Capítulo 18
—Perdona. No sé si te estoy entendiendo. —La cara de Catalina era un poema. No le había sentado bien que apareciese reclamando la habitación que ella muy amablemente nos había ofrecido y habíamos rechazado—. Solo hace unas horas que me dijisteis que ya no os hacía falta.
—Sí, sí, si todo eso está claro. Pero yo ayer no estaba para entender nada de lo que decías.
—Hice un gesto con la mano para indicarle que había estado bebiendo más de la cuenta, aunque ella eso ya lo sabía—.
Seguiréis teniendo la habitación libre, ¿no?
Solo han pasado unas horas, no creo que os haya dado tiempo a ocuparla.
Poca gente se habrá despertado hoy antes que yo.
—Fingí una sonrisa que no sentía en absoluto, más bien recorrían mi cuerpo una sensación de angustia y un martilleo en la cabeza nada agradable, frutos de la resaca y del agobio que me estaba entrando al pensar que, por la estupidez del pesado de Álex, nos tocaba convivir el resto del viaje.
—No debería ni darte explicaciones, dadas las circunstancias.
Nos ha supuesto un trastorno importante daros una nueva habitación, pero el coordinador del crucero hizo lo imposible por conseguirla, moviendo incluso a clientes de su confianza ya instalados.
A primera hora de la mañana le he avisado de que ya no hacía falta y, como tú comprenderás, no le voy a decir ahora lo contrario.
—Si las miradas matasen yo estaría estampándome en ese mismo instante contra el frío suelo sin un hálito de vida.
Resoplé y me dispuse a marcharme, no sabía qué rebatir a lo que había dicho Catalina. Por mucha rabia que me diese, la muchacha tenía algo de razón. Menudo espectáculo habíamos dado. Era posible que incluso hubiese escuchado ladrar a Héctor.
—De todas formas… —La voz de Catalina me hizo frenar en seco y su tono me dio una pequeña esperanza de que hubiese encontrado alguna solución—. Yo os vi muy compenetrados, seguro que al final le veis el lado bueno a estar los dos juntos.
Jodida Catalina. Ahora tenía una sonrisa en la cara.
Me marché de allí indignada. Nos habíamos quedado sin habitación por culpa de Álex.
Qué chico más tonto. ¿Qué iba a pasar cuando uno de los dos tuviese que hacer algo más que pipí en el baño?
No nos conocíamos casi de nada, iba a ser violento.
Me veía aguantándome las ganas y terminaría visitando Urgencias a la vuelta del viaje con un tapón importante.
«¿Dónde me has metido? Quiero volver a mi casa.
Gracias por regalarme los días más horribles de mi vida».
Le mandé ese mensaje de amargura a mi hermana para transmitirle mi mal humor.
No quería que pensase que le iban a dar el premio a la mejor hermana del mundo mientras yo no tenía ni un sitio donde plantar un pino con tranquilidad, e iba a tener que aguantar las veinticuatro horas del día a un payaso que me sacaba de mis casillas.
Tenía que enterarse de que me había arruinado la vida con ese viaje.
«Uy, pero ¿qué te ocurre? Si estabas tan contenta mandándome selfis con el rubio surfero y el moreno canalla. Me dejas muy sorprendida. ¿Qué ha pasado? Anoche parecías eufórica y te dejabas chupar la oreja (emoticono del mono que se tapa la boca con la mano)».
¿¿¿El moreno canalla??? No había duda de a quién se refería, pero no recordaba haberle mandado ninguna foto con Álex a mi hermana.
Los recuerdos se agolparon en mi mente, aunque algo difusos por el alcohol, y los ratifiqué al abrir la conversación de WhatsApp que había mantenido con Carlota.
Ahí estaban, más de diez fotos, una detrás de otra:
Yo revolviéndole el pelo a Álex; él besándome la frente; yo abrazada a Héctor, y Álex tratando de meterse en medio de los dos; Álex y yo enseñando las pulseras idénticas; los tres brindando con nuestras copas; Álex chupándome el lóbulo de la oreja como bien había dicho Carlota…
No quise mirar más. Menuda vergüenza. Le habíamos mandado esas fotografías bastante tarde y ella solo nos contestaba con iconos de caritas de risas y nos lanzaba fueguitos.
«Eso fue anoche y no volverá a pasar. Me arrepiento muchísimo».
«No te arrepientas, mujer. Una canita al aire no te viene nada mal. Por lo menos te estás olvidando un poco de… ya sabes».
Joder con mi hermana. Lo único bueno de estar odiando al canalla era que me tenía entretenida y no estaba pensando tanto en Darío.
Ahora le tenía que agradecer que me recordase al argentino de nuevo.
Y eso de la canita al aire… en fin, ni la rectifiqué.
Dejé de hablarle, sin más. Apañada iba si tenía que olvidarme del intenso de Darío con el intenso al cuadrado de Álex.
Desayuné, paseé sola y cogí sitio en una tumbona alejada de todo el mundo.
El barco estaba medio vacío porque la mayoría había bajado para visitar Savona.
Yo no tenía el cuerpo para hacer turismo.
No me apetecía coincidir ni siquiera con Blanca y Tania.
Me daba vergüenza lo que había pasado la noche anterior.
Por suerte, no vi a Álex en casi todo el día.
Fui un par de veces a la habitación a coger cosas y él seguía durmiendo como una marmota.
Sobre las tres de la tarde había un calcetín colgado en la puerta; la abrí mosqueada, cruzando los dedos para no encontrarme alguna escena tórrida y asquerosa, pero debía de tratarse de una broma sin gracia de las suyas.
Estaba durmiendo a pierna suelta. Vacaciones de chafar la oreja.
Pero, aunque el barco parecía muy grande, en realidad no lo era tanto, y resultaba inevitable coincidir con la misma gente varias veces al día.
Cuando el canalla salió de su periodo de hibernación, me lo encontré tomando una cerveza en la terraza y me obligó a hacer lo que menos me apetecía en ese momento: sentarme con él.