Amor por la borda Capítulo 19
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Capítulo 19

—Una clara, por favor —le dije al camarero cuando se acercó.

—Otro doble para mí. —Álex señaló su jarra vacía y se pegó tanto a mí que estuve a punto de lanzarle un gancho de derecha por no respetar mi espacio vital.

Me alejé como si tuviese la peste o le oliese el aliento a cebolla.

No era así. Álex olía muy bien, como siempre.

El jodido canalla me ponía muy nerviosa, pero yo pretendía volver al punto anterior de nuestra relación.

Bueno, con matices. A ser posible, me gustaría evitar lo de pasarnos el día molestándonos el uno al otro, pero tampoco estaba a gusto con ese último punto alcanzado en el que él me chupaba la oreja y yo sonreía con cara de boba como si la misión de mi existencia fuese esa: que me lamiese el lóbulo una persona a la que cuarenta y ocho horas antes ni conocía.

La foto que le había mandado a mi hermana me había impactado demasiado, no me había gustado nada.

No volvería a emborracharme y lograría que ese flipado me volviese a respetar.

—¿Qué te pasa, morritos? Te prometo que me he duchado hoy.

—Levantó un brazo y se olió la axila sin discreción.

Casi me muero. Luego se acercó a mí con el brazo en el aire, seguramente pretendiendo que lo oliese yo también.

¡Era surrealista! Y pensar que ese tío la noche anterior me había puesto a mil…

En ese momento me resultó inevitable pensar en Darío, porque él jamás se comportaría así, ni siquiera como una broma a su mejor amigo, ni a su hermano y mucho menos a mí.

—Por favor, qué asco. Eres un cerdo.

Álex se rio. Llevaba un pantalón corto y una camiseta que le quedaba algo ajustada y, aunque lo intenté, no pude evitar reparar en lo buenísimo que estaba incluso vestido con un par de prendas tan simples.

—¡Qué asco! ¡Eres un cerdo! —me imitó, pero enfatizando las frases con varios tonos más agudos—.

Seguro que tú alguna vez te has olisqueado la axila para comprobar que no te ha abandonado el desodorante o se te ha escapado algún pedete en público.

—El hecho de que utilizase un diminutivo no mejoraba el mensaje.

Ya me estaba arrepintiendo de haberme sentado a su lado y de estar fijándome en el físico de un tío tan asqueroso y molesto—.

Son cosas naturales, no hay que darles importancia, morritos.

—No me llames así.

Puso los ojos en blanco.

—Ayer te llamaba así y no parecía molestarte.

—Hoy no es ayer. Olvida todo lo que pasó anoche, ha sido fruto de tu imaginación.

—En mi mente te hacía unas cosas que si te las contara, con el plan que llevas, seguro que me tirabas el vaso de cerveza con gaseosa por la cabeza.

—Pues mejor que no me las digas. No me estás haciendo ninguna gracia. —Era consciente de que parecía una niña pequeña en plena rabieta, pero es que lo que menos me apetecía en ese momento era rememorar las chorradas que había hecho y me había dejado hacer con ese tipo insufrible la noche anterior.

—Pero ¿qué te pasa? Con lo bien que lo pasamos anoche y lo divertida que estabas, y ahora pareces una abuela de ochenta años con dolores de reuma.

Todo te parece mal. No entiendo nada. —A Álex se le escapó un bostezo, parecía mentira que pudiese tener más sueño si se había pasado todo el día durmiendo.

—No me gusta cómo te comportas ni lo que dices… Eres muy maleducado. Me engañaste con esa ropa tan elegante que llevabas.

—Uy, ¿por qué lo dices? ¿He bostezado sin estirar el meñique al taparme la boca? —Se rio porque le debió parecer muy divertida la estupidez que acababa de decir—. Yo llevo ropa arreglada cuando trabajo o cuando quiero que una niña bien como tú se fije en mí. La imagen es muy importante.

—En serio, me pareces lo peor. —Me levanté de la mesa y empujé la silla con un poco de rabia. Ese chico tenía una habilidad especial para molestarme y yo no estaba preparada para aguantar sus tonterías con la resaca que tenía.

—Pero no te vayas, que estoy bromeando. Solo pretendo ser yo mismo contigo para que me conozcas mejor.

—Mejor que no seas tú mismo, mejor que seas otra persona.

—¿Como quién? Dame alguna pista. —No le contesté, y siguió hablando—. Mañana nos vemos en la playa, ¿verdad? Supongo que me habrás elegido a mí para tener una segunda cita —gritó, porque yo ya me estaba alejando mientras lo veía balancearse en su silla.

—Para nada. Hasta borracha me di cuenta de que Héctor era la mejor opción. No puedo estar más contenta. —Me salió una sonrisa triunfal.

—Tú misma lo has dicho, morritos, porque estabas borracha y no pensabas con claridad.

Sonrió de medio lado. Él sí que conseguía que no pensase con claridad.

Me habría encantado darle un buen corte y que se le borrase esa estúpida sonrisa que siempre tenía en la cara.

Pero no se me ocurrió nada interesante que decir.

Me vendría a la mente en cuanto me alejase de él, solía sucederme eso.

Me marché lo más rápido que pude, porque no podía evitar que su mirada, que ahora mismo estaba clavada en donde mi espalda perdía su nombre, me pusiese muy nerviosa.