Capítulo 27
¡Qué complicado era tratar de esquivar a alguien con el que tienes que compartir habitación!
Salí del baño huyendo de él y, enseguida, tuve que volver a entrar a por mi ropa.
Traté de esconder mis braguitas y mi sujetador de sus ojos, pero era imposible, parecía tener un radar que detectaba todo lo que tenía que ver conmigo, con mi desnudez o con mi ropa íntima.
Yo estaba muerta de vergüenza sujetando mi toalla como podía y él se paseaba semidesnudo por todas partes sin inmutarse.
Me vestí, me peiné y me maquillé como pude en una esquina de la habitación, rezando para que Álex alargase su tiempo en la ducha y no me pillase desnuda. Cuando salió del baño, con la toalla en el punto justo donde empezaba su miembro, no pude evitar mirarle de reojo. Quise evitarlo, pero no pude.
—¿Todo en orden por aquí? —Él miró hacia abajo y yo casi me muero de la vergüenza.
—¿Qué dices? —Me senté en la cama a atarme la sandalia y le di la espalda.
—No, nada. Como te has quedado mirando, concentrada, mis partes… Quería saber si estaba todo bien, si había aprobado tu examen visual o, por el contrario, lo había suspendido.
—Eres idiota. Yo no te estaba mirando ahí abajo. Habrán sido imaginaciones tuyas, o tus ganas. —Álex se frotó el pelo con otra toalla y repartió gotas por todas partes.
—¿No? Me habré confundido. —Hasta de espaldas me lo imaginé sonriendo—. Ese vestido te queda genial, estás impresionante.
—Gracias. —Me levanté de la cama y me giré. No quería seguir cara a la pared. Aunque no quería mirarlo directamente a él, no podía hacer otra cosa. Estaba plantado delante de mí. Le corrían gotas por el estómago, como si estuviesen en una carrera, y era una imagen algo hipnótica.
—Entonces, ¿cenamos juntos o qué? Prometo portarme bien. —Se pasó los dedos por el pelo para peinarse y se colocó la toalla sobre los hombros. Me llegó su perfume, debía habérselo echado nada más salir de la ducha y olía de muerte.
—Ya te he dicho que no. Además, he quedado con Héctor. Cenaremos juntos.
—Oye, lo vuestro va en serio, ¿no? ¿Ya se te ha declarado? Espero que me invitéis a la boda. Prometo acudir vestido para no distraerte.
Qué idiota era. Qué creído. Qué mal me caía.
—Pues igual me lo pide mañana. Pensamos bajar a visitar Miconos. ¿Habría algo más romántico que una declaración en un sitio así? —No hablaba en serio, claro, pero eran las contestaciones que se merecía.
—Le pega mucho ser así de patético. Igual te compra un anillo en la joyería del barco.
—¿Patético? No podemos estar hablando de la misma persona. Y te aclaro que el anillo sería precioso, Héctor tiene un gusto increíble.
Esa joya imaginaria demostraba que a nosotros dos nos hacía falta bien poco para discutir.
—¿Te gustaría? «Te conozco solo de hace unos días, pero te propongo matrimonio porque el lugar es increíble y muy romántico». Un poco rarito, ¿no te parece? A más de una le haría salir corriendo.
—Bueno, hay quienes se casan después de veinte años de novios y al poco se separan, eso nunca se sabe. Hay locuras que salen bien y personas que están destinadas a estar juntas.
—Y esos sois Héctor y tú, ¿no? —expresó su duda alzando las cejas y pegó un pequeño bufido.
—Y ¿por qué no? —La conversación era absurda. Yo no me pensaba casar con nadie, pero encontraba un extraño placer en molestar a Álex.
—Yo ya os imagino juntos; con la casa, el perro y toda la parafernalia.
—Había cogido una camisa y se la estaba abotonando.
Se dejó los botones de arriba sin abrochar, tenía el cuello subido y me pregunté si se pensaba dejar ese estilo de chulo de playa encantado de conocerse o es que aún no había terminado de arreglarse.
—Ya sabes que me encantan los perros, y Héctor también me encanta, la verdad.
—Hay que reconocer que es guapo… si te gusta la belleza tradicional. Seguro que de pequeño era el típico angelito en la función de Navidad del colegio.
—Seguro, es que es guapísimo. Eso es una realidad indiscutible.
Estaba molestando a Álex con mis respuestas, pero no podía evitarlo. Era un engreído y tenía que tomar de su propia medicina.
Se había sentado para ponerse los pantalones y me pregunté por qué seguía ahí hablando con él en lugar de haber salido por la puerta en cuanto había terminado de arreglarme.
—A mí tampoco me parece para tanto. Los demonios tienen más morbo, ¿no te parece?
—Los demonios hay que mantenerlos alejados, solo traen problemas. Lo sé porque he tenido uno al lado durante años. A otro caradura como tú. —Álex fingió indignarse.
—Pero son más excitantes… —Agarró un peine, se miró en el espejo de la habitación y me pareció ver reflejado hasta el tridente y la cola.
Era un verdadero diablo. Tenía un rollo muy distinto al de Héctor, pero, para mi desgracia, me parecía incluso más atractivo.
Aunque eso no lo pensaba admitir ante él.
—Prefiero una vida menos excitante, pero más tranquila y feliz. —Prefiero a Héctor. Ese era el mensaje que le estaba trasladando. Esperaba que lo pillase.
—Pues él seguro que te aporta una vida tranquila, de eso no hay duda. La pena es que te aburra un poco. —¿Por qué parecía hipnotizada siguiendo el movimiento del peine en la cabeza de Álex? Y, sobre todo, ¿por qué seguía ahí plantada, mirándolo sin disimulo?
—¿Por qué dices eso? Qué tontería, estás muy equivocado. —Ahora sí hice ademán de marcharme, pero Álex se colocó justo delante y me lo impidió.
—Es demasiado buen tío.
—Nunca se es demasiado buen tío. Eso es una estupidez.
—Me refiero a que yo te imagino viviendo aventuras. Con alguien que te vuelva loca, que te haga vibrar y sentir al máximo, y que consiga que cada día sea una jodida locura. —Pronunció cada palabra con pasión y sin quitarme los ojos de encima.
—¿Y quién es ese alguien? ¿Tú?
—¿Por qué no? ¿Tan horrible sería? —No me había dado cuenta de lo cerca que estábamos hasta que sentí los labios de Álex junto a mi oreja.
Debía evitar seguir hablando con él, porque podíamos estar discutiendo sobre el tiempo y al instante siguiente se creaba una atmósfera irrespirable entre nosotros. Una tensión no resuelta bastante palpable. Nunca estaba preparada para ello y sentía la necesidad imperiosa de huir.
—Bueno, me marcho. Si no te veo, disfruta de la cena del capitán.
—Tranquila, me verás.
Lo dejé sonriendo frente a la puerta y me marché a buscar a Héctor. No pude evitar fijarme en lo atractivo nivel Dios que estaba con el traje. Una puta fantasía. Aunque me jodiese reconocerlo.
Y esa noche lo vi, vaya sí lo vi.