Amor por la borda Capítulo 28
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Capítulo 28

Álex estaba impresionante vestido con traje, es cierto, pero Héctor no se quedaba atrás.

Llevaba uno negro, con camisa blanca y pajarita.

Parecía aún más alto e imponente. Me dejó alucinada y, aunque está mal que lo diga yo, creo que a él le pasó lo mismo al verme.

Obviamente, no por mi altura, aunque los tacones siempre conseguían que me viese más estilizada, pero se le iluminó la cara al ver mi vestido.

—Creo que nunca he visto a nadie más bonita de lo que te veo a ti esta noche. Estás espectacular.

Me ruboricé.

—Vaya, gracias. Tú también estás muy guapo.

—Héctor me tendió su brazo para que me agarrase y me pareció un gesto bonito, aunque quizá un poco anticuado.

Por supuesto, no se lo dije, no quería ofenderle.

Perfectamente podíamos estar en la peli de Titanic así vestidos, paseando por la cubierta del crucero y agarrados del brazo.

Me alegré de que Álex me hubiese sugerido que reservase mi mejor vestido para la cena del capitán, porque la gente iba muy arreglada.

Todos los hombres llevaban traje, algunos con corbata o pajarita, y otros sin nada, y las mujeres iban con vestidos largos o de cóctel y con complementos como collares y pendientes llamativos.

Algunas parecían haber ido a la peluquería del barco.

A mí ni se me había ocurrido, pero me sorprendió ver lo bien que me había quedado el pelo para lo rápido que me había peinado tratando de huir de Álex.

Ventajas de tener el pelo liso. Había bastantes parejas; al parecer, las citas estaban dando sus frutos, aunque también vi muchos grupos.

Igual no todos salían emparejados del crucero, pero, sin duda, muchos volverían con buenos amigos.

Vi a Álex a lo lejos hablando con gente.

Eso era algo normal, él siempre estaba rodeado de chicas.

Intenté no prestarle atención. Era complicado.

Me había dado cuenta —y eso me había pasado desde el mismo día que lo conocí— de que no era capaz de ignorar a Álex.

Cuando estaba en la misma sala que yo, lo buscaba; quise pensar que mi intención era vigilarlo porque no me fiaba de él, pero la realidad era que mis ojos siempre acababan en el rincón de la habitación en que estuviese él. Y no podía darme más rabia.

—Por favor, vamos pasando a esta sala donde el capitán nos dedicará unas palabras y brindaremos todos juntos.

Hice caso a la amable camarera y me apresuré a cambiar de estancia.

Álex no parecía tener interés en moverse, estaba sonriendo y conversando con un par de chicas.

Mejor. Así permanecería alejado de mí. Se oyeron murmullos de excitación entre los presentes y eso que aún no sabíamos que, además del brindis, nos estaba esperando un cóctel muy rico previo a la cena.

Héctor agarró una copa de champán para mí y otra para él. Me pasó un brazo por detrás del hombro y me arrimó hacia su cuerpo mientras sonreía. Era tan mono y parecía tan ilusionado…

—Nunca he estado en un evento así. Mira al capitán, qué crack. Me encantaría hablar con él. Es más joven de lo que pensaba, ¿no lo imaginabas más mayor? Luego nos acercamos, ve pensando qué le podemos preguntar. Debe ser muy emocionante ser capitán.

Le sonreí divertida. Parecía un chiquillo entusiasmado.

Me contagió su alegría y me dieron ganas de abrazarlo.

Me gustaba la gente que sabía disfrutar de las pequeñas cosas de la vida.

Seguro que Álex ya había estado en montones de Cenas del Capitán, siempre parecía estar de vuelta de todo.

En cada una de esas cenas se habría puesto guapísimo y habría añadido una nueva conquista a su lista.

Esa noche, que no contase con ello. No pensaba permitir que se acostase con nadie mientras compartiésemos habitación.

Era una falta de respeto. Me dio rabia pensar en él otra vez y lo saqué de mi mente.

Todos permanecimos en silencio en el momento en el que el capitán nos dirigió unas palabras:

—Queridos amigos, distinguida tripulación y estimados huéspedes: es un gran honor para mí darles la bienvenida a la cena del capitán, una velada especial en una travesía que espero que sea inolvidable para cada uno de ustedes.

»Esta noche celebramos no solo la increíble experiencia de surcar los mares, sino también el privilegio de compartir este viaje con personas tan especiales como ustedes.

Bla, bla, bla. Me disocié. Miré a Héctor, que estaba justo a mi lado y parecía fascinado escuchando al capitán. Busqué con la mirada a Tania y a Blanca y me pareció verlas a lo lejos, estaban guapísimas. ¿Y Álex? Podía respirar tranquila, no lo veía por ningún lado.

—Así que levanto mi copa en honor a ustedes, nuestros queridos invitados, a quienes recibimos no solo como viajeros, sino como amigos y miembros de nuestra gran familia en alta mar.

¡Que esta noche sea el homenaje a una travesía llena de alegría, descubrimientos, gratos recuerdos y mucho amor!

¡Salud, y que tengan una maravillosa velada!

Brindamos con alegría. El capitán se acercó a los grupos y fue charlando con todos. El ambiente era muy agradable.

—Prueba esto. Está buenísimo.

Héctor y yo nos estábamos poniendo las botas.

Nos acercábamos con sigilo a los camareros que traían deliciosos montaditos y nos suministrábamos de cada uno de ellos.

Conseguí un par de copas de vino para Héctor y para mí y, cuando fui a apoyarlas en una mesa alta, pillé a Álex mirándome.

¿En qué momento se había acercado tanto y me había pasado inadvertido?

Me hizo una señal de brindis con su copa y asentí como respuesta.

¿Por qué siempre tenía que estar merodeando a nuestro alrededor?

El barco era enorme, había gente con la que me cruzaba que era la primera vez que veía, pero Álex estaba siempre a unos metros de distancia de mí.

—Paula, ven, corre. Tienes que escuchar esto.

Héctor me llamaba porque el capitán se había acercado a charlar con nosotros.

O igual había sido al revés, no me extrañaría nada, ya que Héctor parecía una especie de fanático de los capitanes de barco.

Me acerqué a ellos y el capitán, que se llamaba Luis, me sonrió.

Debía tener unos cuarenta y pocos años, llevaba el típico traje blanco de capitán y una gorra a juego, el pelo un poco cano y una barba cuidada.

Había que reconocer que el señor era atractivo.

No llevábamos ni cinco minutos hablando con él cuando se unieron a la conversación Tania y Blanca.

Tania parecía fascinada con las historias que contaba Luis y, aunque Héctor también, decidí sacarlo de allí para marcharnos a cenar.

—Si sigo picando de todo esto no tendré hambre.

—Yo es que no tengo ese problema, puedo comer sin parar. Pero me parece bien. Era majo, ¿verdad? Luis, me refiero. Me ha encantado el discurso, tenía muchísima seguridad cuando hablaba, pero a la vez era muy cercano.

—Creo que a Tania también le ha parecido muy majo. —Le guiñé un ojo a Héctor para que entendiese a qué me estaba refiriendo.

—¿Tú crees que le gustaba? Igual los capitanes del barco del amor también pueden encontrar a su media naranja aquí.

Quedarían bien juntos, no mejor que nosotros, pero no estaría mal.

—Que Héctor se refiriese a nosotros como pareja me resultó extraño.

No sabría describir cómo me sentí, quizá un poco agobiada, aunque seguro que solo era una forma de hablar: una pareja porque éramos dos personas.

Me sonó el móvil justo en ese momento. Era un wasap de mi hermana. Habíamos llegado al comedor, pero no nos dejaban pasar. Teníamos que esperar un poco más a que se terminase el cóctel. Abrí el mensaje.

« Estás desaparecida. Y como no le contestas a mamá a los mensajes ni a las llamadas no para de preguntarme a mí. ¿Qué tal va todo por allí? ¿Me odias o no me odias? ¿Cómo tienes el día hoy?».

Agarré a Héctor y me hice un selfi con él.

Daba igual en qué pose pillase a ese chico, que siempre salía guapo.

Se lo mandé a Carlota. Además de mandarle la foto, le dije que no la odiaba, que la quería, que era una buena hermana.

Seguro que le sorprendieron mis amables palabras, no había sido muy cariñosa con ella en los últimos tiempos y la pobre no tenía la culpa de nada.

«Joder, qué guapos, coño. Veo que la cosa prospera con el rubio. Me encanta. Está buenísimo. Que no se te escape, nena. Este es de los que interesan. Y, por cierto, yo también te quiero».

—¿Qué dice tu hermana?

—Nada, tonterías. —Guardé el móvil en el bolso.

En ese momento nos indicaron que ya podíamos pasar al comedor.

Héctor y yo éramos de los primeros, así que cogimos uno de los mejores sitios.

Era una mesa solo para dos, bastante íntima.

Estaba adornada con velitas y tenía unas preciosas vistas al mar.

El ambiente era idílico. En cuanto nos sentamos y pedimos la cena, Héctor me dijo:

—Te he traído un regalito. —Reparé por primera vez en la bolsa que llevaba en la mano. Me la tendió.

—¿Y eso? ¿Es para mí? —Era una pregunta tonta, pero me había pillado totalmente desprevenida.

—Claro que es para ti. —A Héctor no le cabía una sonrisa más grande en la cara—. Ábrelo, anda. Es una tontería.

—Yo no te he comprado nada. Me sabe fatal.

—¡Anda ya! No espero nada a cambio. Si es una chorrada que no tiene importancia… —Estaba tan mono con esa cara de ilusión que me entraron unas ganas inmensas de abrazarlo fuerte.

—Solo con que te hayas acordado de mí ya es importante. Jolín, qué detalle.

Abrí la bolsa y había dos cajitas.

—Venga, a ver qué te parece. —Héctor parecía un niño en la mañana de Navidad. Y eso que los regalos los tenía que abrir yo, no él.

—¿Dos cosas? Pero… no hacía falta… —Me sentía fatal porque yo no tenía nada para él. La verdad es que en ningún momento se me había pasado por la cabeza regalarle algo a Héctor, y no es que no se lo mereciese, era un tío increíble.