como si me fuese la vida en ello.