Amor por la borda Capítulo 23
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Capítulo 23

Me desperté en una habitación extraña y entré en pánico.

Había una melena de mujer por toda la almohada y tenía casi pegado a la cara ese pelo que, por cierto, olía genial.

Recordé enseguida que estaba en la habitación de Tania, y que era su melena perfumada la que lo invadía todo.

No podía quejarme, allí la intrusa era yo.

Lo normal hubiese sido dormir en mi habitación, no en la cama de una chica muy maja, pero que apenas conocía.

Pero mi vida era complicada. Yo no tenía habitación propia, tenía una que compartía con un tío al que había dejado plantado sin darle ninguna explicación y con un calentón del quince.

No había visto apropiado volver a mi habitación a dormir con él.

La suerte había querido que, en mi huida hacia adelante, hubiese coincidido con Tania, y me hubiese ofrecido la posibilidad de dormir con ella, ya que su cita, al final, no había prosperado, y, en cambio, la de Blanca con el informático de los calcetines extraños, sí. Nunca lo habría imaginado.

Mi amiga había decidido acogerme después de que yo le contase que Álex era un absoluto peligro para mi bienestar emocional y que había estado a punto de hacer cosas con él de las que seguro al día siguiente estaría muy arrepentida.

—Al final sí que te gustaba. —Tania, que acababa de abrir los ojos, me dijo esto después de revolverme el pelo y sonreírme—. Si es que está muy bueno.

No supe qué contestarle. Recordar que había acabado pillándome por el idiota del que había dicho que era lo peorcito de ese mundo no era una gran forma de empezar la mañana.

—No tanto como para hacer una tontería.

—Te han faltado un par de chupitos y habrías caído segurísimo, baby .

—Tania salió de la cama y con ella sus dos melones tan bien puestos.

Su culo se bamboleó por la habitación sin disimulo, porque el tanga que llevaba era minúsculo, y me quedé alucinada mirándola.

Cuando repartieron el pudor, había gente que no estaba presente.

Tania, una de ellas. La admiraba. Yo debía de estar en primera fila el día del reparto y me había tocado su ración, la mía y la de mi vecina de enfrente, cuyo chochete depilado ya había visto más de una vez por la ventana.

¡Qué cabrona!, ¡cómo lucía sus curvas! Me pareció estupendo.

Yo dormía con la ropa de la noche anterior y estaba fea de cojones, con el maquillaje corrido en plan mapache chungo.

Ella, sin embargo, estaba estupenda con un moño alto y la cara lavada.

Me metí en el baño. Tenía que hacer magia y conseguir, al menos, estar presentable.

Una tarea que, así a priori , parecía complicada, y eso que solo tenía veintiséis años, ¿qué me depararía a los cuarenta?

Lo de olvidarme siempre de desmaquillarme me estaba pasando factura.

No quise pensar en ello. Total, si seguía con ese gusto pésimo para los hombres, seguramente acabaría sola.

¿Qué importaba sola y arrugada que sola sin arrugar?

No me pude maquillar o, más bien, decidí no hacerlo.

—¡La pool party nos espera! —Tania estaba emocionada. Hoy había una fiesta en la piscina y habíamos decidido no bajar del barco. Esperaba que, ya que se podía salir de excursión a visitar una playa, Álex sí bajase hoy, porque tenía cero ganas de encontrármelo.

Me quedé mirando a Tania, alucinada. Se había colocado un bikini que podría ser perfectamente talla infantil - seis años.

¿Lo habría comprado en la zona de niños?

El estampado no era muy infantil, pero es que no tenía tela.

Mis bikinis estaban en la habitación, aunque Álex no los hubiese encontrado, pero no tenía ninguna gana de ir a buscarlos, así que le pedí uno a Tania.

Como yo tenía bastante menos pecho que ella, no me quedaba tan pornográfico.

Pero, aun así, no era para nada mi estilo.

Demasiado provocativo. Cogí el único que no era tanga, sino braguita, pero era muy pequeña.

Tanía me dijo que se lo había traído por si le salía algún grano en el culo.

Madre mía, tenía plan b hasta para granos culeros.

Era una tía preparada para el éxito, no cabía duda.

Salimos de la habitación y me dio la sensación de que todos me miraban.

Y eso que me había puesto encima una camiseta de Tania, pero, como esta chica era la reina de la lycra , se me marcaba más el cuerpo que el paquete a los toreros.

Ella era mucho más voluminosa que yo, pero usaba tallas diminutas.

El pantalón tampoco ayudaba, debía de medir dos centímetros y yo lo estiraba hacia abajo sin ningún éxito.

Las mollitas de debajo de mi culete formaban un pliegue cuando andaba y quedaban a la vista de todos.

—Hola… —El poco entusiasmo de Héctor al encontrarnos de camino al restaurante para desayunar me hizo sentir un poco avergonzada.

Sin duda, había presenciado cómo la noche anterior Álex y yo nos pegábamos más el uno al otro que la camiseta de Tania a mis tetas en ese momento —aunque eso también lo estaba observando—, y por eso ya no lo había vuelto a ver.

Seguro que pensaba que era un poco ligerita por tontear a dos bandas.

No le podía culpar, era lo que estaba pasando.

Yo solo quería tontear con él y pegarme a su cuerpo de Thor.

No sé por qué hacía tanto el gilipollas cuando Álex rondaba a mi alrededor.

—¿Bajas a la excursión o te quedas en la piscina? —le preguntó Tania.

—Me quedo. ¿Y vosotras?

—También. Nos apetecía el plan de la pool party .

Yo iba a rectificarla y explicar que eso solo le apetecía a ella, que yo solo pretendía esconderme debajo de mis gafas de sol e intentar pasar desapercibida mientras me atormentaba por mi comportamiento asqueroso de la noche anterior.

Pero no dije nada porque no quería volver a sacar el tema delante de Héctor.

Tras el desayuno, acudimos los tres juntos a la piscina y, poco tiempo después, se nos unió Blanca, que lucía una cara de satisfacción plena por cositas que ella sabía y que nosotras nos podíamos imaginar.

El ambiente se había relajado entre los cuatro, porque Tania y Blanca brincaron de alegría al ver la piscina y a Héctor y a mí nos transmitieron su emoción.

Además, por suerte, no se veía a Álex por ningún lado.

—¿Has visto los flotadores? ¡Me pido el flamenco!

—Blanca se lanzó al agua y se apropió del hinchable más bonito.

Tania y yo le pedimos que nos guardase el que tenía forma de concha y el de cisne, aunque Tania solo lo quería para hacerse fotos de postureo, ella nunca se bañaba, y Blanca se tiró a por ellos como una loba.

La piscina estaba llena de globos, y fuera de ella habían montado unas mesas con cócteles y fruta variada.

Me hinché a hacer fotos y se las mandé a mi hermana.

Era imposible no estar feliz. La música sonaba y la gente bailaba y reía.

Las actividades de ese barco eran tan chulas que casi no apetecía bajar de él, aunque yo no me quería perder la visita a Miconos y Santorini, así que al menos esos días bajaría, hiciesen lo que hiciesen en el barco.

—¿Te traigo algo de beber? —Héctor se me acercó, estaba mojado porque acababa de salir de la piscina.

—Si me traes una caipiriña te lo agradecería un montón.

Él asintió y se fue hacia la mesa de bebidas. Aún lo notaba algo tenso y yo quería volver a estar normal con él, era un chico supermajo. Cuando volvió con las bebidas, me senté en la tumbona y lo invité a sentarse a mi lado. No parecía muy emocionado con la idea, pero lo hizo.

—¿Estás enfadado? —se lo pregunté sin rodeos, porque no me apetecía estar todo el día así con él.

—No puedo estarlo, ¿no?, ¿con qué derecho? No eres mi novia ni nada por el estilo. —No me miraba a la cara y se puso un poco rojo al contestarme. Me dieron ganas de abrazarlo, pero no sabía cómo le iba a sentar.

—Ya, pero es normal que estés molesto. Si anoche te fuiste y a la vuelta me viste con Álex… —No sabía ni cómo acabar la frase—. No pasó nada entre nosotros.

—No me tienes que dar explicaciones.

—Ya, pero quiero dártelas, porque es la verdad. No me conviene un chico así. No quiero tener ningún tipo de relación con él —se lo dije en serio, aunque, claro, una cosa era lo que yo decía y otra, lo que demostraba con mis actos.

—Sinceramente, Paula, me pareces una chica increíble.

Eres preciosa y majísima, y me encanta pasar tiempo contigo.

Hacía tiempo que tenía ganas de conocer a alguien como tú.

Pero no quiero complicarme la vida. Si te gusta Álex me parece estupendo, pero dímelo, por favor.

No quiero hacer el tonto. —Héctor dijo esto con determinación y, si siempre lo había visto como un chico atractivo, ahora lo estaba viendo como un jodido dios griego. ¡Qué seguridad! ¡Qué ideas más claras!

—No me gusta Álex, de verdad. —Y en ese momento decidí que así iba a ser. La tontería del moreno ya había durado demasiado. Lo abracé y me sentí en paz. Y pasé con él uno de los días más increíbles de mi vida.