Capítulo 14
—Tienes unos labios preciosos. Supongo que te lo habrán dicho un montón de veces.
—La verdad es que no. No suelen hacerme cumplidos sobre mis labios.
—Pues son una pasada y tus ojos también, son muy expresivos.
Me encanta mirarte fijamente a los ojos, porque transmiten un montón.
—Lo estaba haciendo en ese mismo instante.
Tenía su mirada clavada en mí y se humedeció los labios.
Y esa combinación de sucesos me puso bastante nerviosa, no os voy a engañar…
—¿Y qué te dicen?
—Que lo has pasado mal, pero que eres una chica superespecial a la que ya le toca que le pasen muchas cosas buenas.
Adivino no era, lo de la ruptura se lo había contado yo, pero ¡ay, qué mono, por favor!
Dejaron sobre la mesa nuestros mojitos. Aparté la hierbabuena y le di un buen trago.
Me sentó fenomenal. Estaba fresquito y la noche era calurosa.
Me sentía feliz y le escribí un mensaje a Carlota para contárselo.
Sabía que se alegraría mucho. Le había hecho pasar unos meses muy difíciles con mi apatía y mi mal humor.
Era la primera vez en mucho tiempo que me sentía bien y quería compartirlo con ella.
Le mandé una foto de la luna y Héctor me propuso que le mandásemos un selfi de nosotros dos brindando con los mojitos.
Mi hermana reconoció al rubio surfero al instante y se debió de montar en la cabeza un peliculón digno de Hollywood.
No le contesté a sus tropecientos wasaps con exclamaciones e interrogaciones porque, en ese momento, se acercaron a nosotros Tania y Blanca, que también habían terminado de cenar.
—¿Dónde te has metido esta tarde? —me preguntó Tania, que debía de haber pensado que esa noche sí que era la cena del capitán, porque llevaba un vestido arregladísimo.
—No me apetecía mucho salir a la piscina.
—Ya, bueno, podíamos haber hecho otra cosa. Te hemos echado de menos.
—Sí, y yo me he tenido que bañar sola, que sabes que mi amiga es de secano. —Blanca hizo un gracioso mohín.
Me alegró que me dijesen eso, significaba que no existía ese bando pro-Álex que yo pensaba que me había dado la espalda. Les prometí que al día siguiente, sin falta, haríamos algo juntas.
—Bueno, van a empezar las citas rápidas. Nosotras nos vamos volando, que queremos coger un buen sitio.
—¿Hay sitios buenos y malos? —pregunté como la inexperta en citas rápidas que era.
—No, en realidad, no. Pero yo prefiero estar de pie e ir moviéndome por ahí y poder sentarme en cada momento con quien me apetezca.
La mitad de los que participen estarán de pie y la otra mitad sentados y tendremos citas rápidas con todos, eso es lo que me ha contado una amiga que ya estuvo en un speed date , así que a ver si puedo elegir.
—A mí me da igual estar de pie o sentada, decidiré allí mismo —nos dijo Blanca—. Anda, venid, será más divertido si vamos todos juntos.
Héctor me tendió la mano para que me levantase y me uniese al plan. Aunque me hice la remolona y repetí que ese tipo de citas no me apetecía nada, terminé cediendo.
Tania me señaló —nada sutilmente— con la cabeza y los ojos a Héctor, y caí en la cuenta de que ni siquiera los había presentado. Hice lo propio.
—Lo siento, soy una maleducada. Tania, Blanca, este es Héctor. Héctor, ellas son Tania y Blanca.
Se saludaron con los típicos dos besos y todos juntos nos encaminamos hacia el comedor. Ellos entablaron conversación enseguida, pero observé que Héctor no se quería separar mucho de mí y me esperaba cuando yo me paraba a hacer alguna foto o a ponerme bien una sandalia que me estaba dando guerra.
Cuando llegamos me quedé muy sorprendida.
Habían montado todo el salón de una forma muy curiosa: por todo el comedor habían distribuido un montón de mesitas pequeñas y en cada una había dos sillas y una vela.
Las velas de cada mesa —que tenían un tamaño considerable— eran casi la única iluminación de la sala.
En el centro de cada mesa había una cajita que no sabía qué contenía.
Nos explicaron que íbamos a hacer un juego y nos pusieron una pulsera a cada uno.
Nos dijeron que las pulseras tenían un número y al final de la noche descubriríamos quién tenía el mismo número que nosotros.
Además de todo esto, tendríamos que escribir el nombre de la persona que más nos había gustado tras la cita rápida, que duraría siete minutos, y, si ambos nos elegíamos mutuamente y hacíamos match, tendríamos una segunda cita en la playa.
Madre mía, en qué follón me había metido. Eso no era una cosita informal que si te agobias te marchas, eso estaba pensado y repensado.
Nos dirigieron hacia el centro del salón y allí nos organizaron por grupos según nuestra orientación sexual.
La cosa no funcionaba por elección propia: en estas citas rápidas, a una mitad nos asignaban una mesa fija y la otra mitad era la que iba rotando de silla en silla cada pocos minutos.
El ambiente era relajado y la gente estaba risueña y también algo nerviosa —o, por lo menos, yo lo estaba—.
Vi a lo lejos a Álex, en su salsa. Mis nuevas amigas y yo nos deseamos suerte y nos colocamos donde nos fueron indicando.
—Usted en esa, señorita. —Un camarero joven y muy agradable me acompañó hasta mi mesa.
Todo me parecía un juego. Sonaba música de fondo y sonreí a Blanca, a la que habían sentado a un par de mesas a mi derecha.
Ella también parecía nerviosa y a la expectativa.
Se había puesto un vestido sencillo, mucho más discreto que el de Tania, pero que le quedaba muy bien.
En cuanto me acomodé en mi silla, no pude evitar la tentación de abrir la cajita y ver lo que contenía.
Dentro había unas tarjetitas con preguntas random que me parecieron muy curiosas.
Decidí que le haría dos de esas preguntas a cada una de mis citas y me prometí valorar muy positivamente al chico que me proporcionase las respuestas que más me gustasen.
—Tres, dos, uno…, ¡ya! ¡Comienza la primera cita!
Vamos, chicos, no seáis tímidos, buscad vuestra primera mesa y sentaos a conocer a vuestra pareja de turno.
No hay mucho tiempo, así que exprimid los segundos al máximo.
Pensad que podéis estar hablando con el amor de vuestra vida.
¡Aprovechad la oportunidad! —El camarero locutor estaba superanimado y se iba paseando por el salón, micrófono en mano, azuzando a los más indecisos.
Héctor ocupó la silla que había delante de mí y sentí un alivio inmenso. Me alegraba de verlo.
Iba a decirme algo, pero me adelanté. Saqué una tarjeta del montón de la caja y leí en voz alta:
—¿Cuál es la frase más bonita que has escuchado en tu vida?
—¿Te tengo que contestar a eso? Joder, vaya forma de romper el hielo. Menos mal que nos hemos bebido dos botellas de vino antes. —Sonrió con sus ojitos achinados. Era una verdadera monada. Quise darle un abrazo. Sin duda, estaba un poco borracha.
—Venga, contesta, que no tenemos mucho tiempo. —Me di cuenta de que me apetecía estar con él más de siete minutos.
—Te querré siempre.
—¡Ohh! ¡Qué bonito! ¿Una novia?
—Mi madre, el día que perdí mi primer torneo importante de tenis con siete años. Estaba muy triste y no paraba de llorar, hasta que ella me dijo eso y me sentí seguro. Con esa sencilla frase me transmitió que daba igual lo malo que me pasase, porque ella siempre estaría ahí para mí.
Puse una cara de boba de impresión, pero es que me había tocado el corazoncito. ¿Ese chico siempre había sido tan mono? Me dieron ganas de lanzarme a sus brazos, ganas de abrazarlo por segunda vez y de consolarle yo también veinte años después. Saqué otra tarjeta:
—¿Prefieres pasar un día en la playa o hacer una escapada a la montaña?
—¡Qué pregunta más difícil! Me encanta el mar y hacer surf, pero el monte también. Salir con mi perro por el campo me relaja un montón.
—¡Tienes perro! —Soné entusiasmada porque me encantan los perros. Darío era alérgico al pelo de muchos animales y nunca pudimos tener mascotas—. ¿Qué raza es?
—Un golden retriever .
—Es mi raza favorita. ¡Qué pasada!
Héctor sonrió encantado.
—Ojalá te lo pueda presentar pronto.
—Vamos, vamos, ¡que el tiempo se acaba! Aprovechad vuestras últimas preguntas, que tenemos que cambiar de cita.
—La voz del camarero locutor nos puso nerviosos.
Héctor aprovechó para hacerme él un par de preguntas de mi día a día y, cuando nos quisimos dar cuenta, Héctor se estaba levantando y dirigiendo hacia su nuevo destino.
Me despedí con la mano y le lancé un beso.
No sé por qué hice eso, pero me salió del alma.
Héctor parecía el chico perfecto y tenía el perro perfecto.
Me sobraban el resto de las citas, iba a ser difícil que superasen a la primera.