Amor por la borda Capítulo 12
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Capítulo 12

Tania y Blanca hicieron muy buenas migas con Álex.

Tengo que reconocer que él se comportaba como una persona normal, no como el tocanarices que era conmigo.

No dejó de hacer bromas que ellas encontraban superdivertidas —la verdad es que a mí también me hacían gracia—.

Sonreía a escondidas desde mi tumbona porque no quería que él se diese cuenta.

En definitiva, estaba simpático y amigable y había conseguido embaucar a esas dos chicas que parecían encantadas con que Álex no se moviese de su lado ni para hacer pis, y esto en algún momento tendría que ocurrir, porque ya llevaba tres cervezas seguidas.

De vez en cuando soltaba alguna perlita de flipado, pero a ellas parecía encantarles su compañía.

En las ocasiones en las que me metí en la piscina, coincidí con Héctor y charlamos un poco más.

Pero enseguida escuchaba las risas de Álex, que sonaban altísimas siempre en esos momentos, y me ponía nerviosa queriendo saber sobre qué bromeaba y qué les estaría diciendo a mis nuevas amigas, y salía de la piscina para poder controlarlo.

No me fiaba ni un pelo de él y no me hacía ninguna gracia que se estuviese acoplando de esa forma con las chicas con las que yo había conectado genial.

Sin embargo, cuando Blanca y yo nos quedamos a solas y le dejé caer que prefería pasar el día solo con ellas dos, me contestó:

—Cuantos más seamos, mejor, Paula. Más divertido. Además, Álex es la leche, no sé por qué le has cogido tanta manía, si el chico es un amor…

Me sorprendió, incluso parecía más cautivada por la verborrea de Álex que Tania. Decidí dejar de intentar que ellas pasaran de él, porque no parecían tener ninguna intención.

Tania propuso comer en el bar de la piscina unos sándwiches y hamburguesas y, pese a la mirada hostil que le dediqué para que declinase el plan, Álex se apuntó encantado.

No sabía si a él le apetecía tanto nuestra compañía o solo estaba disfrutando muchísimo molestándome, pero lo visualicé en el viaje acoplado a todos nuestros planes y me dio un poco de bajón.

Intenté cambiar el chip, porque disfrutaba con la compañía de las chicas y no quería apartarme y volver a quedarme sola.

Traté de darle una nueva oportunidad a Álex, pensando que, igual, si yo dejaba de atacarle, él empezaría a portarse mejor conmigo.

Pero teníamos la relación viciada y, cuando llevábamos cinco minutos sentados a la mesa, ya me estaba pinchando.

—¿Puedo contar lo que te vi en la maleta?

Quiero saber si ellas también han traído uno…

—Sabía que Álex se estaba refiriendo al vibrador y me dio bastante rabia.

Aunque ya tenía veintiséis años y no diecisiete, y libertad para hablar de sexo sin tabúes, no era un tema que tuviese que tratar él con unas chicas a las que prácticamente acabábamos de conocer.

Ellas me miraron divertidas y yo le contesté con un bufido.

—¿Por qué no te centras en tus cosas y me dejas un ratito en paz?

La contestación, que captó la atención de las personas de las otras mesas, acabó con el ambiente de buen rollo que había entre ellos. Las chicas me miraron como si fuese una aguafiestas, no parecían darse cuenta de que el tío era la provocación hecha hombre.

—Me refería al cargador ese que no hace falta enchufar a la luz para que funcione. Me he quedado sin batería en el móvil y quería saber si alguien lo llevaba encima. —Álex nos enseñó su móvil y yo pegué otro bufido.

No me tragaba eso del cargador, aunque era verdad que llevaba uno en la maleta. Se estaba refiriendo al vibrador y ahora quería hacerme quedar como una loca.

—Se refería a otra cosa…, otro aparato que… —No seguí la frase porque el ambiente estaba tenso y tampoco sabía cómo acabarla. Tania y Blanca no entendían nada y me miraban como si yo fuese una tía muy rara y lo acabasen de descubrir.

Seguimos comiendo. Ellos actuaban con normalidad, pero yo apenas intervine en la conversación.

No me sentía a gusto y me daba la sensación de que era la que sobraba del grupo.

Parecía que se habían formado dos bandos y yo me había quedado sola.

Ellas no entendían por qué era tan desagradable con Álex.

No podían comprender lo mucho que me sacaba de mis casillas.

Una vez tuve el sándwich en el estómago y me retiraron el plato vacío, me levanté y me dirigí al baño. Cuando estaba a punto de salir, mientras terminaba de secarme las manos, me volví al ver que alguien entraba. Era Álex.

—Este es el baño de chicas. —El tono de tía borde que empleé con él me sorprendió hasta a mí. Los últimos meses no había sido la alegría de la huerta, pero Álex conseguía que me superase a mí misma.

—¿En serio? Joder, pues el dibujito de la puerta me había parecido un maromo.

—Me hizo gracia porque el dibujo de la puerta no estaba muy bien hecho.

Parecía que al muñequito le asomaba algo por abajo, y sonreí un poco—.

¿Te estás riendo? Voy a llamar a las chicas porque esto tienen que verlo.

¡Te parezco gracioso! —Puso una cara de payaso que me hizo sonreír aún más, aunque no quería.

—No. La verdad es que me pareces un pesado y no sé por qué tienes que pasar todo el día con nosotras.

—Igual es porque no conozco a nadie más y no me gusta estar solo. Eres algo así como lo malo conocido. —Se rio diciendo esto, pero a mí no me hizo ninguna gracia. ¡Qué tío más sinvergüenza!

—Ese no es mi problema. Búscate a alguien que te aguante. A mí no me tortures. —Intenté avanzar para salir del baño y dar por zanjada la conversación, pero Álex me lo impidió.

—Es broma, Paula, de verdad. A mí me resultas muy simpática, eres tú la que me tienes entre ceja y ceja desde que nos conocimos.

Una chica entró en el baño y, aunque vio a Álex —que era obvio que no era una mujer—, no le importó. Se metió en el cuarto de baño y cerró la puerta.

—Igual fue por tu reacción, porque te pusiste como un loco y yo no había tenido la culpa. Te tiré la cerveza sin querer.

Asintió. Yo me empecé a poner nerviosa porque Blanca y Tania se estarían preguntando por qué tardaba tanto en volver.

—Tenía un mal día. ¿Nunca te ha pasado? ¿No has tenido un día de esos en los que no te soportas ni a ti mismo? Y mira que yo soy majo… —No podía evitar poner esa sonrisa de engreído cuando hablaba de su increíble persona, o, si lo podía evitar, no quería hacerlo. A mí me repateaba esa actitud.

—Creo que quieres dar una apariencia de que eres un tío genial, pero tienes una importante falta de autoestima. De lo contrario, no entiendo esa necesidad de ir siempre comentando lo guay que eres.

—¿Eres psicóloga y no me lo habías dicho?

Pues igual tienes razón, ¿y sabes cómo se podría solucionar eso?

—Álex se acercó más a mí, pero se volvió a apartar al escuchar la puerta del baño de la chica, que había terminado y se disponía a lavarse las manos a nuestro lado.

Álex carraspeó para indicarle que estaba molestando, y ella lo miró con cara de asco.

Se lo merecía. Era él el que estaba donde no debía, y no al revés.

Los dos la miramos en silencio, mientras se recreaba frotándose el jabón por las dos manos con delicadeza hasta que terminó, escurrió sus manos en el aire, nos miró desafiante y se fue.

—Joder, esta es maja. Hay que ficharla para el grupo.

—No hay ningún grupo. De eso se trata, quiero que me dejes en paz.

—Qué borde eres, tía, en serio. —Empecé a andar hacia la puerta, pero él me sujetó del brazo—.

Vale, espera, una cosa importante. —Bajó su mano y rozó sus dedos con los míos y yo miré ese gesto sin entender qué pretendía—.

No ignores mi pregunta. Te he hecho una consulta profesional, porque de verdad quiero saber cómo solucionar lo de lo guay que me creo y todo eso.

Porque no soy nada guay, apesto; solo me creo que sí que lo soy.

—Álex parecía hablar en serio, pero debía ser una vacilada de las suyas y yo no podía entender por qué seguía en el baño escuchando sus tonterías.

—Pues ni idea, ¿con mucha terapia? —contesté. Se rio con ganas.

—Si la terapia me la haces tú… —Sus dedos volvieron a rozarme con disimulo.

Después, me miró fijamente y tuve que apartar la vista de él.

Era la mirada más sexy que me habían dedicado nunca.

El tío era creído, pero había que reconocer que era un puto seductor de narices.

Me puse nerviosa, no entendía qué pretendía, por qué me miraba así. ¡Se suponía que no nos soportábamos!

—Venga, hablando en serio. ¿Por qué te has pasado el día con nosotras? —El ambiente se estaba volviendo un poco íntimo entre el juego de miradas, la poca luz del baño y la tensión que había entre nosotros dos, que era palpable.

—Quizá me gusta alguna de vosotras tres… —Dio un paso al frente y se pegó a mí. Empecé a notar su olor muy de cerca, ¡qué bien olía el cabrito!

—Pues no lo sé, ¿hay alguna que te resulte atractiva?

—Mi voz parecía a punto de romperse, y mi corazón comenzó a latir con fuerza—.

Quizá Tania, parece que os lleváis genial…

—Seguíamos pegados y empecé a sofocarme.

Si me hubiesen dicho que ese baño corriente acababa de mutar en uno turco, me lo habría creído.

Y, aunque no quería, me podía imaginar a Álex tapado solo con una toalla blanca con las gotitas de sudor resbalándole por el abdomen. Madre mía, ¿qué me estaba pasando?

—Puede que sí o puede que no…, puede que sea otra… —Me miró con aire juguetón.

—¿Blanca? —Mi voz sonó como un susurro.

—Frío, frío.

Di un paso hacia atrás y él dio otro hacia delante.

Yo parecía un ratoncito asustado y él, un gato relamiéndose ante su pequeña víctima.

Quería escapar de allí, pero Álex me tenía descolocada.

Nos caíamos mal, ¿no? ¿Por qué parecía querer morrearme de un momento a otro?

¿O me estaba confundiendo? Quizá estaba tan desentrenada que veía cosas donde no las había.

Vale, no, no era así. Álex se acercó a mi cuello como si pensase pegarle un bocado o un lametón, no estaba muy segura, y me quedé paralizada.

Sus labios se posaron sobre mi cuello y sentí su respiración sobre mi piel.

Mi cuerpo reaccionó al instante, excitándose.

Fue una sensación extraña, ya que hacía muchos meses que no había experimentado nada parecido.

Hasta me había llegado a plantear que, tal vez, no hubiese más libido tras la era pos-Darío.

Sencillamente, pensaba que no me volvería a sentir excitada nunca más.

Lo alejé un poco de mí, poniéndole la mano en el pecho, y le pregunté:

—¿Qué crees que estás haciendo? Estás borracho, ¿verdad?

—No tanto como para no saber que me apetece comerte… —Le tapé la boca. No le dejé seguir. Me abalancé hacia la puerta y salí corriendo del baño. Pero ¿qué demonios acababa de pasar?

No podía volver a sentarme a la mesa con las chicas y actuar tan normal, así que me fui a la habitación y me encerré en nuestro cuarto de baño.

Me di una ducha bien fría y, mientras el agua recorría mi cuerpo desnudo, me di cuenta de dos cosas:

Álex me había puesto como una moto en apenas diez minutos y era la primera vez en mucho tiempo que me pasaba con alguien que no fuese Darío. Algo estaba cambiando y lo estaba haciendo demasiado deprisa para mí.