Capítulo 26
—¿Te vas a poner ese vestido? —Álex lo miró de arriba abajo.
—¿Tampoco te parece bien? Fuiste tú el que me dijo que lo reservase para la cena de hoy. No sé por qué tengo que darte explicaciones. Esto de compartir habitación es una pesadilla, me resulta agotador. —Miré hacia el techo y resoplé. Ese chico me exasperaba.
—Te lo decía porque no voy a poder mirar otra cosa esta noche.
No voy a despegar mis ojos de ti como te pongas ese vestido y solo voy a pensar en cómo sería quitártelo, poco a poco, con mis manos recorriendo todo tu cuerpo…
—¡¡¡Toma ya!!! ¿¿¿Qué cojones se contesta a eso?
?? Y lo peor no era lo que decía, lo peor era cómo lo decía, con la voz más sexy del planeta—.
Movería cada tirante hacia un lado de tus hombros y lo acompañaría mientras bajase por tu cuerpo y, cuando uno de tus hombros quedase al aire, lo lamería…
—¡Para! —No quise que siguiese con lo que fuese que estaba haciendo.
Me estaba alterando demasiado y no me parecía una conversación adecuada para dos adultos que no tienen ninguna relación ni romántica, ni sexual, ni de ningún tipo y, además, se niegan a tenerla, o, al menos, uno de ellos; vamos, yo.
Con su discurso de gigoló de playa estaba consiguiendo que no pensase y me dejase llevar por sus palabras, y eso no me iba a traer nada bueno.
—¿Cómo que «para»? —sonrió.
—Que pares de hacer eso. De decir esas cosas.
—¿Por qué tengo que parar? Me sale decírtelas. ¿No quieres que sea yo mismo?
—No, no quiero que seas tú mismo. No sé de dónde te has sacado eso. Quiero que seas cualquier otra persona. Al menos durante los días que tengamos que compartir habitación.
—¿Quieres que sea como Héctor? ¿Un tipo golden retriever que te llene de lametones?
No le contesté. Ojalá se pareciese un poquito más a Héctor.
Lo pensé, pero no se lo dije. Entré en el cuarto de baño pegando un portazo, me desnudé, abrí el chorro de la ducha y me metí debajo intentando que las palabras de Álex me resbalasen de la misma forma que lo hacía el agua.
Poco a poco, me sentí muy tranquila y muy a gusto, adoraba estar en contacto con el agua caliente y empecé a tararear Si antes te hubiera conocido , de Karol G.
No era una canción que me encantase, pero me resultaba muy pegadiza.
Me la puse en el móvil y traté de relajarme y de disfrutar de mi momento.
Al poco, empecé a escuchar el estribillo cantado con un tono de voz agudo y desagradable que me sacó totalmente del ambiente y me obligó a mirar hacia el lugar de donde provenía la voz.
Casi me muero al comprobar que Álex estaba dentro del cuarto de baño, cantando fatal y poniendo pasta de dientes en su cepillo.
No llevaba camiseta y se movía al ritmo de la música.
Las últimas frases casi no se entendían bien porque estaba cantando a la vez que se cepillaba los dientes.
Yo reparé en ese momento en que estaba totalmente desnuda y la mampara de la ducha era transparente.
Él se miraba en el espejo del lavabo y mi reflejo se veía detrás.
Pegué un grito y él dio un pequeño saltito que me habría resultado cómico si no hubiese estado tan enfadada.
La situación era surrealista, la letra de la canción en su boca resultaba ridícula y, por más que él pareciese entusiasmado con la canción y con su absurdo baile, tuve que chillarle:
—¿Qué estás haciendo aquí dentro? —Seguro que me oyeron en las habitaciones de alrededor. Mientras le dedicaba una miraba de odio intenso, salí de la ducha y cogí la toalla que había dejado apoyada en el inodoro para taparme, porque seguía en pelota picada.
Lo hice con prisa, pero con cuidado porque tenía miedo de resbalarme, caerme y quedarme espatarrada con todo el tema al aire delante del tipejo ese, ah, y de romperme el coxis, que ya sería lo que me faltaba para acabar de liarla bien liada.
—Joder, qué susto. ¡Estás como una cabra! ¿A ti qué te parece que hago? A ver, di una cosa así al azar. Te daré una pista: tiene que ver con lavar y con dientes.
Le lancé la pastilla de jabón. ¿Por qué lo hice?
Pues ni idea, pero lo hice. Supongo que me sacaba de quicio, me estaba vacilando.
Después de meterse en el baño mientras yo me duchaba, me hablaba como un listillo, como si fuese tan normal entrar a lavarse los dientes, la cara o el culo mientras otra persona, que encima es una mujer con la que no estás teniendo muy buen rollo, estaba dentro, desnuda y desprevenida.
Rectifico, el culo habría sido peor, pero era capaz de hacerlo, ese tipo no tenía vergüenza ni la conocía.
La situación era extraña y reaccioné de forma extraña.
Le lancé cosas. Bueno, cosas no. Solo el jabón.
Al final iba a tener razón el tocapelotas y estaba un poco loca. Bueno, él me volvía así.
—No te he dado. —Me excusé rápidamente, porque Álex me miraba como si estuviese a punto de ponerme una denuncia por mi agresividad descontrolada.
—Pues menos mal. ¿Te parece normal lanzarme la pastilla de jabón? Es muy dura.
—Bueno, tampoco seas exagerado. No he lanzado a darte, la he tirado adrede a un lado.
—Mentira cochina. Había lanzado a golpearle, pero tengo una puntería horrible.
También es verdad que la pastilla era pequeñita.
El tipejo quería dar a entender que le había tirado un ladrillo, y para nada.
Si le llego a dar igual ni se entera, ¡qué manera de exagerar!
Pero tenía que reconocer que era la primera vez en la vida que alguien me alteraba tanto.
Yo nunca le había lanzado nada a nadie y me sentía un poco culpable. No había estado bien.
—Lo siento —dije con la boca pequeña y mirando hacia abajo—. Es que haces cosas que no son normales.
—Como lavarse los dientes…
Respiré profundamente tres veces. Lo necesitaba.
—¿Por qué has entrado sin avisar si sabías que me estaba duchando?
—le hablé con el tono con el que una profesora de infantil trataría a un alumno que no entiende algo, a pesar de que se lo ha explicado montones de veces.
Con paciencia, haciendo un ejercicio de empatía.
Ella no quiere enfadarse, quiere entenderlo, pero no lo consigue. Así estaba yo.
—¿Quieres que te diga la razón? De verdad me gustaría que me comprendas… —Álex se puso tan formal y parecía tan afectado que captó totalmente mi atención.
—Claro. —Por su forma de dirigirse a mí, serio y sin sonrisitas vacilonas, pensé que de verdad podía existir una razón para su absurdo comportamiento. Pero, entonces, volvió a abrir la boca.
—Es que quería verte desnuda. Ya está, ya lo he dicho.
—Ahora me habría gustado tener un ladrillo de verdad—.
Es la realidad, morritos, no te quiero engañar.
Tengo unas ganas inmensas de verte completamente desnuda.
Y también me preocupa mi higiene bucal, como es lógico.
A nadie le gusta un chico con los dientes sucios…
¿Qué se contesta a eso? Si alguien lo sabe, que me lo diga. ¿La gente hace lo que le da la gana y lo que le apetece en cada momento? Al parecer, él sí.
—Me voy a marchar porque estoy muy enfadada. Así no podemos seguir. Voy a volver a suplicar que nos consigan otra habitación. Quiero separarme de ti cuanto antes.
—No, espera, Paula. Lo siento. —Álex me agarró del brazo y me zafé de él con un movimiento brusco.
Sonaba arrepentido, pero ese tío era mejor actor que Brad Pitt, no me tragaba sus actuaciones teatrales, así que no bajé la guardia—.
No sé por qué he actuado así, quería hacerme el gracioso.
Me he pasado de listo, ya lo sé. Es una falta de respeto lo que he hecho y lo siento un montón.
¿Me perdonas? Venga, te prometo que me voy a portar bien.
Igual, si no hubiese sonreído y a mí no me hubiese transmitido su sonrisa que era un cabronazo, hasta habría podido creerle.
—Que te den.
Me dirigí hacia la puerta del baño, pero él se plantó delante.
—¿Cenas conmigo?
—¿Me estás hablando en serio? Por supuesto que no. No quiero cenar contigo, hablar contigo ni dormir en la misma habitación que tú. Lo último no puedo evitarlo, pero todo lo demás te aseguro que sí.
Estaba a punto de salir por la puerta cuando volvió a hablar:
—A veces hago chorradas. Como lo de entrar en el baño. Soy idiota, no lo puedo evitar. Y me suele pasar que, cuanto más me gusta una chica, más tonterías hago. —Puso cara de niño bueno y me dio rabia no ser capaz de saber si hablaba en serio o estaba actuando.
—Pues yo te debo de gustar muchísimo.
—No te haces una idea de cuánto. —Y otra vez me dedicaba esa puñetera mirada de tío bueno que sabe que está muy bueno.
Su contestación y sus miradas me dejaron fuera de combate.
Allí estaba yo, plantada con la toalla mal puesta cubriéndome el cuerpo y el pelo suelto, chorreando por los hombros, mientras Álex se aproximaba cada vez más a mí y yo no era capaz de decir nada.
Una sonrisa tímida y traviesa asomaba a sus labios.
Ese no se portaba bien ni cuando dormía.
Cuando estuvo plantado delante de mí, agarró con un par de dedos mi toalla e hizo ademán de separarla de mi cuerpo.
La apreté contra mí todo lo fuerte que pude. Ahora sí que se rio.
—¿Sabes que eres insoportable? —Aunque intenté que mi voz sonara enfadada, no lo conseguí en absoluto. Me apetecía acercarme a él y besarlo, pero, en lugar de eso, di un paso hacia atrás para alejarme.
—Me lo dicen mucho. —Él dio uno hacia adelante.
—No me gustas nada, que lo sepas, y esto podría considerarse acoso. —Volví a alejarme. Otra vez mi voz parecía estar insinuando lo contrario de lo que transmitían mis palabras.
—¿Eso es verdad? ¿No te gusto ni un poquito? —Él tampoco se lo creía, porque hizo sus preguntas con una sonrisa dibujada en la cara. Debía de notar la humedad que había en el ambiente. Y no me estoy refiriendo solo al vaho que impedía que a ninguno de los dos se nos viese reflejados en el espejo.
Avanzó un paso hacia delante de nuevo y volvió a colocar su mano sobre mi toalla, esta vez un poco más arriba.
Se me endurecieron los pezones. Fue una reacción involuntaria, totalmente traicionera.
Se acercó tanto que nuestros cuerpos quedaron pegados y, cuando fijó sus ojos en mis hombros y empezó a acercarse a mí como si fuese a comérselos, empecé a sentir un calor asfixiante en el baño.
Con la excitación que sentía, por un instante me vi capaz de dejar que todo pasara.
—No pienses, déjate llevar. —Esas palabras que dijo desactivaron el embrujo que tenía sobre mí en ese momento.
Recordé que tenía que hacer justo lo contrario, tenía que pensar.
Dejarme llevar con él era lo último que quería, así que di un paso hacia atrás.
Volver a pasarlo mal por un tío cuando aún no me había recuperado de lo de Darío era la peor de las ideas y ese chico, con su sonrisa sexy y su mirada de sinvergüenza, era la personificación de una mala idea.