Capítulo 22
El barco era una fantasía. Escribí a mi hermana y le dije lo mucho que me gustaba ese viaje.
Le di las gracias mil veces por regalármelo.
Carlota debía de pensar que mi montaña rusa emocional necesitaba una revisión urgente cuando regresase, pero volvía a estar contenta.
Y ¿por qué? Porque Héctor y yo habíamos terminado de cenar, habíamos escuchado música en la piscina y comprobado que había una jodida fiesta de la espuma esperándonos.
El tema era que un cañón disparaba espuma y la gente saltaba y reía.
Todos estaban disfrutando muchísimo y me contagié del ambiente.
—No llevamos puesto el bañador.
—Tampoco es que eso sea algo indispensable. —Héctor me señaló un par de razones que mostraban que no hacía falta el bañador en esa fiesta. La dueña de esas razones había tapado sus pezones con espuma pensando que con eso ya demostraba suficiente recato.
—Si quieres te ponemos espuma allí abajo.
Es el dress code de esta noche —le dije a Héctor al oído, porque había mucho ruido.
Me sorprendí a mí misma haciendo bromas que incluían las partes bajas de mi nuevo amigo.
Él siempre había sido muy respetuoso conmigo, y pensé que igual mi broma le podría parecer fuera de lugar.
Pero sonrió. Además de ser un tío correcto y educado, también tenía un lado pícaro, y eso me gustó.
Me cogió de la mano y me animó a bailar con él.
Mi vestido vaporoso se me había quedado pegado al cuerpo y me sentía un poco expuesta, básicamente, porque se me transparentaba todo.
Pero no conocía a casi nadie allí y no sé por qué con Héctor no sentía casi vergüenza.
Me atrajo hacia él y no me aparté. Nuestros cuerpos se movieron al ritmo de la música, juntamos nuestras frentes y sus manos empezaron a resbalar por mi espalda.
Me estremecí un poco. Notaba el calor de su cuerpo y me fui arrimando cada vez más a él.
Su ropa también estaba pegada a su anatomía y dejaba poco a la imaginación.
Me pareció muy atractivo. Además, sabía moverse.
¿Había algo que se le diese mal a ese chico?
Descubrí que sí, que había algo. Ahuyentar a los vampiros tocapelotas, porque, ahí, bailando y pegando saltos de una forma bastante exagerada, estaba Álex, con la camarera, casi a nuestro lado.
Llevaba puesto un bañador y unas chanclas y algo hecho un gurruño en la mano.
Se acercó a mí y me lo tendió. Cuando me di cuenta de que era un tanga mío, casi me da algo.
Esta vez era el de color rojo. Su aparición, mostrando mi ropa interior a todos los allí presentes, me cortó todo el rollo y, en un segundo, consiguió que la atmósfera tan íntima que se había formado entre Héctor y yo se evaporase por completo.
—¿Dónde tienes los bañadores? No he encontrado ninguno. He cogido esto, no sé si te servirá. Yo creo que te puede quedar bien. —Sonrió y quise matarlo, allí mismo, acabar con su vida.
—¿A ti quién te ha dado permiso para tocar mis cosas? —Que Héctor estuviese allí también, observando mi tanga rojo, hizo que me ardiesen las mejillas.
—Calma, eh. No nos pongamos nerviosos. —Se le cayó el tanga al suelo y casi lo pisa.
Lo recogió y trató de explicarse—. Ya que subía a la habitación a por mi bañador, pensé que a ti también te vendría bien el tuyo.
Encima de que tengo el detalle de acordarme de ti…
Pero no lo he encontrado, y mira que he buscado… ¿Dónde lo tenías?
—¿Has hurgado entre mis cosas? Te lo estoy preguntando muy en serio.
—Me estaba empezando a poner muy nerviosa.
Álex quería avergonzarme delante de Héctor enseñando el tanga para dejarme en evidencia, lo tenía clarísimo.
No me tragaba eso de que había pensado en mí y me había querido traer el bañador. Era una artimaña de las suyas.
Héctor lo miraba con mala cara. Nos había interrumpido y nos estaba molestando, pero el rubio era demasiado educado para invitarlo a irse.
—No lo digas así, morritos. No es que haya olido tus bragas como un pervertido o algo peor.
Te prometo, y te lo digo con la mano en el corazón —hizo el gesto porque era un teatrero—, que solo he buscado en tus cajones para ver si encontraba un bikini y tener el detalle de acercártelo.
Pero ahí va un spoiler : no lo he encontrado.
Álex parecía hablar en serio, pero estaba actuando. Segurísimo.
En medio de esa conversación, reparé en que él aún tenía mi tanga en la mano, así que se lo arranqué de un tirón.
Pegué un bufido y me volví a acercar a Héctor.
Le cogí la cabeza para que se centrase en mirarme y en ignorar a Álex, y continuamos bailando.
Pero mi pesadilla particular no paraba de molestar; se chocaba con nosotros, colocaba su espalda contra la mía y me rozaba las manos.
Cada dos por tres notaba sus dedos tocando los míos, y eso me hacía reparar en lo cerca que estaba.
También sentía su culo pegado a mi cuerpo y eso estaba consiguiendo distraerme.
En ese momento, era yo la que no tenía la atención puesta en Héctor, y me daba mucha rabia.
Cuando Álex estaba cerca, desbarataba todos mis planes.
Él bailaba con más gente, pero solo me miraba a mí.
Y lo hacía de una forma que me desarmaba por completo, con una mezcla de atrevimiento y magnetismo que me resultaba difícil ignorar.
Quise hacerlo, lo intenté con todas mis fuerzas, pero había algo en él que me atraía sin remedio.
Dejé de tener el control sobre mi vista, que parecía emperrada en perpetuar ese juego de miradas con Álex durante toda la noche.
Consiguió que se me olvidase que ese tipo insufrible había tocado mis cosas, que se había paseado por ahí con mi tanga en la mano, que era molesto de narices, que me había obligado a dormir en la cama supletoria, que era un pesado, un cansino y que lo odiaba por ello.
Lo debía odiar por ello. Pero se me había olvidado.
—Voy a por una copa. Vuelvo enseguida —me dijo Héctor, agobiado ante el hecho de tener a Álex rondando alrededor y a mí distraída observando cómo se movía.
No me extrañó lo más mínimo que necesitase alejarse. Yo misma tenía que tratar de poner distancia con el moreno o no estaba segura de lo que iba a pasar. O sí, y eso me daba aún más miedo. Cuando estaba a punto de salir detrás de Héctor, me agarró del brazo.
—Baila conmigo.
Me giré buscando a Sandra, pero no la vi por ningún lado.
—¿Y qué pasa con tu amiga la camarera?
—Ni idea. Creo que se ha marchado cuando has empezado a toquetearme las manos. —Sonrió. Ahí estaba de nuevo, molestándome, provocándome…
—Sabes que, de nuevo, eso ha sido justo al revés. ¿No deberías ir a buscarla?
—La verdad es que no, porque no es ella la que me interesa en este momento.
—Álex dijo esto mirándome fijamente. Primero se concentró en mis labios, como si fuese capaz de lamerlos con los ojos si se esforzaba mucho y, después, bajó la mirada hacia el resto de mi cuerpo, que se veía con claridad a través de la ropa pegada a mi piel.
Me tapé como pude. Me ponía nerviosa que me escanease de esa forma. ¿De qué iba? Y, ¿por qué tenía la capacidad de que me apeteciese desnudarme allí mismo, desnudarlo a él también y que nuestros cuerpos se fundiesen en uno solo? Ese chico se iba a convertir en mi perdición.
—Baila conmigo —repitió, y en esta ocasión me acercó a él sin darme tiempo a reaccionar.
No despegaba sus ojos de mi cuerpo y empecé a ponerme muy nerviosa.
Quería separarme de él, pero no podía. Me atraía como un imán.
No quería que Héctor volviese y nos viese así de juntos, sin despegar los ojos el uno del otro, pero era incapaz de alejarme de Álex.
Me gustaba más el vampiro caradura y tocapelotas de lo que yo misma me atrevía a reconocer.
—Anda, para. No sigas —se lo dije con la boca tan pequeña que ni yo misma me lo creí.
Se acercó aún más a mí, si es que eso era posible. Estábamos a punto de fundirnos en uno solo. No solo por lo cerca que estábamos, también por lo calientes.
—Eres tan sexy —dijo esto con todo su deseo concentrado en esa frase. Me sentí la mujer más atractiva del mundo. Hacía mucho tiempo que nadie me hacía sentir tan deseada. Quizá nunca. Seguramente jamás. Me sentó demasiado bien.
Rocé sus labios con los míos y respiré muy cerca de él. Estábamos rodeados de gente que no paraba de saltar a nuestro alrededor y, sin embargo, para mí, en ese momento, estábamos solos.
Me pareció ver a Héctor a lo lejos, que se alejaba de nosotros.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué no reaccionaba y me iba con él?
Debía moverme, ir a buscarlo, pero mi cuerpo no parecía estar por la labor en absoluto.
Más bien estaba feliz de estar frotándose contra el cuerpo o, para ser realistas, el cuerpazo del caradura de Álex.
Paseé mis manos por su pecho, jugueteando con él.
Tenía los pectorales marcados. Estaba delgado, pero fuerte.
Él se abrazó a mí y yo envolví su espalda con mis brazos.
Estaba pegada a su cuello y acerqué mi boca a él.
Olía tan bien… Pronto, sentí sus manos paseando por la parte baja de mi espalda, hasta que llegaron a mi culo, y lo apretó con ganas.
Me acercó a él y pude notar su erección contra mí.
Me gustó sentirla, potente y caliente. Me acerqué a su boca y dejé que me besase.
Su lengua jugueteó en mi interior, primero con calma y después con mucha más intensidad.
A esas alturas, sus manos habían abarcado casi cualquier parte de mi cuerpo.
Me notaba húmeda y acalorada. Y también algo avergonzada, por si alguien estaba reparando en nuestro comportamiento poco decoroso.
Pero lo descarté enseguida, porque había muy poca luz y nadie parecía fijarse en nosotros.
Álex besaba genial y yo ya no podía pensar con claridad, aunque sabía que estar de esa guisa con el moreno era una mala idea.
En un rato me estaría tirando de los pelos por lo que había hecho con él esa noche.
Era insufrible, pero me tenía hechizada.
Permanecimos así mucho tiempo, rozándonos, bailando el uno para el otro, comiéndonos con la mirada y con lo que no es la mirada. Sabía cómo se podía complicar la noche en un momento, dos cuerpos excitados, una sola cama… Estaba claro lo que venía a continuación si no ponía freno.
Sin embargo, aunque estaba cerca, yo no era capaz de dejarme llevar del todo.
Igual porque Darío me había dejado hecha un trapo tras ponerme la cornamenta y mi instinto de protección no le quitaba ojo al caradura para evitar que volviese a machacar mi maltrecho corazoncito, que aún estaba curándose.
La realidad era que Álex me encantaba, pero no me fiaba de él.
Me daba miedo que tuviese la capacidad de hacer sentir a cualquiera lo que sentía yo en ese momento.
Y algo me decía que así era. Era un seductor nato, de esos que te ordenan: «Quítate las bragas y da tres vueltas sobre ti misma», y tú vas y lo haces.
Y me temía que las cosas que a mí me estaban volviendo un poco loca, esas que me hacían ignorar mi lado cuerdo, que no hacía más que gritar a pleno pulmón que me alejase de él, también estaban volviendo loca a la camarera o a cualquier chica, a la que se ponía espuma en los pezones, sin ir más lejos.
Y no es que yo no pudiese aprovechar la coyuntura, darle una alegría al cuerpo y a otra cosa, mariposa.
Igual podía pasar eso, pero también podía pasar que yo acabase como una idiota pillada por un tío que quería darle un meneo a su cuerpo serrano y poco más.
Y yo, en realidad, no era de esas. Tenía que poner orden, evitar que se me nublase el juicio cada vez que él se entretuviese mirando mi boca o cuando me rozase con cualquier pretexto.
Estaba convencida de que era el tipo de chico que a mí no me convenía.
En realidad, que no le convenía a nadie.
Pero no podía engañarme, me gustaba un montón.
Me gustaba tanto como me sacaba de mis casillas.
Y solo encontré una solución a esa situación: salir corriendo.
Huir, escapar, marcharme sin mirar atrás.
Me costó soltarme de los tentáculos del pulpo que me tenían agarrada de casi todas partes.
Lo miré a la cara y lo besé una última vez en la boca, un beso que, por su intensidad y nivel de salivación, casi podía considerarse un acto sexual.
Después, me giré y me fui. La cara de desconcierto que se le quedó a Álex fue un poema.
Pero era lo mejor para los dos. Bueno, si no para los dos, al menos para mí.