Capítulo 25
Descubrí cosas interesantes ese día, como que Blanca no había sabido lo que era tener un orgasmo hasta el año anterior, que Tania había hecho un trío con dos tíos en una fiesta y que Héctor había perdido la virginidad a los diecinueve.
Las preguntas que me hicieron a mí, irremediablemente, me llevaron a pensar en Darío, porque casi todas mis escenas picantes habían sido con él.
Les conté que al argentino le gustaba que, a veces, interpretásemos papeles, como que yo era la dueña de una tienda de ropa y él mi cliente vip y me di cuenta del nivel de alcohol en sangre que debía de llevar en el cuerpo para estar hablando de esas cosas con ellos de una forma tan natural.
—Parece que esta entrepierna requerirá de un pantalón XL. Estos bajos no caben en ningún sitio. Le tengo que reconocer que es usted un señor muy cualificado. —Tania fingió que medía algo, un pene para ser exactos, y a todos nos entró la risa—. ¿Era más o menos así? —me preguntó.
—Bueno, no del todo. Es que Darío era muy teatrero, digamos que el peso de la conversación lo llevaba él. Se inventaba un montón de cosas. Al principio, me daba vergüenza, pero luego me fui soltando. La verdad es que tenía su morbo…
—Eso es una pasada, que las parejas tengan confianza y se diviertan juntos.
—Blanca dijo esto y todos estuvieron de acuerdo.
Yo casi le contesto que, en realidad, Darío parecía pasárselo mejor con otra que debía de ser mejor actriz que yo, pero delante de Héctor no quería quedar como una resentida que aún no había superado los cuernos, aunque era así.
—¿Cuál es vuestro jueguecito sexual preferido? —nos preguntó Tania.
—Joder, y yo paseándome por las playas cuando está claro que las cosas interesantes están pasando aquí. —Cuando escuché la voz de Álex y me percaté de que estaba plantado justo detrás de Tania, me quise morir—. Venga, contadme, que yo también lo quiero saber.
A las chicas no pareció molestarles que Álex se sentase junto a nosotros y pusiese esa cara de listillo que detestaba, a Héctor le cambió la expresión a una mucho más seria y mosqueada y yo solo podía rezar por que el tocapelotas no hubiese escuchado lo de mis interpretaciones sexuales con Darío.
Era lo que más me preocupaba en ese momento.
—Yo voy a nadar un poco. —Héctor no disimulaba en absoluto lo poco que le apetecía compartir su tiempo con Álex.
—Me dejas solo con tres mujeres bonitas. Gracias, tío. Es todo un detalle.
Héctor no le contestó, metió la cabeza debajo del agua y se puso a dar brazadas como si fuese un nadador olímpico, seguramente para no mandarlo a un sitio feo donde huele mal.
A mí me dio tanta rabia su chulería que me giré y me fui detrás de mi rubio favorito.
Yo no era muy fan de zambullirme, así que traté de seguirlo nadando como pude, y eso resultó ser a ritmo de tortuga, porque no quería mojarme el pelo.
Cuando me quise dar cuenta, Héctor estaba en la otra punta de la piscina y tenía a Álex pegado a mí. ¡Qué mal me salía todo!
—Estaba preocupado por ti. —Me cogió del brazo y me solté al instante. Lo fulminé con la mirada, ¿qué decía ese ahora?
—¿Y eso? ¿Seguías preocupado por si no había encontrado mis bañadores y estaba por ahí enseñando el culo en tanga?
—Bueno, ese es un tema que también me preocupa, no te voy a engañar, pero, sobre todo, no he pegado ojo porque no has venido a dormir a la habitación.
—Puso una cara de preocupación totalmente fingida.
Había dormido a las mil maravillas, de eso estaba segura.
Lo que tenía era un morro impresionante.
—Oye, tú, ¡ni que fueras mi madre! A ti no tengo por qué darte explicaciones.
—Bueno, no soy tu madre, pero si no vas a venir a dormir a nuestra habitación, por lo menos avísame, ¿no? Creía que te habías caído por la borda o te había comido un cocodrilo. —Sonrió al decir esas tonterías porque era imbécil.
—Eres supergracioso.
—Ahora hablando en serio. Al menos, habrás usado protección.
—¿Perdona? —No me podía creer lo que estaba insinuando.
—¿No has jugado a la dependienta y el jefe macizorro con el bombero esta noche? —Casi me muero cuando dijo esto. Literal que casi muero. Lo había oído. Había escuchado conversaciones ajenas como la rata maloliente que era.
—Bueno, y si lo he hecho ¿qué pasa? Héctor es el tío más increíble de este barco. Sería una idiota si no me diese cuenta. Y ya somos todos mayorcitos para acostarnos con quien nos dé la gana. ¿No crees?
Por primera vez desde que lo conocía dejé al tocapelotas sin palabras, o igual es que me fui tan rápido después de mi estocada final que no le dio tiempo a contestarme.
Lo vi salir del agua y sentarse junto a Tania en una tumbona.
Le pidió que le echase crema y ella se la extendió por toda la espalda.
Yo me reuní con Héctor y hablamos un buen rato más.
Estaba muy a gusto con él, pero me molestaba que Álex estuviese por ahí observando, me ponía nerviosa.
Cuando era casi la hora de cenar, recogimos las cosas de la piscina y Héctor me acompañó a la habitación.
—Ha sido un día increíble. Me lo he pasado genial contigo, Paula. —Estaba recostado sobre el marco de la puerta, el pelo le caía sobre la cara y se lo aparté con delicadeza.
—Yo también, de verdad. —Y fui cien por cien sincera. Me encantaba pasar tiempo con él.
—¿Repetimos mañana?
—Mañana no hay fiesta en la piscina. No he visto que haya programado nada interesante en el barco.
—No, pero el barco para en Miconos. Si quieres podemos visitar la isla juntos.
La oferta era tentadora. Lo pasaríamos genial y me mantendría alejada de Álex.
—Me parece un plan estupendo.
Héctor sonrió y se fue acercando poco a poco a mí. Después, me dio un beso cálido y dulce que deseé que se alargase un poco más en el tiempo.
—Te veo esta noche. Seguro que estarás preciosa.
Me quedé pensando. Cierto.
—¡La cena del capitán! Claro, nos vemos esta noche.
Héctor se alejó por el pasillo y lo acompañé con la mirada. Era el chico perfecto. Me toqué los labios, aún calientes después del contacto con los suyos, y solté un suspiro.
Después, me metí corriendo en la habitación y recé para que Álex volviese tarde, cuando yo ya no estuviese allí.
Pero aún estaba cogiendo la ropa que me iba a poner —el vestido arreglado que había terminado reservando para esa noche—, cuando él entró y se marchó toda mi tranquilidad.
Desbarató todos mis planes y me hizo empezar la noche alterada, muy alterada.