Amor por la borda Capítulo 16
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Capítulo 16

Esa noche pasó de todo. Seguimos bebiendo chupitos, aunque ya era más que evidente que empezábamos a estar bastante perjudicados.

Tomamos alguna copa y, cuando el nivel de borrachera empezó a estar descontrolado, yo paré.

Ellos no, tenían más aguante o menos cabeza que yo.

Bailamos como si fuésemos un trío, Álex, Héctor y yo, porque parecía que ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar al otro solo conmigo esa noche.

Introduje en la ecuación a Tania y a Blanca, aunque eso no evitó que siguiésemos pareciendo un trío.

Yo me sentía de lujo, incluso tonteando claramente con los dos.

En mi interior, pensaba que esto era una especie de premio divino por lo mal que lo había pasado con aquel argentino del que esa noche ni recordaba el nombre.

Aunque me molestaba bastante, estaba empezando a tener un punto débil, el jodido vampiro tocapelotas y su condenado olor a tío bueno; y una gran oportunidad con el tenista surfero amante de los perros y lo más contrario que exista a tocapelotas.

Fluía entre los dos mares como si fuese una diosa, en una noche que me había subido la autoestima de cero a veinte mil y que me había hecho sentir más sexy que Sharon Stone en Instinto Básico .

Yo ni había visto esa peli, era demasiado antigua, pero era una escena mítica.

Y no sabía si eso era efecto de lo «contentilla» que iba o si era real, pero lo estaba pasando en grande.

No paramos de bailar y de saltar en toda la noche y por mi cabeza no aparecía ni una preocupación ni media. Cuando estaba casi amaneciendo, las chicas propusieron retirarnos a la habitación.

—No lo veo, sigamos con la fiesta —gritó Héctor, que estaba muy mono con su hoyuelo que, desde hacía dos copas, me daba la sensación de que me sonreía. Yo estaba regular.

Tania y Blanca se despidieron con la mano y se marcharon. Tampoco estaban para mucho más. Yo arrastré a Héctor y a Álex al pasillo para emprender la retirada.

—Es hora de que los compis de habitación —Álex nos señaló— se retiren a sus aposentos.

—Hizo una reverencia, me imagino que por eso de los aposentos, que sonaba muy a Bridgerton .

Me imaginé a Álex con un pañuelito en el cuello y me dio un ataque de risa.

No dominaba los tacones, me tropecé y acudieron los dos a socorrerme. Apoyada sobre los dos, balbuceé:

—Me lo he pasado genial, os quiero un montón. —Llené las caras de ambos de un montón de besos—. Tengo ganas de conocer a tu perro. —Me centré en Héctor, me había obsesionado con el tema—. ¿Cómo ladra?

Él se puso a ladrar y yo le acaricié la cabeza.

La cosa se estaba poniendo rara. Empecé a bailar sola, agarrándome el cuerpo, en plan sexy , pero me tropezaba con mis propios pies, y el pelo, que se abalanzaba sobre mi cara como si tuviese vida propia, me impedía ver bien lo que había a mi alrededor.

Terminé bailando pegada a la pared para evitar daños mayores.

—Mira, estáis fatal. Vámonos a dormir la mona, morritos. No vais a seguir aquí haciendo el perro, la gogó y montones de cosas raras. La cosa se está saliendo de madre.

Álex me pasó una mano por el hombro y Héctor puso una carita de pena que le hacía parecerse a su golden retriever cuando pedía comida, o así me lo imaginaba yo. El tenista usó esa última baza, porque ya no se le ocurrían más formas de retenernos allí.

—Mañana te veo, Paula. —Héctor dibujó corazones con las manos y yo le lancé montones de besos.

—Chaval, yo también te veo mañana, eh. Que duermas bien. —Álex no hacía más que empujarme para que nos fuésemos y se dejaba caer sobre mí con todo su peso.

Me alejé de él para ir a abrazar a Héctor, que me recibió con los brazos abiertos. El moreno, cansado de esperar, puso los ojos en blanco.

—Descansa, pequeña. —Debajo del brazo de Héctor sí que parecía pequeña, la verdad. Un gnomo, para ser exactos. Álex volvió otra vez a por mí.

—Me tienes que guiar a la habitación, que yo no sé llegar. Estoy demasiado borracho.

—Es que te has pasado un poco bebiendo —lo reprendí cuando nos quedamos solos. Me salió un pequeño hipo que me hizo reír.

—Pues anda que tú. Con lo pequeña que eres y el aguante que tienes.

—Soy más peleona de lo que crees.

Miré a Álex con intensidad, intentando parecer una femme fatal , pero me entró la risa.

Él me apartó el pelo de la cara y se acercó a mí.

Aun con la cogorza que llevaba encima me di cuenta de que Álex estaba a punto de besarme y me quedé quieta esperando que sucediese.

Si era sincera conmigo misma, aquello no tenía nada que ver con el alcohol.

Me llevaba apeteciendo toda la noche. Cuando nuestros labios estaban a punto de encontrarse y él permanecía tan pegado a mí que me costaba respirar, escuchamos una voz:

—Perdonad, siento interrumpir, pero ya está resuelto el tema de la habitación.

Os llevo intentando avisar desde la hora de la cena, pero no os localizaba.

Uno de los dos puede venir conmigo, tenemos una habitación completa libre con los mismos servicios que la que tenéis ahora.

No vais a notar la diferencia. —Los dos nos quedamos callados mirando a Catalina, que había resultado ser bastante inoportuna—.

Y bien, ¿quién me acompaña? —La muchacha esperó paciente, pero ninguno arrancaba a hablar.

La observé con todo el detalle que me permitió mi estado de embriaguez; llevaba un moño alto y estaba tan limpia y peinada, y tan poco bebida… Justo al contrario que nosotros.

—Ya no nos hace falta. Preferimos compartir habitación.

Yo me reí, pero lo hice porque pensé que Álex estaba de coña, y porque esa noche todo me hacía mucha gracia.

—¡Compartir es vivir! —chillé yo, feliz. Álex me hizo dar una vuelta sobre mí misma, para darle énfasis a la bonita frase—. Yo comparto, tú compartes, él comparte… —me dio por conjugar el verbo.

—Nosotros compartimos…

Catalina no daba crédito a nuestra horrible actitud.

—¿Cómo? —Le faltó añadir: «Con lo pesaditos que habéis sido con el tema de la habitación y ahora ¿ya no la queréis?

». Todo eso se sobreentendió—. Os estoy hablando muy en serio, si no os hace falta, la vamos a ocupar con otra persona y ya no os podremos dar una nueva de las mismas condiciones. ¿Estáis seguros de que no la queréis?

Iba a decirle a la mujer que al día siguiente le contestaríamos, que en ese momento estábamos un poco ebrios, a la par que cachondos, y que teníamos pocas neuronas trabajando a esas horas de la noche.

Pero Álex no me dejó decir nada, se acercó a mi boca despacio y yo no tuve dudas: me apetecía mucho besarlo y me lancé a hacerlo.

Oí los tacones de la chica mientras se retiraba. Excepto el oído, el resto de mis sentidos estaban concentrados en el jodido Álex y en lo bien que besaba.