Capítulo 20
Volví a acostarme en la cama supletoria y a acordarme de todos los parientes vivos y muertos de Álex.
Al observarlo dormir con esa cara de paz, me di cuenta de que no cabía en su interior el más mínimo remordimiento por lo cabrón que estaba siendo al apropiarse de nuevo de la cama buena.
Esta vez, aún me había dado más rabia, porque yo había llegado antes que él a la habitación, me había metido en el baño y, al salir, me había encontrado con que el asqueroso se había introducido en el catre y quedado frito en cuestión de segundos.
Si no fuese tan boba, lo habría despertado y sacado a patadas de ahí, pero, como sí que lo era, me había metido en la cama incómoda y había apretado la mandíbula durante un buen rato.
Lo único bueno era que, aunque la noche de las citas rápidas había dudado acerca de qué nombre poner en el papelito, al final había elegido bien, gracias a Dios, y, tras una noche de sueño bastante regulera, iba a poder pasar el día con un chico genial.
Por si había alguna duda, me estaba refiriendo a Héctor.
Llegué puntual a la segunda cita. El barco había parado en Livorno, en la Toscana, y nos habían acercado a una bonita playa para que tuviesen lugar las citas.
Aunque ya habíamos parado en Marsella y en Savona, yo había preferido quedarme en el barco disfrutando de las instalaciones, y ahora estaba feliz de poder conocer un nuevo paraje acompañada de mi cita.
Respiré profundamente, observando el paisaje, me quité las sandalias y paseé arriba y abajo por la playa.
Cuando vi a Héctor a lo lejos, fui deprisa hasta alcanzarlo:
—Madre mía, ¡qué pasada! —me saludó con una sonrisa enorme en la cara. Y ahí estaban de nuevo esos hoyuelos que me volvían loca.
—¿Verdad? Es una playa preciosa. —La playa no me pareció para tanto, pero lo vi tan entusiasmado que me contagié de su buen humor. Me agaché, cerré la mano y dejé que la arena se escurriese entre mis dedos. Era una sensación tan agradable…
—El sitio es muy bonito, pero me refería a ti. No puedes estar más guapa. —Enrojeció al decirme eso; era imposible que un chico fuese tan mono. El caradura nunca se ponía rojo y me dio rabia estar pensando en él en ese momento.
—No se ve a mucha gente, ¿verdad? —pregunté, porque no sabía muy bien qué se contestaba a los cumplidos.
Quizá algo como: «Gracias, tú también estás muy guapo.
Por favor, si no eres tan perfecto como pareces, avísame pronto, que he tenido varios desengaños en mi vida y no quiero ilusionarme como una idiota y que, más adelante, resultes ser un capullo integral».
Todo eso no se lo iba a decir, obvio, pero lo pensaba cien por cien.
—Nos han ido situando a todas las parejas con algo de distancia para darnos intimidad… Para hablar con tranquilidad, me refiero…
El matiz me hizo sonreír. ¿Estaría pensando en otro tipo de intimidad? De repente, la arena caliente me pareció un lugar acogedor para «intimar» con Héctor.
Extendimos nuestras toallas y nos tumbamos sobre ellas.
De vez en cuando veíamos a algunas parejas que paseaban cerca de la orilla.
No sabía si Álex estaría también en algún lugar cercano.
Esa mañana seguía durmiendo mientras yo me arreglaba y cuando salí de la habitación, así que, si había quedado con alguien, mucha prisa no tenía.
Los que habíamos aceptado la cita teníamos que bajar del barco y trasladarnos a la playa.
Al ritmo que iba no le habría dado tiempo, pero no podía evitar estar alerta por si aparecía por algún rincón con alguna chica haciéndose notar, porque estaba convencida de que, si estaba por allí, se encargaría de que me diese cuenta de ello. Era muy cargante y cansino.
Nosotros también paseamos por la orilla, nos bañamos, aunque yo solo fui capaz de meterme hasta la cintura, porque el agua estaba demasiado fría para mí, que solo me gustaba bañarme cuando la temperatura del agua era de aproximadamente cuarenta grados.
Me sorprendió la capacidad de Héctor para lanzarse al agua en cuestión de segundos, dado que a mí me costó un buen rato entrar, supongo que hasta pude parecerle un poco cansina.
No obstante, era un chico muy educado y no dijo nada al respecto.
Era hechizante cómo se zambullía y cómo pegaba largas brazadas, tensando toda su anatomía de vigilante de la playa, sobre todo, los músculos del brazo y de la espalda.
Tengo que hacer una mención especial a su salida del agua, con un movimiento rápido de cabeza que le colocó el pelo justo donde debía estar, cosa muy complicada para la mayoría de la gente —y me incluyo—.
—¿Damos un paseo?
La mano fuerte y grande de Héctor permanecía a la espera de unirse a la mía y su cara mostraba tanta ilusión que acepté sin dudarlo.
Me resultó extraño estar paseando por la playa agarrada de una mano que no fuese la de Darío, y me sentí un poco fuera de lugar, porque tampoco se me ocurría qué decir.
Supuse que Héctor estaría igual, al fin y al cabo, no nos conocíamos casi y era normal no tener muchos temas de conversación, pero él me miraba sonriente, como si el hecho de estar de vacaciones, paseando por una playa bonita conmigo, fuese suficiente para él, como si no le hiciese falta nada más.
Yo, en cambio, me sentía ridícula, con la sensación de haber aceptado un papel para el que no estaba en absoluto preparada.
Esos días estaban siendo una locura. No me reconocía.
Me estaba dejando llevar y me daba miedo arrepentirme luego de ello.
Pero, por otro lado, por fin empezaba a darme cuenta de que una vida sin pensar en Darío veinticuatro siete era posible.
Esto solo era el principio, pero demostraba que, en ese viaje al que había acudido una nueva yo alocada y despendolada, no había tanto hueco para llorar a mi ex.
Volviendo a mi cita, un par de chicas del personal nos ofrecieron algo de fruta y unos zumos que aceptamos encantados.
Nos sentamos a comer en la arena y Héctor rompió el hielo y empezó a preguntarme cosas con el objetivo de conocerme mejor.
Yo hice lo mismo con él, hasta que terminamos confesándonos el motivo por el que estábamos en ese crucero.
Le conté lo de mi familia, que me había embarcado a traición, y él me confesó que le habían convencido unos amigos, que insistían en que tenía que dejarse llevar más e improvisar, y apostaron a que no se atrevería a venir solo.
Al final, terminamos hablando acerca de la noche de las citas y de lo divertida que había sido.
Me sentía muy a gusto charlando con él y me relajé un poco.
—Fue realmente loco, ¿verdad? ¿Es posible que ladrase como mi perro? —Miró hacia otro lado cuando me hizo esa pregunta, bastante avergonzado.
—Pues algo me suena de eso, sí. Pero tengo el recuerdo de la noche como en una nebulosa, no sabría decirte con exactitud todo lo que pasó. Solo tengo como prueba las fotos que le mandamos a mi hermana.
Saqué el móvil y entré en la conversación con Carlota.
Héctor se empezó a reír cuando vio el despropósito de fotos que le habíamos mandado.
Me pidió el móvil y se detuvo en una foto en la que salíamos los tres.
Álex, él y yo. Yo estaba en el medio, y ambos tenían la cara pegada a mí.
Estábamos sudados y con el rostro enrojecido, pero parecíamos muy felices.
La amplió, dejando fuera a Álex. Luego volvió a alejar la imagen y la amplió para centrarnos a Álex y a mí.
—¿Te gusta? —Esa pregunta tan directa me dejó descolocada. No me la esperaba.
—¡Qué va! Me saca de quicio. Es pesado, molesto, irrespetuoso, desagradable, egoísta… Lo tiene todo.
—Ya… —Ese «ya» no me sonó nada bien.
—¿Qué significa eso? Te lo digo muy en serio, consigue exasperarme. —Héctor no me creía, ¡qué absurdo!, si era obvio que era un tipo insufrible que me caía fatal.
—Solo por lo que vi esa noche me parece que hay bastante química entre vosotros. Y eso, a veces, nos pasa incluso con gente a la que creemos que no podemos ni ver, con la que discutimos cada minuto…
—Yo no estoy buscando eso en mi vida. En realidad, no es que esté buscando nada.
Solo estoy aquí para complacer a la pesada de mi hermana, bueno, y si de paso me animo un poco visitando sitios tan bonitos como este, perfecto —le confesé—.
Pero te puedo asegurar que si quisiera encontrar a alguien para compartir mi vida no sería un tipo que me exaspera y al que tengo ganas de patearle el culo el noventa por ciento del tiempo.
Héctor sonrió y pareció que mi respuesta le gustaba.
—Pues, ahora que no tenemos al pesado de Álex por aquí, te diré que yo creo que nosotros hacemos mejor pareja, ¿no crees? —Sonrió y sus ojitos se achinaron. Era monísimo.
—Por supuesto, no hay color. Somos más guapos. —Le saqué la lengua.
—Es que pegamos más. —Me ofreció el último trozo de fruta y yo lo acepté con gusto. Me supo a gloria con el calor que hacía.
—Si dejamos a un lado que me sacas dos cabezas… —Me sentí aún más pequeña al girarme hacia él y tener que inclinar un poco la cabeza hacia arriba.
—Si hace falta que me agache para estar más cerquita de ti, yo lo hago encantado.
—Le salió de forma natural, pero a mí me puso muy nerviosa, porque, al pronunciarlo, se acercó más a mí.
Me empezó a sudar todo, y, cuando digo todo, es todo.
¿Eso, de normal, va tan deprisa?, ¿los chicos te sueltan ese tipo de comentarios al poco de conocerte?
Estaba claro que ya no éramos unos críos y las cosas iban más deprisa, pero yo estaba muy desentrenada en el arte del ligoteo.
Intenté no darle tantas vueltas y dejarme llevar.
Héctor me miró fijamente. Su bonito pelo rubio le enmarcaba el rostro.
Tenía una cara perfecta, era tan jodidamente guapo.
Esos labios carnosos me llamaban y acudí a su llamada.
Besar a Héctor me resultó placentero, casi familiar.
Era muy agradable. Por suerte o por desgracia —definitivamente lo segundo—, empezó a llegar gente, lo que puso punto final a una cita que había resultado ser de lo más interesante.