Amor por la borda Capítulo 21
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Capítulo 21

Pasear por Livorno con Héctor fue una gran experiencia.

Visitamos el casco antiguo, la Fortezza Nuova, que es conocida como la Nueva Venecia por los numerosos canales que bordean las calles, y nos gustó mucho.

No era Venecia, estaba claro, pero, como sucedáneo, no estaba mal.

No obstante, donde pasamos más tiempo paseando fue por el puerto de la ciudad.

Era enorme y una preciosidad, y tuvimos que acelerar el paso cuando vimos que el tiempo había volado y nuestro barco estaba a punto de zarpar.

Pasar tiempo con Héctor era una gozada. Era el tipo de chico detallista capaz de sorprenderte con unas flores que ha recogido y no te has dado cuenta ni dónde ni cuándo lo ha hecho.

Era gracioso y entusiasta, y nada complejo.

El tipo de chico que lo que dice es exactamente lo que interpretas.

Me gustaba esa simplicidad porque Darío no la tenía.

A veces me costaba entenderlo y acertar con él.

Por ejemplo, un viernes me decía que estaba cansado y que no le apetecía salir y, cuando me ponía el pijama y me echaba en plancha al sofá, se mosqueaba, porque según él ya no hacíamos nada divertido y se estaba perdiendo la chispa de la relación.

Imposible aclararse. Con lo difícil que me resultaba interpretarlo, cuando casi había superado el máster en relaciones íntimas con Darío, coge y se enrolla con Mónica.

Y la verdad es que eso, por mucho que hubiese avanzado en conocimiento sobre el argentino, no lo vi venir.

Me tranquilizó comprobar que Héctor no parecía así de complicado en absoluto.

Paseaba con su gesto relajado y sonriente, y daba la sensación de que nada conseguía perturbarlo.

Parecía un chico sano y sensible, que no tenía grandes secretos que ocultar.

Al menos, eso es lo que yo me imaginaba, y era imposible no fijarse en lo guapo y sexy que era.

Ya no me resultaba extraño imaginarme paseando de su mano, porque el momento íntimo que habíamos compartido me había gustado.

Héctor besaba muy bien y era perfecto, o, al menos, lo parecía.

Me alegró haberlo elegido para la cita, había resultado ser un chico muy interesante.

Echamos una carrera para llegar al barco y subimos riendo y jadeando por el esfuerzo.

Decidimos ir cada uno a nuestra habitación a cambiarnos y, en cuanto nos separamos, me encontré a Tania y a Blanca tomando una copa junto a la piscina.

Estaban en las tumbonas acompañadas por un par de chicos, pero, en cuanto me vieron, los dejaron solos y se acercaron corriendo a darme un abrazo.

—¿Cómo te ha ido la cita? Nosotras aún seguimos. —Las chicas miraron hacia sus acompañantes, que levantaron las copas y las animaron a volver con ellos.

—Mi cita ha ido genial. ¿Lo vuestro es algo así como una cita doble?

—Podría llamarse así. Pero te aseguro que la mía va a dejar de ser doble pronto. Tengo planes interesantes para esta noche, y adoro a Blanqui, pero no está invitada. Ni ella ni el friki que la acompaña.

—¡Oye! —se quejó Blanca—. No es friki.

—Lleva calcetines de Star Wars . Y ni siquiera son los dos iguales, uno es de un robot y el otro de otro distinto. No sé cómo se llaman porque yo no soy una rarita. Pero él está claro que sí.

—Solo son unos calcetines y él es informático, es normal que le gusten los robots, ¿no?

Me miró, esperando que yo esclareciese si esos calcetines eran de friki o estaban perfectamente justificados al llevarlos un informático, pero yo no tenía ni idea, así que me encogí de hombros.

—Pero cuenta, cuenta. ¿Qué tal tú? ¿A quién elegiste al final para la cita?

—Obvio que a Héctor. La elección estaba clara.

—Ya, seguro. Clarísima.

Tania y Blanca intercambiaron una mirada que me mosqueó. Como dando a entender algo. Y odiaba que insinuasen algo —que no era— sobre mí. Sabía por dónde iban, dejando caer que a mí me gustaba Álex. Ni hablar, a mí ese tipejo no me interesaba ni un pelo.

Se ve que lo invoqué y apareció de repente.

No estaba solo. La camarera del bufet permanecía muy cerca, casi pegada a él.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, una de las manos de Álex jugueteó —¿accidentalmente?

¡Ni de broma!— con la de la chica y a ella no pareció molestarle en absoluto.

Si lo estaba haciendo para fastidiarme por haber quedado con Héctor, lo único que conseguía era dejar claro lo inmaduro que era.

—Pero, bueno, ¿a quién tenemos aquí? A dos de mis chicas favoritas del barco y a mi simpática compañera de habitación.

Tania y Blanca sonrieron, yo no. La forma en que pronunció la palabra simpática, como si estuviese insinuando que era justo al contrario, consiguió molestarme. Unos segundos con él y ya tenía ganas de abofetearlo. Tenía una capacidad especial para hacerme enfadar, de eso no había duda.

—¿Conocéis a Sandra? Decidme que no tiene los ojos más bonitos que habéis visto nunca.

—Los ojos no sé cómo los tendría, porque pasaba de fijarme, pero la cara embobada no dejaba lugar a dudas.

Que aún hubiese mujeres que cayesen en las garras de un gallito de corral como Álex…

«Te falta mundo, bonita», me dieron ganas de gritarle, pero para qué, ella sabría…

—¿Dónde ibais?, ¿a cenar? —les preguntó Tania, y me alegré de que hubiese cambiado de tema. No quería que siguiésemos adulando a la nueva amiguita de Álex.

—Igual más tarde. Aún tenemos cosas que hacer. —El notas miró a Sandra y sonrió. ¿Qué pretendía insinuar? Que ni se le pasase por la cabeza ir a nuestra habitación a colgar calcetines para hacer guarradas—. ¿Y vosotras?

—Tomando algo con esos dos. —Blanca señaló a los dos chicos que ya debían estar hasta el gorro del plantón. Ya ni hablaban entre ellos. A Álex no pareció interesarle mucho.

—Y tú, ¿dónde has dejado al bombero?

—¿Perdona? —Se estaba dirigiendo a mí, pero no sabía de qué bombero hablaba.

—Tiene pinta de bombero, y lo sabes. Y tiene ganas de apagar todo tu fuego.

Me puse roja como un tomate. ¿De qué iba ese tipejo?

Pero en algo tenía razón: Héctor podría ser bombero perfectísimamente.

Un bombero fuerte y valiente. El más guapo del cuerpo.

Y salvaría a señoras mayores que se hubiesen quedado encerradas en casa y a gatitos atrapados en lo alto de un árbol.

Me lo imaginaba con el casco y el uniforme y ¡qué barbaridad!

—Héctor ha ido a la habitación a cambiarse. Hemos pasado un día estupendo. Es un tío genial.

—¡Qué correcto todo! Estupendo, genial, maravilloso, espléndido. —Álex dijo eso con una entonación muy ridícula que provocó las risas de Sandra. Yo no le veía la gracia por ningún lado.

—Desprendes madurez por todos los poros. —Me salió del alma.

—No, en serio —me dijo—. Perdona. Estamos algo graciosetes. Esto de que el barco tenga la bebida incluida es una movida… En fin, que me alegro mucho de que lo hayas pasado bien. Es un tipo de tío que te conviene. Se le ve muy majo y eso.

—¿Continuamos, Álex? —Al parecer, Sandra ya se había cansado de hablar con nosotras. No la podía culpar, menuda charla más absurda.

—Sí, vámonos. Que la noche es joven, como nosotros.

La pareja se alejó riendo y las chicas se despidieron de mí. Me retiré a mi habitación a arreglarme e intenté cambiar el chip. Esa noche cenaría con Héctor y nos lo pasaríamos genial. Y era posible que apagase mi fuego, ¡qué narices!, para eso tenía ese cuerpo de bombero.