Capítulo 17
¿Qué hora era? Tenía la boca pastosa y muchísima sed.
Entraba algo de luz y, aunque en un primer momento me desperté desubicada sin saber dónde estaba, enseguida me di cuenta de que seguía en la habitación del crucero, aunque esa vez en la cama grande.
Estaba pensando que Álex se había portado genial y me había cedido la cama cuando un brazo suyo impactó sobre mi cara, produciéndome no escaso dolor y me hizo caer en la cuenta de que no era exactamente eso lo que había pasado. Estábamos durmiendo los dos juntos.
No recordaba cómo había terminado la noche. Recordaba haberlo besado, eso sí, lo demás eran huecos borrosos, así que mi primera reacción fue la típica: levantar la sábana, que estaba toda arrugada y hecha un revoltijo sobre mi cintura, y mirar si llevaba el pijama.
Negativo. Estaba durmiendo solo con un tanga.
El negro que le gustaba a Álex, para ser exactos.
Llevaba las tetas totalmente al aire, algo que solucioné al instante poniéndome la camiseta del pijama que vi tirada en el suelo.
Después, levanté la sábana por el lado de Álex y comprobé dos cosas: que él llevaba solo unos calzoncillos y que estaba con la escopeta cargada.
Me quedé observando aquel paquetorro de importantes dimensiones hasta que se giró y me enseñó su culo respingón.
Su espalda musculada y su culo prieto no evitaron el mal cuerpo que se me acababa de poner al ser consciente de que era posible que el tocapelotas y yo hubiésemos hecho algo de lo que ya me estaba arrepintiendo.
Busqué algún envoltorio de preservativo cerca de la cama.
No vi nada. Pero eso tampoco era necesariamente una buena noticia.
En el estado de borrachera en el que llegamos, quizá ni siquiera nos preocupamos de ponerle la gomita al aparato.
Sentí la imperiosa necesidad de despertar al bello durmiente para que arrojase luz sobre lo que mi mente cruel había borrado:
—Tú, despierta, capullo. —Lo zarandeé bruscamente y él pareció querer asesinarme, pero le costaba tanto abrir los ojos que su reacción me resultó cómica en vez de amenazadora.
—¿Tú estás mal de la cabeza? —protestó cuando por fin volvió a la vida.
—¿Qué pasó anoche?
Se tomó su tiempo para contestar, lo que me exasperó.
—Ah, ya veo lo que está pasando. ¿Te has despertado con agujetas? —Se colocó un brazo por detrás del cuello y sonrió de medio lado.
—Me he despertado flipando porque no entiendo qué hacemos los dos en la misma cama. Hoy me tocaba a mí dormir aquí.
—Pues anoche no te molestó tener compañía.
—Anoche no estaba en mi momento más lúcido, por si no lo notaste.
—¿Por eso le dijiste a Catalina que ya no querías otra habitación, que preferías que compartiésemos esta y te lanzaste a comerme la boca?
¡¿Yo dije eso?! No me sonaba de nada, pero viniendo de mi «yo borracha», a la que en una fiesta de la universidad le dio por hablar en latín, me lo creía todo.
—Me extraña mucho haber dicho eso —dudé, porque la verdad es que no podía recordar con exactitud todo lo que había pasado—. Yo quería que te marcharas…
—Así es: querías… era cosa del pasado. Ayer ya estabas encantada de que fuésemos compis de habitación. —Álex se rio. No entendía su buen humor a primera hora de la mañana. Tenía que estar tan resacoso como yo, y eso no era nada divertido.
—Bueno, al grano, ¿te importaría explicarme qué haces en mi cama?
—Tú me dejaste dormir aquí, en serio. —Levanté una ceja, escéptica. Pero era posible, anoche estaba encantada de pegarme a Álex como una lapa—. Te afectó mi increíble magnetismo masculino.
—Sí, seguro, eso será. ¿Y por qué estás en calzoncillos?
—Lo dijo la provocadora mujer del tanga negro… —El tipo se rio con ganas.
Yo apreté la sábana contra mi cuerpo con fuerza.
—Tú eres imbécil. —Le pegué un manotazo y él volvió a reír.
—Vale, mira. Te voy a contar lo que pasó.
Íbamos los dos igual de perjudicados, por cierto.
—Por fin me pareció que se ponía serio o, al menos, se mostraba un poco menos burlón—.
Llegaste a la habitación y te despelotaste en mi cara.
—Casi me muero de la vergüenza. ¿Sería verdad?
—. Vamos, que te quitaste la ropa como si estuvieses sola, pero ¿sabes?
Yo estaba aquí y tengo ojos en la cara. Me puse nervioso y mi gran guerrero también.
—Se señaló el paquete e intenté ignorar que se hubiese referido a su miembro con ese ridículo mote—.
Me pusiste a mil. —Me ruboricé y aparté la vista de su cara—.
Te metiste en la cama tan tranquila y te pregunté si me hacías un hueco y levantaste las sábanas como respuesta.
En cuanto entré en la cama, te abrazaste a mí como si fuese un oso de peluche.
Pero tus pechos estaban demasiado cerca y yo me quedé ahí, excitado nivel fuego y sin poder dormir con tu cuerpo caliente pegado al mío.
A ti no te importó, te giraste, cerraste los ojos y te pusiste a roncar.
Por eso no te acuerdas de nada. Eres una jodida marmota.
»Pero bueno, yo soy partidario de ir más poco a poco. Me pilló muy de sorpresa que te mostrases así ante mí, como Dios te trajo al mundo. Eso indica que te gusto y tienes un retorcido plan para seducirme…
—Déjame en paz, no me gustas. Y seguro que me desvestí tapándome y con pudor… —Esto le hizo mucha gracia y se rio como un loco. Era idiota.
Me levanté de la cama rápidamente. Me sentía avergonzada y agobiada.
Esperaba que no fuese verdad que me hubiese desnudado en su cara.
No, seguro que no lo había hecho. Era más que probable que estuviese tirando de fantasía.
Yo no era una persona que acostumbrase a desnudarse ante los desconocidos.
De eso me acordaría. Era un liante y no me fiaba de él en absoluto.
Me juré que no volvería a beber nunca más y me metí en el baño a ducharme.
Bajo el chorro de la ducha me vino a la cabeza la conversación con Catalina y recordé entonces que Álex había rechazado la habitación y yo no había reaccionado ante esa malísima decisión.
Bueno, sí lo había hecho, conjugando un verbo como si tuviese diez años.
Me puse negra. ¿Era posible que en el fondo no quisiera que nos dieran otra?
Ni hablar, anoche me había puesto un poco tonta, pero en ese momento, con el raciocinio de nuevo intacto, estaba deseando perderlo de vista.
Lo que menos necesitaba ahora, después de haberlo pasado tan mal con un tipo como Darío, era pillarme por uno peor.
Uno capaz de exasperarme a cada rato y que era incapaz de tomarse nada en serio.
Egocéntrico, molesto y prepotente. El peor chico del barco.
—Voy a hablar con Catalina y le voy a pedir que me permita cambiarme al nuevo camarote —le dije a Álex cuando salí del baño, ya preparada con el bikini debajo de la ropa. Él seguía en la misma posición, con la vista clavada en el móvil, y no me dirigió la mirada al contestar.
—Suerte. Ya lo debe de haber ocupado. Dijo algo de que se lo iba a dar a otras personas, pero tú estabas muy liada besándome y no replicaste.
Intenté hacer memoria para ver si conocía a alguien que consiguiese sacarme más de quicio que Álex, pero no se me pasó nadie por la cabeza. Era el ganador indiscutible en exasperarme.
—¡Qué ganas tengo de perderte de vista! —se lo dije en serio, y me alegré de sentir eso, porque ese chico, para bien o para mal, me estaba volviendo loca.