Amor por la borda Capítulo 13
25%

Capítulo 13

No me crucé con Álex en toda la tarde. Después de la ducha, me eché una siesta en la cama buena, la que no pretendía engullirme, aprovechando que estaba sola en la habitación.

Salí un rato al solárium y me paseé por las tiendas del barco.

No aparecí por la piscina porque me imaginé que ellos tres estarían allí.

Era el plan que teníamos establecido desde la mañana.

Me arreglé y bajé a cenar pronto. Me iba a situar en la mesa del día anterior cuando me encontré a Héctor, e insistió en que compartiésemos la suya.

Se acababa de sentar. Yo llevaba toda la tarde vagando sola por ahí, así que agradecí su compañía.

Parecíamos una pareja de vacaciones, y nada más lejos de la realidad, ya que apenas nos conocíamos.

Primero, él se quedó en la mesa mientras yo llenaba mi plato, y después esperé yo mientras era él el que iba a suministrarse comida.

Me recordó a mis viajes con Darío, y enseguida alejé esos pensamientos de mi mente.

Héctor comía muy sano. Se preparó una ensalada y un plato con salmón y verduras y me propuso pedir una botella de vino para compartir.

—Así el rollo de las citas rápidas no nos dará tanta vergüenza.

Puff, lo de las citas rápidas, lo había olvidado por completo.

—Igual no voy, Héctor. No me apetece nada de nada.

—Nooo, tenemos que ir. Será divertido. —Héctor me observó con mirada de súplica, y no llegué a entender muy bien qué más le daba a él lo que hiciese yo.

Si apenas íbamos a coincidir, como mucho unos cinco minutos.

¿Eran así de rápidas las citas? La verdad es que no tenía ni idea ni de su funcionamiento ni de su duración, pero, vamos, que no era una cosa que fuésemos a hacer los dos juntos.

Cada uno se enfrentaría a sus citas solo.

—Es que no me apetece nada. Además, no soy muy extrovertida y, sobre todo en este momento de mi vida, no estoy muy predispuesta a conocer gente. Podemos resumirlo en que no voy a ser una buena compañía para nadie.

—Pues lo siento por llevarte la contraria, pero a mí me pareces una compañía estupenda.

Le sonreí, era un amor.

—Pues de verdad que no lo soy.

—¿Por qué lo dices, Paula? ¿Qué te atormenta? —preguntó esto de forma desenfadada, con una sonrisa en la cara, pero no me apetecía hablarle de lo que me estaba costando superar el tema de Darío. Le di una respuesta concisa.

—Llevo un tiempo tratando de superar una ruptura sentimental, pero no me apetece entrar en detalles. —Sonreí. No quería sonar como una borde, pero hablar de Darío me quitaba hasta las ganas de comer y quería evitarlo a toda costa.

—Ni yo pretendo que lo hagas. Aquí hemos venido a divertirnos.

¿No te parece? —Levantó su copa y la acercó a la mía para brindar.

Yo hice lo propio con demasiado entusiasmo y casi partimos el cristal.

A los dos nos entró la risa. Héctor estaba muy guapo cuando se reía, se le achinaban los ojos y se le marcaban los hoyuelos.

Cuanto más lo miraba de cerca, más atractivo me parecía.

El vino estaba ayudando, nos habíamos terminado una botella entre los dos y, a medida que bajaba el vino, aumentaba la confianza para hablar de nosotros mismos.

Yo le conté que era enfermera y él, que estaba estudiando un máster y dando clases de tenis en un colegio para ganar algo de dinero.

Me pareció que le pegaba un montón. Ahora que sabía que le gustaba el tenis, no podía imaginármelo haciendo otro deporte.

Tenía cuerpo de tenista. Ya lo estaba visualizando con la muñequera, la gorra o una cinta que apartase su flequillo.

Me gustó el hecho de que diese clase a niños, parecía un chico paciente y cariñoso, y seguro que los críos se le daban fenomenal.

Todo esto lo había deducido tras tres cuartos de hora de conversación, así que solo era una primera impresión muy favorable.

Si en realidad ese tío era el asesino del zodiaco, tampoco creo que me lo hubiese dado a entender, pero, por lo pronto, las pinceladas acerca de su carácter y aficiones me estaban gustando mucho.

Héctor le hizo un gesto al camarero para que nos trajese otra botella de vino.

Yo no quería beber más, casi habíamos terminado de cenar, pero me dejé llevar por el ambiente y por lo a gusto que me sentía a su lado.

Aunque él bebió bastante más que yo, la segunda botella fue demasiado para mí.

Llevaba tiempo sin tomar alcohol, exceptuando las copas del día anterior, y enseguida se me subió a la cabeza.

Seguimos degustando el vino mientras probábamos todos los postres, ahora ya sin vergüenza ninguna.

Héctor había llenado toda nuestra mesa de tartas y helados, y mi cucharilla iba cayendo sobre cada postre sin ningún miramiento.

—Van a echarnos del barco por gordos —le dije, riendo y metiéndome en la boca una cucharada de tarta de chocolate que estaba para morirse.

—No, por favor, que ahora mismo no seríamos capaces de nadar si nos tiran por la borda.

—Nos daría un corte de digestión con tanto chocolate en el cuerpo.

—Prueba esto, por Dios. —A Héctor el tema se le estaba yendo de las manos y estaba haciendo mezclas curiosas de tarta con helado y fruta por el medio.

Me dio a probar de su cuchara y yo, sin verlo extraño, abrí la boca y comí lo que me ofrecía.

Cuando reparé en que estábamos compartiendo cubierto y que él no despegaba sus ojos de mí, mientras yo chupaba el chocolate que se me había quedado pegado al labio, me puse nerviosa.

Él acercó su dedo a mi boca y yo dejé que me rozara para que me limpiase y viví el segundo momento íntimo del día.

No sabía qué estaba pasando. Había entrado en ese barco fría como un témpano de hielo y me estaba descongelando a marchas forzadas.

Casi podía ver el charco de agua que se estaba formando bajo mis pies.

Me separé de Héctor al escuchar un ruido en el comedor y me di cuenta entonces de que Álex estaba mirándonos desde la entrada.

Parecía alucinado con el hecho de que yo estuviese compartiendo postre con el rubio de melena surfera, que, por cierto, a estas alturas ya me había demostrado que era mucho más que solo un rubio de pelo bonito.

Me alegré de que nos viese. Supuse que era porque me había pasado la tarde sola por su culpa y quería que se diese cuenta de que yo era alguien interesante con quien los tíos pueden sentirse a gusto.

Los tíos normales, no los desequilibrados que igual se meten contigo o te vacilan como que se acercan a lamerte el cuello.

Volví a centrar mi atención en Héctor, que me propuso salir a tomar una copa a la cubierta.

Consumir otra bebida alcohólica no era la mejor de las ideas y lo sabía, pero, a veces, las malas ideas son, en realidad, las mejores ideas.